La triada oscura Capítulo diez
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Capítulo diez

Capítulo diez

Aparqué el coche en el parking de la oficina del FBI y apagué el motor.

Durante unos segundos, me quedé sentada dentro, con las manos aún apoyadas en el volante, tratando de ordenar todo lo que acababa de escuchar en el laboratorio del forense: la Taser , el ataque al corazón, los dos días de cautiverio marcados a cuchillo en su piel, la piedra…

Cada nuevo dato parecía añadir otra capa de horror a lo que Tiffany había vivido antes de morir. Respiré hondo, intentando apartar aquellas imágenes de mi cabeza antes de entrar en la oficina. Tenía trabajo que hacer y no podía permitirme quedarme atrapada en ellas.

Acababa de abrir la puerta cuando el móvil empezó a sonar. Miré la pantalla: State Troopers . Salí del coche y caminé hacia mi oficina mientras hablaba:

—Grey.

—Agente —saludó una voz masculina al otro lado—. Le llamo desde la unidad forense de los State Troopers . Hemos terminado de analizar el coche de Tiffany Collins.

—¿Y?

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.

—Lo siento —dijo el agente—. No hemos encontrado nada .

—¿Qué quiere decir? ¿Cómo que no han encontrado nada?

—Quiero decir eso: que no hay ni una sola evidencia del asesino —respondió el hombre—. Ni huellas, ni pelos, ni fibras…

—Pero eso es imposible. —Entré en el edificio, pasé por delante de Rossie y la saludé con un gesto de la cabeza antes de dirigirme al ascensor—. ¿Es que limpió el coche antes de abandonarlo?

—No, no es eso. Preguntamos a la agencia de alquiler y todos los coches se limpian de forma minuciosa, tanto por dentro como por fuera, después de cada alquiler, así que esperábamos encontrar evidencias tanto de la víctima como del asesino…

—El hombre tardó un par de segundos en continuar, como si estuviera tratando de ordenar las ideas en su mente—.

Si él hubiera limpiado el coche después, no habría rastros de ninguno de los dos…

Pero hemos encontrado pelos, fibras de la ropa y huellas de la chica… y de nadie más.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Pues habría dos posibilidades. La primera es que el asesino haya entrado al coche totalmente protegido, con uno de nuestros trajes forenses —bromeó él.

—Bueno, eso me haría la vida mucho más fácil. Solo tendría que buscar al asesino en sus oficinas —le seguí la broma—. ¿Y la segunda posibilidad?

—Que ese hombre nunca entró en el coche.

Asentí, aunque él no pudiera verme. Esa posibilidad parecía la única lógica, aunque echaba por tierra mi hipótesis de que el asesino había movido el coche desde la ruta 3, donde el móvil de Tiffany había dado señal por última vez, hasta Sheep Creek Drive, donde encontramos el coche abandonado.

Si él nunca se había montado en el coche, había sido ella quien se había desviado de su ruta original hasta aquella carretera remota…

pero ¿por qué? ¿Se había perdido? ¿Había decidido ir a visitar algún punto intermedio en el viaje?

¿O alguien había quedado con ella en ese punto?

Salí del ascensor y me dirigí a nuestra oficina. Entré, con el móvil aún en la oreja, y saludé a mis compañeros con un gesto mientras me dirigía a mi mesa. Me sorprendió ver que aquel día estaban todos allí.

—Sí, eso parece lo más razonable —dije mientras intentaba soltarme la chaqueta con una sola mano—. ¿Y respecto a la escena del crimen? ¿Tienen ya algo?

—No, aún no. Estamos trabajando en ello —respondió el hombre—. Tardaremos aún un par de días en entregarle el informe completo.

—Muchas gracias.

Colgué el teléfono, terminé de quitarme la chaqueta y me senté a mi mesa. Kowalski y McKenna se acercaron. Levanté la vista hacia ellas, preguntándome qué querrían.

—¿Cómo va la investigación? —preguntó McKenna—. ¿Tienes algo?

Me recliné en la silla y solté un suspiro antes de contestar.

—Algo… sí. Pero nada que nos acerque todavía al asesino.

McKenna cruzó los brazos sobre el pecho y Kowalski apoyó una cadera en el borde de mi mesa, dispuesta a escuchar.

—A ver —continué—. Lo primero que conseguí fue la geolocalización del móvil de Tiffany. La compañía telefónica confirmó que la última señal se registró en la milla 71 de la Parks Highway.

—La carretera que va hacia Denali —murmuró Kowalski.

—Exacto. —Asentí—. El problema es que el coche apareció más tarde en Sheep Creek Drive, varias millas más al norte.

McKenna frunció ligeramente el ceño.

—¿Crees que alguien movió el coche?

—Es una posibilidad —respondí—. Pero también podría ser simplemente que perdiera cobertura en ese punto y continuara conduciendo un rato más antes de detenerse. Ahora mismo no puedo demostrar ninguna de las dos cosas.

Kowalski se rascó la barbilla.

—¿Las cámaras?

—Revisé todas las grabaciones que pudimos conseguir.

—Me incliné hacia delante sobre la mesa—.

Pude seguir su coche desde el parking de la empresa de alquiler del aeropuerto hasta que toma la autopista.

Después aparece en varias cámaras de tráfico a lo largo de la ruta…

hasta un cruce en Houston. Después no hay nada.

No he encontrado ningún vehículo sospechoso siguiéndola, ningún co mportamiento extraño…

Solo Tiffany conduciendo hacia el norte como cualquier otro turista que se dirige a Denali.

—Eso no nos sirve de mucho. —Kowalski chasqueó la lengua.

—Lo sé. —Tomé aire antes de continuar—. También he revisado sus movimientos bancarios. Lo último que pagó con tarjeta fue el alquiler del coche en el aeropuerto de Anchorage. Después de eso, no volvió a utilizarla.

—¿Ni gasolina, ni comida, ni nada? —se sorprendió McKenna.

—Nada. —Señalé mi móvil antes de continuar—. Me acaban de llamar los State Troopers para decirme que han terminado el análisis del vehículo.

—¿Y? —preguntó McKenna.

Me encogí de hombros.

—Nada. Ni huellas útiles, ni fibras, ni restos biológicos que no fueran de Tiffany. El coche está limpio. Eso complica mi idea de que el asesino movió el vehículo. Parece que nunca se subió a él y que fue Tiffany la que condujo hasta Sheep Creek Drive, aunque todavía no sé por qué.

Hubo un breve silencio antes de que McKenna volviera a hablar.

—¿Y la autopsia?

—El forense confirma que Tiffany murió el sábado por la noche.

—Bajé la mirada un segundo antes de continuar—.

Estuvo retenida dos días después de su desaparición.

Tiene dos cortes en el muslo derecho, hechos en momentos distintos durante ese cautiverio.

El resto de las puñaladas son post mortem y ninguna habría sido mortal.

—Entonces, ¿de qué murió? —preguntó McKenna.

—De una descarga de Taser —contesté tras levantar la vista hacia ella.

—¿Una Taser ? —Kowalski levantó las cejas—. Pero eso no es mortal.

—El forense encontró las marcas de los electrodos en la espalda. La descarga le provocó un paro cardíaco. Aún lo está comprobando, pero creemos que tenía una cardiopatía previa que hizo que la descarga fuera letal.

McKenna asintió lentamente.

—¿Algo más ?

—Sí. —Dudé un segundo antes de continuar—.

El forense encontró signos de agresión sexual y restos de semen.

Los están analizando, así que en unos días tendremos su perfil genético…

Y hay algo más —añadí—. Algo que todavía no sé cómo interpretar: encontraron una piedra dentro del cuerpo de Tiffany, colocada al fondo de la vagina.

Durante un segundo nadie dijo nada. Miré a Kowalski, que se había quedado inmóvil. Estaba pálida, como si la sangre hubiera desaparecido de su rostro.

—¿Qué tipo de piedra? —preguntó.

—Una piedra gris, de unos diez centímetros… irregular. —La miré con extrañeza y me encogí de hombros—. El forense cree que la introdujo el agresor después de la muerte.

Kowalski no respondió. Se limitó a mirarme como si acabara de ver un fantasma, como si yo hubiera dicho algo que no esperaba oír jamás.

—¿Kowalski? —la llamó McKenna.

Ella reaccionó como si despertara de golpe.

—Creo que fue hace cinco años… —murmuró.

Se apartó de mi mesa y caminó hacia la suya con pasos rápidos. Empezó a revolver entre las carpetas que tenía apiladas, tirando de ellas con una urgencia que no le había visto nunca.

—Hace cinco años tuve un caso —continuó mientras buscaba—. Un cadáver que apareció en el bosque, al norte de Talkeetna.

—No recuerdo ese caso. —McKenna frunció el ceño.

—Porque no pudimos hacer nada —respondió Kowalski sin levantar la cabeza—. Nunca se resolvió.

Tras un par de minutos, encontró la carpeta que buscaba y volvió hacia nosotras. La dejó caer sobre mi mesa y la abrió.

—Pasaron semanas hasta que se encontró el cuerpo —dijo—. Cuando apareció, los animales ya habían hecho su trabajo.

Miré las fotografías del informe. El cadáver estaba en un estado de descomposición avanzado, casi irreconocible.

—El cuerpo estaba tan deteriorado que el forense ni siquiera pudo determinar la causa de la muerte —continuó Kowalski—. No había heridas claras, ni señales concluyentes. —Pasó una página del informe y señaló una línea del documento—. Pero había una cosa que sí encontraron.

Leí el párrafo y sentí cómo un escalofrío me recorría la espalda.

—Una piedra —murmuré.

—Introducida en la vagina. —Kowalski asintió—.

En aquel momento no pudimos demostrar que se tratara de un asesinato.

El estado del cuerpo no lo permitía. Pero esa piedra…

—Señaló el informe— siempre me pareció que tenía algo de ritual…

como la firma de un asesino. —Levantó la vista hacia nosotras—.

Y ahora parece que quien lo hizo… ha vuelto.