La triada oscura Capítulo ocho
51%

Capítulo ocho

Capítulo ocho

Por desgracia, no pude quedarme a vivir allí esa misma noche, aunque para entonces ya había empezado a pensar en aquella casita como si fuera mi nuevo hogar.

Tras tomar nota de todos mis datos, la mujer me explicó que tendría que enviarle mi documentación al día siguiente para iniciar los trámites del alquiler.

Le dije que tenía prisa por salir del motel cuanto antes, pero se limitó a sonreír con paciencia y a encogerse de hombros: era imposible que pudiéramos firmar el contrato antes de principios de la semana siguiente.

Tras dejarla de nuevo frente a su inmobiliaria, conduje de vuelta a mi motel para pasar la noche.

Si los días anteriores ya había odiado aquel lugar, después de haber visto la casita de Eagle River, la perspectiva de pasar allí lo que quedaba de semana se volvió casi insoportable.

Sabía lo que me esperaba: un sándwich rancio de las máquinas de entrada y un rato tumbada en aquella cama hundida viendo la televisión sin prestar atención a nada, mientras las paredes amarillentas y el olor a humedad me recordaban a cada minuto que aún no estaba en casa.

Acababa de apagar el motor en el parking del motel cuando sonó mi móvil.

Nada más mirar la pantalla, sentí que el estómago me daba un vuelco, como si acabara de empezar un viaje en la montaña rusa.

Me reñí al darme cuenta de la sonrisa estúpida que se había dibujado en mi cara. Era su nombre: Ray Conelly.

—¿Hola? —contesté intentando que no se notara el nerviosismo en mi voz.

—Buenas tardes, Cassandra. —La forma en la que pronunció mi nombre me provocó una oleada de calor—. Me estaba preguntando si hoy ibas a pasarte por casa para que podamos seguir con el perfil.

Me sentí tan frustrada que tuve ganas de gritar.

Por supuesto que estaría encantada de pasarme por su casa, pero no tenía ni un solo dato nuevo que aportar a la investigación.

Me mantuve en silencio unos segundos, rompiéndome la cabeza para tratar de encontrar algo que me sirviera de excusa para ir a verle.

—¿Cassandra? —volvió a hablar él ante mi falta de respuesta—. ¿Estás ahí?

—Sí, sí… Me encantaría ir, pero no tengo nada nuevo que podamos añadir al perfil —me sinceré—. No he conseguido su listado de llamadas, no tengo los resultados de la autopsia ni han terminado de analizar la escena del crimen… Espero tener algo mañana.

—Bueno, aunque no tengas nada, hoy también cenarás, ¿verdad? —preguntó haciendo que el estómago me diera un nuevo vuelco—. Tengo ya el agua hirviendo para la pasta y una botella de vino tinto metida en hielo. Sería una pena que se desperdiciara.

—Pero no vamos a poder seguir con el caso… —protesté con timidez.

—Seguro que se nos ocurre algo para entretenernos —respondió con una voz tan sugerente que me pareció sentir su cálido aliento a través de la línea telefónica—. Hasta ahora, Cassandra.

Me quedé apoyada en el respaldo del asiento, con el móvil aún en la mano, preguntándome si era normal que la voz de ese hombre despertara en mí descargas hormonales que no había sentido desde la adolescencia.

Cuando conseguí controlar los latidos de mi corazón, usé el espejo retrovisor para peinarme un poco y aplicarme algo de brillo labial y, más satisfecha con mi aspecto, arranqué rumbo a su casa .

—Tu hipótesis de que es posible que el asesino moviera el coche es muy interesante —comentó Ray mientras volvía a rellenar nuestras copas—. Creo que deberías investigarlo.

—¿Qué crees que podemos sacar de eso? —pregunté mirándole con interés, con el codo apoyado en la mesa y la barbilla descansando en la mano.

—Muchas cosas… ¿Qué intención tenía el asesino al mover el coche?

¿Llevarlo a una carretera menos transitada para que se tardara más en descubrirlo?

¿Pretendía ganar tiempo? ¿Y para qué necesitaba ese tiempo?

—empezó a recitar él—. Y hay una cosa aún más importante que podríamos deducir si realmente movió el coche.

—¿Y qué es?

—Que es un asesino organizado, que tenía planeado todo lo que quería hacer y cómo hasta el último detalle. —Tomó aire antes de continuar—. Eso nos indicaría que estamos ante alguien más inteligente… y mucho más peligroso.

Asentí mientras recapacitaba sobre sus palabras.

Si al día siguiente seguía sin hilos nuevos de los que tirar en mi investigación, podía dedicar la mañana a ir hasta el lugar en el que el móvil de Tiffany dejó de dar señal y conducir después hasta el lugar en el que se había encontrado el coche.

Quizá no sirviera para nada, pero podía ser que, al recorrer esas millas y ver esos lugares desde el punto de vista del asesino, pudiera saber por qué los eligió, qué pensó, qué sintió…

De repente, se me ocurrió una idea brillante.

—¿Por qué no vienes conmigo mañana a ver esos sitios? Estoy segura de que, al ver los escenarios, podrías deducir un montón de cosas sobre su personalidad. Podría llevarte también al lugar en el que encontramos el cuerpo de Tiffany…

—Para, Cassandra, por favor…

Me detuve confusa. Él había extendido su mano frente a mí, en una clara petición para que detuviera mi torrente de palabras.

Cuando dejé de hablar, cogió su copa, la vació de un solo trago y volvió a llenarla.

Me di cuenta de que había perdido el color, que su ceño estaba fruncido y que su respiración se había alterado, como si estuviera sufriendo algún dolor intenso .

—¿Pasa algo? —pregunté preocupada—. ¿He dicho algo que no debía?

—No, no… No es culpa tuya. —Negó con la cabeza—. Supongo que debería habértelo contado, pero no es algo de lo que me guste hablar.

—¿El qué? ¿Qué pasa?

En lugar de contestar, tomó una profunda bocanada de aire mientras miraba hacia el techo, como si buscara en las esquinas la fuerza para sincerarse. Cuando me miró, volvió a negar, apenado.

—Es algo muy personal, Cassandra.

—Yo creía que teníamos confianza —protesté—. Nuestra colaboración no va a funcionar si no confiamos el uno en el otro.

En lugar de responder, él soltó una risa irónica.

—¿En serio? —Se inclinó hacia delante, con los brazos apoyados en la mesa, y me clavó aquella mirada de profundos ojos grises que me desarmaba—. Ayer te pregunté por qué te habías mudado a Alaska y te negaste en redondo a contestarme.

—Es que también es algo muy personal —protesté cohibida.

—¿Cómo es eso que decían en la película? —Fingió pensar mientras me dirigía una sonrisa sarcástica—. Ah, sí… Quid pro quo , Cassandra.

Me quedé unos segundos en silencio, recapacitando sobre lo que me pedía.

No me sentía con fuerzas para contar lo que me había sucedido, pero comprendía que era lógico que él quisiera saber algo de mí.

Pensé que lo que él tendría que contarme no sería ni de lejos tan importante ni tan doloroso como lo que me había sucedido a mí y que, una vez que él hablara, podría inventarme cualquier cosa para que se quedara tranquilo, así que asentí.

—Está bien… Empieza tú.

—No me parece justo, ya que yo pregunté ayer, pero está bien… Alla voy. —Se echó hacia atrás en la silla y cruzó los brazos sobre el pecho, en una clara postura de defensa—. Tengo agorafobia. Soy incapaz de salir de casa.

Durante unos segundos, me quedé mirándolo sin entender del todo lo que acababa de decir. Él sostuvo mi mirada con una mezcla de resignación y cansancio, como si aquella confesión hubiera estado esperando demasiado tiempo para salir.

—No es algo que haya tenido siempre —continuó tras un silencio—.

Llevo meses así. Prácticamente no salgo de casa.

De hecho, no salgo en absoluto. —Se encogió de hombros con un gesto que pretendía ser despreocupado, aunque no lo consiguió—.

Solo abro la puerta para recoger paquetes o comida cuando vienen los repartidores.

Bajó la mirada hacia la copa que tenía entre las manos y la hizo girar con lentitud.

—Siempre tuve la sensación de que en el mundo académico me miraban con lupa.

Era el chico joven que publicaba demasiado pronto, que daba conferencias cuando otros todavía estaban intentando hacerse un nombre.

Conseguí reconocimiento muy rápido y eso no suele sentar bien.

Digamos que algunos colegas… no me tenían demasiado cariño.

—Esbozó una sonrisa amarga y guardó silencio un instante antes de continuar—.

Hace unos meses participé en un ciclo de conferencias en Chicago.

Había varios criminólogos bastante conocidos en el programa.

Antes de mi turno, mientras esperábamos entre bastidores, escuché a dos de ellos riéndose de mis estudios.

Decían que mis publicaciones eran humo, que no entendían cómo alguien tan joven podía tener tanta visibilidad sin haberse pasado años “haciendo trabajo de verdad”.

Uno de ellos dijo que yo no era más que un niño listo que había aprendido a escribir bien y a impresionar a los periodistas, pero que en el fondo no tenía ni idea de lo que estaba hablando.

El otro respondió que eso era lo que pasaba cuando las universidades empezaban a premiar a los “niños prodigio”, que tarde o temprano se descubrían como lo que eran: impostores.

Levantó la vista hacia mí.

—Y luego añadió algo más: dijo que estaba deseando ver cómo me estrellaba en el escenario, cómo hacía el ridículo delante de todo el mundo.

—Apretó los labios—. Cuando me tocó salir a hablar, esas palabras no dejaban de dar vueltas en mi cabeza.

Intenté empezar la ponencia y, de repente…

—Se pasó una mano por la frente— empecé a bloquearme.

No encontraba las palabras. Sentía que todo el mundo estaba mirándome, esperando a que me equivocara.

Su respiración se volvió un poco más rápida, como si recordarlo todavía le resultara incómodo.

—Empecé a tartamudear. Me temblaban las manos. Tenía la camisa empapada de sudor. El corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a desmayarme allí mismo. —Soltó una pequeña risa sin humor—. Taquicardia, mareo, visión borrosa… el pack completo.