Capítulo uno
Capítulo uno
Como si el destino hubiera estado esperando esa frase para una aparición estelar, mi móvil comenzó a sonar. Miré la pantalla, en la que aparecía el nombre de Kincaid.
—Es uno de mis compañeros de trabajo —expliqué—. ¿Te importa?
Ray negó con la cabeza y me hizo un gesto animándome a contestar. No habría sabido explicar por qué, pero sentía el estómago encogido y una especie de electricidad recorriendo mi cuerpo. Sabía, antes de que él dijera una sola palabra, que el contenido de esa llamada no me iba a gustar.
—Grey —saludó incluso antes de que yo dijera nada—. Soy Kincaid. Hemos encontrado algo, una furgoneta camper abandonada en Hatcher Pass Road. Creemos que podría estar relacionado con tu caso. ¿Podrías venir?
—Mándame ubicación —contesté sin pedir más explicaciones—. Voy para allá.
En cuanto colgué, me giré hacia Ray, que me miraba sin comprender. Mientras recogía mis cosas, empecé a explicarme.
—Ha aparecido otro vehículo abandonado y creen que puede ser él. Lo siento, pero tengo que irme .
—No te preocupes, lo entiendo —dijo él acompañándome hacia la puerta.
—Me encantaría que pudieras venir. —Antes de que dijera nada, me detuve, me giré hacia él y le miré a los ojos para que supiera que estaba siendo sincera—.
No lo digo por decir. No te puedes imaginar cuánto me gustaría que pudieras acompañarme.
Estoy segura de que podrías notar tantas cosas que a mí se me van a escapar…
—Cassandra, para. —Se colocó frente a mí y me agarró por los brazos con firmeza—. No necesitas que yo vaya. Estás perfectamente capacitada para hacer esto tú sola.
—Gracias por la confianza. Me encantaría creer en mí la mitad de lo que tú lo haces. —Dibujé una sonrisa sarcástica mientras le esquivaba la mirada.
—Tienes los conocimientos necesarios, eres inteligente, intuitiva, analítica… Por supuesto que confío en ti. —Colocó un dedo bajo mi barbilla para hacerme levantar la mirada—. Vas a hacerlo bien.
No pude contestar nada. Aquella repentina cercanía, el roce de su mano bajo mi barbilla y el encuentro con aquellos ojos de color gris nublado hicieron que mi cerebro se quedara en blanco durante un par de segundos.
Por suerte, algunas neuronas consiguieron reaccionar a tiempo y darle la orden a mi cerebro para que respondiera.
Carraspeé nerviosa y conseguí sonreír y asentir a sus palabras.
—Eso espero… —dije al fin—. Aunque te confieso que lo que realmente espero es que el coche abandonado no tenga nada que ver con nuestro asesino. No puede ser él… No tan pronto, ¿verdad?
Volví a mirarle. Mis últimas palabras no eran en realidad una pregunta, sino un ruego. Y, en realidad, no iban dirigidas a Ray, sino a Dios, al destino, a la providencia… a quien fuera que tuviera que encargarse de evitar una nueva víctima.
—No lo sabremos hasta que vayas —contestó Ray—. Llámame cuando acabes… O, aún mejor, pásate por aquí.
—Acabaré muy tarde…
—Me da igual. Te estaré esperando.
Asentí y salí de la casa casi a la carrera.
Bajé los escalones del porche con el móvil todavía en la mano y caminé deprisa hacia el coche.
El aire frío de la noche me golpeó la cara con fuerza, pero apenas lo noté.
Tenía la cabeza llena de ruido, como si todas mis ideas hubieran empezado a chocar entre sí al mismo tiempo.
Arranqué el motor y abandoné el camino de grava de la casa de Ray con algo más de prisa de la que habría sido prudente. El lago desapareció a mi derecha mientras tomaba la carretera principal en dirección a Anchorage. Durante unos segundos conduje en silencio, con las manos tensas sobre el volante.
Una furgoneta camper abandonada.
No tenía por qué significar nada. La gente podía abandonar un vehículo por mil razones: averías, excursiones improvisadas, turistas que se perdían, adolescentes que se metían en el bosque a beber… Podía ser cualquier cosa. Tenía que ser cualquier otra cosa…
Me repetí aquella idea una y otra vez mientras atravesaba las calles casi vacías de la ciudad.
Las luces amarillentas de las farolas se reflejaban sobre el asfalto húmedo y las montañas se recortaban oscuras contra el cielo.
Cuando tomé la carretera que salía hacia el norte y dejé Anchorage atrás, el paisaje empezó a abrirse.
El tráfico desapareció casi por completo y el mundo volvió a convertirse en bosque, oscuridad y carretera.
El trayecto hasta Hatcher Pass Road no era largo, pero aquella noche me pareció interminable.
Intenté concentrarme en la conducción, en la línea blanca que corría bajo las ruedas del coche, en los faros que iluminaban los troncos de los abetos a los lados de la carretera, pero mi cabeza volvía una y otra vez a la misma idea: si aquella furgoneta estaba relacionada con mi caso, entonces significaba que había otra víctima, otra mujer, otra vida que dependía de mí…
Sentí un nudo en el estómago. No estaba preparada para eso.
Apenas llevaba unos días en Anchorage, no tenía experiencia real en investigaciones de homicidio…
Ni siquiera sabía si estaba haciendo bien las cosas más básicas.
Y, sin embargo, si aquella chica seguía viva, cada minuto contaba, cada una de mis decisiones podía suponer la diferencia entre la vida y la muerte.
Apreté un poco más el volante. ¿Qué iba a hacer si era él? ¿Qué iba a hacer si había otra mujer atada en algún lugar oscuro, esperando a que alguien la encontrara?
Intenté imaginarme a Tiffany durante aquellas cuarenta y ocho horas de cautiverio y un escalofrío me recorrió la espalda. No podía permitir que volviera a ocurrir. No podía…
Las luces azules aparecieron entre los árboles cuando giré hacia Hatcher Pass Road. Había varios vehículos de los State Troopers aparcados a un lado de la carretera y un par de focos iluminaban una zona de grava más adelante.
Reduje la velocidad mientras me acercaba. Y entonces la vi: la camper blanca estaba aparcada al borde del bosque, silenciosa, como si me hubiera estado esperando allí toda la noche. Y, sin poder explicarlo, tuve la certeza absoluta de que era él…
Vi a Kincaid de pie, al lado de la puerta abierta de la camper, hablando con un agente enfundado en un traje forense. Paré el coche a unos pasos, fuera de la zona acordonada, y, tras identificarme, me acerqué a ellos.
—Kincaid —saludé—. ¿Qué tenemos?
—Malas noticias —respondió él antes de tenderme unos guantes blancos y unas fundas para los pies—. Si me acompañas, te lo enseño.
Esperó unos segundos hasta que estuve preparada y después me indicó con un gesto que entrara primero, como si fuera un guía en una visita turística.
Cuando los dos estuvimos en el interior, su presencia era tan cercana que me resultó incómoda.
El interior de la camper estaba muy ordenado, pero no estaba diseñado para dos personas.
—No sé si te habrás fijado en el exterior de la furgoneta —esperó hasta que negué con la cabeza—, pero la matrícula es canadiense. Además, en el cristal trasero hay una pegatina ovalada que dice “Whitehorse – Wilderness City”. Es el eslogan de la ciudad de Whitehorse, la capital de Yukón.
—¿Eso supondrá algún problema de jurisdicción?
—No, para nada. Informaremos a las autoridades canadienses, pero dudo mucho que se quieran meter en la investigación. —Se encogió de hombros—. Para bien o para mal, estamos solos en esto.
—¿Y qué más habéis encontrado? —pregunté mirando alrededor.
Kincaid me pidió permiso con un gesto y se acercó aún más a mí para abrir un cajón situado a mi derecha.
Me giré para ver el contenido: ropa deportiva en distintos colores, objetos de aseo y ropa interior femenina.
Sentí una opresión en el pecho que me hacía difícil respirar.
Mis peores temores empezaban a confirmarse.
—También hemos encontrado esto, lo que descarta que se trate de un robo.
Abrió un armario y se apartó lo que pudo para dejarme mirar. Dentro había una cámara de fotos metida en su funda y una mochila.
—¿Puedo abrirlos?
—Sí, los chicos de la oficina forense ya me han dado permiso antes y yo ya lo he mirado todo. La cámara es buena, muy buena. Parece profesional, de hecho.
Dejé la cámara en su sitio. No sabía nada de cámaras y me fiaba del criterio de Kincaid. Cogí la mochila y abrí el bolsillo exterior para encontrarme con una cartera. Se la enseñé a mi compañero con una pregunta dibujada en mi rostro.
—Sí, está todo ahí: documentación, dinero, tarjetas… Por eso te digo que no parece un robo. Y tampoco creo que haya decidido marcharse y abandonar todo esto dejando la puerta del conductor abierta.
Abrí la cartera y saqué el carné de conducir: Erin McLeod, una joven con el pelo rubio y corto y unos enormes ojos castaños que destacaban en un rostro de piel blanca plagado de graciosas pecas.
Me pareció que esos ojos se me clavaban en el alma.
Que siguieran brillando con tanta vida dependía de mí…
Escuché el ruido de un motor acercándose.
Nos asomamos para ver cómo un nuevo vehículo se había detenido al otro lado de la cinta.
McKenna se bajó de él y caminó hacia nosotros con gesto resuelto.
Me quedé dentro de la camper, mirando los objetos de Erin mientras dejaba que Kincaid la pusiera al día.
En realidad, no buscaba pistas. Buscaba cualquier indicio que señalara que la chica se había marchado por propia voluntad, que simplemente había salido a caminar por el bosque con otra cámara y que volvería en cualquier momento sin entender por qué se había formado aquel jaleo alrededor de su furgoneta y por qué aquellos malditos policías yankis se habían sentido con el derecho a meterse en su camper y abrir los cajones de su ropa interior.
Intenté convencerme por todos los medios: todo estaba muy ordenado, no había señales de lucha, los canadienses eran muy confiados y quizá para ellos era normal dejar el vehículo abierto con todas sus pertenencias dentro…
Pero sabía que no era cierto, que no podía engañarme.
Tomé aire para cobrar fuerzas y salí para encontrarme con mis compañeros.
—Grey —saludó McKenna con tono seco—. ¿Qué piensas?
—Espero que no sea él y que la chica solo esté dando un paseo, pero esto huele fatal —confesé.
—Tenemos a varios agentes dando vueltas por el bosque por si hay suerte —explicó Kincaid—. Si la encuentran, nos avisarán de inmediato.
—Pero tú no crees que vayan a encontrarla, ¿verdad? —preguntó McKenna dirigiéndose a mí.
—La verdad es que no. —Lancé un largo suspiro—.
El vehículo abandonado, la edad y físico de la víctima, la zona…
Todo coincide. Además, el hecho de que la víctima anterior muriera de forma accidental y no como el asesino había planeado ya me hacía temer que pudiera escoger pronto a una nueva víctima con la que satisfacer sus fantasías.
—Habría sido un detalle que me lo comentaras —se quejó McKenna.
—Quizá sí, pero dudo mucho que se hubiera emitido un comunicado alertando a toda la población por una sospecha —me defendí.
—A partir de ahora coméntame toda sospecha que tengas, por pequeña que sea.
Me limité a asentir y a morderme la lengua. No serviría de nada contestarle. A los ojos de McKenna acababa de comenzar con la investigación y ya había cometido mi primera cagada. Como si quisiera reforzar mis miedos, puso los brazos en jarras y me miró fijamente.
—¿Estás preparada para esto, Grey? Quiero decir que, por lo que parece, podríamos estar persiguiendo a un asesino en serie y tú casi no tienes experiencia real…
—Por supuesto que estoy preparada —la corté—.
Estoy realizando un análisis comparativo de la victimología y de las conductas post mortem de los dos casos que teníamos hasta el momento y los indicadores de firma sugieren una consistencia ritual lo bastante sólida como para establecer una vinculación preliminar entre las escenas.
Ahora mismo estoy trabajando con una hipótesis operativa basada en la repetición de patrones conductuales y en la posible escalada de la fantasía del agresor.
McKenna me sostuvo la mirada durante unos segundos, como si no supiera qué objetar.
Por dentro sentí un pequeño alivio. Había elegido aquellas palabras con cuidado: términos técnicos, frases largas, conceptos que sonaban lo bastante académicos como para que no me siguiera presionando.
No estaba segura de si realmente estaba preparada para aquello, pero sí sabía cómo parecerlo…
En aquel momento, eso tendría que bastar.
—Está bien. —McKenna asintió—. El caso es tuyo, Grey. Espero que lo lleves bien… y si ves que te queda grande, pide ayuda.
—Lo haré. —Hice una pequeña pausa antes de añadir—. Mañana por la mañana te entregaré un perfil conductual completo del agresor.