Capítulo seis
Capítulo seis
Segundo día consecutivo en levantarme con resaca.
Por suerte, el vino me había hecho dormir de un tirón y sin pesadillas, pero empezaba a preocuparme la gente con la que me estaba juntando.
Si no tenía cuidado, en unos meses tendría que acudir a una reunión de Alcohólicos Anónimos una vez por semana.
Pensé con ironía que a lo mejor me venía bien para conocer gente y hacer amigos.
Antes de poner el coche en marcha, decidí escribirle un mensaje a Emily.
Ese día volvía a la universidad y pensé que le gustaría saber que pensaba en ella.
Tras mandar un “Volver a la rutina no es tan malo. Ya queda menos para Navidad. ¡Buen viaje!”, arrojé el móvil al asiento del copiloto y arranqué el motor.
Aún no me había movido cuando escuché el pitido de un mensaje entrante. Volví a coger mi móvil y lo leí:
“Todavía no me voy. He decidido quedarme hasta la semana que viene”.
Fruncí el ceño mientras lo releía. Estaba segura de que Emily me había dicho que tenía que regresar a la universidad y que no podía postergarlo. ¿Habría sucedido algo grave que le había hecho posponer su viaje? Sin pensarlo un segundo, volví a apagar el motor y la llamé .
—¡Hola! —me respondió su voz cantarina.
—Pensaba que igual estabas medio dormida —dije sorprendida.
—Cass, hay cinco horas de diferencia horaria entre Anchorage y Boston —me contestó mi hermana burlona—. Aquí es casi mediodía.
Miré alrededor, confusa: el cielo aún grisáceo, las farolas encendidas, las sombras cubriendo las calles en cuyas esquinas se acumulaban restos de la nieve caída durante la noche…
Me sorprendió la horrible sensación de que yo no encajaba allí, de ser una emigrante en una tierra extraña y hostil, tan lejos de casa, tan ajena a todo, tan perdida…
Tomé aire para alejar aquellas sensaciones de vértigo y vacío y me concentré en la conversación con mi hermana.
—¿Qué es eso de que no vuelves a la universidad? ¿Ha pasado algo?
—No, no, nada…
No me engañó ni por un segundo. Llevaba veinte años viviendo con aquella renacuaja. Sabía cuándo mentía incluso antes de que ella misma lo supiera.
—Emily —dije usando mi tono de hermana mayor—. Dime la verdad inmediatamente.
—No pasa nada… Es solo que… No sé, siento que no puedo marcharme.
—¿Les pasa algo a papá o a mamá?
—No, qué va… Papá está como siempre. Ya sabes: pesca con su amigo Dwayne los fines de semana, club de golf los martes y jueves, leer el periódico todas las mañanas…
Por supuesto que lo sabía. Mi padre, un oficial del ejército ya retirado, era una persona metódica y disciplinada incluso en su jubilación. Podías saber dónde iba a estar todos los días hasta final de año sin necesidad de preguntarle nada.
—¿Es mamá entonces? —insistí, cada vez más preocupada por su negativa a sincerarse.
—No, tampoco… Mamá está bien también. Se encarga de la casa, cuida del jardín, va al club de lectura…
—¿Entonces qué es, Emily? Por el amor de Dios, dímelo ya.
—Es Kenneth. —Su voz sonó como la de una niña pequeña haciendo pucheros—. No quiero dejarle solo .
—¿Me lo estás diciendo en serio? Emily, que es la universidad, que es tu futuro…
—Lo sé… Es que está tan mal… —Se le escapó un sollozo—.
No quiero hacerte sentir culpable, pero le veo tan triste…
Cuando juego con él, está bien, pero el resto del día se lo pasa en tu habitación, mirando a tu cama como si esperara que fueras a materializarte ahí en cualquier momento.
Me da miedo que, si me marcho, nadie juegue con él y se deprima más… ¿Y si se pone enfermo y se deja morir?
Me sentí tan culpable como si acabaran de acusarme de un genocidio. Adoraba a ese perro y, si le acababa pasando algo por mi culpa, no me lo perdonaría nunca.
—¿No podrías volver a casa? —preguntó mi hermana—. Nadie entiende por qué te has ido. Papá dice que, si querías una carrera brillante en el FBI, marcharte al culo del mundo es lo último que deberías hacer. Y mamá le da la razón. ¿Por qué no vuelves?
Me apoyé en el respaldo del asiento y cerré los ojos con fuerza para impedir el paso a las lágrimas que me quemaban bajo los párpados. ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil?
—Ya sé que no lo entendéis, pero esto es una gran oportunidad para mí. Aquí es donde debo estar ahora.
No podía decirle la verdad. No podía contarle que mi viaje, mi nuevo destino no eran otra cosa que una huida. Y que no estaba preparada para volver… Y mucho menos podía decirle que no sabía si algún día lo estaría.
—Pero te echamos tanto de menos… —Volvió a protestar mi hermana—. Sobre todo, Kenneth.
—Emily, no me hagas chantaje psicológico, por favor.
—No es chantaje. —Su tono se volvió más firme—. Estoy preocupada por él. Sabes que tú eras su persona favorita del mundo.
Resoplé desesperada. Si seguía manteniendo esa conversación durante más tiempo, acabaría llorando como una chiquilla.
—¿Crees que a mamá y papá les importaría si me traigo a Kenneth aquí? —me rendí.
—No, claro que no… Bueno, ya sabes que le quieren mucho, pero …
Sí, claro que lo sabía. Mi padre en realidad pasaba del perro.
Para él, los animales solo servían para el trabajo o como carne para la barbacoa del domingo.
Si no fuera porque todas se lo pedimos, el perro se habría tenido que quedar a vivir en una caseta del jardín y jamás habría traspasado la puerta de casa.
Y, en cuanto a mi madre, ella siempre había sido más de gatos.
—Está bien, escúchame… —me rendí—. Me voy a poner hoy mismo a buscar una casa de alquiler en la que me permitan tenerlo y, en cuanto esté instalada, Kenneth podrá venir a vivir conmigo.
—¡¡¡Sí!!! —exclamó ella emocionada—. Yo misma te lo llevaré. Así podré ver tu casa y quedarme unos días. Podríamos ir juntas de compras y salir de noche…
—Emily, relájate… Esto no es Nueva York.
Aquí es más fácil encontrar un oso polar que un centro comercial.
—Escuché su risa emocionada al otro lado y supe que ya no podría frenarla, le dijera lo que le dijera—.
Hagamos un trato: tú te vuelves hoy a la universidad y yo prometo que, en cuanto tenga mi casa nueva, te aviso y te vienes para aquí a traer a Kenneth y pasar un fin de semana. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, aunque sigue sin hacerme gracia dejar a Kenneth solo, pero si es por poco tiempo…
—Venga, a hacer la maleta.
Tras mandarme un sonoro beso, Emily colgó el teléfono.
Yo me quedé un rato mirando el pálido sol que empezaba a despuntar sobre los edificios, sintiéndome muy miserable.
Estaba mintiendo a toda mi familia, había tenido que dejar atrás a mis amigos, mi ciudad natal y mis sueños profesionales…
Y todo por miedo, por no ser capaz de enfrentarme a él.
Me habría gustado ser valiente y decidir volver, dar un puñetazo sobre la mesa, revelar la verdad y hacer que todo saltara por los aires…
Pero sabía que no podía, que, en aquel momento, tenía todas las de perder.
Solo me quedaba seguir adelante, por muy pequeña y sola que me sintiera, y esperar a tener mejores cartas.
Y uno de los primeros pasos para conseguirlo era descubrir quién había asesinado a Tiffany Collins .
Entré en la oficina con mi café en la mano y, tras saludar a Delaney y a McKenna, me senté en mi mesa.
Mientras encendía el ordenador, observé las mesas de Kowalski y Kincaid.
A pesar de que tenían decenas de carpetas con expedientes sobre ellas, casi nunca los veía por la oficina.
Al contrario que Delaney, que parecía pegado a su silla, ellos debían de tener alguna extraña alergia a los espacios cerrados.
Comprobé mi correo y vi con satisfacción que tenía un email de Verizon, la compañía telefónica de la que Tiffany había sido cliente. Mientras le daba un sorbo a mi café, que estaba empezando a quedarse frío, abrí el correo, esperando encontrar en él algún hilo del que seguir tirando.
Asunto: Respuesta a orden judicial – Datos de localización / Tiffany Collins
En respuesta a la orden judicial recibida en relación con el número de teléfono asociado a Tiffany Collins, le informamos de que, tras revisar los registros disponibles de conexión a red, el último evento de localización registrado para el dispositivo se produjo el 20 de octubre a las 17:08 h.
, conectado a una estación base situada en la Parks Highway (Alaska Route 3), aproximadamente en la milla 71, en dirección norte desde Anchorage.
Debe tener en cuenta que los datos de torre celular indican una zona aproximada de cobertura, no un punto exacto de localización.
Asimismo, confirmamos que hemos recibido la orden judicial adicional solicitando el listado de llamadas y registros de actividad del número asociado al dispositivo.
Dicha solicitud ha sido remitida a nuestro departamento jurídico para su procesamiento.
Conforme a nuestros procedimientos internos, la respuesta completa será facilitada en un plazo estimado de 48 a 72 horas.
Si necesita información adicional o una aclaración técnica sobre los datos proporcionados, puede ponerse en contacto con nuestro equipo de asistencia a autoridades.
Atentamente,
Verizon Law Enforcement Response Team
Fruncí el ceño mientras releía el párrafo en el que indicaban la última conexión del teléfono. Parks Highway, milla 71. Aquello no encajaba. El coche de Tiffany había aparecido en la cuneta de Sheep Creek Drive, varias millas más al norte.
Abrí una pestaña nueva e introduje ambas ubicaciones en Google Maps.
El mapa se desplegó en la pantalla mostrando la larga línea de la Alaska Route 3, la carretera principal que conectaba Anchorage con el parque Denali.
Desplacé el cursor hacia el norte hasta localizar Sheep Creek Drive y pedí a la página que calculase la distancia entre ambos puntos.
Mientras la línea azul aparecía sobre el mapa, me incliné hacia la pantalla.
Había siete millas entre los dos lugares. No era una gran diferencia, pero sí lo suficiente como para que algo no cuadrara.