La triada oscura Capítulo ocho
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Capítulo ocho

Capítulo ocho

Saqué la mochila del asiento del copiloto y la abrí con más brusquedad de la necesaria.

Los informes estaban desordenados, doblados, mezclados unos con otros.

Pasé páginas rápido, sin cuidado, hasta dar con la correspondiente a la información sobre la central de grúas.

Busqué el número, cogí el móvil y marqué.

Tuve que esperar un par de tonos hasta que alguien contestó al otro lado.

—Grúas North Valley, dígame.

—Eh… eso… —respondió una voz dubitativa al otro lado.

—Es urgente —corté—. Se trata de un caso federal en curso. Necesito esa información ya.

—De acuerdo. —contestó tras una pausa más breve—. Dígame a qué dirección de correo se la enviamos y la tendrá en unos minutos.

Cuando colgué, el silencio volvió a adueñarse del coche. Apoyé la cabeza un segundo contra el respaldo, con el móvil aún en la mano. Notaba el pulso acelerado, la ansiedad creciendo en el pecho como si algo estuviera a punto de encajar, pero con el miedo creciente de que no lo hiciera .

Miré la pantalla. Todavía nada. Esperé un minuto, luego dos…

Estaba a punto de repetir la llamada para insistir cuando el móvil vibró con un pitido seco, el sonido correspondiente a un email entrante.

Lo abrí de inmediato y descargué el archivo adjunto.

Aunque solo tardó un segundo en abrirse, a mí me pareció una eternidad.

Ahí estaba: una lista de ocho nombres con sus correspondientes direcciones. Empecé a leer.

Derek Haines. Birch Auto Repair, 214 Birch Lane, Wasilla

Tommy Rourke. 87 Willow Creek Road, Willow

Ethan Caldwell. Caldwell Towing Services, 556 Palmer-Fishhook Rd, Palmer

Desmond Bishop. 12 Northview Drive, Anchorage

Luke Halverson. Halverson Fuel Station, Mile 58 Parks Highway, Willow

Nathan Cole. 44 Spruce Street, Talkeetna

Brian Kessler. Kessler Roadside Assistance, 301 Mountain View Rd, Houston

Adam Pierce. 78 Lake Road, Big Lake

Me quedé mirando la lista unos segundos más, repasando cada nombre, cada ubicación. Ocho posibles respuestas, ocho caminos distintos… Solo era una lista, una corazonada, pero, sin saber por qué, estuve segura de que, entre aquellos nombres, estaba él.

Volví a mirar la lista, más despacio esta vez, poniendo toda la atención necesaria para que no se me escapara ningún detalle. No eran ocho posibilidades, porque una de ellas ya estaba fuera: Derek Haines.

Exhalé despacio. Solo me quedaban siete y tenía que reducir esa lista al máximo. Pasé el dedo por la pantalla y volví a leerlos, esta vez más despacio, obligándome a no precipitarme.

Tommy Rourke. Willow.

Ethan Caldwell. Palmer.

Desmond Bishop. Anchorage .

Luke Halverson. Willow.

Nathan Cole. Talkeetna.

Brian Kessler. Houston.

Adam Pierce. Big Lake.

Siete puntos. Siete ubicaciones. Abrí Google Maps en mi móvil y busqué la zona en la que me encontraba.

La señal del móvil de Tiffany se había perdido en la milla 71 de la Parks Highway.

Intenté recordar los demás escenarios de los crímenes, los lugares donde habían aparecido los coches, donde se habían abandonado los cuerpos…

Todo parecía disperso, pero yo sabía que aquellas ubicaciones no habían sido elegidas al azar.

Cada uno de esos lugares había sido seleccionado por el asesino, formando un perfil geográfico con el que, en ese momento, podía obtener la información que necesitaba.

—Piensa… —murmuré.

Tenía que haber un patrón. Siempre lo había.

Empecé a descartar mentalmente: Talkeetna estaba demasiado al norte; Anchorage, demasiado al sur.

Palmer suponía una desviación innecesaria.

Fui tachando nombres en mi mente, uno a uno, cercando el círculo, reduciéndolo.

Big Lake y Houston estaban cerca, pero no lo suficiente…

Y entonces mi respiración se aceleró. Solo quedaban dos nombres, los dos de Willow: Tommy Rourke y Luke Halverson.

El corazón me dio un pequeño vuelco al recordar a la primera víctima: Lorraine Douglas, una cajera de supermercado de Willow, una chica normal, anónima, cercana… Las palabras de Ray se abrieron paso en mi cabeza con una claridad incómoda:

Aunque los asesinos en serie organizados suelen buscar víctimas desconocidas, hay casos en los que comienzan por víctimas más próximas: alguna vecina, una compañera de estudios… Nadie demasiado cercano como para señalarlo como sospechoso, pero sí lo bastante como para haber despertado su fantasía.

Tragué saliva. No alguien íntimo, pero sí alguien accesible, visible, habitual, alguien que encaja en una rutina. Miré de nuevo los dos nombres: Tommy Rourke y Luke Halverson.

Deslicé el dedo hasta la dirección de Luke y entonces lo vi: Halverson Fuel Station. Parks Highway milla 58 .

El aire se me quedó atrapado en los pulmones. Era una gasolinera en la misma carretera en la que había desaparecido Tiffany, la misma en la que yo me encontraba en aquel momento.

Miré la carretera delante de mí y me imaginé a Tiffany conduciendo sola, parando en una gasolinera aislada.

Imaginé al hombre que la vio llegar, que habló con ella, que se acercó a su coche con cualquier excusa…

Un hombre con los conocimientos de mecánica suficientes para tocar lo justo y provocar un fallo sin que fuera inmediato…

En mi mente las ideas aparecían con total claridad: el pinchazo de la rueda del coche de Tiffany no había sido accidental.

Aquel hombre lo había provocado para que sucediera después, para obligarla a detenerse en un lugar lo bastante alejado de su gasolinera para que no le apuntara a él.

Tras manipular la rueda, la habría seguido con su grúa, a una distancia suficiente para que ella no pudiera verle, pero lo bastante cerca como para ser el primero en acudir a su llamada de auxilio.

Se me aceleró el pulso. Miré de nuevo la dirección: Parks Highway, milla 58.

Levanté la vista hacia la carretera y miré las señales para hacer el cálculo casi sin pensar.

Estaba cerca, muy cerca, a menos de diez millas.

Giré la llave en el contacto e hice rugir el motor mientras apretaba el volante.

—Estoy cerca…

Si estaba en lo cierto, todavía estaba a tiempo de salvar a Erin. Apreté los dientes. No podía permitirme otro error. Las palabras de McKenna resonaron en mi cabeza con una claridad incómoda: no podemos fallar otra vez . No después de Haines y todo el lío que acabábamos de provocar.

Si llamaba a la oficina y le comentaba mis sospechas, movilizaría a todo el equipo, a la prensa, a todo el maldito circo. Y si me equivocaba… Volví a ver la mirada dolida de Haines mientras me agradecía que hubiera destrozado su vida y la de toda su familia por un maldito error.

Cerré los ojos un segundo. No podía pasar de nuevo. Esta vez iba a asegurarme antes de dar la voz de alarma. Iría hasta allí, echaría un vistazo y confirmaría que había algo real, algo sólido, algo que no fuera solo otra corazonada. Abrí los ojos.

—Vamos… —susurré.

Y pisé el acelerador en dirección a la gasolinera de Luke Halverson.