Capítulo cinco #2
—Esto no tiene nada que ver con lo que me pasó…
Absolutamente nada que ver… —Me sentía furiosa, pero intenté mantener un tono calmado y no elevar la voz—.
No estoy identificando al sospechoso con mi jefe, ni comparando la agresión que sufrió esa chica con lo que me pasó a mí.
No estoy intentando en ningún momento hacer pagar a Haines por lo que mi jefe me hizo.
Lo creas o no, soy mucho más profesional que todo eso …
—No hablaba de tu jefe —me interrumpió Ray—. Hablaba de ti.
Me detuve en seco y me le quedé mirando sin entender a qué se refería. No comprendía el sentido de sus palabras, y, sobre todo, no entendía su sonrisa burlona ni el brillo pícaro de sus ojos.
—¿De mí? No entiendo… ¿No estábamos hablando de gente que ha cometido un abuso sexual?
—Exacto. —Su sonrisa se hizo aún más burlona—. Un abuso como besar sin consentimiento a una persona dormida.
El rubor más intenso que había sentido en mi vida surgió de mi pecho e hizo arder mis mejillas.
Me quedé mirándolo, sin ser capaz de apartar la mirada de sus ojos, a pesar de que me moría de vergüenza.
Lo único que podía pensar en aquel momento era en que habría dado todo mi dinero para que la tierra se abriera y me tragara, pero, cuando me hice consciente de que eso no iba a suceder, decidí tirar hacia adelante.
Después de todo, no me arrepentía de haberle besado.
Lo único de lo que me arrepentía en ese momento era de no volver a hacerlo.
—Bueno, todo eso es muy discutible… —Empecé a hablar con voz temblorosa, pero con cada palabra, fui ganando en confianza—. Si lo sabes, es porque no estabas dormido. Y si, estando consciente, no te resististe ni dijiste nada, no fue sin consentimiento.
—No estoy de acuerdo. —Se inclinó hacia mí sin apartar sus ojos de los míos, con su boca a un par de centímetros de mis labios—. ¿No debería haber habido un consentimiento expreso?
—¿Acaso me lo habrías negado? —pregunté sintiendo que, en aquel momento, sus ojos eran todo mi universo y que esa mirada grisácea nublaba mi mente y me impedía pensar con claridad.
—Esa no es la cuestión —rebatió juguetón, reduciendo la distancia entre nuestros labios a la mitad. El aliento de cada una de sus palabras acariciaba mis labios como una promesa—. Lo importante es que cometiste un delito y deberías ser condenada.
—¿Condenada a qué? —susurré, sintiendo que aquella mínima distancia entre nuestras bocas era para mí el mayor castigo.
—A devolverme ese beso.
El tiempo pareció detenerse en ese instante.
No supe quién de los dos recorrió esa última distancia, solo que, de pronto, sus labios estaban sobre los míos.
Al principio, fue apenas un roce suave, casi una pregunta, un contacto cálido que hizo que todo mi cuerpo se tensara, como si cada nervio despertara al mismo tiempo.
Sentí su respiración mezclarse con la mía, lenta, contenida, como si él también estuviera midiendo ese momento, saboreándolo.
Pero yo no quería medir nada. No después de todo lo que había contenido sin haber sido siquiera consciente de cuánto lo deseaba.
Cerré los ojos y respondí al beso, acercándome un poco más, lo justo para que dejara de ser una duda y se convirtiera en una certeza.
Mis labios se movieron contra los suyos con una suavidad que contrastaba con el caos que llevaba dentro, porque por fuera todo era delicado, contenido, pero por dentro era un incendio.
Su mano rozó mi brazo, apenas un contacto, y, aun así, sentí un escalofrío recorrerme de arriba abajo. Era como si ese gesto mínimo tuviera más peso que cualquier palabra que hubiéramos dicho. El beso se profundizó apenas un poco más, lo suficiente para que el mundo desapareciera del todo.
No había caso, no había sospechosos, no había dolor… Solo él, solo ese instante suspendido en el tiempo en el que ya no sentía miedo, sino algo peligrosamente parecido a la necesidad.
Cuando nos separamos, apenas unos centímetros, mi respiración estaba entrecortada y mis labios aún ardían.
Y supe, sin necesidad de decirlo, que aquello acababa de cambiarlo todo.
No sabría decir cuánto tiempo nos quedamos así, con la respiración aún desordenada, demasiado cerca el uno del otro.
Podía sentir el calor de su cuerpo, la tentación latiendo en cada centímetro de distancia que apenas existía entre nosotros.
Bastaría con inclinarme un poco más, bastaría con que cualquiera de los dos cediera…
Y, por un instante, estuve a punto de hacerlo.
Pero entonces, como una grieta que se abre paso entre el deseo, algo se coló en mi mente: Erin, el caso, la presión, el reloj que no se detenía… No podía olvidarme de todo y dejarme llevar mientras ella estaba entre las garras de un depredador, mientras podía estar muriéndose …
Tragué saliva y me eché un poco hacia atrás. Ray no me detuvo. Soltó el aire despacio, como si él también hubiera estado conteniéndolo, y se pasó una mano por el pelo, rompiendo por fin ese hilo invisible que nos mantenía suspendidos en el momento.
—Esto… —murmuró, con una media sonrisa que ya no era burlona, sino consciente— quizá no sea una buena idea.
Negué con suavidad, aunque no estaba segura de si me refería a lo que acabábamos de hacer… o a detenernos.
—No —admití en voz baja—. Creo que en este momento no.
El silencio que siguió fue distinto. No estaba cargado de tensión, sino de algo más denso, más real. Me pareció que él lo había entendido. No era un rechazo, sino un aplazamiento. Le estaba pidiendo tiempo y él lo respetaba.
Me agaché para coger la copa, más por tener algo que hacer con las manos que por otra cosa.
—Además —añadí, intentando recuperar algo de aire—, mañana tengo que volver a enfrentarme a Haines. Ya sé que tú estás convencido de que es inocente, pero quiero agotar todas las posibilidades.
Ray asintió despacio y se encogió de hombros mientras sonreía, como si le hiciera gracia mi cabezonería.
—Me pides tiempo y vas a dedicarte a perderlo en tonterías —repuso sarcástico—. Está bien. Si vas a intentar demostrar que es culpable, necesitarás la cabeza fría.
—Exacto.
Nuestras miradas volvieron a encontrarse, pero esta vez sin esa urgencia desbordada. Había algo más: una especie de acuerdo silencioso. No ahora. No así.
Dejé la copa y cogí mi mochila.
—Será mejor que vuelva al motel.
Ray se levantó también, acercándose lo justo para acompañarme, pero sin invadir de nuevo ese espacio que habíamos cruzado hacía apenas unos minutos.
—Cassandra… Mañana —dijo, apoyando una mano en el marco— lo volvemos a mirar todo con calma. El perfil, lo que consigas de Haines… y quizá podamos hablar de esto .
Asentí sin responder nada, porque si me quedaba un minuto más, no estaba segura de poder seguir manteniendo esa distancia.
—Buenas noches, Ray.
—Buenas noches.
Salí al frío de la noche y el aire helado me golpeó el rostro como una bofetada necesaria, pero, aun así, mientras caminaba hacia el coche, sentí que mis labios seguían ardiendo.