Capítulo cinco #2
—Y ahí es donde empieza la contradicción.
—Sus ojos recorrieron mi cara con una ligera sonrisa—.
Porque, al mismo tiempo, proyectas algo muy distinto.
Eres… sensible. Quizá demasiado. Hay algo en ti que transmite cierta vulnerabilidad, como si el mundo todavía pudiera sorprenderte o herirte más de lo que te gustaría admitir.
—Señaló mi cara con un gesto leve de la mano—.
Por ejemplo, intentas cubrir esas pecas con maquillaje.
No demasiado, lo justo para suavizarlas.
Supongo que crees que te dan un aire demasiado inocente para alguien que quiere que la tomen en serio.
Y luego están las gafas. —Alzó una ceja—.
Un recurso clásico: te dan un aspecto más intelectual, más profesional.
Pero, curiosamente, también te hacen parecer más joven… incluso un poco más frágil.
Se recostó un poco hacia atrás y sonrió con una mezcla de diversión y desafío.
—Así que sí, eres contradictoria. Por un lado, veo a una mujer muy capaz, con determinación suficiente para meterse en la cabeza de asesinos violentos.
Por otro… —Se encogió de hombros— veo a alguien que aún no ha decidido del todo qué versión de sí misma quiere mostrarle al mundo.
Y eso, Cassandra, resulta bastante interesante.
En aquel momento, mientras sentía como el rubor teñía mis mejillas con la fuerza de un incendio descontrolado, deseé de nuevo que el piso se abriera y me tragara.
Eso me pasaba por preguntar. Traté de ocultar mi rubor tras la copa de vino y vacié la mitad de un solo trago, mientras buscaba la manera de responder a todo aquello.
—No suelo llevar gafas —dije al fin—. Uso lentillas, pero perdí una por el desagüe del lavabo hace un par de noches y no he tenido tiempo de ir a encargar otras.
Tuve que reconocerme a mí misma que aquellas palabras nunca ganarían un concurso de respuestas ingeniosas, pero no me veía capaz de rebatir nada más. No sabía qué me pasaba en presencia de aquel hombre que me hacía sentir tan torpe como una mosca de la fruta en una convención de mariposas.
—¿Y el resto de contradicciones? —preguntó con una sonrisa burlona en la cara.
—¿A qué te refieres?
—Ya te lo he dicho: tenaz, ambiciosa, inteligente, con carácter… Estás destinada a triunfar en tu profesión. —Me clavó una mirada inquisitiva—. ¿Qué haces en Alaska? ¿Qué te ha traído hasta este agujero?
Sentí que la respiración se me detenía. No estaba preparada para hablar de eso con nadie, y menos con alguien a quien acababa de conocer. Busqué una vía de escape a aquella situación tan incómoda y la encontré cogiendo la fotografía que tenía más cerca .
—Eso es personal —respondí cortante—… Entonces, si no es un sádico, ¿qué es? ¿A qué vienen las veintisiete puñaladas?
—No podemos saberlo todavía… Puede ser una expresión de su ira o, lo más probable, podemos estar ante un caso de piquerismo.
—¿Un caso de qué?
Él me devolvió una de sus sonrisas ladeadas y se inclinó hacia delante.
Le encantaba lucirse y explicarse cuando encontraba algo que los demás no sabían.
Podía no ser viejo, podía no vestir de tweed, pero era pedante…
Muy pedante. Sin embargo, sin poder explicar por qué, me resultaba gracioso… Incluso adorable.
—El piquerismo es una parafilia muy específica y, gracias a Dios, muy poco común, que consiste en sentir excitación sexual al apuñalar el cuerpo de la víctima.
Lo que buscan es el acto en sí: la penetración de la piel con un objeto punzante.
Para alguien con esa fijación —continuó, inclinándose un poco hacia mí para señalar una de las heridas con la punta del dedo—, el cuchillo no es solo un arma.
Es una prolongación del deseo, una metáfora del pene.
Cada incisión es una forma de contacto… de intimidad, incluso.
—Qué romántico —bromeé para no sentirme tan incómoda mientras él me hablaba de penetraciones, deseo y penes—. Entonces no se trata de violencia descontrolada, sino de un psicópata con una fantasía sexual mortal.
—Es pronto para decir eso… Necesitamos muchos más datos. —Él se encogió de hombros—. Ni siquiera podemos saber todavía si es un psicópata.
—Apostaría mucho dinero a que lo es —dije convencida—. Las buenas personas no hacen estas cosas.
—Pero no solo los psicópatas cometen este tipo de aberraciones.
—Negó con la cabeza mientras me lanzaba una sonrisa de suficiencia, como si para él fuera obvio—.
Puede ser un psicótico, alguien con esquizofrenia paranoide, por ejemplo.
O, aunque sea más raro, incluso podría ser un neurótico con algún tipo de obsesión religiosa.
—Pensaba que eras experto en psicópatas. Me dijeron que habías escrito un libro sobre ellos.
—¿La triada oscura? No es solamente sobre psicópatas… Podríamos decir que es una especie de tratado sobre la maldad. —In clinó la cabeza hacia un lado y me miró como si me estuviera evaluando—. ¿Lo has leído?
—La verdad es que no —contesté avergonzada—, pero prometo ponerle remedio cuanto antes.
—No te preocupes, no estoy intentando venderte mi libro —bromeó él—. Creo que tengo alguna caja con ejemplares en algún sitio. Buscaré uno y te lo dedicaré.
—No hace falta, de verdad. Puedo comprarlo.
—No, no puedes. Está descatalogado. —Se encogió de hombros—. Los libros de criminología no suelen estar en la lista de bestsellers de ninguna librería. Tan solo te lo preguntaba para saber si estás familiarizada con el término. ¿Sabes lo que es la triada oscura?
—¿Seguimos con el examen? —bromeé.
—No, para nada, pero es un término académico que quizá no utilicéis en el FBI.
—Esperó a que asintiera, animándole a continuar—.
Es un concepto que usamos en psicología de la personalidad para describir tres rasgos que, cuando aparecen juntos, suelen dar lugar a individuos particularmente peligrosos.
—Se apoyó con los antebrazos en la encimera y entrelazó los dedos, adoptando ese aire de profesor que parecía resultarle tan natural—.
Narcisismo, maquiavelismo y psicopatía, tres formas distintas y retorcidas de relacionarse con el mundo… y con las demás personas.
Hizo una breve pausa, observándome como si quisiera comprobar si seguía su razonamiento.
—El narcisista cree que está por encima del resto.
Se siente especial, superior, merecedor de privilegios.
El maquiavélico, en cambio, no necesita sentirse superior.
Le basta con saber que puede manipular a los demás como piezas de un tablero.
Y luego está el psicópata, que es el que más interesa en nuestro campo: alguien incapaz de empatizar, de sentir culpa o remordimiento.
Cada uno de esos rasgos puede existir por separado, pero cuando se combinan…
—sus labios se curvaron en una media sonrisa— obtenemos algo mucho más interesante: un individuo que se cree superior, que disfruta manipulando a los demás y que además no siente ninguna culpa por lo que hace.
—Me sostuvo la mirada—. Si tuviera que diseñar al depredador perfecto, empezaría por ahí .
—¿Crees que la persona que buscamos puede ser alguien así? ¿Alguien que cumpla el perfil de la triada oscura? —pregunté sintiendo un estremecimiento.