La triada oscura Capítulo seis
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Capítulo seis

Capítulo seis

El murmullo me llegó incluso con las ventanillas cerradas. Al girar la esquina y ver el edificio, supe que algo iba mal: furgonetas de televisión, trípodes, cables extendidos por la acera y una masa de gente concentrada frente a la entrada, moviéndose como un organismo vivo e inquieto.

Periodistas… Decenas de ellos. La mayoría eran locales, pero distinguí un par de cadenas nacionales. Solté el volante un segundo y maldije en voz baja.

—Mierda…

Aparqué como pude en la zona reservada, con la sensación de que, en cuanto apagara el motor, se me echarían encima. Y así fue. Apenas abrí la puerta del coche, alguien gritó:

—¡Ahí! ¡Es una de las agentes!

No me dio tiempo ni a cerrar bien cuando ya los tenía encima.

—¡Agente! ¿Es cierto que tienen a un sospechoso detenido?

—¿Confirma que se trata de un agresor sexual reincidente?

—¿Han encontrado a la otra víctima? ¿Sigue con vida?

El ruido me golpeó de lleno, como una ola. Cerré el coche de un golpe y avancé sin mirar a nadie, con la chaqueta colgada del brazo y la mandíbula tensa.

—Agente, ¿no va a hacer declaraciones ?

—¿El detenido ha confesado?

—¿Están seguros de que es el responsable?

Sentía las cámaras apuntándome, los flashes , los micrófonos casi rozándome la cara. Demasiado cerca, demasiado invasivo…

—Sin comentarios —dije, apretando el paso.

Intenté abrirme hueco, pero uno de ellos se cruzó un poco más de la cuenta.

—¿Puede confirmar el nombre, Derek Haines?

Me detuve un segundo. Solo un segundo… y fue un error.

—¡Lo confirma!

—¡El FBI confirma el nombre del sospechoso!

—No he confirmado nada —corté, más dura—. Apártense.

Empujé lo justo para pasar entre ellos, ignorando las voces que seguían disparando preguntas a mi espalda.

Cuando por fin crucé las puertas del edificio, el silencio del interior me golpeó casi tanto como el ruido de fuera.

Respiré hondo un par de veces, pero no conseguí aliviar la opresión que sentía en el pecho.

Subí las escaleras rápido, sin esperar siquiera al ascensor, y al llegar a la oficina encontré a McKenna con el gesto serio y el teléfono en la mano.

—Se ha filtrado —dijo sin rodeos.

—Ya lo he visto.

—Nombre, detención, antecedentes… todo.

—¿De dónde? —pregunté tras soltar el aire despacio.

—Aún no lo sabemos. Pero da igual. —Negó con la cabeza—. Esto se ha convertido en un circo. El país entero nos está mirando.

—¿Y Haines? ¿Ha dicho algo?

—Sigue en la misma línea —respondió—. No ha dicho nada nuevo.

—Perfecto. —Asentí, notando como algo se tensaba dentro de mí.

—Esto cambia las cosas, Grey. —McKenna me sostuvo la mirada durante un segundo—. Ahora sí que tenemos presión de verdad. Quieren resultados y los quieren ya.

—Como si nosotros no los quisiéramos. —Dibujé una sonrisa sarcástica—. Nada en el mundo me haría más feliz que lograr que Haines confesara .

—Pues tendremos que conseguirlo. Vamos a por él.

La seguí en silencio, torturada por las dudas.

Hasta hacía unas horas, yo habría jurado que aquel hombre era culpable, pero ya no estaba tan segura.

Las palabras de Ray seguían resonando en mi cabeza.

Las incongruencias con el perfil, las cosas que no encajaban del todo habían generado grietas, dudas…

Pero también estaba Erin. Y el tiempo, esa maldita carrera contrarreloj por salvar su vida.

—Vamos —dijo McKenna, girándose hacia el pasillo de interrogatorios.

La seguí. Cada paso me pesaba un poco más que el anterior. Llegamos a la puerta y McKenna la abrió sin dudar. Yo entré detrás, apretando la mandíbula, intentando dejar las dudas fuera. Necesitaba que ese hombre fuera el culpable e iba a intentarlo todo para que confesara.

El café sabía a quemado. Me apoyé en la mesa, con el vaso entre las manos, intentando que el calor me despejara la cabeza, pero no estaba funcionando. Dos horas, habíamos perdido dos malditas horas en la sala de interrogatorios, dando vueltas en círculos.

—No ha cedido —murmuré.

—Ni un milímetro. —Negó McKenna, igual de frustrada que yo—. Tenías razón, es muy bueno.

—O es inocente… —me atreví a sugerir.

Antes de que McKenna pudiera responder, Kowalski apareció por el pasillo con el móvil en la mano y el gesto serio.

—Acaban de llamar los de criminalística.

—Dime que han encontrado algo. —Levanté la vista.

—Han registrado la casa y el taller de Haines. Todo. —Hizo una pausa y negó con la cabeza—. No hay nada.

—¿Nada? —repetí, mientras sentía cómo algo dentro de mí se hundía un poco más.

—Ni rastros, ni objetos sospechosos… Nada que lo vincule con ninguna de las víctimas.

El silencio que siguió fue incómodo, pesado… Supe que todas estábamos pensando lo mismo y ninguna quería decirlo en voz alta. Ap reté el vaso de café ya vacío hasta convertirlo en una masa informe.

—Puede haber limpiado —sugerí.

—O puede que no haya nada que limpiar —replicó Kowalski.

La miré, sin responder. Todo apuntaba a que nos habíamos equivocado, pero aún no quería rendirme. Como si me hubiera leído el pensamiento, McKenna dejó su vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Volvemos a entrar.

—¿Seguro? —pregunté alzando la vista hacia ella.

—Sí —contestó con tono seco—. Hasta que tengamos algo claro.

Asentí, porque, aunque cada vez hubiera más dudas, tampoco teníamos otra cosa, así que volvimos a entrar en la sala. El aire allí dentro parecía más denso que antes, más cargado, como si las horas transcurridas allí hubieran dejado un residuo invisible entre las paredes.

Haines levantó la vista cuando entramos. Tenía ojeras, el pelo más revuelto y la camisa arrugada, pero su mirada seguía igual.

—Otra vez —murmuró.

Nadie respondió. Me senté frente a él, mientras McKenna se quedaba de pie, apoyada en la pared como una sombra.

—Vamos a intentarlo de nuevo —dije.

—Ya les he contado todo —respondió.

—Entonces no te costará repetirlo.

Suspiró, cerrando los ojos un segundo.

—Llegué. No había nadie. Me fui.

—Eso no es suficiente —intervino McKenna, su voz más dura que antes—. No nos sirve.

—Es lo que pasó. —Haines la miró y se encogió de hombros.

—No. Es lo que dices que pasó. Mira —continuó McKenna, dando un paso hacia la mesa—. Estuviste allí, sin coartada, con antecedentes… Todo apunta a ti.

—Pues todo está equivocado —espetó Haines.

—¿Seguro? —insistió—. Porque cada vez que hablas, lo único que haces es repetir la misma historia como un disco rayado.

—Porque es la verdad .

—O porque es lo único que te has preparado.

—No me he preparado nada.

—Claro que sí —cortó McKenna, perdiendo ya el tono profesional—. Tipos como tú siempre lo hacen.

Sentí el cambio, ese punto en el que el interrogatorio dejaba de ser estrategia y se convertía en presión pura.

—McKenna… —empecé, pero ella no se detuvo.

—¿Sabes qué pasa? —continuó, inclinándose hacia Haines—. Que te crees muy listo, que crees que puedes repetir lo mismo hasta que nos cansemos.

—Estoy diciendo la verdad —repitió, pero su voz ya no era firme.

—Pues te voy a dar una mala noticia —dijo McKenna sin escucharle—. No nos vamos a cansar. Voy a seguir aquí, como tu peor pesadilla, hasta que confieses.

El silencio se volvió insoportable. Entonces llamaron a la puerta. Tres golpes secos. Sin esperar respuesta, la puerta se abrió y Delaney asomó la cabeza. Su expresión lo dijo todo antes de que hablara.

—Ha llegado el informe del ADN.

—¿Y? —preguntó McKenna.

—No coincide —respondió Delaney tras dudar apenas un segundo.

Hubo un silencio absoluto, como si alguien le hubiera quitado el sonido al mundo. Miré a Haines, luego a McKenna y luego otra vez a Delaney.

—¿Seguro?

—Confirmado al cien por cien —respondió—. No es él.

Noté cómo el aire se me escapaba de golpe, como si me hubieran quitado algo de dentro. McKenna se apartó despacio de la mesa.

—Joder…

Haines dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y, durante un segundo, no dijo nada. Luego volvió a mirarnos.

—¿Ya está? —preguntó, con una calma extraña—. ¿Ya han terminado? Porque llevan horas aquí metidos conmigo, tratándome como si fuera un monstruo.

—Vamos a proceder a su liberación —dije, intentando mantener el tono profesional .

—Claro. Ahora sí. —Soltó una risa sin humor y se inclinó hacia delante, con las esposas tintineando—. Muchas gracias. De verdad. —La ironía en su voz era como un golpe—. Gracias por destrozar mi nombre, mi vida, la de mi mujer y la de mis hijos.

Nadie dijo nada, porque no había nada que decir. Delaney dio un paso atrás y McKenna evitó mirarle. Yo no pude sostenerle la mirada. Salí de la sala sin decir una palabra. El pasillo me recibió con un silencio que parecía pesar el doble. Me apoyé un segundo en la pared y cerré los ojos.

Nos habíamos equivocado. Y, mientras perdíamos el tiempo con un hombre inocente, Erin seguía ahí fuera… con alguien que sí era culpable.