La triada oscura Capítulo cinco
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Capítulo cinco

Capítulo cinco

Nada más terminar de cenar, recogió los platos y colocó un café delante de cada uno.

Después, apoyó los codos en la encimera y se me quedó mirando, invitándome a hablar.

Yo carraspeé y abrí el expediente que había traído.

Antes de empezar a sacar los papeles, aún dudé un segundo.

No le había contado nada a McKenna sobre mi idea de compartir información de un caso activo con una persona ajena al FBI, pero supuse que, con lo liada que estaba siempre, ni siquiera me habría escuchado.

Tenía que admitirlo de una vez: no había nadie en el departamento que fuera a ayudarme.

Estaba sola y, si quería dejar de estarlo, tendría que buscar apoyo fuera.

Y eso era exactamente lo que estaba a punto de hacer.

—¿Empiezo? —pregunté como si estuviera trasladándole la responsabilidad.

Cuando asintió, empecé a colocar los diferentes papeles del expediente frente a él—.

La víctima se llamaba Tiffany Collins y era una joven de veintitrés años procedente de Portland.

Llegó el jueves y alquiló un coche en el aeropuerto para dirigirse al Parque Nacional de Denali, donde iba a reunirse con unos amigos para pasar el fin de semana.

Encontramos el coche abandonado y con la puerta del copiloto abierta en la cuneta de una vía secundaria llamada Sheep Creek Drive, situada en las proximidades de la localidad de Willow .

Coloqué frente a él las fotos que había sacado del coche abandonado. Ray fue tomándolas una a una y examinándolas con cuidado y paciencia, como si esperara encontrar en ellas todas las respuestas.

—¿Por qué estaba la puerta del copiloto abierta? —se interesó—. ¿Sabes si la acompañaba alguien?

—Por lo que sé hasta el momento, iba sola —respondí—.

He seguido las cámaras de seguridad desde su salida del aeropuerto hasta una calle a las afueras de Houston, donde la captó la última cámara, y en ningún momento he visto que subiera nadie a su coche.

Faltaba su bolso, así que supongo que lo tenía en el asiento del copiloto y que, quien se la llevó, abrió esa puerta para cogerlo.

Él asintió y me miró con aprobación, mostrando su acuerdo con mi conclusión. Le devolví la sonrisa y continué hablando.

—Su cuerpo fue encontrado un par de días después por un cazador en la orilla del lago Larson, cerca de Talkeetna…

Me quedé en silencio, con la primera foto de la escena del crimen entre los dedos, como si algo en mí se resistiera a soltarla.

Era una especie de pudor extraño, como si deseara esconder aquella monstruosidad a los ojos del mundo, como si quisiera preservar la dignidad de Tiffany…

como si, al ocultarlo, pudiera hacer que fuera un poco menos verdad.

—Estas son las fotos de la escena del crimen —conseguí forzar las palabras mientras iba colocando las imágenes, una tras otra, enfrente de Ray—.

Como puedes ver, el cuerpo estaba desnudo y, por lo que parece, había sido lavado de forma meticulosa.

Aún no tengo los resultados de la autopsia, así que no puedo asegurar que el crimen sea de naturaleza sexual…

—Por supuesto que es un crimen sexual —me interrumpió él con voz firme.

—No podemos saber si ha habido una violación —protesté sin comprender.

—No importa si ha habido penetración o no.

—Ray giró una de las fotos para que pudiera verla bien.

Estaba tomada desde arriba, con el fotógrafo colocado entre las piernas abiertas de la víctima—.

El cadáver está colocado de forma intencionada para que proyecte una imagen de contenido sexual: el cuerpo desnudo, las zonas erógenas de la víctima expuestas, las piernas abiertas en una postura de ofrecimiento…

Da igual si la violó o no. El autor es un criminal sexual.

Volví a mirar la fotografía que tenía delante y, de nuevo, sentí aquella muerte como una puñalada.

No era justo morir de esa manera, ni que tu cuerpo acabara mancillado y expuesto de aquella forma tan obscena, como un maniquí descartado, como un objeto al que ya se ha extraído todo el valor y que se tira a la basura.

Incluso nuestra propia investigación, aquellas fotografías realizadas bajo la fría y descarnada luz de los focos, me parecían una manera de ensuciar aún más su cuerpo y su memoria.

Me forcé a dejar de lado esa línea de pensamiento.

En aquel momento, debía concentrarme en mi trabajo.

Si quería hacerle justicia a Tiffany, mi profesionalidad le sería de mucha más ayuda que mi compasión.

—Esto otro es muy interesante… —dijo Ray, trayéndome de vuelta al mundo real.

—¿El qué? —Me incliné sobre la encimera para poder ver de cerca la foto que él estaba mirando.

—Esta otra imagen es tan contradictoria… Casi parece que la parte superior del cuerpo y la parte inferior quisieran expresar conceptos opuestos.

Dejó la foto sobre la encimera y la giró para que pudiera comprobar a qué se refería. La imagen mostraba el torso y la cara de Tiffany, con los ojos cerrados, el rostro sereno y las manos sobre el pecho, con los dedos entrelazados.

—Parece como si estuviera rezando —continuó Ray—. La postura de las piernas es de ofrecimiento sexual mientras que la parte superior muestra devoción o arrepentimiento. Pureza y lujuria, ángel y demonio… La virgen y la puta…

Mientras hablaba, Ray había vuelto a concentrarse en las fotografías, inclinándose sobre la encimera.

Aproveché ese momento para levantar la mirada hacia él y volvió a sorprenderme lo atractivo que era.

No se parecía en nada al profesor gris y académico que había imaginado aquella mañana al conducir hasta su casa.

Había algo seguro y sereno en la forma en que analizaba las imágenes, en el modo en que apoyaba los dedos sobre la encimera mientras pensaba, en la calma casi hipnótica de su voz…

Aparté la vista rápidamente, consciente de que estaba allí para hablar de una chica asesinada y no para quedarme observando al hombre que tenía delante como si hubiera olvidado por completo por qué había venido.

—Cuando tengamos los resultados definitivos de la autopsia podremos seguir elucubrando sobre esto. —Volvió a dejar la foto sobre la encimera—. ¿Sabemos la causa de la muerte?

—Ni siquiera sabemos eso. —Mi voz sonó casi avergonzada—. El cuerpo presenta veintisiete puñaladas, pero el forense dice que ninguna de ellas fue mortal. De hecho, el muy sádico la apuñaló una y otra vez cuando ya estaba muerta.

—Error —me cortó él, levantando el dedo índice con gesto académico—.

Si la víctima ya estaba muerta cuando la apuñaló, no es un acto de sadismo.

Un sádico experimenta placer al infligir dolor o humillación a la víctima, pero, para ello, la víctima debe estar viva y consciente.

Un cadáver ya no sufre; ergo, apuñalarlo no es un acto de sadismo.

Me quedé mirándolo un segundo. Por fin encontraba al profesor erudito y pedante que había esperado. El dedo levantado, el razonamiento impecable, la sentencia latina… Todo encajaba. No pude evitar soltar una pequeña risa.

—¿Se puede saber qué es lo que encuentras tan divertido?

—Oh, no es nada… Es solo que tú también me resultas contradictorio. —Me encogí de hombros para quitarle importancia.

—¿Contradictorio? ¿En qué?

No parecía solo curioso, sino incluso un poco molesto.

Dejó las fotografías a un lado, apoyó los brazos sobre la encimera y se quedó mirándome a los ojos, dejando claro que no avanzaríamos más hasta que yo me explicara.

Tomé aire, negué con la cabeza mientras sonreía para quitarle importancia e intenté explicárselo sin decir nada que pudiera ofenderle.

—Pues… —Jugué un momento con el borde de la copa antes de mirarle otra vez—.

Esta mañana esperaba encontrarme con un profesor gris, con gafas, barba y traje de tweed, de esos que llevan treinta años encerrados entre libros.

Y, sin embargo, aquí estás, cocinando salmón como si nada, citando latín mientras analizas fotografías de una escena del crimen…

—Me encogí de hombros—. Supongo que no esperaba que una eminencia en perfilación criminal pudiera ser tan… normal.

Me felicité en silencio por haber conseguido cambiar en el último momento el adjetivo “atractivo”, que había sido el primero en venir a mi mente, por la palabra “normal”. Él sonrió y, sin mediar palabra, volvió a llenar las copas de vino y levantó la suya para chocarla con la mía.

—Estamos empatados. Yo tampoco esperaba que una agente del FBI fuera… así.

—¿Así cómo? —Parecía que era mi turno de mostrarme confusa y curiosa.

—Nada… Déjalo. —La risa se le escapó cuando me vio negar de forma vehemente con la cabeza—.

Está bien… —cedió al fin, dejando la copa sobre la encimera y mirándome con esa calma analítica que empezaba a ponerme nerviosa—.

Veamos… A primera vista diría que eres joven para llevar un caso como este.

Muy joven. Y también bastante atractiva, aunque sospecho que eso preferirías que no fuera lo primero que la gente notara cuando entras en una habitación.

—Se inclinó un poco hacia mí, apoyando un antebrazo en la encimera—.

También diría que eres tenaz… y ambiciosa, de las que no se rinden con facilidad cuando alguien les dice que algo les queda grande.

Tienes carácter, Cassandra. Se ve en la forma en que me respondes, en cómo sostienes la mirada incluso cuando estás incómoda.

Hizo una breve pausa antes de continuar, observándome con una atención casi minuciosa.