Capítulo cuatro
Capítulo cuatro
—Se lo voy a volver a preguntar, señor Haines.
Mi voz salió más calmada de lo que me sentía por dentro.
Derek Haines tenía ese aspecto capaz de revolverme el estómago incluso antes de abrir la boca: corpulento, con la camisa mal ajustada marcándole una barriga blanda y sudorosa y una barba de varios días que no parecía descuido, sino dejadez.
El pelo, ralo en las entradas y grasiento en las sienes, le caía sin orden, como si ni siquiera le importara mantener un aspecto aseado.
Sin embargo, lo que más me enfermaba eran sus ojos: pequeños, oscuros, recorriéndome de arriba abajo con una familiaridad que no le había dado nadie.
La clase de mirada que indicaba con claridad de qué era capaz.
Él suspiró, hundido en la silla y con las manos esposadas sobre la mesa. Llevábamos casi dos horas ahí dentro y el aire se había vuelto espeso, cargado de olor a sudor y café frío.
—Y yo le voy a volver a contestar lo mismo —replicó, cansado, pero firme—. Cuando llegué, allí no había nadie.
—Explíquelo otra vez.
—Recibí el aviso de un pinchazo. Parecía que la chica no sabía cambiar la rueda. —Se pasó la lengua por los labios, irritado—. Estaba cerca, por Wasilla, así que fui yo. Tardé… ¿qué? Diez, quince minutos, pero cuando llegué, no había nada.
—¿Nada?
—Nada —repitió, alzando la voz—. Ni coche, ni chica, ni nada. Me bajé, miré un poco por la zona… Pensé que igual se había equivocado de ubicación o que alguien ya la había ayudado… O que era una broma. Pasa más de lo que cree.
—¿Y se marchó? —Lo miré sin pestañear—. ¿Sin más?
—¿Qué quería que hiciera? —soltó, con un deje de frustración—. No había nadie.
—¿Quizá llamar al número que había hecho el aviso para asegurarse de que estaba en el lugar correcto?
—Yo no tengo que andar persiguiendo a los clientes —se defendió.
—Ya, claro. —Dejé que el silencio se alargara, lo suficiente para que le incomodara—. ¿Qué hizo después?
—Seguí trabajando. —Se encogió de hombros—. Di unas vueltas, por si entraba otro servicio cercano… Lo normal.
—¿Puede concretar? ¿Sabe a dónde fue?
—No —respondió, más seco—. No llevo un diario.
—Lo que quiere decir que no tiene coartada…
—Ha pasado una semana… ¿Cómo me voy a acordar de dónde estuve?
—¿No hay nadie que pueda confirmar dónde estuvo entre las cinco de la tarde y las nueve de la noche?
—No —repitió, esta vez más bajo—. Ya le digo que estuve trabajando… Solo.
—Muy conveniente. —Asentí despacio antes de abrir la carpeta que tenía delante y pasar una página con calma deliberada—. Tenía usted veinte años cuando fue denunciado por agresión sexual.
El cambio fue inmediato. Lo vi en sus ojos.
—Eso no… —empezó.
—La denuncia se retiró —continué, sin darle espacio—. Sin juicio. Sin condena.
—Porque no hubo nada —espetó—. Fue una borrachera, una estupidez de chavales… Me metí con una chica, sí, pero no pasó nada de lo que dicen ahí.
—¿Meterse con una chica cómo, exactamente?
—No fue nada, joder —dijo, irritado—. Se malinterpretó todo.
—¿Se malinterpretó… o se pasó usted de la raya?
—Escuche… Nuestras familias se conocían. Éramos todos del mismo pueblo. —Se inclinó hacia delante y las esposas tintinearon—. Hablamos y se arregló todo. Ella retiró la denuncia porque no tenía sentido seguir con aquello.
—O porque la presionaron.
—No —gruñó—. Porque no había nada.
Lo observé en silencio, pero ya no estaba viendo a Derek Haines.
Estaba viendo a otro: la misma forma de justificarse, el mismo tono condescendiente, como si todo hubiera sido un malentendido, como si la culpa fuera siempre de la otra persona.
Sentí cómo algo oscuro me subía por el pecho, caliente y asfixiante: asco, un asco tan físico que me revolvió el estómago.
Conocía a ese tipo de hombres. Había sufrido a uno de ellos y sabía cómo pensaban, cómo cruzaban la línea y luego trataban de borrar lo que habían hecho con palabras suaves y acuerdos privados. Él encajaba demasiado bien. No era solo una corazonada. Era una certeza.
—Un chico joven —murmuré—. Borracho, que se cree con derecho a tocar lo que no es suyo.
—Eso no es verdad.
—Que aprende que no pasa nada —seguí, clavando cada palabra—. Que, si empuja lo suficiente, si presiona lo suficiente, al final todo se arregla.
—Le he dicho que no fue así.
—Y veinte años después —continué, ignorándole—, ese chico ya no es un chico. Es un hombre de cuarenta y cinco años, casado y con hijos… Pero en su interior sigue siendo ese macho sin control que cree que las mujeres le pertenecen.
—Soy un buen marido y un buen padre —se justificó tragando saliva con dificultad—. Y no he hecho nada. Nada. Me van a destrozar la vida con esto .
—La vida de Tiffany ya está destrozada. —Me puse en pie y me incliné sobre él—. Y la de Lorraine. Y, si no consigo que confiese, la de Erin.
Se hizo un silencio pesado y denso que me hizo acariciar la idea de que iba a romperse, que iba a confesar.
—Yo no tuve nada que ver —susurró—. Ni siquiera sé quiénes son esas chicas de las que habla.
—Estuvo en el lugar a la hora exacta, sin coartada, con antecedentes que encajan con el perfil.
—No encajo en nada —replicó, pero su voz ya no tenía la misma fuerza—. Cuando llegué, no había nadie.
—Derek —dije, más bajo ahora—. Esta es la parte en la que puede empezar a ayudarse a sí mismo.
—No hay nada que contar. —Negó con la cabeza, casi suplicante.
Sentí cómo la paciencia se me resquebrajaba por dentro, cómo todo el cansancio, la presión, el tic-tac constante del reloj empujaban desde dentro.
—Mírame —le ordené—. Sabemos lo que eres. Eres un puto depredador que llevaba años esperando el momento en que nadie mirase. Y el jueves —continué, cada vez más dura—, te encontraste con la oportunidad perfecta.
—¡No fui yo! ¡Están equivocados! —gritó, casi desesperado—. La chica no estaba. Cuando llegué, no había nadie.
—Mentira.
—¡Digo la verdad!
—¡Sabes que mientes!
—¡No!
La puerta se abrió de golpe y la voz de McKenna cortó el aire.
—Grey, ya basta.
—No hemos terminado. —No me moví, pero apreté la mandíbula.
—Sí, yo creo que hemos terminado por hoy —dijo, firme, acercándose—. Sal.
—Dame cinco minutos más —pedí sin apartar la mirada de Haines, que tampoco apartaba la suya .
—No. —Sentí la mano de McKenna en mi brazo—. Grey, vámonos.
Había algo en su tono que me obligó a soltar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Me enderecé despacio.
—Esto no se queda así —le avisé a Haines, señalándole con un dedo—. Vamos a volver.
No respondió, pero dejó de sostenerme la mirada. Salí de la sala. McKenna cerró la puerta detrás de nosotros.
—Te has pasado.
—Es él.
—No lo sabemos. Lo único que sabemos es que llevas horas dándole vueltas a lo mismo y no se ha movido ni un milímetro.
—Porque es un puto psicópata.
—O porque está diciendo la verdad —replicó.
—¿De verdad te crees eso? —pregunté mirándola incrédula.
—Creo que ahora mismo estás demasiado obcecada para verlo con claridad.
—Necesitamos que hable —insistí.
—Y no lo va a hacer así. Déjalo reposar —añadió—. Que pase unas horas ahí dentro, que le dé tiempo a pensar, a asustarse… Vete a casa, Grey —me ordenó—. Duerme algo y vuelve con la cabeza fría.
Miré la puerta de la sala de interrogatorios. Al otro lado, estaba Derek Haines. Seguía convencida de que era nuestro hombre, el cabrón que tenía a Erin retenida… McKenna me pedía que me marchara a casa y durmiera mientras esa chica podía estar muriendo.
—Unas horas —insistió McKenna—. Solo eso.
Cerré los ojos un segundo y luego asentí. Sabía que no iba a convencerla, que esa noche no iba a permitirme volver a cruzar esa puerta, pero también sabía que no iba a poder dejar de pensar en Erin y en que cada minuto que pasaba podía ser el último.
Me di cuenta de que no podía ir al motel. No iba a poder dormir y no me iba a servir de nada pasarme horas tumbada en aquel colchón mugroso con la horrible sensación de que a Erin se le podía estar acabando el tiempo mientras yo no hacía nada.
Salí del edificio, me metí en mi coche y arranqué… rumbo a la casa de Ray.