Capítulo tres
Capítulo tres
Entré en la oficina con el café aún caliente entre las manos y la sensación de haber dormido demasiado poco y, aun así, mejor que en muchas noches anteriores.
Delaney estaba en su sitio de siempre, inclinado sobre el teclado como si llevara allí desde el día anterior.
McKenna, en cambio, estaba de pie junto a su mesa, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Nada más verme, alzó la mirada.
—Grey —dijo sin preámbulos—. Dime que tienes algo.
Dejé el café y asentí.
—Tengo un perfil preliminar.
—Más te vale —añadió ella—. Llevo toda la mañana recibiendo llamadas: alcaldía, prensa, políticos… —suspiró—. Eso sí, tenemos carta blanca: State Troopers , policía local… Ponen todos los recursos que necesitemos a nuestra disposición.
—Bien —respondí—. Porque vamos a necesitarlos.
—Esto promete —intervino Delaney alzando una ceja.
—Estamos ante un varón blanco, de entre treinta y treinta y cinco años. —Empecé tras sacar mis notas—. Probablemente residente en la zona o con un conocimiento muy profundo de ella. Se mueve con seguridad, elige lugares aislados y controla los tiempos.
—Eso nos deja con… —murmuró Delaney— ¿Media Alaska ?
—La mitad masculina —añadió McKenna, seca—. Continúa.
—Presenta una doble conducta: organizado en la preparación y en la limpieza de la escena y desorganizado en la violencia. Las puñaladas son impulsivas y caóticas, pero todo lo demás está planificado.
—Eso indicaría un conflicto interno —aventuró McKenna.
—Exacto. —La miré—. Y ese conflicto está ligado a la culpa.
La motivación es sexual, pero lo que busca no es placer, sino control y poder…
seguido de una necesidad de expiación. La colocación del cuerpo, la limpieza, la simbología…
todo apunta a una necesidad de purificación.
Cree que lo que hace está mal, pero no puede evitarlo… y trata de “compensarlo”.
—¿Religioso? —preguntó Delaney dejando de teclear.
—Mucho. —Apoyé las manos sobre la mesa—. Muy probablemente criado en un entorno evangélico o fundamentalista, con una visión muy rígida del pecado, sobre todo en lo sexual.
—¿Iglesias locales? —McKenna cruzó los brazos frente al pecho, pensativa.
—Sí. —Asentí—. Necesitamos revisar congregaciones conservadoras en la zona: líderes religiosos, feligreses problemáticos, denuncias internas… Cualquier cosa.
—Genial —murmuró Delaney—. Vamos a fichar a medio coro parroquial.
—No a todos —le corté—. Solo hombres dentro de ese rango de edad, con historial de conducta problemática o aislamiento social.
—Eso ya suena más divertido —respondió él, volviendo al teclado.
—No tiene pareja estable —seguí antes de perder el hilo—. O vive solo o convive con una figura femenina dominante, una madre o una abuela, que ha sido la responsable de esa educación.
—¿Por qué una mujer? —se interesó McKenna.
—Porque la culpa que presenta no es abstracta.
Es aprendida, interiorizada. Alguien ha tenido que inculcársela y normalmente solo las madres tienen una influencia tan fuerte.
—Hice una breve pausa—. Necesitamos buscar perfiles de hombres adultos que sigan viviendo con familiares mayores, sobre todo mujeres con un historial religioso fuerte .
—Eso sí que reduce la lista —comentó Delaney—. Vamos acotando.
—Además —continué—, necesita un lugar donde retener a las víctimas durante días sin ser descubierto. Eso implica una vivienda aislada o acceso a algún espacio privado: cabaña, almacén, garaje… Algo fuera del alcance de sus vecinos.
—Eso sí es útil —dijo McKenna—. Podemos cruzarlo con propiedades rurales y registros de uso, registros de almacenes, talleres…
—Hay más, todavía no he terminado. —Los miré a ambos—. Antes de empezar a matar, este tipo de agresores suele mostrar conductas previas.
—¿Como cuáles? —preguntó Delaney girando la silla hacia mí.
—Voyerismo, robo de prendas íntimas, entrada en viviendas, acoso a mujeres… —enumeré—. Conductas de escalada.
—O sea, que era un pervertido de manual desde joven —resumió él.
—Más bien un depredador en desarrollo —corregí—. Necesitamos revisar arrestos previos por este tipo de delitos en la zona.
—Eso es trabajo para los State Troopers —propuso McKenna—. Les pediremos listados de denuncias y detenciones de los últimos años.
—No solo eso. —Hice una breve pausa antes de continuar—. Hay un periodo de enfriamiento de cinco años entre la primera víctima y las actuales.
—¿Y? —preguntó McKenna.
—Eso no es habitual —expliqué—. No después de haber cruzado la línea. Lo normal sería una progresión más rápida.
—Entonces, ¿por qué se detuvo? —Delaney frunció el ceño.
—Porque algo hizo que no pudiera continuar —respondí—. Probablemente fue detenido por otro delito y ha estado ingresado en prisión. También cabe la posibilidad de un internamiento psiquiátrico.
El silencio se hizo más denso.
—Y ahora ha salido —añadió McKenna.
—Exacto. —Asentí—. Eso explicaría por qué ha vuelto a actuar ahora .
—Eso sí que reduce la lista. —Delaney soltó un leve silbido.
—Necesitamos registros de los últimos cinco años —continué—. Personas que hayan estado en prisión o en centros psiquiátricos y que hayan salido en los últimos meses. Y tenemos que cruzar esa información con el resto del perfil.
McKenna ya estaba tomando notas con rapidez.
—Vale. State Troopers para antecedentes y registros penitenciarios, policía local para denuncias por conductas sexuales previas. —Le hizo un gesto a Delaney—. Tú te encargas de cruzar datos.
—Claro —respondió él—. Como si no tuviera nada mejor que hacer.
—No lo tienes —replicó ella sin mirarle antes de dirigir su vista hacia mí—. Buen trabajo, Grey.
No sonaba cálido, pero tampoco frío. Asentí, sintiendo cómo algo dentro de mí se relajaba un poco. Por primera vez, tenía la sensación de que no estaba improvisando, que había construido un perfil sólido, que estaba haciendo bien mi trabajo y que, quizá, eso nos llevaría hasta él.
Solo me había tomado media hora para comer, pero, cuando regresé a la oficina, con un café humeante en un vaso de plástico, el ruido me golpeó nada más cruzar la puerta: teléfonos sonando, voces solapadas, teclados repiqueteando sin descanso…
El aire estaba cargado, denso, como si la presión de la prensa, de los políticos y del maldito reloj corriendo en nuestra contra se hubiera colado dentro de la oficina y nos estuviera aplastando a todos.
Ni siquiera me dio tiempo a dejar la chaqueta.
—Grey —me llamó McKenna sin apartar la vista de su pantalla—. Han llamado los de criminalística de los State Troopers .
—¿Qué tienen?
—Nada útil. —Ella negó con la cabeza, con la mandíbula tensa—. Dicen que el cuerpo de Tiffany estuvo demasiado tiempo a la intemperie, a merced de la lluvia y el viento, y que cualquier rastro biológico o huella que pudiera haber dejado el asesino se ha degradado o directamente ha desaparecido .
—Vale. Que documenten todo igual —ordené, ya avanzando hacia mi mesa sin dejar que el desánimo me invadiera—. A veces lo que parece inútil deja de serlo más adelante.
—Ya lo están haciendo —contestó.
—Boston —me llamó Kowalski desde el otro lado, con el teléfono todavía en la mano—. Los State Troopers otra vez. Están tirando de archivos de delincuentes sexuales de todo el estado. Dicen que nos mandan un primer filtro en cuanto lo tengan.
—Que prioricen los que hayan estado en prisión o en algún centro psiquiátrico en los últimos cinco años —respondí casi de forma automática.
—Se lo digo.
Seguí caminando, esquivando sillas, cables, carpetas abiertas abandonadas en el suelo como si todos hubiéramos dejado de lado cualquier intento de orden. El caso se nos estaba comiendo.
—He hablado con la oficina del gobernador —comentó Delaney sin levantar la voz, pero lo suficiente para que le oyera—. Quieren una actualización en dos horas.
—Pues que esperen sentados —respondí tras soltar una risa seca, sin humor.
—No van a hacerlo.
—No te preocupes de eso, Grey —intervino McKenna—. De los políticos me encargo yo.
Dejé por fin el bolso sobre la mesa y encendí el ordenador, aunque ya había tres informes abiertos esperándome, impresos, subrayados, con anotaciones en los márgenes.
Mi cabeza iba más rápido que mis manos. Demasiada información, demasiado ruido…
y, en medio de todo eso, Erin, una chica que, en aquel momento, tenía una fecha de caducidad que no conocíamos pero que intuíamos que podía ser demasiado corta.
Respira, Cass. Ordena. Prioriza.
—Oye —Kincaid apareció a mi derecha, con una carpeta digital en la tablet —. Estoy cruzando perfiles con lo que nos has indicado: edad estimada, control, componente ritual… Hay unos cuantos que encajan parcialmente, pero nada sólido todavía .
—Filtra por distancia —le sugerí—. Necesitamos a alguien que viva cerca de aquí, que conozca bien la zona, pero con movilidad.
—Me pongo a ello.
Otro teléfono sonó, luego otro y otro más.
—Boston. —Era Kowalski otra vez—. Es la prensa. Están preguntando si confirmamos agresión sexual.
—No —respondió McKenna sin dudar—. Nada oficial hasta tener resultados completos. De la prensa también me encargo yo.
En ese mismo instante, mi móvil vibró. Miré la pantalla: Hargreaves, el forense. Sentí cómo todo el ruido alrededor se amortiguaba, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.
—Dime que tienes algo.
—Tengo el perfil genético —anunció el doctor Hargreaves al otro lado—. Parcial, pero suficiente para trabajar. Os lo estoy enviando ahora mismo.
—¿Es limpio?
—Lo bastante. Si vuestro chico está en alguna base de datos, deberíais poder encontrarlo.
—Kincaid —dije tras colgar sin despedirme, girándome hacia él—. En cuanto entre un archivo del forense, es tuyo.
—Ya lo tengo —respondió casi al instante, mirando su pantalla—. Perfil genético recibido. Voy a contrastarlo con las bases de datos de delincuentes sexuales y CODIS. Dame unos minutos.
Asentí. Teníamos un hilo. Por fin, un maldito hilo.
—Grey. —La voz de Delaney volvió a imponerse al ruido general mientras se acercaba a mí con un papel impreso en la mano—. Acabo de recibir el listado de las últimas llamadas de Tiffany Collins.
—Bien —dije, notando cómo todo dentro de mí se tensaba—. Vamos a ver con quién habló antes de desaparecer.
La hoja tembló entre mis dedos, aunque juraría que tenía el pulso firme. Lo único que tenía frente a mí eran filas y filas de números, horas, duraciones… Nada más. Dirigí mi vista directamente hasta el final de la lista y señalé con el dedo.
—Aquí. —Mi voz salió más baja de lo que esperaba—. Jueves a las 17:08 .
—Eso encaja con la ventana horaria de la desaparición —dijo Delaney a mi lado.
—Es la última llamada saliente. —Asentí sin apartar la vista.
El resto se acercó un poco más. Notaba su presencia, su atención concentrada en ese punto exacto del papel. El último rastro de Tiffany. Cogí el teléfono y marqué. Un tono… Dos…
—Grúas North Valley, buenas tardes.
—Soy la agente Cassandra Grey, del FBI —me presenté sin rodeos—. Necesito información sobre una llamada recibida el jueves pasado, alrededor de las cinco de la tarde, desde este número.
Le dicté el de Tiffany. Hubo una breve pausa.
—Un momento, por favor. Le paso con el supervisor.
Apoyé el codo en la mesa, sosteniendo el auricular con más fuerza de la necesaria. Sentía las miradas clavadas en mí, esperando.
—Le atiende Mark Jensen, supervisor. ¿En qué puedo ayudarla, agente? —respondió una voz masculina.
—Necesito saber si recibieron una llamada el jueves, a las 17:08 desde este número —le dicté el de Tiffany—. Y qué ocurrió después.
Escuché el rápido sonido de teclas al otro lado.
—Sí… aquí está —respondió al fin—. Aviso por pinchazo. La clienta dijo que no sabía cambiar la rueda y que necesitaba ayuda.
—¿Ubicación?
—Llamaba desde la milla 71 de Parks Highway.
Algo hizo clic en mi cabeza. Ese era el lugar de la última ubicación del móvil de Tiffany, pero no el sitio en el que encontramos su coche. ¿Quién lo había movido? ¿Cuándo? ¿Por qué? Las siguientes palabras del supervisor al otro lado de la línea interrumpieron mis pensamientos.
—Pasamos el aviso y enviamos al gruista más cercano en ese momento.
—Quiero su nombre —ordené, notando que mi respiración se volvía más lenta.
—Fue… —dudó un segundo—. Derek Haines. El servicio quedó marcado como atendido. El operario informó de que iba en camino desde la zona de Wasilla. No tenemos más incidencias registradas.
—¿El operario confirmó la asistencia ?
—No hay reporte posterior —admitió—. Solo que se dirigía al lugar.
Se hizo el silencio, un silencio denso, cargado.
—De acuerdo —dije al fin—. No contacten con ese empleado. No le avisen de nada. Esto es una investigación federal.
—Entendido.
Colgué muy despacio y levanté la vista. Todos estaban mirándome.
—El teléfono corresponde a una central de grúas. Tiffany sufrió un pinchazo —expliqué—. No sabía cambiar la rueda.
—Y el que acudió fue… —empezó Kowalski.
—Un tal Derek Haines —terminé.
Kincaid ya estaba tecleando. McKenna se situó a su lado y se inclinó hacia delante.
—¿Tenemos algo de él?
Todos nos mantuvimos en silencio con la mirada fija en Kincaid, tan quietos como si el tiempo se hubiera detenido. Yo ni siquiera respiraba. Sentía cómo todas las piezas empezaban a moverse, a encajar.
—Un tipo de la zona con acceso, oportunidad… —murmuré.
Kincaid dejó de teclear y alzó la vista para clavarla en mí. Tomó aire y asintió mientras lo soltaba.
—Creo que tenemos un sospechoso.