La triada oscura Capítulo once
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Capítulo once

Capítulo once

Cuando aparqué frente a la casa de Ray ya era de noche.

El lago estaba oscuro y quieto, como una mancha de tinta, y las ventanas de la casa proyectaban una luz cálida que contrastaba con el frío que flotaba en el aire.

Me quedé un segundo dentro del coche mirando la botella de vino que había comprado de camino.

No tenía ni idea de si era buena de verdad o si simplemente lo parecía por la etiqueta elegante y el precio excesivo que había pagado por ella, pero esperaba que sirviera al menos para expresar lo que quería decir.

Respiré hondo, salí del coche y subí los escalones del porche. Ray abrió la puerta casi antes de que terminara de llamar. Llevaba una camiseta oscura y las mangas remangadas, como si hubiera estado trabajando en la cocina. Una amplia sonrisa apareció en su rostro en cuanto me vio.

—Cassandra.

El modo en que pronunciaba mi nombre siempre tenía algo que me descolocaba. Le tendí la botella.

—Para ti. —Me encogí de hombros—. Es para agradecerte las cenas… y que me estés ayudando con el caso.

Ray miró la botella, luego a mí, y negó despacio con una expresión divertida .

—No hacía falta. —Tomó la botella y la levantó un poco para observarla a contraluz—. Tu compañía ya compensa de sobra el esfuerzo.

Sentí cómo el calor me subía por el cuello.

—No exageres.

—No estoy exagerando. —Su sonrisa se volvió un poco más sugerente—. Créeme, disfruto mucho cuando vienes.

Traté de ignorar la forma en que aquello sonaba y, tras dejar mi mochila en el suelo, me quité la chaqueta para colgarla en el perchero de la entrada.

—Bueno… pues espero que también disfrutes del vino.

—Si no lo hago, mentiré con mucha convicción —respondió mientras cerraba la puerta—. Ven, la cena está casi lista.

Le seguí hasta la cocina. El aroma a ajo, queso y pan tostado llenaba el aire. Sobre la encimera había una ensaladera grande y varios platos ya preparados.

—Hoy no hay nada sofisticado —anunció mientras se acercaba a la mesa—. Solo una ensalada César.

—¿Solo? —me reí mientras me sentaba—. Eso ya es más elaborado que cualquier cosa que haya comido en el motel esta semana.

—Ese motel es mi principal competidor culinario —contestó con gravedad fingida mientras servía la ensalada—. Tengo que mantener el nivel.

Se sentó frente a mí y durante unos segundos empezamos a comer en silencio.

Yo intentaba concentrarme en la comida, pero me resultaba difícil ignorar su presencia al otro lado de la mesa.

Cada vez que levantaba la mirada, me encontraba con sus ojos grises observándome con una atención que me ponía incómoda… y algo más.

—Bueno —dijo apoyando los codos en la mesa—. Cuéntame. ¿Qué has descubierto hoy?

—¿Seguro que no prefieres que terminemos de cenar primero?

—¿Por qué? —preguntó arqueando una ceja.

—Porque tengo los resultados de la autopsia —respondí—. Y no son precisamente material de sobremesa.

—Cassandra… —Dejó con calma el tenedor en el plato—. Me dedico a estudiar asesinos en serie. Créeme, estoy preparado .

Yo también dejé mi tenedor y me limpié los dedos con la servilleta. Durante un segundo, dudé por dónde empezar. Ray me observaba con aquella mirada tranquila y penetrante que parecía capaz de ver dentro de mi cabeza.

—Bien. La autopsia ha confirmado algunas cosas que ya sospechábamos…

y otras bastante más inquietantes. —Tomé un pequeño sorbo de vino antes de continuar—.

Antes de morir, Tiffany estuvo retenida dos días.

Durante ese tiempo, sufrió dos cortes paralelos en el muslo derecho.

—Señalé con el dedo sobre mi propia pierna para indicar dónde estaban—.

Uno hecho el primer día y otro el segundo. Están parcialmente cicatrizados.

—Una forma de marcar el tiempo —murmuró apoyando la barbilla en la mano, pensativo—. Como una cuenta atrás.

—Eso pensé yo también.

Hubo un breve silencio antes de que continuara.

—La autopsia también confirmó agresión sexual. —La expresión de Ray no cambió—. Pero hay algo más: el forense encontró una piedra dentro de la vagina de la víctima.

Ray asintió con absoluta calma. No parecía sorprendido.

—Eso —dijo con lentitud— es la firma del asesino.

—¿La firma? —pregunté frunciendo el ceño.

—Sí. —Se reclinó en la silla—. En criminología distinguimos entre el modus operandi y la firma. El modus operandi es lo que el asesino hace para cometer el crimen y escapar sin ser atrapado. La firma… —inclinó un poco la cabeza— es lo que hace porque lo necesita.

—¿Lo necesita?

—Sí. —Sus ojos grises brillaron con intensidad—. La firma satisface las fantasías más íntimas y personales del asesino. Es la expresión de su mundo interior. Por eso cada asesino tiene una firma única. Y ahora tu trabajo consiste en intentar descubrir qué fantasía hay detrás de esa piedra.

—¿Qué crees que significa? —pregunté sintiendo un ligero escalofrío.

—Podría haber varias interpretaciones —dijo tras quedarse unos segundos en silencio, pensando—.

Una de las más simples sería la anulación simbólica de la feminidad de la víctima.

Bloquear la vagina podría representar el deseo de destruir o controlar aquello que él percibe como el origen del pecado o de la tentación.

—¿Algo religioso?

—Podría ser. —Se encogió de hombros—. En algunas mentes profundamente perturbadas, el sexo se asocia con culpa y castigo.

Podría estar intentando obstruir el acceso al pecado, por decirlo de alguna forma.

—Bebió un pequeño sorbo de vino antes de continuar—.

También podría tener un significado más… delirante.

—¿Cómo cuál?

—Como evitar que la víctima pueda concebir un hijo suyo.

—Pero… está muerta —rebatí, confusa.

—Lo sé. —Su sonrisa fue leve y casi triste—. Pero uno no puede imaginarse los delirios que existen en la mente de alguien perturbado.

Guardé silencio unos segundos, procesando lo que acababa de decir. Entonces levanté la vista hacia él.

—Pues espérate a escuchar esto.

—¿Qué ocurre? —preguntó arqueando una ceja.

—Hoy hemos descubierto algo más. —Me incliné hacia delante sobre la mesa e incluso bajé un poco el tono de mi voz—. Hace cinco años apareció el cadáver de otra chica… Y también tenía una piedra en la vagina. Dame un segundo.

Me levanté a toda prisa y corrí hacia la entrada para recoger la mochila. La abrí mientras regresaba hacia la mesa y saqué la carpeta con el expediente que me había dado Kowalski. Antes de ponerla frente a Ray, dudé un segundo.

—¿De verdad quieres verlo ahora? El cuerpo estaba en un avanzado estado de descomposición…

—Mientras no hayáis inventado las fotografías con aroma, creo que podré seguir cenando sin problema. —A pesar de sus palabras, apartó su plato a un lado antes de abrir la carpeta.

—Es Lorraine Douglas. Encontraron su cuerpo hace cinco años, en medio del bosque.

El cadáver presentaba un estado avanzado de descomposición y actividad carroñera, lo que impidió determinar la causa de la muerte.

Sin embargo, en el muslo derecho se observaban varias incisiones lineales compatibles con cortes realizados con arma blanca. ¿Te suena?

—La cuenta atrás de nuestro asesino. —Ray asintió sin mirarme, absorto en la contemplación de las fotografías—. Hay muchos cortes.

—Doce para ser exactos. —Sentí un estremecimiento al pronunciar aquellas palabras—. Si nuestra hipótesis es correcta, significaría que el asesino la mantuvo retenida durante doce días antes de matarla.

—¿Y hace cuánto tiempo dices que se encontró este cuerpo?

—Hace cinco años.

—Es un periodo de enfriamiento muy largo… —Ray se mantuvo en silencio durante unos segundos, recapacitando—. Esto cambia algunas cosas.

—¿Qué cosas? —pregunté intrigada.

—Primero, la edad de nuestro sospechoso.

Te dije que apostaba por alguien en torno a los veinticinco años porque este tipo de impulsos no puede contenerse durante décadas, pero si ya mató a una chica, que sepamos, hace cinco años, su edad puede ser algo superior.

Entre los treinta y los treinta y cinco.

—Vale, me lo apunto —dije asintiendo—. ¿Qué más deduces?

—Te estoy haciendo todo el trabajo. —Sonrió negando con la cabeza—. Vas a tener que traer mucho vino.

—Venga, sigue, no te hagas de rogar —le insistí.

—Está bien… Hay algo que tienes que entender sobre los asesinos sexuales en serie: que no matan por matar.

Matan para cumplir una fantasía. Durante años, a veces desde la adolescencia, estas personas alimentan en su cabeza una fantasía muy concreta.

Puede ser de poder, de dominación, de sadismo, de control absoluto sobre otra persona…

casi siempre sobre mujeres. —Tomó un pequeño sorbo de vino antes de continuar—.

Durante mucho tiempo, esa fantasía solo existe en su imaginación.

Se conforman con pensar en ella, con recrearla mentalmente.

Pero casi siempre aparecen comportamientos que nos indican que esa fantasía está creciendo.

—¿Qué tipo de comportamientos ?

—Cosas aparentemente menores —respondió—. Robar ropa interior, espiar a mujeres, seguirlas… Incluso puede haber intentos fallidos de agresión sexual o de violación.

—Como si estuvieran… probando hasta dónde pueden llegar. —Asentí.

—Exacto. —Ray señaló hacia mí con el dedo—.

Es una escalada. La fantasía sigue creciendo y llega un momento en que ya no les basta con imaginarla…

Y es entonces cuando empiezan a matar. Cuando cometen el primer asesinato, lo que están haciendo en realidad es intentar convertir esa fantasía en realidad.

—¿Y lo consiguen?

—Nunca del todo. —Ray negó con la cabeza—.

Porque la fantasía es perfecta. Está bajo su control absoluto.

El crimen, en cambio… es desordenado, imprevisible, imperfecto.

La víctima lucha, el entorno no es como lo imaginaban, algo sale mal…

Siempre hay una diferencia entre lo que soñaron y lo que ocurrió de verdad.

—Pero aun así siguen haciéndolo.

—Claro. —Se inclinó hacia delante—. Porque durante un tiempo el crimen sí les satisface. Sobre todo, si se llevan trofeos o recuerdos: ropa, objetos personales, fotografías… algo que les permita revivir la experiencia. Pero esa satisfacción no dura para siempre.

—¿Por qué?

—Porque el crimen nunca alcanza el nivel de la fantasía original.

—Ray se encogió de hombros—. Así que, tarde o temprano, sienten la necesidad de repetirlo, intentando que esta vez se acerque más a lo que habían imaginado…

Y después otra vez… Y otra. —Tomó la copa y la giró entre sus dedos—.

Por eso los asesinos sexuales en serie casi nunca se detienen por voluntad propia.

Seguirán matando hasta que alguien los detenga…

o hasta que cometan un error que permita encontrarlos.

Y por eso no es normal un periodo de enfriamiento tan largo como el de nuestro asesino.

—¿Y a qué crees que puede deberse?

—Una de las explicaciones más lógicas es que no haya podido matar, aunque haya querido hacerlo. Puede haber sido arrestado por otro delito o haber sido internado por algún problema mental.

—Así que debería buscar delincuentes con delitos sexuales menores que fueran arrestados hace cinco años y acaben de salir —sugerí—. Y lo mismo con los internamientos psiquiátricos.

—Exacto. —Él asintió con una sonrisa, como un profesor orgulloso de su alumna más aplicada—. Siempre que esa hipótesis sea la correcta.

—Y si no es por eso, ¿qué otra razón podría haber?

—Puede que haya más víctimas que no hayamos encontrado o crímenes sin resolver que no se le hayan atribuido…

—… así que debería buscar expedientes de casos en los que la víctima tenga cortes paralelos en el muslo o una piedra alojada en la vagina.

—No tiene por qué ser una piedra. Puede ser cualquier objeto que cumpla ese objetivo de anulación sexual de la víctima o de obstrucción al “camino del pecado”.

—Con esto ya tengo trabajo para días —me quejé.

—Y es posible que no te sirva para nada, porque aún hay otra opción que explique un periodo de enfriamiento de cinco años.

—¿Cuál?

—Que ese primer crimen fuera tan perfecto que le dejara satisfecho durante todo ese tiempo, que se acercara tanto a su fantasía que tan solo recordarlo le sirviera para contener sus impulsos. Si le ha vuelto a suceder lo mismo con Tiffany, podría volver a mantenerse inactivo durante años.

Sentí un estremecimiento que me recorrió todo el cuerpo y negué con la cabeza.

—No creo que con la muerte de Tiffany se haya sentido muy satisfecho.

—Lancé un largo suspiro antes de explicarme—.

Podríamos decir que murió de forma accidental.

La causa de la muerte fue un ataque al corazón después de que él la agrediera con una pistola Taser , no sé si para contenerla o para torturarla.

Tiffany padecía una enfermedad cardiaca hereditaria que hizo que la descarga fuera mortal.

—Eso no me gusta nada. —Ray negó con la cabeza—. Estoy seguro de que esa forma de morir no era lo que él había acariciado en sus fantasías.

—Ya, eso mismo he pensado yo… Entonces, si esta última hi pótesis es la correcta… Si él, después de tantos años de inactividad, necesitaba volver a matar para cumplir sus fantasías y le ha salido tan mal…

No fui capaz de terminar la frase, así que Ray asintió apesadumbrado y la terminó por mí.

—Necesitará una nueva víctima cuanto antes. Va a volver a matar.