La triada oscura Capítulo nueve
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Capítulo nueve

Capítulo nueve

Estaba a punto de entrar en el aparcamiento de la oficina del FBI para afrontar una nueva jornada laboral cuando el móvil empezó a sonar en el asiento del copiloto.

Miré la pantalla un segundo antes de girar el volante: el doctor Hargreaves.

Sentí un pequeño vuelco en el estómago y pulsé el botón del manos libres.

—Buenos días, doctor.

—Agente Grey —gruñó la voz áspera del forense al otro lado de la línea—. Ya tengo los resultados de la autopsia de su chica. He encontrado un par de cosas interesantes. —Hizo una pausa breve, como si estuviera ordenando las ideas—. Creo que querrá oírlas en persona.

Miré la entrada del aparcamiento que tenía justo delante y, sin pensarlo demasiado, giré el volante en la dirección contraria.

—¿Está en el laboratorio?

—¿Dónde si no? —respondió con aquel tono agrio que parecía su estado natural—. Pase cuando quiera.

—Voy ahora mismo.

Colgué y aceleré hacia el edificio del Medical Examiner estatal.

El trayecto no duró más de unos minutos, pero se me hizo más largo de lo que habría querido.

Durante todo el camino, no pude dejar de pensar en las palabras que había utilizado: cosas interesantes .

En el lenguaje de un forense, aquello podía significar casi cualquier cosa.

Aparqué frente al edificio gris de hormigón y subí los escalones de la entrada con paso rápido. El interior olía a desinfectante y metal frío, ese olor tan característico de los hospitales. Tras identificarme en recepción, bajé por el pasillo hasta la sala de autopsias.

Hargreaves estaba allí dentro, de espaldas a la puerta, revisando unos papeles sobre una mesa metálica. Llevaba la bata blanca abierta sobre la camisa y unas gafas apoyadas en la punta de la nariz. Cuando me oyó entrar, levantó la vista.

—Agente Grey —saludó sin demasiada ceremonia—. Pensé que tardaría más.

—Me pilló de camino al trabajo.

—Mejor así. —Gruñó antes de seguir hablando, como si le costara que las palabras salieran de su garganta—. Creo que fui demasiado brusco ayer. Pagué con usted un enfado que no le correspondía, así que, para compensarla, pasé la autopsia de su caso por encima de otros que tenía delante.

Me quedé tan sorprendida que no supe qué decir.

¿Aquello era una disculpa? Me limité a sonreír y asentir, para evitar que él se sintiera incómodo.

El doctor dejó los papeles a un lado, se acercó a una de las cámaras frigoríficas y tiró de la manilla.

El sonido del metal deslizándose sobre los raíles resonó en la sala con un chirrido suave.

Poco a poco, la bandeja salió hacia fuera.

Sobre ella, cubierto por una sábana blanca, estaba el cuerpo de Tiffany.

Hargreaves se colocó a un lado de la mesa y levantó la mirada hacia mí.

—Vamos a ver qué tenemos.

Retiró la sábana con la misma naturalidad con la que un mecánico levantaría el capó de un coche. Tiffany apareció ante nosotros bajo la luz blanca de los focos, pálida y quieta sobre la mesa metálica.

—Bien —dijo mientras ajustaba sus gafas—.

Empecemos por lo básico. La autopsia confirma lo que ya sospechábamos por el estado del cuerpo: su muerte se produjo el sábado por la noche.

Me dijeron que desapareció el jueves por la tarde.

—Señaló el muslo derecho de Tiffany con un instrumento metálico—.

Eso significa que estuvo retenida unas cuarenta y ocho horas.

Durante ese tiempo sufrió estas lesiones.

Observé los dos cortes paralelos que recorrían uno de sus muslos. Estaban parcialmente cicatrizados, tal como él había adelantado.

—Son superficiales —continuó—. No tienen ninguna intención letal. Están hechos con un instrumento afilado, un cuchillo pequeño o una navaja. Y, como puede ver, presentan signos de cicatrización. Uno de ellos tendría alrededor de cuarenta y ocho horas y el otro unas veinticuatro.

Tragué saliva. Dos días en manos de aquel hombre, cuarenta y ocho horas encerrada en algún lugar que nadie había podido encontrar, sin saber qué iba a pasarle, sin poder pedir ayuda…

Intenté imaginar lo que había tenido que sentir Tiffany durante ese tiempo: el miedo constante, la incertidumbre, la esperanza de que en algún momento alguien apareciera para rescatarla…

y la lenta comprensión de que nadie iba a llegar.

Miré los dos cortes paralelos en su muslo y sentí un nudo en el estómago.

Dos días, dos cortes. Uno realizado cada veinticuatro horas.

Aquellas heridas no eran solo violencia; eran tiempo, el tiempo que él había decidido marcar sobre su piel, como si cada día de cautiverio fuera una cuenta atrás en algún ritual que solo tenía sentido en su mente enferma.

Pensé en ella atada, intentando soltarse hasta hacerse esas abrasiones en las muñecas y los tobillos.

Pensé en la oscuridad, en el silencio, en la presencia constante de un hombre que la observaba, que decidía cuándo hablarle, cuándo tocarla, cuándo hacerle daño.

Dos días, dos días en los que Tiffany Collins había estado completamente sola con su asesino.

Hargreaves señaló entonces el torso y continuó hablando, devolviéndome a la realidad.

—En cuanto al resto de las puñaladas… —dijo con su tono clínico habitual—, todas son post mortem , tal como le adelanté. Además, ninguna de ellas habría resultado mortal. El cuchillo no penetró en ningún órgano vital.

—Entonces… ¿de qué murió ?

El forense levantó el cuerpo con cuidado y señaló la parte lateral de la espalda, cerca del costado.

—De esto.

Me acerqué un poco más. En la piel había dos pequeñas marcas oscuras, redondeadas, como quemaduras.

—¿Qué es eso?

—Son las marcas de los electrodos de una Taser —respondió—. Alguien le aplicó una descarga eléctrica.

—¿Y eso la mató? —pregunté confusa—. Pensé que esas descargas no eran mortales.

—No lo son para la mayoría de la gente —aclaró él—, pero en su caso sí. La descarga le provocó una arritmia fatal, un paro cardíaco inmediato.

Durante un segundo no dije nada, pero entonces recordé algo.

—La madre de Tiffany mencionó que tenía problemas cardíacos. —Hice un esfuerzo por recordar las palabras exactas—. Miocardiopatía hipertrófica, creo que dijo. ¿Podría ser algo genético? ¿Una cardiopatía que quizá Tiffany tuviera sin diagnosticar?

—Es muy posible. —Asintió con lentitud—. Este tipo de enfermedades pueden pasar desapercibidas durante años y provocar un colapso cardíaco ante un estrés intenso… o una descarga eléctrica. —Se encogió de hombros—. Tendré que analizar el tejido cardíaco para confirmarlo, pero encaja bastante bien.

Durante unos segundos, me quedé mirando el cuerpo de Tiffany. Dos días de cautiverio, cortes rituales, una descarga que la mató… y después, las puñaladas.

—¿Eso es todo? —pregunté finalmente.

—No. Hay un par de detalles más. —Hargreaves levantó una bandeja metálica que estaba sobre la mesa auxiliar—.

Había signos claros de agresión sexual y, en este caso, sí hemos encontrado semen.

Hemos tomado muestras y las vamos a enviar al laboratorio.

Si todo va bien, en unas horas podríamos tener un perfil genético.

Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba, pero también se encendía una chispa de esperanza.

—A ver si hay suerte y coincide con alguien en la base de datos —murmuré .

—No cuente con ello —respondió él con un encogimiento de hombros—. Si es listo, no tendrá antecedentes.

Asentí dándole la razón. Demasiado bonito para ser verdad… Aun así, era un hilo del que tirar.

—Pero hay otro hallazgo… más peculiar. —Hargreaves me miró por encima de sus gafas—. Durante el examen, encontramos un objeto introducido en la vagina de la víctima.

—¿Un objeto? —pregunté sintiendo que el pecho se me encogía.

El forense señaló la bandeja. Dentro había una pequeña bolsa de evidencias. Y, en su interior, una piedra. Una piedra gris, irregular, de unos diez centímetros.

—La encontramos durante la autopsia —explicó—. Claramente fue introducida después de la muerte.

Lo miré sin comprender.

—¿Y qué se supone que significa eso?

—Agente Grey —dijo con calma mientras se quitaba las gafas y las dejaba sobre la mesa—. Esa parte ya no es mi trabajo. Eso es algo que tendrá que averiguar usted.