Capítulo ocho #3
Él no aceptó aquello como respuesta. Aceleró sus pasos hasta ponerse a mi par y me detuvo agarrándome por el antebrazo.
El contacto de su mano me hizo detenerme en seco.
Al girarme quedamos tan cerca que pude sentir el calor de su cuerpo atravesando la tela de mi chaqueta.
Durante un instante, el mundo pareció limitarse a aquel pequeño espacio entre los dos.
Noté el olor tenue de su colonia, el brillo de sus ojos grises a escasos centímetros de los míos y el ritmo acelerado de mi propia respiración.
Mi corazón empezó a latir con fuerza, golpeando contra mis costillas como si quisiera escapar, y tuve la extraña sensación de que, si uno de los dos se movía apenas un poco más, nuestras bocas se encontrarían.
Rompí el contacto visual para concentrarme en subir la cremallera de mi chaqueta. Ray soltó mi brazo, pero se quedó quieto, a mi lado, dolorosamente cerca.
—¿No me vas a decir qué pasa?
—Voy a sacarte de casa —le dije con una sonrisa y los ojos brillantes por la emoción—. Vamos a ir al embarcadero a ver las estrellas.
Dio un paso atrás con tanta brusquedad como si acabara de electrocutarlo.
Negó con la cabeza mientras me miraba con los ojos llenos de miedo…
y de decepción. Comprendí de inmediato lo que le pasaba: pensaba que no había entendido lo que me había contado, que no le estaba dando importancia a su problema, que pensaba que yo podría hacer que el miedo se le pasara tan solo ofreciéndole mi apoyo.
Pero no intenté discutir ni explicarle nada.
Tan solo terminé de atarme la chaqueta y continué mi camino hacia la puerta.
—Tú quédate aquí —le pedí antes de salir—. Ahora lo entenderás.
Salí al porche casi corriendo, con el móvil en la mano y el corazón latiéndome deprisa.
El aire frío me golpeó la cara y me hizo reír por lo bajo mientras empezaba a recorrer el sendero que descendía desde la casa hasta el lago.
La grava crujía bajo mis botas y los abetos se abrían a ambos lados del camino como una oscura avenida natural, pero yo apenas me fijaba en el paisaje.
El embarcadero apareció al final del sendero como una lengua de madera adentrándose en la oscuridad del lago.
Bajé los últimos pasos casi a la carrera y avancé hasta el extremo, donde el agua negra reflejaba el brillo pálido del cielo nocturno.
Me senté en las tablas frías, cruzando las piernas con torpeza mientras levantaba el móvil y abría la aplicación de videollamadas.
Con una sonrisa impaciente que no podía borrar de mi cara, marqué el número de Ray y esperé a que contestara.
Unos segundos después, su rostro apareció en la pantalla.
—Cassandra, ¿me vas a explicar ya qué pasa? —preguntó confuso.
—Túmbate en el suelo —le ordené sin dejar de sonreír—. Ya sé que es una petición rara, pero hazlo, por favor.
Le escuché murmurar entre dientes algo que sonó como “esta chica está loca”, pero le ignoré. Cuando vi que se había tumbado, me tumbé yo también sobre el suelo de madera del embarcadero y dejé el móvil a mi lado, apuntando hacia arriba.
El cielo sobre nosotros era inmenso. Las nubes que durante el día habían cubierto Anchorage habían desaparecido y ahora la noche se extendía limpia y profunda sobre el lago.
Miles de estrellas salpicaban la oscuridad con una claridad que jamás había visto en Boston.
Algunas brillaban con una luz fría y constante; otras parecían titilar con suavidad, como si respiraran.
La Vía Láctea cruzaba el cielo como una nube lechosa y difusa, una franja luminosa que dividía la noche en dos mitades perfectas.
Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.
El agua del lago se movía con una lentitud casi hipnótica bajo el embarcadero y el frío de las tablas se filtraba a través de mi chaqueta, pero no me importaba.
Permanecí tumbada, con las manos cruzadas sobre el pecho, mirando hacia arriba mientras el cielo parecía hacerse cada vez más grande, más profundo, como si pudiera caer dentro de él.
—Creo que lo vamos a tener que dejar por esta noche —dije al cabo de un par de minutos—. Tú estarás muy cómodo y calentito dentro de casa, pero yo me voy a morir de frío .
Recogí mi móvil del suelo y miré a Ray, que sonreía con los ojos brillantes. Negó con la cabeza, mientras soltaba una risa suave.
—Esta es una de las cosas más bonitas que alguien ha hecho por mí en toda mi vida —admitió—. Muchas gracias.
—Te lo debía. —Me levanté del suelo sin dejar de mirar la pantalla—. Aprovechando que estoy fuera de casa, creo que va siendo hora de retirarse.
—No me debías nada —insistió él—. Bueno, quizá la promesa de volver mañana.
—Por supuesto —contesté riendo—. Tenemos que seguir con nuestro perfil y, además, cocinas mucho mejor que la máquina expendedora de sándwiches del motel.
—Muchas gracias por ese reconocimiento. Era un duro competidor. —Dejó de reírse y se quedó mirándome durante unos segundos, como si quisiera decir algo más, pero no supiera muy bien cómo hacerlo—. Conduce con cuidado.
—Lo haré.
Nos quedamos un instante más mirándonos a través de la pantalla. Después levanté la mano en una pequeña despedida y colgué. El silencio volvió a caer sobre el lago en cuanto la pantalla se apagó.
Guardé el móvil en el bolsillo y me quedé unos segundos más de pie sobre el embarcadero, mirando el cielo. Las estrellas seguían allí, inmóviles, indiferentes, brillando con una calma antigua que hacía que todo lo demás pareciera pequeño.
Respiré hondo y sonreí. Por primera vez desde que había llegado a Alaska, no me sentía completamente sola.