Capítulo tres
Capítulo tres
Me sorprendió encontrar a Delaney ya sentado ante la pantalla de su ordenador a pesar de haber llegado treinta minutos antes del inicio de nuestra jornada.
Mientras ocupaba mi sitio, me pregunté si ese hombre tendría casa o si viviría allí.
Incluso llegué a plantearme que quizá no tenía piernas y era incapaz de levantarse de su silla, pero recordé que le había visto moverse por el despacho un par de veces.
—Buenos días —saludé con voz alegre.
—Buenos días —respondió él sin apartar la vista de la pantalla—. Han llegado grabaciones de más cámaras de seguridad. Lo he subido todo al servidor.
—Bufff —resoplé, sintiéndome ya aburrida a pesar de no haber empezado—. Pensaba que ya había acabado. ¿Son muchas?
—Habías acabado con las del aeropuerto, pero tienes que revisar todas desde allí hasta el lugar en el que encontramos el coche. —Por primera vez, desvió la mirada del monitor para mirarme con gesto burlón—. Y sí, son muchas.
Solté un gruñido y, tras sacar un café de la máquina, me senté ante mi ordenador, dispuesta a pasarme las siguientes horas en una lucha constante por no dormirme.
Me consolé pensando que, con un poco de suerte, a lo largo de la mañana recibiría una llamada de la oficina de los State Troopers con alguna otra pista que seguir o quizá del forense con los resultados de la autopsia.
Solo tenía que aguantar un rato hasta que el destino me sonriera poniéndome delante alguna otra cosa que hacer. Cualquier cosa.
Abrí la carpeta del servidor y la pantalla se llenó de archivos con nombres interminables: INT_AIRPORT_EXIT_CAM03, MINNESOTA_DR_NORTH_2217, WASILLA_MAIN_INT_2334. Decenas de archivos. Suspiré, me acomodé en la silla y empecé por el principio.
La primera secuencia ya la había visto: Tiffany saliendo del parking de la empresa de alquiler.
El coche avanzaba despacio hasta la barrera, se detenía un segundo, la luz roja cambiaba a verde y desaparecía por la International Airport Road.
Rebobiné, amplié la imagen y busqué matrículas cercanas.
Nada. Vehículos normales. Un SUV se detuvo en el mismo punto, pero giró en dirección contraria pocos segundos después.
Salté a la siguiente cámara, ya fuera del recinto.
Se veía una intersección amplia en Anchorage en la que el tráfico fluía con la rutina de un día cualquiera.
Localicé su coche por la matrícula y seguí su trayecto unos segundos más, atravesando el cruce e incorporándose a la Glenn Highway.
Amplié la esquina inferior de la pantalla, observando el carril posterior.
Ningún coche parecía pegarse a su parachoques.
Nadie cambiaba de carril al mismo ritmo que ella.
Solo se veían vehículos dispersos, cada uno siguiendo su propio destino.
El tiempo empezó a diluirse en una sucesión de asfalto y faros.
Wasilla apareció en las siguientes grabaciones: una gasolinera en mitad de la nada, un supermercado abierto, un semáforo solitario…
Tiffany pasaba por el encuadre como una presencia fugaz.
A veces distinguía su silueta al volante, la cabeza inclinada hacia delante, concentrada en la carretera.
Rebobinaba, congelaba la imagen, miraba el fondo, las entradas a los aparcamientos, las calles laterales…
No distinguí ningún coche que apareciera en dos cámaras consecutivas, ninguna sombra que se repitiera.
Entre Wasilla y Houston la cobertura se volvía irregular.
Tramos largos sin nada, seguidos de alguna cámara privada en la fachada de una tienda o en el poste de un banco.
En cada nuevo archivo repetía el mismo ritual: localizar su matrícula, seguirla unos segundos, ampliar el carril trasero, comparar modelos y colores…
Un pick-up rojo que coincidía en dos grabaciones me hizo incorporarme en la silla durante un instante, pero en la tercera secuencia ya no estaba. Simple coincidencia.
Cuando llegué a la intersección a la salida de Houston, la imagen era más granulada, tomada desde lo alto de un poste.
Allí estaba otra vez su coche, detenido un segundo ante el semáforo, girando después hacia el norte en dirección a la Parks Highway.
Eran las 16:27. Después de ese punto, ya no había más cámaras.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos más, como si esperara que algo apareciera en el borde del encuadre: un coche que acelerara al mismo tiempo, un destello en los faros traseros, una sombra demasiado persistente…
pero no apareció nada. Solo Tiffany avanzando sola, milla tras milla, hasta salir del último ojo electrónico que la había visto con vida.
Apoyé la espalda en la silla y me froté los ojos. No había persecución visible. No había coordinación aparente. Si alguien la había seguido, lo había hecho fuera del alcance de esas cámaras.
El vacío empezaba justo allí, en ese cruce anodino de Houston. Y, después de eso, lo único que tenía eran preguntas.
Para cuando terminé de revisar las grabaciones, la mañana ya se había esfumado y la tarde empezaba a declinar.
Mis compañeros de oficina habían entrado y salido varias veces, demasiado ocupados con sus propios casos como para preguntarme cómo me iba y ofrecerme su ayuda.
Tan solo McKenna se había acercado una vez para mirar la pantalla por encima de mi hombro.
Me eché hacia atrás en el asiento y estiré la espalda todo lo que pude.
Llevar tanto tiempo sentada e inclinada hacia delante para ver hasta el último detalle había hecho que se me cargaran los hombros y el cuello y que un leve dolor de cabeza empezara a avisarme de que me vendría bien moverme un poco y respirar algo de aire fresco.
Ya que ni los investigadores de los State Troopers ni el forense me habían llamado para decirme que habían terminado, tendría que buscarme alguna otra excusa para salir de allí.
Me giré hacia Delaney, esperando que él pudiera ayudarme.
—He terminado con las grabaciones —le anuncié—. ¿Tienes algo más para mí?
Él me miró con el ceño fruncido, como si le hubiera hablado en algún idioma extranjero. Después, negó con la cabeza y chascó los labios con fastidio.
—No sé si te crees que soy tu niñera o tu mamá, pero a mí no tienes que contarme cómo va tu caso —dijo, dejando claro que no le interesaba en absoluto.
—Ya, pero tú dijiste que me ayudarías. Fuiste tú quien se ofreció a comprobar la geolocalización del móvil de la víctima y a comprobar los recibos de su tarjeta de crédito.
—Sí, y cuando tenga algo, ya te avisaré yo.
Sin decir nada más, volvió a su pantalla.
En unos segundos volvió a estar tan concentrado como si el resto del mundo no existiera.
Me habría gustado acercarme por la espalda y comprobar qué le tenía tan abstraído, pero su escritorio estaba pegado a la pared y tenía la pantalla colocada de tal forma que era imposible verla desde el otro lado.
Habría apostado cualquier cosa a que estaba jugando al póker online o viendo porno.
Me di cuenta de que, a pesar de que se había ofrecido voluntario para ayudarme, no iba a conseguir mucho de él. Si quería obtener información sobre esa chica, más me valía buscarla por mí misma. A pesar de que Delaney me estaba ignorando, decidí molestarle un poco más.
—¿Al menos has redactado la solicitud de la orden judicial para localizar el móvil de Tiffany?
—Sí, lo he hecho esta mañana y se la he remitido al juez Bennett.
—Me miró con fastidio, como si estuviera valorando si me merecía que me diese más explicaciones—.
Es un tipo trabajador y muy competente, así que no tardará mucho.
Seguro que mañana la tienes. Y también tendrás los movimientos de su tarjeta.
Se lo agradecí con una sonrisa. La verdad era que Delaney resultaba mucho más eficiente de lo que parecía por sus continuas protestas y acababa de librarme de un montón de papeleo administrativo.
De hecho, había hecho demasiado por mí, porque en aquel momento me encontraba preguntándome qué hacer con el resto del día si no iba a tener ningún dato nuevo que investigar hasta el día siguiente.
El teléfono de mi mesa sonó en ese momento, como si el cielo acabara de responder a mi pregunta. Descolgué, sin tener ni idea de quién podría estar llamándome. No recordaba haberle dado aquel número a nadie. De hecho, ni siquiera sabía cuál era ese número.
—¿Agente Grey? —preguntó una voz de mujer—. Soy Rossie, de recepción. La señora Collins está aquí.
Durante unos segundos, me quedé pensando quién demonios era la señora Collins. Por suerte, Rossie debió de darse cuenta de lo perdida que estaba, o quizá simplemente no tenía paciencia para seguir esperando, así que continuó explicándose.
—Le he indicado que es usted quien lleva el caso del asesinato de su hija y le he pedido que la espere en la sala 103. Supongo que querrá hablar con ella.
—Sí, por supuesto —respondí de inmediato, sintiéndome un desastre por no haberme dado cuenta de quién era—. Bajo ahora mismo.
Colgué el teléfono, recogí el expediente del caso y, tras despedirme de Delaney y McKenna, que solo respondieron con un leve movimiento de cabeza, salí del despacho y me dirigí al primer piso.
Tras seguir las puertas, me encontré frente a la de la sala 103.
Me detuve durante un instante para recolocarme la ropa y tratar de encontrar en mi interior la fuerza necesaria para enfrentarme a una mujer que acababa de perder a su hija de una manera tan horrible.
Sabía que los siguientes minutos iban a ser duros, pero también sabía que tenía que ser capaz de hacerlo.
Di un par de suaves golpes en la puerta, abrí y me detuve en el umbral. En la sala había dos mujeres de unos cincuenta años. Una de ellas, la más joven, abrazaba a la otra para consolarla, a pesar de que las dos tenían el rostro cubierto de lágrimas. Me acerqué y les tendí la mano.
—Buenas tardes. Soy la agente Grey —me presenté—. Me han asignado el caso de Tiffany .