La triada oscura Capítulo dos #2
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Capítulo dos #2

—Con el perfil. —Hizo un gesto apuntando hacia los folios con la barbilla para indicarme que comenzara.

—Pensaba que lo ibas a hacer tú.

—¿Yo? Tú eres la profiler del FBI. A mí no me está pagando nadie. —Debió darse cuenta de mi expresión de pánico, porque me sonrió para animarme—. Vamos, yo estaré aquí para corregirte si veo que te equivocas, pero estoy seguro de que no me necesitarás en absoluto. Empieza.

Agarré el bolígrafo con fuerza y, al posarlo sobre el papel, sentí que el miedo me invadía y que me quedaba en blanco. Levanté la cabeza para darle nuevas excusas y me encontré con su mirada confiada, con su sonrisa de ánimo. Tomé aire y empecé a recitar mientras escribía:

—Varón blanco, de entre treinta y treinta y cinco años.

Residente en la zona o con un conocimiento muy profundo de ella.

Se mueve con seguridad, selecciona lugares aislados y controla los tiempos, lo que indica planificación previa y familiaridad con el entorno.

—Tracé una línea más sobre el papel antes de seguir, notando cómo, poco a poco, las ideas empezaban a ordenarse en mi cabeza—.

Presenta una doble conducta: organizado en la preparación y la limpieza de la escena, pero desorganizado en la ejecución de la violencia, lo que sugiere un alto nivel de conflicto interno.

Hay una clara motivación sexual con componentes de culpa y necesidad de expiación, casi con seguridad vinculados a una educación rígida o represiva en materia religiosa.

Levanté la vista un segundo hacia Ray, casi buscando aprobación, pero no me detuve .

—Es posible que haya comenzado con conductas previas como voyerismo, robo de prendas íntimas o acercamientos fallidos a víctimas antes de escalar al secuestro.

La elección inicial de una víctima local sugiere una fase temprana más impulsiva o personal, mientras que las posteriores indican una evolución hacia un patrón más definido y ritualizado.

—Me detuve un segundo para ordenar mis pensamientos—.

El periodo de enfriamiento de cinco años entre la primera y la segunda víctima es demasiado largo para ser natural, lo que sugiere que podría haber estado internado en la cárcel o en alguna institución psiquiátrica y que haya salido en los últimos meses.

En cuanto a la conducta sexual… —dije, dudando por primera vez—.

No termino de encajarla. La agresión está ahí, sí, pero no parece responder tan solo a un impulso sexual. Es… extraño.

Ray se inclinó hacia delante con calma, como si hubiera estado esperando justo ese punto.

—Porque no lo es —respondió—. O, al menos, no en el sentido en el que lo estás planteando.

El sexo es solo el vehículo. Lo que buscan este tipo de agresores es otra cosa: control, poder absoluto…

Decidir qué hace la víctima, cómo se mueve, cuánto sufre…

Incluso cuándo vive y cuándo muere. La violencia sexual, en muchos casos, no es tanto una búsqueda de placer físico como una forma de dominación total, de posesión.

Sentí cómo algo se tensaba en mi interior al escuchar esas palabras. Bajé la mirada hacia el papel, aunque ya no veía lo que había escrito.

—Para ellos —continuó Ray, ajeno a mi reacción—, el cuerpo de la víctima se convierte en un objeto sobre el que ejercer ese control. Todo lo demás… —se encogió de hombros— es secundario.

Tragué saliva. De pronto, la habitación pareció más pequeña y el aire más difícil de respirar.

No era la primera vez que escuchaba una explicación así.

No era nada que no hubiera estudiado antes, nada que no supiera, pero escucharlo allí, en voz alta, en aquel contexto, hizo que algo se removiera dentro de mí con una violencia inesperada.

Un baño.

Una mano cerrándose sobre mi brazo .

La sensación de no poder moverme.

Apreté con más fuerza el bolígrafo entre los dedos, obligándome a centrarme en el presente, en la mesa, en el sonido de la voz de Ray.

—Tiene sentido… —murmuré, aunque mi voz sonó más baja de lo que pretendía—. Entonces no es solo lo que hace, sino lo que necesita sentir mientras lo hace.

Pero, incluso mientras lo decía, sabía que ya no estaba pensando tan solo en el asesino.

—Cassandra… —La voz de Ray se volvió más baja, más cuidadosa—. ¿Qué te pasa?

Negué con la cabeza de forma automática, como si pudiera apartarlo de un gesto, pero ya era demasiado tarde. Él me estaba mirando de esa manera suya, tan directa, tan certera, que sentí que no tenía ningún lugar en el que esconderme.

—No es nada… —mentí, aunque mi voz se quebró en la última palabra.

—No, eso no es verdad. —Ray se incorporó un poco, inclinándose hacia mí.

El silencio que siguió se hizo insoportable. Notaba la presión en el pecho, el nudo en la garganta, esa sensación de que, si abría la boca, todo iba a desbordarse sin control. Apreté los labios, intentando contenerlo… pero no pude.

—Fue en Boston… —empecé, con la vista fija en la mesa—.

En la fiesta de jubilación de un compañero.

—Tragué saliva. Las palabras salían torpes, como si tuvieran que abrirse paso a la fuerza—.

Habíamos estado bebiendo. Yo… bastante. Y él, mi jefe, también.

—Me froté las manos, nerviosa—. Siempre había sido muy amable conmigo.

Yo… confiaba en él. Pensaba que era… —solté una pequeña risa amarga y sentí cómo se me empañaban los ojos— alguien a quien quería parecerme. Fui al baño… y él entró detrás.

Tuve que detenerme. El recuerdo me golpeó con una claridad demasiado vívida: el frío del lavabo en la espalda, el olor a alcohol, el peso de su cuerpo demasiado cerca.

—Me acorraló —continué, en un susurro—. Yo…

no entendía qué estaba pasando. No… no reaccioné.

Estaba mareada, confusa… No pude hacer nada.

Ni gritar, ni apartarlo… Nada. —Las lágrimas empezaro n a deslizarse sin que pudiera evitarlo—.

Y él… empezó a tocarme. Como si… como si yo no fuera una persona. Como si… no importara.

Mi voz se quebró del todo. El aire me faltaba. Me llevé una mano al pecho, intentando respirar.

—Me sentí… —sollocé— tan pequeña, tan paralizada… Como si mi cuerpo no me perteneciera, como si fuera… una presa.

No pude seguir. Ray se movió sin decir nada. Noté sus brazos rodeándome, firmes pero suaves, y esa cercanía, lejos de incomodarme, fue lo único que evitó que me desmoronara por completo.

—No tienes que contarlo —murmuró junto a mi pelo—. No hace falta.

Negué con la cabeza contra su hombro.

—Sí… sí hace falta.

Inspiré con dificultad, agarrándome a su camisa como si fuera lo único sólido en el mundo.

—Entró otra persona en el baño —continué de forma entrecortada—. Y pude escapar. Solo… salí corriendo. Después, no fui a trabajar durante días. Dije que estaba enferma. No podía… no podía verle. Y luego pedí el traslado.

Me separé lo justo para poder mirarle, aunque me sentía completamente expuesta.

—Y él… —susurré—. Se encargó de que acabara aquí.

El silencio volvió a caer entre nosotros, pero esta vez no era incomodó. Ray me miraba con una mezcla de rabia contenida y comprensión que me apretó aún más el pecho.

—Lo siento mucho, Cassandra —dijo al fin, con una sinceridad que no necesitaba adornos.