Capítulo dos
Capítulo dos
Cuando llamé al timbre, no sucedió nada. Me quedé allí en la puerta, abrazándome a mí misma y dando ridículos saltitos de una pierna a otra para tratar de no morirme de frío, mientras mi aliento formaba diminutas nubes blancas.
Intenté ser paciente. Era consciente de que no era una hora normal para presentarse en la puerta de nadie.
Además, imaginé al pobre profesor Conelly, con su bata de cuadros y sus zapatillas de felpa, avanzando despacio por el pasillo, tratando de ignorar el dolor de sus artríticos huesos mientras se preguntaba, huraño, quién podría estar molestándole a esas horas.
Mi paciencia se terminó al cabo de tres minutos. Volví a pulsar el timbre con insistencia. Mis saltitos para entrar en calor se hicieron más intensos. Esperaba que ese hombre tuviera el buen corazón de invitarme a un café caliente cuando por fin se dignara a abrirme la puerta. Si es que lo hacía…
Me eché unos pasos hacia atrás para poder ver las ventanas de la casa.
La luz que había visto desde mi coche continuaba encendida.
Parecía la luz del pasillo del piso de arriba.
Me di cuenta de que se había encendido una nueva luz en el piso inferior.
Había alguien dentro de casa y no quería abrirme.
Pensé que a lo mejor el pobre hombre era sordo y no había oído mis timbrazos, pero deseché la idea de inmediato.
No, no era eso. Me había escuchado, había bajado desde el piso superior y había encendido una luz para acercarse a la puerta.
Seguramente, en ese momento estaría observándome por la mirilla, preguntándose qué clase de loca llamaba a su casa a las seis de la mañana.
Saqué mi placa mientras me acercaba de nuevo a la puerta, la puse frente a la mirilla y di un par de fuertes golpes con la palma.
—FBI. Abra, por favor. —Esperé unos segundos más. Me pareció oír un leve ruido al otro lado, como si el hombre estuviera intentando que no notara su presencia—. Señor Conelly, tengo que hablar con usted. Sé que está ahí y no pienso irme hasta que me abra.
La puerta se abrió por fin, pero, en lugar de encontrarme con un anciano gruñón con gafas metálicas y bata, me encontré frente a frente con los abdominales de un dios nórdico cubierto tan solo por una toalla blanca tan minúscula que resultaba ridícula.
Boqueé un par de veces hasta que mi cerebro reaccionó y le ordenó a mi boca que se cerrara y pronunciara alguna frase coherente.
Sin embargo, antes de que pudiera obedecer, fue él quien habló.
—¿Se puede saber qué pasa? ¿Se quema algo?
Reaccioné acercándole mi placa a los ojos, como si eso lo explicara todo.
Él la miró durante unos segundos con una ceja enarcada, mientras yo aprovechaba ese tiempo para seguir el curso de una gota de agua que resbalaba por sus pectorales.
Por suerte, la pequeña parte de mi cerebro que continuaba activa, me avisó de que no era educado quedarme mirándolo como si fuera un trozo de carne.
Carraspeé un par de veces para recuperar la compostura y me forcé a mirarle a la cara antes de empezar a hablar.
—Soy la agente Cassandra Grey, de la Unidad de Análisis de la Conducta del FBI —me presenté—. Estoy al cargo de una investigación por asesinato…
—¿Y? ¿Acaso soy sospechoso? —me cortó él—. Porque es la única explicación que le encuentro a que alguien aporree mi puerta a estas horas
—No, estoy buscando a Raymond Conelly.
—Soy yo .
Volví a mirarle, confusa, hasta que me di cuenta de lo que estaba pasando. Sonreí y negué con la cabeza.
—No, supongo que usted será su hijo. Estoy buscando al profesor Conelly, el criminólogo.
—Le repito que soy yo.
—Vaya… Lo siento. Me lo imaginaba muy distinto.
—Sí, bueno… Normalmente llevo más ropa puesta —respondió molesto—. ¿Puede decirme ya qué quiere? Me estoy congelando.
—Bueno, sí… Si me da un minuto, termino de explicárselo —me disculpé—. Como le decía, estoy al cargo de una investigación por asesinato. La víctima es una joven que desapareció la semana pasada y cuyo cadáver apareció el domingo en una zona boscosa…
—Disculpe, sigo sin entender en qué puedo serle de ayuda…
—Me han dicho que es usted un reputado criminólogo y la verdad es que me vendría genial su colaboración —me sinceré.
Soltó el aire en un sonido que era mitad risa y mitad resoplido de desconcierto. Después, me miró con esos ojos del mismo color plomizo que tenía el cielo y negó con la cabeza.
—Disculpe, pero no he desayunado, aún estoy medio dormido, ni siquiera me ha dejado terminar de ducharme y estoy casi desnudo con un frío de mil demonios.
No me parece que sea la situación más adecuada para que usted me explique los detalles de su investigación.
—Iba a empezar a rebatirle sus excusas cuando me sorprendió con una pregunta—.
¿Qué le parece si lo hablamos mientras cenamos?
—¿Cenar? —pregunté confusa—. ¿Usted… y yo?
—Sí, claro. Supongo que las analistas de conducta del FBI también cenan.
—Sí, por supuesto… pero… ¿no es un poco raro?
—¿Raro por qué? No le estoy proponiendo una cita.
Lo dijo como si la sola idea le resultara ridícula. Mentiría si no reconociese que me molestó su tono. ¿Qué tenía de rara la idea de una cita conmigo?
—¿Aquí? ¿En su casa? —pregunté para ganar algo de tiempo.
—Sí, claro. Preparo algo informal, usted viene con todos sus datos y hablamos. —Se me quedó mirando con una ceja enarcada, esperando mi respuesta—. En serio, voy a morir de frío. ¿Si o no? O contesta ya o cierro la puerta.
—Sí, sí, claro.
—Perfecto. Nos vemos a las siete.
Sin decir nada más, me cerró la puerta en las narices.
Me quedé paralizada sobre su felpudo, con la mirada clavada en el lugar en el que, segundos antes, estaban los perfectos oblicuos que se asomaban por el borde de la toalla.
Me mordí el labio inferior para ahogar una risita nerviosa, mientras negaba con la cabeza.
—Estupendo, Cass, qué profesional —me reñí a mí misma—. Solo te ha faltado pedirle la toalla para secarte las babas.
Respiré hondo y agité la cabeza para borrar aquella imagen de mi cerebro. A paso rápido, regresé al coche. Esperaba recuperar la compostura para cuando llegara la noche y que me resultara más fácil mantener una conversación coherente con él cuando estuviera vestido.