La triada oscura Capítulo tres #2
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Capítulo tres #2

Las dos mujeres intentaron controlar su llanto y recuperar la compostura. Tras apretar sus manos, me senté frente a ellas y abrí el expediente, más para tener algo que me diese una apariencia de profesionalidad que porque necesitara mirarlo en realidad.

—Quiero darles mi más sentido pésame por su pérdida —comencé—. Les aseguro que estamos haciendo todo lo posible por esclarecer lo sucedido y llevar a los culpables ante la justicia.

—¿Cuándo voy a poder ver a mi niña?

La que había hablado era la mayor de las dos mujeres. Tenía la mirada perdida, los ojos rojos y los párpados irritados de tanto llorar. Apretaba entre las manos un kleenex tan empapado que ya no servía para secar nada.

—No puedo decírselo con seguridad…

—Nos gustaría mucho poder recuperar su cuerpo y regresar a casa con él para organizar el funeral —dijo la otra mujer.

—Disculpe, ¿usted es?

—Su hermana… La tía de Tiffany —miró a su hermana con una compasión infinita y no pudo evitar que nuevas lágrimas surcaran sus mejillas—. Yo soy Linda y ella es Karen.

—Como les decía, me encantaría poder entregársela ahora mismo. Sin embargo, la ley nos obliga a realizar ciertos exámenes para esclarecer lo sucedido. No debería tardar más de un par de días.

—Quiero ver a mi hija —repitió Karen, con una voz tan aguda que casi sonó como el llanto de una niña.

—Lo entiendo, pero primero tenemos que seguir una serie de pasos —dije con voz suave, dirigiéndome más hacia Linda, consciente de que iba a ser muy difícil mantener una conversación coherente con la madre de la chica—. Me gustaría hacerles unas preguntas sobre Tiffany.

—Sí, por supuesto. Dígame.

—¿Podrían decirme cuál fue la última vez que hablaron con ella?

—Sí, claro. Llamó a su madre desde el aeropuerto para decirle que ya había llegado.

Yo esperé un par de segundos, mirando a la madre por si quería confirmar las palabras de su hermana o añadir algo, pero la mujer estaba ausente, con los ojos clavados en una de las paredes de la sala, mirando con tanta insistencia como si allí pudiera encontrar la explicación a la tragedia que estaba viviendo.

Decidí continuar sin presionarla a no ser que fuera necesario.

—¿Les pareció que estaba nerviosa o preocupada por algo? ¿Notaron algo extraño en ella?

—No, qué va… Estaba muy emocionada por el viaje. ¿Verdad, Karen?

Nos quedamos en silencio. La mujer siguió sin reaccionar, como si estuviera muy lejos, como si su mente, sobrepasada por tanto dolor, hubiera decidido desconectar.

—Me gustaría saber si Tiffany tenía pareja. —Linda negó con la cabeza—. ¿Y algún ex reciente? ¿O algún admirador demasiado insistente?

—No, nada de eso.

—¿Algún problema con algún profesor, jefe o compañero de trabajo?

—No, pero no entiendo… Si alguien de Portland hubiera querido hacerle daño, lo habría hecho allí… No la habría seguido hasta Alaska —protestó la mujer.

—Sí, eso es lo más razonable, pero no queremos dar nada por sentado.

Suspiré antes de seguir preguntando. La verdad era que yo también creía que el asaltante de Tiffany había sido alguien que no la conocía de antes. De hecho, me había pasado toda la mañana comprobando que nadie la había seguido desde el aeropuerto. Sin embargo, no podía descartar nada.

—¿Cómo era Tiffany? —continué—. ¿Era una persona confiada? Si hubiera tenido algún problema en la carretera, ¿habría aceptado ayuda de una persona desconocida?

—¿No lo haría usted si se encontrara sola en un lugar desconocido? —Noté un tono de enfado en la voz de la mujer.

—Por supuesto… No estoy culpando a Tiffany de nada. Solo intento descubrir cuál pudo ser el modo en el que su asaltante se acercó a ella. —Carraspeé y decidí pasar a la siguiente pregunta—. ¿Saben si Tiffany llevaba mucho dinero encima para el viaje ?

—No, casi no llevaba dinero en efectivo. Ya sabe cómo son los jóvenes hoy en día. Lo pagan todo con el móvil o con tarjeta.

—Mi niña era muy buena… —La voz sollozante de la madre de Tiffany me sorprendió.

Se había mantenido tan quieta y silenciosa hasta el momento que casi había olvidado que estaba allí—.

Era la niña más buena del mundo y creía que todo el mundo era igual de bueno…

Muchas veces le dije que no debía fiarse tanto de la gente… Y ahora está muerta.

—Tranquila, Karen —le dijo su hermana, abrazándola.

—Yo le dije que hiciera este viaje… Yo le insistí.

—La mujer estalló en sollozos—. Desde que su padre murió, ella se empezó a ocupar de todo.

Estudiaba, trabajaba, cuidaba de mí… No era una vida normal para una chica tan joven.

Por eso le insistí y le insistí para que hiciera este viaje con sus amigos y se divirtiera.

Y ahora está muerta… Yo la he matado. Yo la he matado. ¡La he matado!

La voz se le quebró y se convirtió en un alarido angustioso que casi no parecía humano.

Su hermana la rodeó con los brazos y dejó que escondiera la cabeza en su pecho, como si intentara aislarla de un mundo que le estaba provocando tantísimo dolor.

Esperé un par de minutos en total silencio, sin saber si dar aquel interrogatorio por terminado.

Estaba segura de que no iba a obtener ninguna información útil de esas dos pobres mujeres y seguir escarbando en su herida, tan honda y tan reciente, solo iba a acrecentar su dolor.

Sin embargo, antes de que les dijera que podían marcharse, fue Linda la que se giró hacia mí con ojos suplicantes.

—¿Podríamos irnos ya? Mi hermana está enferma del corazón. —Ante mi gesto de confusión, continuó explicándose—. Padece miocardiopatía hipertrófica. Me da miedo que tantas emociones…

—Lo comprendo. No hay problema. —Me levanté para acompañarlas a la puerta y le tendí a Linda una tarjeta con mi número de teléfono—. Si recuerdan cualquier cosa que crean que pueda ayudar a la investigación, pueden llamarme a cualquier hora.

Al salir al pasillo, Karen se separó de su hermana y se me quedó mirando, con los ojos arrasados en lágrimas. Sentí que debía decirle algo que la tranquilizara o que, al menos, calmara mi conciencia.

—Le prometo que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para atrapar a quien le ha hecho esto a Tiffany. El culpable no quedará sin castigo.

—Mi niña seguirá muerta. —Negó con la cabeza, más allá de todo consuelo posible—. No hay justicia humana ni divina que pueda cambiar eso.

Su hermana la rodeó por los hombros y, tras dirigirme una mirada que parecía de disculpa, se la llevó pasillo adelante. Me quedé allí, inmóvil, hasta que desaparecieron tras la primera esquina, sintiéndome agotada, derrotada, vacía…

Aquella mujer tenía razón. Tiffany estaba muerta y no había nada que yo pudiera hacer para cambiarlo. Pero eso no iba a hacer que dejara de luchar. Ya que no podría ofrecerle reparación, le ofrecería justicia.