La triada oscura Capítulo diecisiete #2
100%

Capítulo diecisiete #2

Encendí la luz de la cocina y me puse a preparar algo rápido para cenar, moviéndome casi en automático, mientras mi mente volvía a lo de siempre: a Ray, a quién sería realmente…

Había estado con él, había confiado en él, me había acostado con él…

Y todo había sido mentira, una construcción perfecta, un engaño.

Y no entendía por qué. Esa era la peor parte.

No el dolor ni la traición, sino la falta de respuestas.

Me apoyé un momento en la encimera, cerrando los ojos con fuerza. Necesitaba entenderlo. Tenía que entenderlo.

El sonido de un coche deteniéndose fuera me sacó de golpe de ese bucle. Fruncí el ceño y me acerqué a la ventana. Un taxi acababa de parar justo frente a mi casa. Y entonces la vi: Emily, mi hermana, bajando del coche. Y, con ella…

—¿Kenneth? —susurré, sin creérmelo.

El perro ya estaba tirando de la correa como un loco. El taxista empezó a sacar las maletas del maletero mientras Emily intentaba sujetarlo sin demasiado éxito. El corazón me dio un vuelco. No lo pensé. Abrí la puerta y salí corriendo.

—¡Kenneth!

En cuanto me vio, fue el fin. Emily tuvo que soltar la correa porque el perro tiró con tanta fuerza que ya no pudo retenerlo. Salió disparado hacia mí, lanzándose contra mi cuerpo con todo su peso, moviendo la cola como si fuera a despegar.

—¡Eh, eh! —reí entre lágrimas, agachándome para abrazarlo.

Me llenó la cara de lametones antes de que pudiera decir nada más. Le rodeé el cuello con los brazos, hundiendo la cara en su pelaje, aspirando su olor, aquel aroma a casa, a hogar, a todo lo que había dejado atrás.

Me di cuenta de que estaba llorando de verdad, sin contenerme. Emily se acercó mientras tanto, dejando que el taxista se encargara de las maletas, y cuando me incorporé, todavía con Kenneth pegado a mí, me rodeó con los brazos.

—Eh… —murmuró, apretándome—. Tranquila.

No dije nada. No podía.

—He venido porque sé que ahora mismo necesitas una hermana… —añadió, separándose lo justo para mirarme—. Y un perro. Hemos venido a rescatarte.

Negué con la cabeza, todavía sin terminar de creérmelo.

—¿Y mamá y papá?

—Convencidos —respondió con una pequeña sonrisa cómplice—. Kenneth se queda contigo tanto tiempo como necesites.

Miré al perro, que seguía pegado a mi pierna, como si no tuviera intención de separarse nunca más. Y, por primera vez en días, sentí que no estaba sola.

Cuando el avión de Emily despegó, volvimos del aeropuerto en silencio.

Kenneth ocupaba el asiento trasero, asomando la cabeza entre los delanteros de vez en cuando, como si necesitara comprobar que seguía ahí.

Yo conducía sin prisa, con la mirada fija en la carretera y la mente más tranquila de lo que había estado en semanas, aunque no del todo en paz.

Cuando llegamos a casa, él fue el primero en bajar. Salió disparado en cuanto abrí la puerta, entrando en el jardín como si aquel lugar ya le perteneciera. Sonreí levemente y le seguí.

Cerré detrás de mí y, por primera vez, no sentí ese vacío tan evidente. Dejé las llaves en su sitio y me dirigí a la cocina para preparar un té. Mientras el agua empezaba a calentarse, apoyé las manos en la encimera y miré alrededor.

La casa ya no parecía la misma. Emily había hecho magia en apenas unos días.

Había cortinas en las ventanas, una manta doblada sobre el sofá, cojines que no estaban antes, una pequeña lámpara en la esquina que daba una luz cálida y suave.

En la mesa había un jarrón con flores, y en la cocina, por fin, había utensilios, tazas, cosas que la hacían funcional, acogedora… Un hogar.

Kenneth pasó corriendo por detrás de mí, resbalando en el suelo y recuperando el equilibrio como si nada, y una risa baja se me escapó. Sí, aquello podía ser un hogar, pero no terminaba de sentirlo como tal. Y no era la casa, era yo.

Seguí preparando el té, moviéndome despacio, mientras los pensamientos volvían, inevitables. Ray, siempre Ray. Todo lo que había pasado, todo lo que había sido mentira…

Sabía que me había engañado desde el principio, que había construido una identidad falsa, que había jugado conmigo como si fuera una pieza más dentro de su plan.

Sabía que había matado a un hombre para ocupar su lugar.

Sabía que no era quien decía ser. Y sabía también que, si de verdad era un psicópata, no había sentido nada por mí.

Nada.

Pero mi cabeza y mi corazón no parecían estar de acuerdo.

Porque, a pesar de todo eso, seguía pensando en él, seguía recordando su voz, su forma de mirarme, la manera en que me tocaba, lo que había sentido a su lado.

Y había momentos, como ese, en los que una parte de mí se preguntaba si había sido real para él, aunque fuera una mínima parte, si habría sentido algo, aunque solo fuera un instante.

Negué con la cabeza, como si pudiera apartar esa idea. No tenía sentido ni lo tendría nunca.

El hervidor pitó suavemente. Serví el agua, dejé que la bolsita de té se empapara y cogí la taza con ambas manos, buscando ese calor.

Kenneth ladró, un ladrido corto y alegre que me sacó de mis pensamientos.

Levanté la vista y le vi junto a la ventana, moviendo la cola, mirándome como si quisiera decirme algo.

—¿Qué pasa?

Volví a sonreír, acercándome, me puse a su lado y miré por la ventana.

La nieve caía despacio, en copos grandes y suaves que parecían suspendidos en el aire antes de tocar el suelo.

Las farolas del exterior iluminaban la escena con una luz amarillenta que hacía que todo brillara de una forma casi irreal. Era… precioso.

Kenneth apoyó la cabeza en mi pierna. Le acaricié distraídamente, sin apartar la vista, y di un sorbo al té, caliente y reconfortante.

Por un momento, todo encajó. Pensé que, quizá, la felicidad era algo así, algo sencillo: una bebida caliente entre las manos, un perro grande y peludo apoyado contra ti y la nieve cayendo al otro lado de la ventana.

Respiré hondo y sentí que podía hacerlo, que podía adaptarme, que podía construir algo allí, que, con el tiempo, sería feliz… Y que, algún día, dejaría de pensar en él.

“Por fin tienes un perfil de triada oscura que perseguir”.

No, nunca iba a poder dejar de pensar en él. No hasta que lo atrapase, hasta que lo tuviera frente a mí y pudiera mirarle a los ojos y encontrar todas las respuestas que me atormentaban.

Me separé de la ventana y, con Kenneth trotando a mi lado, me dirigí a la habitación del fondo, la que estaba preparando como despacho. Encendí la luz y me quedé mirando la enorme pizarra blanca que ocupaba una de las paredes. Tomé aire y, con decisión, agarré un rotulador.

Aquel era MI caso, por mucho que McKenna dijera lo contrario, por mucho que nadie lo entendiera. Y no iba a parar hasta resolverlo. Sin pensarlo más, empecé a escribir:

Nombre: Desconocido

Alias: Ray Conelly

Varón blanco, alrededor de 40 años.

Nivel intelectual superior: Dominio avanzado del lenguaje, la oratoria y conocimientos profundos de criminología forense.

Psicopatología: Narcisismo maligno, maquiavelismo y psicopatía integrada= Triada oscura.

Gemma Herrero Virto

Portugalete, 21 de abril de 2026