Capítulo dos
Capítulo dos
Cuando regresé a casa de Ray, eran casi las dos de la mañana. Había hecho todo el viaje de vuelta diciéndome a mí misma que sería inútil, que haría horas que se habría quedado dormido y que no debería despertarle, pero no había podido evitar conducir de nuevo hasta allí.
Detuve el coche frente a su casa y me quedé contemplando la cálida luz que salía del ventanal del salón, preguntándome si seguiría despierto, esperándome.
Me quedé dentro del coche, sin saber qué hacer, diciéndome a mí misma que era una ilusa, que yo no significaba tanto para aquel hombre como para que me esperara despierto hasta esas horas…
y, en ese momento, la puerta principal se abrió y su silueta se dibujó en el umbral.
Bajé del coche, recordando que él no podía dar un solo paso más para acercarse a mí y, cuando estuve frente a él, le dediqué una sonrisa divertida.
—Eres como los vampiros, pero al revés. Ellos no pueden entrar en las casas y tú no puedes salir.
—¿No te han dicho que está muy feo reírse de las discapacidades ajenas? —Cuando vio mi cara de arrepentimiento, soltó una carcajada—. Es broma. Ya me gustaría ser como los vampiros. Tan solo tendrías que invitarme al resto del mundo para que pudiera traspasar esta puerta.
—Lo siento —me disculpé—. Mi comentario ha sido una estupidez. Y siento también las horas…
—¿Sabes que, si te disculpas continuamente por todo, al final pierde eficacia? —Se echó a un lado para invitarme a entrar—. El día que me hagas algo horrible y quieras disculparte, ya no tendrá efecto.
—Espero no hacerte nunca nada horrible.
Él se colocó a mi espalda y puso las manos en mis hombros para ayudarme a quitarme la chaqueta. No pude evitar imaginar, tan solo por un instante, cómo sería que él no se detuviera en la chaqueta y continuara tras de mí, tan cerca, despojándome del resto de mi ropa.
—Sé que no lo harías —susurró en mi oído antes de apartarse para colgar la chaqueta en el perchero.
Aproveché que no me estaba mirando para resoplar y abanicarme un poco con la mano. De repente, me parecía que allí dentro hacía un calor horrible. Por desgracia, se giró demasiado rápido y me pilló en pleno gesto.
—Hace mucho calor aquí —expliqué—. Será la diferencia con el frío de fuera.
—Un poco de vino te ayudará a templar el cuerpo. Sígueme.
Le acompañé hasta el salón, pero me quedé parada en la puerta, con una sonrisa divertida en el rostro. La chimenea encendida, la copa de vino en la mesa al lado de un grueso ejemplar de Crimen y castigo, la suave música de jazz…
—¿Qué te parece tan divertido? —preguntó enarcando una ceja.
—El ambiente… Es tan tú…
—No sé si tomármelo como un insulto o como un halago.
—Créeme, es un halago. —Tomé la copa que me tendía y me senté en el otro sillón, al otro lado de la chimenea—. Muchas gracias por esperarme. Se me ha hecho tardísimo.
—No hay problema. Tengo mucha curiosidad por el caso.
Aquella respuesta me arrancó una pequeña sonrisa, pero también despertó una pregunta incómoda que llevaba un rato rondándome por la cabeza.
¿Era solo el caso lo que le mantenía despierto a aquellas horas?
¿O había algo más? Desde que lo había conocido, Ray había mostrado una curiosidad casi obsesiva por cada detalle de la investigación, analizándolo todo con intensidad.
Quizá solo era eso lo único que nos unía, quizá debería olvidar que, al otro lado de aquella mente brillante, había un hombre de carne y hueso, un hombre que me miraba de una manera que no siempre parecía puramente profesional.
Di un pequeño sorbo al vino mientras lo observaba.
La luz del fuego dibujaba sombras suaves sobre su rostro y, por un instante, me di cuenta de algo que llevaba días intentando esconderme a mí misma: aquel hombre me gustaba, mucho más de lo que me resultaba prudente admitir.
No sabía si aquello era una buena idea, si era el momento adecuado ni si mi cabeza estaba preparada para algo así después de todo lo que me había pasado en Boston, pero la verdad era que, sentada allí, mirándolo mientras la música y el crepitar de la chimenea llenaban el silencio, me habría encantado saber si para él aquello era solo un caso fascinante…
o si también empezaba a sentir algo parecido a lo que estaba empezando a sentir yo.
—El caso, sí… —contesté mientras abría mi mochila para sacar las carpetas con los expedientes—. ¿Dónde podría poner todo esto?
—Aquí mismo. —Ray señaló el espacio frente a la chimenea y se sentó en el suelo, frente al fuego—. Si necesitas un sitio amplio, esto es perfecto.
Me senté frente a él y fui esparciendo las carpetas en el espacio que quedaba entre nosotros. Ray fue cogiendo algunas y echándoles un ojo.
—Tengo un problema enorme —confesé—. Le he prometido a mi jefa que mañana le entregaré un perfil del asesino para que puedan empezar a trabajar con él.
—¿Y por qué eso debería suponer un problema?
—Porque ya son las dos de la mañana y no tengo nada. —Resoplé desesperada—. Soy una ilusa… No estoy preparada para esto.
—Por supuesto que estás preparada. Cálmate y no te dejes llevar por el pánico. —Me miró y asintió, como si confiara plenamente en mí—. Vamos a organizar toda la información de la que disponemos. ¿Qué sabemos de la chica de hoy?
—Se llama Erin McLeod y es canadiense, de Whitehorse.
Creemos que puede ser fotógrafa profesional…
Y no sabemos mucho más. —Me encogí de hombros—.
De hecho, ni siquiera estamos seguros de que sea una nueva víctima.
Podría haber salido a pasear por el bosque o a sacar fotos y aparecer en un par de horas…
—Pero tú no crees eso.
No fue una pregunta, sino una afirmación rotunda. Le miré y negué con la cabeza, apesadumbrada.
—No, no lo creo. El coche abandonado, la edad de la chica…
Coinciden demasiadas cosas. Además de lo que hablamos justo antes de que me marchara: que el hecho de que Tiffany hubiera muerto de forma accidental, frustrando la fantasía de su asesino, podría hacer que buscara una nueva víctima cuanto antes.
—Entonces tomaremos como cierta la hipótesis de que Erin está ahora mismo en sus manos y rezaremos para estar equivocados.
—Esperó hasta que yo asentí mostrando mi conformidad—.
¿Qué tenemos de la primera víctima, la chica cuyo cuerpo apareció hace cinco años? Antes no has podido contarme casi nada.
Rebusqué entre las carpetas repartidas por el suelo hasta encontrar la que Kowalski me había pasado por la mañana. La abrí y la giré para que ambos pudiéramos verla mientras recitaba en voz alta los datos más importantes:
—Lorraine Douglas, veinticinco años. —Puse su foto encima de las demás páginas y durante unos segundos nos quedamos mirando sus ojos tristes—.
Era una chica de Willow, cajera de supermercado.
Según consta en su expediente, tenía problemas psiquiátricos: le habían diagnosticado depresión y había tenido un par de intentos de suicidio.
—Supongo que pasaría una temporada internada tras esos intentos. ¿Recuerdas lo que te dije acerca de que el asesino podría haber estado también internado?
—¿Sugieres que quizá se conocieron en uno de esos ingresos? —pregunté emocionada.
—Es una posibilidad que deberíamos contemplar.
Aunque los asesinos en serie organizados suelen buscar victimas desconocidas, hay casos en los que comienzan por víctimas más próximas: alguna vecina, una compañera de estudios…
Nadie demasiado cercano como para señalarlo como sospechoso, pero sí lo bastante como para haber despertado su fantasía.
—Esperó hasta que yo dejé de tomar notas—. ¿Qué más sabemos sobre ella?
—Pues que la investigación fue un absoluto desastre —comenté mientras negaba con la cabeza—.
Cuando se encontró su cuerpo, semanas después de su desaparición, estaba tan deteriorado que ni siquiera se pudo determinar la causa de la muerte y, dados sus antecedentes psiquiátricos, se cerró como un suicidio.
¿Cómo pudieron pensar que era un suicidio con doce cortes en el muslo?
—No es tan descabellado. Podría haberse autolesionado…
—¿Y la piedra en la vagina? —pregunté enfadada—. ¿También se habría hecho eso a sí misma?
—No te puedes hacer a la idea de la cantidad de cosas raras que la gente se mete en los orificios corporales.
—No es gracioso, Ray —me quejé—. Si la investigación de la muerte de Lorraine se hubiera llevado con más seriedad, quizá podrían haberlo atrapado…
Y, si lo hubieran hecho, Tiffany seguiría viva y Erin no estaría en estos momentos en manos de un maniaco asesino, muerta de miedo y expuesta a cualquier aberración…
—Cassandra, tranquila… —Extendió su mano hasta tocar la mía y hacer que le mirara a los ojos—. No deberías tomártelo de una forma tan personal.
—¿No? ¿Y cómo debería tomármelo? ¿Como un hobby? —gruñí—. Por supuesto que es personal.
—Lo digo por tu bien. Si no consigues mantener a raya tus emociones, no vas a poder analizar los datos con la profesionalidad que necesitas… —Apretó mi mano con cariño—. Eso sin contar con el dolor que vas a causarte a ti misma.
Asentí y me mordí el labio inferior para controlar mis emociones.
Sabía que Ray tenía razón, pero, desde que había recibido el aviso de la desaparición de Erin, no dejaba de pensar que tendría que haberme dado más prisa con la investigación, que estaba muy lejos de atrapar al asesino y que, mientras no lo lograra, todo lo que le pasara a esa chica era responsabilidad mía .
—Tienes razón, lo sé. —Me incliné hacia delante y me apreté las sienes con los dedos—. Pero es que me parece que estoy tan lejos de poder resolver esto… Me siento tan inútil. Por suerte, te tengo a ti.
—No, no… De eso nada. La autocompasión está prohibida en esta casa. —Cogió un taco de folios en blanco y me los puso delante—. Voy a demostrarte que estás capacitada para este trabajo y que sabes muchas más cosas sobre nuestro asesino de lo que tú misma crees. Empieza.
—¿Que empiece qué? —pregunté confusa.