La triada oscura Capítulo cuatro
38%

Capítulo cuatro

Capítulo cuatro

Cuando me situé frente a su puerta, mi corazón retumbaba con tanta fuerza en el pecho que estuve segura de que él podría saber que estaba allí sin necesidad de llamar al timbre.

Me reñí por estar comportándome como una colegiala encaprichada.

¿Qué hacía que estuviera tan nerviosa? Era cierto que me vendría genial la ayuda de ese hombre para elaborar el perfil de mi asesino, pero no era imprescindible.

Si se negaba a ayudarme, podría hacerlo por mí misma… O eso quería creer.

Ni siquiera estaba segura de que ese hombre fuera lo que necesitaba.

Marcus había dicho que su libro era genial y que el tipo era una especie de eminencia entre los perfiladores, algo así como el merecedor del Nobel de Criminología si algún día lo concedían…

Pero quizá Marcus estaba exagerando o se dejaba impresionar con cualquier cosa.

Fuera como fuera, yo no tenía ningún dato objetivo que respaldara mi emoción por ir a encontrarme de nuevo frente a él… aparte del recuerdo de sus abdominales.

Me atusé el pelo, carraspeé y llamé al timbre mientras me repetía una y otra vez que debía parecer profesional si quería que ese hombre me ayudara.

No tardó mucho en abrir la puerta y, para mi tranquilidad, me lo encontré vestido con unos pantalones de traje de color grafito y una camisa blanca.

No llevaba chaqueta ni corbata y los dos primeros botones de la camisa estaban sueltos, lo que me hizo temer que quizá aquel hombre quisiera llevar nuestra cita de trabajo a algo más personal.

—Buenas tardes, señorita Grey. ¡Qué puntual!

—Es lo menos que podía hacer dado que ha sido usted tan amable de atenderme.

—No le quepa duda. —Hizo un gesto para invitarme a entrar—. De hecho, si hubiera llegado tarde, no le habría abierto la puerta. Detesto la impuntualidad.

Forcé una sonrisa creyendo que estaba bromeando, pero su gesto serio me llenó de dudas. Le tendí la botella de vino que había traído y él leyó la etiqueta con atención mientras fruncía el ceño.

—Muy amable, pero ya he abierto una botella. —Me tendió la mía de vuelta—. El buen vino necesita tiempo para respirar y liberar todo su aroma y sabor.

Recogí mi botella sin saber si acababa de sufrir un vergonzoso desprecio.

La verdad era que yo no tenía ni idea de vinos.

De hecho, había dado por supuesto que aquel sería bueno al estar embotellado y no en brik.

Seguí a mi anfitrión al interior de la casa mientras deseaba que el suelo se abriera y me tragara.

El profesor me condujo por un breve pasillo y abrió una puerta que daba a la cocina.

Era amplia y acogedora. No tenía el aspecto impoluto y casi clínico de las cocinas de revista, sino algo mucho más real.

En el centro había una gran isla de madera clara, marcada por pequeñas señales de uso, y a un lado colgaban varias sartenes de hierro de un soporte metálico.

El fregadero estaba bajo una ventana que daba al lago, aunque a esas horas solo se veía una oscuridad compacta al otro lado del cristal.

Sobre la encimera había un par de libros abiertos, una tabla de cortar y, tal como me había avisado, una botella de vino ya descorchada.

—Espero que no le importe cenar aquí —dijo mientras se acercaba al horno—. El comedor es demasiado formal para algo improvisado.

—No, claro que no —contesté—. No quiero molestar .

Abrió el horno y el olor del salmón caliente, mezclado con limón y eneldo, llenó la cocina de inmediato. Sacó la bandeja con un movimiento seguro y la dejó sobre la encimera. Me apoyé en el respaldo de una de las sillas altas de la isla, tratando de aparentar normalidad mientras lo observaba.

Se movía con una tranquilidad que resultaba hipnótica.

Se remangó la camisa hasta los codos y cogió un cuchillo para cortar el salmón en porciones limpias.

Luego abrió un armario, sacó dos platos blancos y los colocó frente a él.

Añadió unas patatas pequeñas asadas y un puñado de espárragos verdes que todavía soltaban un hilo de vapor.

Intenté no mirarlo demasiado, pero era complicado.

Había algo en la forma en que se movía por la cocina, seguro, natural, tan cómodo en su propio espacio, que me obligaba a seguir cada gesto con la vista: la manera en que se inclinaba sobre la encimera, el modo distraído en que se apartó un mechón de pelo de la frente con el dorso de la mano, la facilidad con la que parecía hacerlo todo…

Aparté la mirada hacia la ventana, hacia la lámpara, hacia cualquier otro punto de la cocina, pero siempre terminaba volviendo a él.

Me sentía tan nerviosa… Aquella no era mi casa, aquel hombre al que apenas conocía estaba cocinando para mí con una naturalidad desarmante y mi cerebro parecía incapaz de recordar que había venido allí para hablar de un asesinato.

—Listo —dijo cuando terminó de servir los platos y los deslizó hacia el borde de la encimera.

Bajé la vista hacia el plato que tenía delante, intentando recomponer mi expresión.

El problema era que, por alguna razón que no terminaba de entender, aquella cocina cálida y aquel hombre moviéndose con tanta tranquilidad dentro de ella me resultaban infinitamente más desestabilizadores que cualquier escena del crimen.

Carraspeé nerviosa y me concentré en probar el salmón mientras intentaba recuperar la compostura.

—Le agradezco muchísimo que haya accedido a atenderme…

Y que me haya invitado a cenar. —Probé el primer trozo de salmón y su sabor me inundó la boca con tal intensidad que puse los ojos en bl anco—.

Esto está buenísimo. Llevaba días alimentándome de las chucherías que sacó de las máquinas de la oficina.

—¿No sabe usted cocinar?

La pregunta me sonó como si estuviera en una entrevista de trabajo y acabara de perder un montón de puntos. Tragué el trozo de salmón que tenía en la boca y le di un trago a la copa de vino blanco que él acababa de colocarme delante.

—Sí, sí, claro… —respondí azorada—. Lo que pasa es que estoy alojada en un motel y allí no tengo cocina.

—¿Es que acaba de llegar a Anchorage?

—Sí, el viernes pasado.

—Y ya le han asignado un caso de asesinato.

—Sí, es a lo que me dedico. Como le dije esta mañana, soy analista de conducta y estoy especializada en la realización de perfiles de criminales violentos…

—…y a pesar de su especialización, necesita mi ayuda.

No me gustó su tono. La verdad era que, desde que había empezado con sus preguntas, me estaba haciendo sentir incómoda. Me daba la impresión de que estaba sometiéndome a un examen del que nadie me había advertido y que, además, lo estaba suspendiendo de forma estrepitosa.

—Sí, bueno… —Le di otro trago a la copa de vino para ganar algo de tiempo—.

La verdad es que, en Boston, de donde vengo, trabajábamos en un equipo grande y siempre he tenido la guía y el apoyo de compañeros más experimentados que yo.

Aquí estoy sola… Me hablaron de usted, me dijeron que era una eminencia en la perfilación criminal y pensé que quizá podría asesorarme…

Pero supongo que ha sido un error y que he sido una ingenua al pensar que usted iba a perder su valioso tiempo ayudándome.

Él no pronunció una sola palabra mientras yo hablaba.

Se limitó a mantenerse en silencio, con la mirada clavada en mí y una expresión pétrea en la cara.

No supe por qué, pero me sentí muy incómoda.

De repente, me dio la impresión de que aquel hombre estaba haciéndome un perfil a mí.

Podía leerlo en sus ojos: insegura, ansiosa, con una necesidad casi patológica de aprobación, de demostrar que estaba a la altura…

Me levanté de la silla, con la cara ardiendo por la vergüenza.

—Siento mucho haberle molestado, señor Conelly. —Recogí mi chaqueta del respaldo y el expediente que había dejado sobre la encimera y me preparé para irme—. Muchísimas gracias por su tiempo y por la cena…

—Ray —dijo él cuando yo estaba a punto de llegar a la puerta.

—¿Qué? —pregunté girándome sin entender.

—Que me llame Ray, no señor Conelly. —Sus labios se curvaron en una media sonrisa—. Si vamos a trabajar juntos, deberíamos tutearnos.

—Esto, sí… Yo soy Cass.

Él se levantó de su asiento y, sin decir palabra, se acercó a mí hasta quedar a tan solo un paso de distancia. Tuve que levantar la vista para mirarle a la cara.

—Me gusta más Cassandra.

La manera en la que pronunció mi nombre activó algo en mi interior. No sabría explicar qué era… un pequeño estremecimiento o la sensación incómoda de que aquel hombre había encontrado algún botón que yo misma desconocía, pero de repente mi cuerpo olvidó que estaba intentando marcharme de allí.

Ray me quitó con suavidad la chaqueta de las manos y la dejó de nuevo sobre el respaldo de la silla, como si el simple gesto de devolverla a su sitio bastara para anular mi intento de huida. Después hizo lo mismo con el expediente y lo colocó sobre la encimera.

—No he dicho que no vaya a ayudarte —añadió con calma—. Solo quería saber con quién estoy tratando.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Y he aprobado el examen? —pregunté molesta.

—No era un examen, Cassandra. —Soltó una risa breve y se apoyó con una mano en la encimera, inclinándose hacia mí—. Y, aunque lo hubiera sido, no lo estabas haciendo tan mal como crees.

—¿Ah, no? —Lo miré con suspicacia.

—No. —Sus ojos recorrieron mi cara con una atención que me hizo sentir incómoda, demasiado consciente de mí misma—. Si pensara que es un error ayudarte, te habría dejado marchar .

Por un segundo me quedé sin saber qué responder. Luego bajé la mirada hacia el expediente que descansaba sobre la encimera.

—Entonces… ¿vas a escucharme?

Ray empujó el dossier un par de centímetros hacia mí.

—Cena primero, Cassandra. —Volvió a sentarse en su sitio con la misma tranquilidad con la que había estado cocinando unos minutos antes—. Después veremos qué has traído.