La triada oscura Capítulo cinco
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Capítulo cinco

Capítulo cinco

Nada más aparcar mi coche, la luz del porche de la casa de Ray se encendió.

La puerta se abrió y su silueta apareció recortada contra la cálida luz interior, como si me hubiera estado esperando.

Recogí mis cosas y salí del coche, abrazándome a mí misma para protegerme del frío de la noche.

El viento soplaba en ráfagas heladas desde el lago, trayendo partículas de nieve en suspensión.

—Te estaba esperando —saludó, apartándose lo suficiente para que pudiese pasar—. Sabía que vendrías.

Le contesté con una sonrisa y le pasé mi mochila para poder quitarme la chaqueta. Él me guio hasta el salón, donde las alegres llamas de la chimenea me dieron la bienvenida.

—Me sorprende que lo supieras, porque no lo sabía ni yo —dije encogiéndome de hombros—. Tengo tanto lío en el trabajo que no estaba segura de poder pasarme.

—No mientas. —Se detuvo bruscamente y se giró, haciendo que nuestros cuerpos casi chocaran—. Me necesitas.

—¿Perdona? —pregunté descolocada—. ¿A qué te refieres?

—A que, cuantos más problemas tengas en el trabajo, más fácil es que te haga falta verme. —Dejó mi mochila sobre uno de los sillones y se giró hacia la mesa, en la que una botella de vino tinto se enfriaba en una cubitera—. ¿Una copa?

—No sé si nos conviene. —Me encogí de hombros—. Tienes razón: he venido porque necesito tu ayuda para el caso.

—¿Y? Eso no quiere decir que no podamos disfrutar de una copa de vino mientras hablamos. —Llenó las dos copas y me tendió una—. No hay que hacer caso a eso de no mezclar los negocios con el placer. Yo creo que, en ocasiones, puede ser la mejor de las ideas.

Chocó su copa contra la mía. Sentí que el rubor teñía mis mejillas y esperé que él lo achacara al calor de las llamas. Con la copa en la mano, él se sentó sobre la alfombra frente a la chimenea y, con un gesto, me invitó a hacer lo mismo.

—¿Qué me traes? —preguntó mirando mi mochila.

Dejé mi copa en el suelo, me puse de rodillas y, tras abrir la mochila, le tendí el expediente de Haines. Mientras él iba pasando las páginas con una ceja enarcada y expresión escéptica, me dediqué a resumirle lo que había sucedido en las últimas horas.

—Tenemos un sospechoso: Derek Haines. Gruista, cuarenta y cinco años, casado, dos hijos.

Fue quien respondió al aviso de Tiffany el día que desapareció.

Dice que cuando llegó no había nadie, que pensó que era una broma y se marchó.

No tiene coartada para las horas posteriores.

—Hice una pausa, observando cómo pasaba las páginas—.

A los veinte años tuvo una denuncia por agresión sexual, aunque la chica acabó retirándola por las presiones de las familias.

Según dice él, solo fue “una borrachera tonta”.

Ray alzó una ceja, pero no dijo nada.

—Lo he interrogado durante horas —continué—.

Le he apretado por la llamada, por la falta de coartada, por los antecedentes…

y no se ha movido ni un milímetro. Se mantiene en la misma historia una y otra vez.

Mañana voy a volver a intentarlo, pero no quiero entrar ahí y repetir lo mismo esperando un resultado distinto.

—Solté el aire y lo miré directamente—. Necesito que me digas cómo romperle, qué tipo de perfil tiene alguien así, cómo presionarle, por dónde entrarle para que cometa un error o para que confiese.

Y no sé cómo hacerlo, porque creo que es muy bueno mintiendo …

—A lo mejor no confiesa porque es inocente —dijo Ray, levantando por fin los ojos del informe.

Me quedé paralizada, con la boca abierta, planteándome si le habría escuchado bien.

Había esperado que Ray me confirmara que estaba en lo cierto y me ayudara proporcionándome estrategias que hicieran que Haines confesara.

En mi mente, yo iba a entrar al día siguiente en la sala de interrogatorios con una sonrisa de confianza e iba a destrozarle con mi nueva lista de preguntas, haciendo que acabara llorando y confesando todos sus crímenes.

No podía ser inocente. Esa posibilidad no cabía en mi cabeza.

Le arranqué las páginas de las manos a Ray y me deslicé para sentarme justo a su lado, hombro con hombro. Coloqué las hojas entre los dos, para que él pudiera verlas con claridad mientras yo le explicaba todo lo que probaba, más allá de cualquier duda razonable, que teníamos al culpable.

—Por supuesto que no es inocente. —Le señalé la página en la que aparecía el informe de la detención de Haines—.

Mira aquí: es un agresor sexual desde su juventud.

Los secuestros y asesinatos de Lorraine y Tiffany son parte de su escalada, tal como tú dijiste.

—Antes de que pudiera rebatirme nada, continué hablando a toda velocidad—.

Es un varón, es blanco, conoce la zona, no tiene coartada para la tarde de la desaparición de Tiffany…

—Y no coincide en nada más. —Ray suspiró antes de seguir con su explicación, como si le apenara romper mis ilusiones—.

Es demasiado mayor para encajar en el perfil.

Está casado y tiene dos hijos, cuando habíamos hablado de un hombre que vive solo o con una mujer mayor.

No tenemos ninguna evidencia de una educación religiosa estricta…

—Puedo preguntarle sobre eso mañana —dije tomando apuntes, resistiéndome a darme por vencida.

—Además, han pasado demasiados años desde esa denuncia por agresión sexual hasta el asesinato de Lorraine —continuó como si no me hubiera escuchado—.

Ya te expliqué que este tipo de asesinos empiezan con conductas menores y van escalando: roban ropa interior, espían a sus vecinas, se cuelan en sus casas y, más adelante, cuando la fantasía empieza a resultar incontrolable, pasan a agresiones, secuestros, violaciones…

Este hombre solo ha tenido una denuncia en sus cuarenta y cinco años de vida.

—Que solo haya tenido una denuncia no quiere decir que no haya cometido más delitos. A lo mejor es demasiado listo…

—¿A ti te lo parece? —Ray me puso delante de la cara el informe de su detención—.

Una borrachera en un bar con un montón de testigos delante, una conducta inapropiada con una víctima que le conocía y que podía identificarle sin problemas…

No me parece el colmo de la premeditación.

—En sus ojos brillaba una convicción absoluta—.

Esta manera de comportarse no tiene nada que ver con nuestro asesino.

—Pero puede haber mejorado en todos estos años…

—Los asesinos mejoran con práctica y este hombre no ha hecho nada en más de veinte años.

—Ray resopló, como si le molestara mi tozudez—.

Y, aunque fuera así, ¿qué justifica el periodo de enfriamiento tan largo entre la muerte de Lorraine y la de Tiffany?

Habíamos hablado de un tiempo de reclusión en la cárcel o en algún centro psiquiátrico…

No hay nada de eso en el expediente de Haines.

Me quedé unos segundos en silencio, manteniéndole la mirada.

Me daba igual todo lo que me estaba diciendo.

Yo seguía estando segura de que había atrapado al culpable y que, si presionaba lo suficiente, al día siguiente me confesaría dónde estaba Erin.

Aceptar que Haines no era el asesino significaba aceptar que debía volver a la casilla de salida, que no tenía nada, que seguía estando muy lejos de la resolución del caso… Demasiado lejos de Erin.

—Tú no le has tenido delante —contraataqué—. Yo le he visto, le he mirado a los ojos, le he oído hablar… y estoy segura de que cumple con todos los rasgos de la triada oscura: es narcisista, es manipulador y es un psicópata.

—¿Y de dónde sacas eso? ¿De que parece muy seguro de sí mismo cuando te dice que él no fue, que es capaz de mirarte a los ojos y decirte sin parpadear que no sabe nada de esas chicas, que no parece en absoluto arrepentido de sus crímenes?

—Esbozó una sonrisa sarcástica—. ¿No te das cuenta de que esa sería la conducta que tendría si fuera inocente ?

No pude mantenerle la mirada por más tiempo. Clavé la mirada en los papeles, tratando de encontrar en ellos un argumento con el que poder seguir discutiendo.

—Cassandra, no es tan fácil encontrar un perfil de triada oscura, ya te lo dije.

—Se acercó aún más a mí y puso su índice bajo mi barbilla para hacer que levantara la cabeza y volviera a mirarle a los ojos—.

Menos de un uno por ciento de la población posee esos rasgos en un nivel tan extremo como para resultar peligrosos.

Ni siquiera es seguro que nuestro asesino lo cumpla.

Ya hemos dicho que su religiosidad y su culpa no encajan con el perfil de un psicópata.

—Estaba convencida de que le teníamos —insistí, aunque me sentí infantil al escuchar mis palabras.

—Le cazaremos, Cassandra, y lo haremos pronto, pero debemos ser metódicos.

—Me dirigió una sonrisa de ánimo, aunque me señaló con el índice, como un profesor que estuviera riñendo a una alumna díscola—.

No nos sirve de nada pasarnos la noche trabajando en un perfil si luego vas a ignorarlo en cuanto encuentres a alguien que te guste como sospechoso.

—Es que coincidía en tantas cosas… Esa denuncia por agresión sexual…

—No voy a disculparle, pero no toda persona que cometa un abuso sexual tiene que acabar siendo un homicida serial.

Aquellas palabras me dolieron como una flecha bien dirigida que acabara de clavarse en el centro de mi pecho.

No podía creerme que él, la primera persona a la que le había contado lo que me había sucedido con mi jefe, la única a la que le había confesado mi dolor, mis miedos y mis pesadillas, estuviera usándolas en ese momento para rebatir mis argumentos.