La triada oscura Capítulo siete
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Capítulo siete

Capítulo siete

Me apoyé un segundo en la pared, clavando la mirada en un punto fijo del suelo, intentando ordenar mis pensamientos, encontrar un hilo del que seguir tirando, un camino que seguir… Pero no había nada.

Nos habíamos equivocado. Y habíamos perdido un tiempo precioso. Vital.

Sentía la presión en el pecho, esa sensación incómoda que precede al desbordamiento. Tragué saliva, intentando contenerla, pero no desapareció.

—Grey. —La voz de McKenna llegó suave, mucho más de lo habitual. Levanté la vista y me la encontré a unos pasos de mí, observándome con atención—. ¿Estás bien?

—Sí. —Asentí demasiado rápido, apartándome de la pared—. Solo es que… hemos perdido tanto tiempo… Tiempo que no teníamos, que Erin no tiene…

—¿Has dormido algo? —preguntó ignorando las palabras que yo acababa de decir.

—Algo. —Negué con la cabeza antes de poder evitarlo.

—¿Cuánto es “algo”? —insistió entrecerrando los ojos al ver que yo me encogía de hombros .

—Un par de horas aquí y allá… —admití, evitando su mirada—. Estoy bien. Puedo seguir.

—Así no puedes trabajar. —Su gesto cambió, pero no mostró enfado, sino preocupación.

—McKenna, en serio, estoy bien. No es el momento de…

—Es exactamente el momento —me cortó—. Acabamos de interrogar durante horas al hombre equivocado y no podemos permitirnos otro error. Ni uno más.

Bajé la mirada. Sabía que tenía razón, pero eso no hacía que fuera más fácil.

—Vete a casa. Duerme. Desconecta unas horas.

—No puedo irme ahora.

—Sí puedes y vas a hacerlo —insistió—. Es una orden, Grey. Yo me encargo de todo aquí —añadió, más suave—. En cuanto tengamos algo, te llamo.

Apreté los dedos, sintiendo la resistencia dentro de mí. Irme ahora se sentía tan equivocado, como si estuviera abandonando algo, como si cada minuto lejos fuera un minuto menos para encontrar a Erin.

—No quiero perderme nada —murmuré.

—No te lo vas a perder —respondió—. Pero ahora mismo no estás en condiciones de ayudar.

Eso fue lo que terminó de romper mi resistencia. Cerré los ojos un segundo y luego asentí.

—Vale, pero en cuanto sepáis algo… lo que sea…

—Te llamo —aseguró—. Será lo primero que haga.

Asentí otra vez. No confiaba en mí misma para decir mucho más, porque si abría la boca, no estaba segura de que no se me quebrara la voz. Me di la vuelta y eché a andar por el pasillo, con la sensación de que cada paso pesaba más que el anterior.

Las puertas automáticas se abrieron y el ruido volvió a golpearme de lleno. No se habían movido. La misma masa de periodistas seguía apostada frente al edificio, como si hubieran echado raíces durante esas horas. Y en cuanto me vieron salir, todo se activó de nuevo.

—¡Agente! ¿Van a poner en libertad a Derek Haines?

—¿Pueden confirmar si el ADN no coincide ?

—¿Tienen ya otro sospechoso?

—¿La víctima sigue con vida?

El corazón me dio un vuelco. ¿Cómo demonios sabían lo del ADN? Apreté el paso, bajando la cabeza, intentando atravesar ese muro de voces.

—Sin comentarios —repetí, de una forma más automática que consciente.

No sirvió de nada. Se acercaron más, demasiado… Un micrófono rozó mi hombro y una cámara casi me bloqueó el paso.

—¿Han cometido un error?

—¿Están dejando libre a un posible agresor?

—Apártense —dije, empujando lo justo para avanzar.

Sentía el pulso en las sienes, la respiración acelerada, la presión creciendo de nuevo en mi pecho.

Tenía que salir de allí. Alcancé el coche y abrí la puerta con más brusquedad de la necesaria.

Me metí dentro, cerré de golpe y bloqueé los seguros antes de arrancar.

Durante un segundo, me quedé con las manos en el volante, respirando, con ellos alrededor, apostados junto a las ventanillas como una jauría de hienas rodeando a una presa débil y herida.

Arranqué, pero no tardé en verlos a través del retrovisor. Había dos coches demasiado pegados al mío, siguiéndome.

—Genial… —murmuré.

No tenía ninguna intención de que supieran dónde me estaba alojando, de que pudieran acosarme también en mi vida privada.

Giré en la primera calle que encontré, luego en otra, acelerando lo justo, cambiando de carril sin avisar, metiéndome en el tráfico del centro de Anchorage como si aquello fuera un tablero de ajedrez.

Semáforos, cruces, desvíos… Volví a mirar por el retrovisor y vi que no se daban por vencidos.

Los tenía todavía detrás. Apreté los dientes.

—Vamos…

Otro giro, una calle más estrecha, un semáforo en ámbar. Aceleré y pasé justo antes de que cambiara a rojo. Cuando volví a mirar por el retrovisor, no pude verlos. Solté el aire de golpe.

—Por fin…

Reduje la velocidad, notando cómo la tensión empezaba a aflojar un poco.

Estuve conduciendo sin rumbo durante un par de minutos, tratando de tranquilizarme.

Y entonces, algo empezó a encajar: las señales, la carretera, el paisaje abriéndose poco a poco.

Fruncí el ceño, miré a mi alrededor y lo supe.

—Joder…

Era la misma carretera, la última que Tiffany había recorrido.

Levanté el pie del acelerador. El asfalto se extendía ante mí, infinito y solitario, rodeado de ese paisaje frío y abierto que no ofrecía refugio a nadie. Sentí un nudo en el estómago. Sabía que debería dar la vuelta, ir al motel e intentar dormir, pero también sabía que sería inútil.

No iba a dormir. No con la cabeza como la tenía, no con Erin ahí fuera, no después de haber perdido un tiempo precioso con el hombre equivocado por un error mío. Apreté el volante un poco más y miré la carretera que se extendía vacía hasta el horizonte.

Si no podía parar, quizá podía avanzar, recorrer el mismo camino, ver lo que ella vio, sentir lo que ella sintió… Tal vez, solo tal vez, había algo allí fuera que se nos había escapado. Y si era así, no pensaba dejarlo escapar otra vez.

Conduje cerca de una hora. La carretera se extendía ante mí como una línea infinita, un espacio vacío y silencioso.

Sin embargo, en mi cabeza había demasiado ruido, demasiada culpa.

Apreté el volante con más fuerza de la necesaria.

Habíamos detenido al hombre equivocado y había sido mi responsabilidad.

Había sido yo: yo había empujado, yo había insistido, a pesar de que no encajaba del todo en el perfil, a pesar de lo que Ray me había dicho…

Cerré los ojos un segundo, lo justo para que el recuerdo me golpeara con claridad.

No es él.

Ray había sido tan directo, tan seguro… pero yo había decidido ignorarlo.

—Joder… —murmuré.

Había tantas cosas que apuntaban a Haines: estuvo allí, fue él quien respondió al aviso de avería de Tiffany… En ese momento, me di cuenta de algo que no había sabido ver. Fruncí el ceño, mirando la carretera, aunque en realidad no la estaba viendo.

Si el aviso se había emitido por radio, no solo lo había escuchado Haines. Cualquiera de los gruistas de la zona podía haberlo oído. Cualquiera… Aunque no respondiera, aunque no quedara registrado. Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Mierda…

Apreté los dientes y entonces me di cuenta de algo más: un recuerdo, la voz de Marcus.

La rueda trasera izquierda estaba completamente nueva. Ni siquiera sucia.

Parpadeé. El corazón me dio un vuelco. Reduje la velocidad bruscamente y me orillé en el arcén, levantando una pequeña nube de polvo. Apagué el motor y me quedé en silencio, acompañada solo por el sonido de mi respiración alterada. Saqué el móvil y marqué. Tardó dos tonos en cogerlo.

—¿Cass?

—Marcus, necesito que me confirmes algo —dije sin rodeos—. La rueda de Tiffany, la trasera izquierda… Dijiste que estaba completamente nueva, ¿verdad?

—Sí —respondió sin dudar—. Nueva de taller. Ni barro, ni desgaste. Nada.

Sentí cómo algo empezaba a encajar.

—¿Estás seguro?

—Al cien por cien.

—Vale… escucha. —Tragué saliva—. La furgoneta de Erin. ¿La habéis recibido ya en el almacén?

—Sí, llegó esta mañana.

—Necesito que mires una cosa. Comprueba las ruedas. Todas. —Hice una pausa—. Quiero saber si hay alguna que esté igual de nueva. Limpia.

—Dame un minuto.

La llamada no se cortó, pero dejó de haber voz al otro lado. Escuché ruido de fondo: pasos, una puerta al cerrarse, sonido de metal… Apreté el móvil contra la oreja, notando cómo el pulso se me aceleraba.

—Cass. —La voz de Marcus volvió—. Hay una. La trasera derecha, la que queda junto al depósito. —El mundo pareció detenerse. Se me heló la sangre—. Está nueva, igual que la de Tiffany. Ni una mota de suciedad.

Cerré los ojos. Por primera vez, sentí que las piezas empezaban a encajar. Tomé aire antes de seguir hablando.

—La única forma de que una rueda esté así de limpia…

—Es que nunca haya rodado, que no haya tocado siquiera el suelo. Esos coches han tenido que ser transportados hasta el lugar en el que los encontrasteis.

—Y eso implica una grúa —terminé por él—. Muchas gracias, Marcus.

Colgué antes de que pudiera hacerme más preguntas y me quedé durante unos segundos mirando la carretera vacía e interminable, sintiéndome un poco más en paz conmigo misma.

Nos habíamos equivocado de hombre, pero no de profesión…

y no podía haber tantos gruistas en esa zona.

Quizá veinte o treinta, pero ¿cuántos de ellos habrían estado de servicio en ese momento?

Seguramente menos de diez. Eso reducía muchísimo la lista.

Estábamos muy cerca. Solo esperaba que no fuese demasiado tarde para Erin.