Capítulo dos #3
—El problema es que… —me pasé las manos por la cara, intentando recomponerme— no terminó ahí.
A pesar de haberme escapado, a pesar de estar a miles de millas, sigo sintiéndome igual.
—Me abracé a mí misma, como si pudiera contener algo que se desbordaba por dentro—.
Sigo sintiéndome paralizada, indefensa, como si en cualquier momento pudiera volver a pasar y yo no fuera capaz de hacer nada.
Noté cómo mi voz volvía a temblar .
—Tengo pesadillas todas las noches. Estoy otra vez en ese baño…
y esta vez nadie entra. Esta vez no puedo escapar.
—El silencio pesó unos segundos—. Y ahora…
Ahora estoy investigando a un tipo que secuestra a chicas, que las retiene durante días, que hace con ellas lo que quiere.
—Apreté los labios—. Y no puedo dejar de pensar en lo que ellas están sintiendo, en ese miedo, en esa impotencia…
—Negué con la cabeza—. Es lo que yo sentí multiplicado por mil, por un millón…
Inspiré hondo. Me seguía costando que el aire llenara mis pulmones.
—Siento una responsabilidad enorme. Y miedo, mucho miedo. —Mi voz se volvió más baja—. Miedo de que todo esto… me paralice, de no ser capaz de hacer mi trabajo, de fallarles. —Le sostuve la mirada, completamente vulnerable—. Miedo de no estar a la altura cuando de verdad importa.
Las últimas palabras se quedaron flotando entre nosotros, cargadas de todo lo que no había sabido decir durante tanto tiempo.
Sentí cómo algo dentro de mí terminaba de romperse, como si esa frágil barrera que había estado conteniendo todo el dolor, el miedo y la vergüenza, cediera por fin.
Y entonces lloré. No fueron lágrimas silenciosas ni contenidas.
Fue un llanto descontrolado, profundo, que me sacudió el cuerpo entero.
Me doblé sobre mí misma, incapaz de sostenerme, y Ray no dudó un segundo.
Me rodeó con los brazos y tiró de mí con suavidad hasta que quedé apoyada contra su pecho.
—Eh… tranquila… —murmuró, con una voz baja y cálida que parecía envolverme—. Ya está… Ya ha pasado…
Pero no había pasado y quizá por eso lloraba así: porque por primera vez estaba dejando de fingir que sí.
Me aferré a él con fuerza, como si fuera lo único que me mantenía a flote.
Sentía el latido de su corazón bajo mi mejilla, firme, constante, y mi respiración fue acompasándose a ese ritmo.
Sus manos se movían despacio sobre mi espalda, en un gesto repetitivo y reconfortante, como si intentara recomponerme pieza a pieza.
El crepitar de la chimenea se fue apagando poco a poco, igual que el temblor de mi cuerpo. No sabría decir en qué momento dejé de llorar, ni en cuál el cansancio empezó a pesar más que el dolor. Solo sé que, sin darme cuenta, fui cerrando los ojos hasta quedarme dormida en sus brazos.
La luz me despertó. Una claridad suave, que se filtraba a través de los ventanales, me dio en los ojos y me hizo fruncir el ceño antes incluso de abrirlos del todo. Durante unos segundos no supe dónde estaba. Solo sentía calor, un calor agradable y envolvente. Y entonces lo recordé.
Levanté la vista. Seguíamos en el salón, frente a la chimenea.
Solo quedaban rescoldos apagados, un leve brillo anaranjado que ya no daba calor.
Estábamos tumbados en el suelo, sobre la alfombra, y Ray seguía abrazándome.
Su brazo rodeaba mi cintura con una firmeza protectora, como si en ningún momento de la noche me hubiera soltado.
Su respiración era profunda y tranquila, ajena al mundo.
Al moverme, noté la manta. No estaba allí la noche anterior. Alcé un poco la cabeza y vi cómo nos cubría a los dos. En algún momento, mientras yo dormía, él se había levantado, había buscado algo con lo que taparnos y había vuelto a su sitio sin despertarme.
Era un gesto tan simple… Y, sin embargo, algo dentro de mí se encogió.
Le miré con detenimiento. A la luz de la mañana, sin la penumbra de la noche ni el baile de las sombras del fuego, parecía aún más real, más cercano.
Tan guapo, tan encantador… y tan fuera de lugar en mi vida…
O quizá no tanto como me empeñaba en creer.
No sabría decir cuánto tiempo me quedé mirándolo, pero, antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, me incliné hacia él.
Fue un gesto leve, apenas un roce. Mis labios rozaron los suyos con suavidad, como si incluso eso fuera demasiado, como si no tuviera derecho a más…
Sin embargo, fue suficiente. Un estremecimiento me recorrió por dentro, profundo, inesperado, como si algo que llevaba dormido mucho tiempo acabara de despertarse.
Me separé de inmediato, con el corazón latiendo con fuerza. No debía haberlo hecho. Me quedé unos segundos más observándole, memorizando aquel instante, y después me incorporé con cuidado, intentando no hacer ruido.
Recogí mis cosas en silencio, me puse la chaqueta y, antes de marcharme, no pude evitar mirarle una última vez. Seguía dormido, tranquilo, como si, de algún modo, nada malo nos pudiera ocurrir mientras estuviéramos juntos.
Abrí la puerta con cuidado y salí al frío de la mañana, sintiendo que algo dentro de mí había empezado a cambiar.