Capítulo siete
Capítulo siete
Tras pasar mi tarjeta, la dependiente de la óptica me tendió el resguardo de mi pedido con una sonrisa.
—Le llegará un mensaje cuando pueda pasar a recoger sus lentillas —me explicó—. Seguramente tardarán…
—Entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas —la corté sin siquiera pensarlo.
—No, qué va. ¡Qué optimista! —Se le escapó una risita—. Solemos tardar alrededor de una semana.
Paseé mi mirada entre su cara sonriente y el resguardo del pedido, sin saber qué decir.
No me hacía nada de gracia tener que pasar una semana más con las gafas.
Eran muy antiguas, de cuando era una cría, no estaban bien graduadas y me quedaban pequeñas, así que las patillas me hacían daño en las orejas.
Además, me daban un aspecto de empollona aniñada, lo último que necesitaba en aquel momento en el que pretendía parecer una profesional cualificada.
—¿No habría alguna manera de acelerarlo? —rogué poniendo voz de pena.
—No, lo siento. —Se encogió de hombros—. Son los plazos que manejamos, pero la avisaremos en cuanto lleguen.
Recordé las palabras de Delaney: “En Alaska las cosas no se aceleran. Van al ritmo que van”.
Parecía que tenía razón, que no solo los paisajes, el clima y la gente eran diferentes allí.
Incluso el tiempo parecía transcurrir de manera distinta.
Todo era más lento, más calmado, como si la ciudad entera estuviera hibernando a la espera de la primavera.
Me despedí de la dependienta con una sonrisa, pero, antes de salir, me detuve en la puerta y me giré hacia ella.
—Disculpe, ¿sabe si hay alguna inmobiliaria de confianza en la zona?
—Sí, por supuesto. —Se acercó a mí y se asomó a la puerta para señalar un local iluminado casi al final de la calle—. Ahí mismo tiene una.
Me dirigí al lugar que me había indicado a paso rápido.
Era extraño, pero, desde que había salido de la oficina, me encontraba mejor, más optimista.
Parecía que no era capaz de avanzar con el caso, pero me estaba poniendo a las riendas de mi vida y estaba consiguiendo avances.
Aunque fuera a tardar, en una semana podría ver de nuevo con claridad y, si había suerte, encontraría un apartamento de alquiler al que poder llamar hogar y podría dejar de malvivir en aquella deprimente habitación de motel.
Cuando empujé la puerta de cristal, el cascabeleo de un carrillón metálico anunció mi entrada.
Sentada tras el mostrador, había una mujer de mediana edad vestida con una túnica anaranjada, un chal de colores y un extraño turbante en el pelo.
Pensé que me había equivocado y que acababa de meterme en una tienda de esoterismo o en alguna herboristería de esas en las que te vendían CBD y productos derivados del cáñamo, pero las paredes exhibían fotografías de diferentes propiedades en venta y alquiler.
—Buenas tardes —saludé aún confusa—. Estaba buscando un apartamento en alquiler…
—Pues entonces has venido al sitio correcto, hijita. —La mujer salió de detrás del mostrador, se abalanzó sobre mí y me dio dos sonoros besos, como si me conociera de toda la vida—. ¿Quieres un té matcha? ¿Una infusión de rooibos? ¿Un mate?
—No, no, gracias —dije mientras iba negando con la cabeza a cada nueva propuesta—. No me apetece nada.
—Pues te vendría genial con este frío —insistió la mujer, tomándome de la mano para llevarme hasta una de las sillas situadas junto a una mesa baja sobre la que descansaban un montón de folletos—. Yo es que no me acostumbro a este clima. En cuanto llega el otoño, me quiero morir.
—O sea que usted no es de aquí —aventuré.
—¿Lo dices porque no me gusta el frío? —preguntó con una sonrisa.
—Y por la ropa… Y por lo amable y abierta que parece —me atreví a decir.
Ella soltó una carcajada tan fuerte que retumbó contra las paredes, mientras se sacudía adelante y atrás. Empecé a temer que aquella mujer fuera una loca que hubiera secuestrado al auténtico dueño de la inmobiliaria y lo mantuviera retenido en el almacén.
—Has acertado —dijo cuando terminó de reírse—. Soy de California, pero me vine aquí por amor. Mi marido es el dueño de la inmobiliaria. Ahora mismo no está, ha tenido que salir a hacer unas visitas.
—Vaya, tendré que volver otro día.
Intenté levantarme, frustrada, pero ella me agarró del antebrazo y, con un enérgico tirón, hizo que volviera a ocupar mi asiento.
—No es necesario. Te puedo atender yo perfectamente. Dime qué buscas. —Fui a abrir la boca para explicarme, pero ella agitó las manos frente a mi cara como si se hubiera vuelto loca—. No, no me lo digas. Déjame adivinarlo…
Cerró los ojos y se pellizcó el entrecejo con fuerza, como si estuviera tratando de exprimir sus ideas. Estuve paseando la mirada entre su rostro y la puerta de salida, preguntándome si estaría muy feo que me levantara y me marchara. Antes de que pudiera decidirme, abrió los ojos y me sonrió.
—Sé lo que necesitas —anunció con convicción—. Nos acaba de entrar una casita en Eagle River, un pueblecito precioso justo a las afueras de Anchorage…
—Es que yo había pensado vivir en la ciudad —protesté—. Trabajo aquí y así no tendría que coger el coche.
—Créeme, querida, nadie quiere vivir en Anchorage. —Se inclinó hacia mí y bajó la voz, como si estuviera conspirando—. Como tú tampoco eres de aquí, me puedo sincerar contigo. Esta ciudad es triste, gris y deprimente. Apaga a las personas. No pienso consentir que te pase eso a ti.
Sin darme tiempo a decir nada, se levantó y cogió su bolso y su abrigo. Tras ponérselo, me agarró por el brazo y me guio hacia la puerta. Yo la seguí sin comprender nada.
—¿Tienes el coche aquí cerca? —Esperó hasta que yo asentí—. Pues vamos a ver la casa ahora mismo. En cuanto has entrado, he pensado que es el sitio ideal para ti y no quiero que nadie se te adelante.
Salimos a la calle envueltas en una bocanada de aire frío que me hizo subir el cuello de la chaqueta hasta las orejas.
La mujer, que aún no me había dicho su nombre, caminaba con paso decidido hacia mi coche, como si llevara toda la vida conduciéndolo.
Durante unos segundos, pensé que iba a sentarse al volante, pero finalmente rodeó el vehículo y ocupó el asiento del copiloto.
—Eagle River —anunció mientras se acomodaba el chal de colores—. Te va a encantar.
Salimos de Anchorage siguiendo la Glenn Highway.
A medida que dejábamos atrás los edificios bajos de la ciudad, el paisaje empezó a abrirse.
Las calles grises y los aparcamientos llenos de nieve sucia fueron desapareciendo y, poco a poco, el mundo se volvió más amplio, más silencioso.
A ambos lados de la carretera se extendían bosques de abetos oscuros que parecían infinitos, salpicados aquí y allá por pequeñas casas de madera y caminos que se perdían entre los árboles.
Al fondo, se alzaban las montañas Chugach, cubiertas de nieve.
El cielo estaba pálido, casi blanco, y la luz de la tarde caía sobre el paisaje con una suavidad extraña, como si todo estuviera envuelto en una capa de silencio.
Mi acompañante no dejó de hablar en todo el trayecto.
Me contó anécdotas sobre California, sobre cómo había conocido a su marido en un retiro espiritual en Big Sur y sobre lo mucho que echaba de menos el océano.
Yo asentía de vez en cuando, pero en realidad estaba demasiado concentrada mirando por la ventanilla, sorprendida al darme cuenta de que el paisaje no me parecía hostil ni desolado, sino hermoso .
Eagle River apareció al cabo de unos veinte minutos, encajado entre el bosque y las montañas. No era más que una pequeña calle principal con algunas tiendas, una cafetería, un supermercado y varias casas desperdigadas entre los árboles. Todo tenía un aire tranquilo, casi de postal.
—¿Ves? —dijo ella con orgullo—. Mucho mejor que Anchorage.
Giramos por una carretera secundaria que se internaba en el bosque. Al cabo de unos minutos, señaló hacia una pequeña vivienda situada al fondo de un camino bordeado de árboles.
—Ahí está.
Aparqué frente a la casa y apagué el motor.
Durante un instante, me quedé mirando el lugar a través del parabrisas.
Era una casita de madera clara con el tejado a dos aguas y un pequeño porche delantero.
Una chimenea de piedra sobresalía por uno de los lados y las ventanas estaban enmarcadas por contraventanas verdes.
Alrededor, varios abetos altos protegían la casa del viento como si fueran centinelas silenciosos. Parecía sacada de un cuento…
Cuando bajamos del coche, el aire estaba aún más frío que en Anchorage. Caminé unos pasos por el pequeño sendero que llevaba al porche y fue entonces cuando noté algo en el aire. Levanté la vista justo a tiempo de ver el primer copo de nieve descender frente a mí. Luego otro. Y otro más.
En cuestión de segundos, el cielo empezó a llenarse de pequeños copos blancos que caían con una suavidad casi hipnótica.
El bosque se volvió aún más silencioso, como si la nieve amortiguara todos los sonidos.
Me quedé allí de pie, observándolo todo: la casa, el bosque, la nieve cayendo despacio sobre el tejado…
y tuve la extraña sensación de que quizá, solo quizá, aquel lugar podía llegar a sentirse como un hogar.