Capítulo ocho #2
Bebió un pequeño sorbo de vino antes de continuar.
—No pude seguir. Me bajé del escenario y salí corriendo del auditorio como si estuviera huyendo de algo.
—Se recostó en la silla—. Pensé que había sido solo un ataque de pánico aislado, pero no lo fue.
Después de aquello, cada vez que intentaba salir de casa me volvía a ocurrir.
Al principio, era solo cuando tenía que ir a lugares con mucha gente.
Luego empezó a pasarme incluso al intentar caminar por la calle.
Y al final… —Hizo un gesto vago con la mano— al acercarme a la puerta.
Ahora mismo soy incapaz de poner un pie fuera de esta casa sin sentir que el mundo se me viene encima.
Es como si el aire desapareciera y el suelo dejara de existir bajo mis pies…
Se encogió ligeramente de hombros.
—Así que, como ves, me encantaría acompañarte mañana a investigar esos lugares, Cassandra.
—Hizo una pausa y señaló la oscuridad que se extendía al otro lado de la ventana—.
Pero no puedo salir de aquí. Ni siquiera puedo dar un paseo hasta el embarcadero para ver las estrellas. Soy un prisionero en mi propia casa.
Nos quedamos los dos en silencio. Él me miraba con una mezcla de miedo y esperanza, como si por un lado temiera que yo le juzgara y por otro, estuviera deseando que le comprendiera con toda la fuerza de su alma. Estiré el brazo y posé mi mano sobre la suya mientras le dirigía una sonrisa sincera.
—Siento mucho lo que te ha pasado. Esa gente no tiene ni idea de quién eres…
—Ni tú tampoco. —Apartó la mano, molesto—. No me conoces. No puedes saber si soy bueno como criminólogo o no.
—Bueno, he acudido a ti en busca de consejo —protesté.
—Porque la oferta de criminólogos en Anchorage es bastante limitada —bromeó—. Vamos, Cassandra… No te he contado esto buscando tu compasión, sino información. Te toca.
Tomé una profunda bocanada de aire mientras me frotaba los muslos, nerviosa.
Al igual que había hecho él, elevé la mirada hacia el techo para no cruzarme con sus ojos.
No sabía qué hacer, no sabía qué decirle…
Él se había sincerado conmigo, me había contado algo íntimo y personal, algo que le dolía en lo más hondo.
Yo no podía contarle cualquier tontería, como había planeado, después de que él se hubiera desnudado frente a mí de esa manera.
Lo justo era que yo también me sincerara, pero no podía hacerlo… Simplemente no podía.
Me sentía tan dolida, tan avergonzada, que, a pesar de que abrí la boca un par de veces para empezar a hablar, ningún sonido salió de mi garganta. Me quedé allí, mirándole con los ojos vidriosos, boqueando como un pez fuera del agua, sin ser capaz de decir nada.
—Cassandra, ¿estás bien? —preguntó preocupado.
En esa ocasión, fue él quien alargó su brazo para tomar mi mano. Yo no la aparté. De alguna manera, su tacto cálido y su mirada, teñida de una preocupación genuina, me dieron fuerzas para empezar a hablar.
—Yo… —empecé, pero la palabra se me quedó atrapada en la garganta.
Tragué saliva e intenté ordenar las ideas, aunque en realidad no había nada que ordenar. Todo estaba ahí, agolpado en mi cabeza como un recuerdo que llevaba semanas tratando de mantener encerrado. Bajé la vista hacia nuestras manos entrelazadas.
—En Boston… yo tenía un jefe. —Solté una pequeña risa sin humor—. Era… alguien a quien admiraba mucho. Siempre había sido muy amable conmigo, me apoyaba, me aconsejaba… Yo pensaba que era… —Negué con la cabeza—. Pensaba que era el tipo de agente que quería llegar a ser algún día.
Hice una pausa, pero las palabras se me empezaron a atragantar.
—Durante la fiesta de jubilación de un compañero… habíamos bebido bastante y… —La imagen del baño apareció en mi cabeza con una claridad insoportable. El lavabo, el olor a alcohol, sus manos sobre mi cuerpo—. Él me siguió cuando fui al baño y …
No pude continuar. El nudo que tenía en el pecho se deshizo de golpe y las lágrimas empezaron a caer antes de que pudiera impedirlo.
Me llevé la mano libre a la cara, avergonzada, intentando detenerlas…
Era inútil. Me sentía igual que aquella noche: paralizada, incapaz de hablar, incapaz de defenderme.
—Lo siento… —murmuré entre sollozos—. Yo…
—Eh, eh… —me consoló Ray en voz baja. Su mano se cerró un poco más alrededor de la mía y se inclinó hacia delante—. No pasa nada, Cassandra.
Negué con la cabeza, tratando de recomponerme, pero él volvió a hablar antes de que pudiera obligarme a seguir.
—De verdad. No tienes que contármelo. —Su voz era suave, firme—. Con eso que has dicho ya es suficiente. No voy a pedirte que revivas algo que te hace daño.
—Te había prometido contártelo —dije entre hipidos—. Ya sabes: Quid pro quo y todo eso.
—Bueno, no pasa nada. —Me apretó la mano con cariño—. No te ofendas, pero no eres Clarice Starling.
—Y, por suerte para mí, tú no eres Hannibal Lecter —respondí a la broma—. Por eso me atrevo a venir a cenar contigo.
Él sonrió, soltó mi mano y, tras volver a rellenar las copas de vino con lo poco que quedaba en la botella, alzó su copa para brindar.
—Porque sigas viniendo muchas noches más.
Hice tintinear mi copa contra la suya, mientras me daba cuenta de lo solo que debía de estar, encerrado en aquella casa sin nadie con quien hablar durante días, semanas, meses…
Aunque me pareció ver en su mirada que el hecho de estar allí con él era suficiente pago, pensé que le debía mucho más…
Por su ayuda, por su amabilidad… y por aquella sinceridad que él había mostrado y que yo no había sido capaz de corresponder.
No podía arreglar lo que le pasaba, pero sí podía darle algo.
Acabé mi copa de un trago y me levanté de una forma tan brusca que me pareció que la habitación giraba un poco.
Otra vez había vuelto a pasarme con el vino…
Me agarré a la mesa con las dos manos hasta recuperar la estabilidad y, después, sin decir nada, recogí mi chaqueta y corrí hacia la puerta mientras me la ponía .
—Cassandra, ¿qué pasa? —preguntó él siguiéndome—. ¿Te vas? ¿He dicho algo que te ha molestado?
—No, no, espera —contesté sin detenerme—. Ahora te explico.