Capítulo uno
Capítulo uno
Me desperté cubierta de un sudor frío y pegajoso, con un nuevo grito de angustia atascado en la garganta.
Con manos temblorosas, encendí la lámpara de la mesilla, con el miedo ilógico de encontrármelo al pie de la cama.
Me quedé sentada, intentando recuperar el resuello, mientras mi corazón me golpeaba el pecho con el retumbar de un tambor de guerra.
No pasa nada, Cass. Todo está bien. Él está muy lejos.
Esas frases no me consolaron. Él podía estar muy lejos a nivel físico, pero estaba muy dentro de mi mente, de mi alma…
Cada noche volvía a sentir sus manos en mi cuerpo, su aliento en mis oídos, su fuerza, su violencia…
Y lo que más odiaba de todo: ese miedo paralizante que me convertía en una niña asustada e indefensa.
Pataleé con fuerza para liberarme de las mantas que me aprisionaban las piernas y, sin pensarlo un segundo, me metí en la ducha para quitarme de encima ese sudor pegajoso que me traía el recuerdo de sus babas sobre mi piel.
Estuve bajo la ducha mucho tiempo, dejando que el agua tibia me resbalara por la nuca como la caricia de una madre mientras trataba de relajarme con los ojos cerrados.
Cuando salí, cogí el móvil de la mesilla para mirar la hora y me encontré con que tenía un mensaje de Emily.
Me lo había enviado la noche anterior, justo sobre la hora de cenar, pero yo había estado demasiado entretenida con Marcus y la media docena de cervezas que habían acabado cayendo como para verlo.
Mientras abría el mensaje, pensé que tendría que tener cuidado con mi nuevo amigo y no quedar demasiado a menudo con él.
El chico tenía un aguante increíble para la bebida y, si le seguía el ritmo, acabaría volviéndome alcohólica.
Lo que Emily me había enviado por WhatsApp era un vídeo en el que aparecía en el jardín de nuestra casa, lanzándole una pelota a Kenneth, que se la devolvía una y otra vez con la satisfacción del trabajo bien hecho.
Tras unos cuantos tiros, mi hermana llamaba al perro y ambos se sentaban juntos sobre la hierba.
Tras recoger el móvil para acercarlo y que solo les enfocara a ellos, Emily me gritaba un sonoro “Te echamos de menos” antes de empezar a mandarme besos.
Kenneth respondía eufórico, lanzando lengüetazos a la cara de mi hermana y a la cámara, haciendo que ella soltara una carcajada.
Sentí que las lágrimas volvían a escocerme en los ojos y me maldije por ello. Nunca había sido una persona llorona, pero últimamente estaba demasiado sensible, demasiado… vulnerable. Me mordí el labio inferior para contenerme mientras escribía un “Me muero de ganas de estar con vosotros”.
Tras mandar el mensaje, comprobé por fin la hora y me arrepentí de inmediato de haberlo enviado. Solo eran las cinco y cuarto de la mañana. Esperaba no despertar a mi hermana con el mensajito. Que yo no pudiera dormir no significaba que debiera impedírselo a los demás.
Me quedé un momento con el móvil en la mano, pensando en ese mensaje que había mandado.
Nunca en la vida había dicho algo tan sincero como aquello.
Cada minuto lejos de mi casa, de mi familia, de mis amigos estaba siendo una agonía mucho peor de lo que había imaginado…
Pero no podía volver, no al menos de momento.
Quizá si conseguía resolver ese caso, si detenía a un peligroso asesino y demostraba que era una gran analista de conducta, podría solicitar un nuevo traslado.
No a Boston, no podía volver allí… Quizá a la sede de Nueva York o a Newark…
Estaban a unas cuatro horas de casa, lo bastan te cerca como para poder ir todos los fines de semana…
y lo bastante lejos de él como para que sus tentáculos no me alcanzaran.
Me levanté, abrí el armario y empecé a vestirme. No me iba a conformar con construir castillos en el aire. Si quería conseguir mi objetivo, debía empezar por encontrar al asesino de Tiffany.
Salí de la habitación y, antes de poner un pie en la calle, el silencio absoluto del motel me trajo de vuelta a la realidad.
¿Dónde iba a las cinco de la mañana? Por muchas ganas que tuviera de trabajar, seguía como el día anterior: sin datos de la escena del crimen, sin resultados de la autopsia…
Seguramente, tanto las oficinas de los State Troopers como la del forense estarían cerradas.
Lo único que podía hacer era intentar entrar a mi oficina y seguir viendo vídeos de las cámaras de seguridad del aeropuerto, pero me apetecía tanto como que me metieran un dedo en el ojo.
Ya había visto por dónde salía Tiffany del parking y la carretera que había tomado al abandonar el aeropuerto.
No iba a sacar más información por muchos vídeos que viera.
Aproveché que había un par de máquinas de vending en la entrada para sacar un café con leche y un Kit Kat y salí de la recepción con mi improvisado desayuno.
El viento frío me dio la bienvenida. Exhalé para ver cómo mi aliento formaba una espesa nube blanca y sonreí al pensar que pronto llegaría la nieve.
Algo bueno debía tener haberse mudado a Alaska.
Me metí en el coche y puse algo de música suave.
Mientras daba cuenta de mi café y mi chocolatina, estuve pensando qué podía hacer con mi vida hasta las ocho de la mañana, hora en la que se suponía que debía entrar a trabajar.
Quizá presentarme algo antes, sobre las siete y media, fuera admisible…
Incluso podrían interpretarlo como un exceso de motivación, pero para eso quedaban aún dos horas. ¿A qué podía dedicarlas?
El nombre que había pronunciado Marcus la noche anterior me vino a la cabeza: Raymond Conelly, el criminólogo.
¿Podría ese hombre serme de ayuda? Lo más probable era que estuviera durmiendo, como todo el mundo a esas horas, pero…
¿y si no? La gente mayor dormía poco y se levantaba muy temprano.
Podía ac ercarme hasta su barrio y tratar de encontrar su casa.
A lo mejor, con un poco de suerte, veía una luz encendida en alguna ventana que me indicara que no era la única persona despierta de Anchorage.
Terminé el café de un trago y arranqué el coche.
Conduje por calles casi vacías, reguladas por semáforos que cambiaban de color para nadie e iluminadas por farolas que empezaban a perder intensidad frente a un cielo gris azulado que anunciaba el amanecer.
Anchorage a esas horas parecía otra ciudad: más ancha, más silenciosa, casi frágil.
Al incorporarme hacia el este, dejando atrás las zonas más urbanas, el tráfico desapareció por completo.
Las casas empezaron a espaciarse. El aire parecía distinto incluso a través del parabrisas, más limpio, más frío.
A esa hora, el Upper Hillside se alzaba oscuro y silencioso, con las colinas cubiertas de abetos que apenas dejaban pasar la luz naciente.
La carretera empezó a serpentear con suavidad.
Subí despacio, observando las viviendas que aparecían dispersas entre el bosque: casas grandes, discretas, de madera oscura y piedra, con ventanales amplios y techos inclinados preparados para la nieve.
No había movimiento, ni peatones, ni coches arrancando.
El único signo de vida provenía de alguna chimenea exhalando una columna fina de humo que se disolvía en el aire helado.
Cuando tomé el desvío hacia Rabbit Lake, el lago apareció al fondo como una mancha opaca, casi negra, rodeada de árboles. La superficie estaba inmóvil, reflejando un cielo aún oscuro. Algunas propiedades descendían hacia el agua, con embarcaderos privados que se adentraban en la orilla silenciosa.
Reduje la velocidad y fui buscando su nombre en los buzones de madera y en las discretas placas colocadas junto a entradas de gravilla. Al fin, encontré el que buscaba.
La casa de Raymond Conelly se alzaba algo apartada del camino, protegida por una hilera de abetos altos que la ocultaban parcialmente desde la carretera.
Era amplia, de líneas sobrias, con grandes ventanales que miraban hacia el lago.
No parecía ostentosa, pero transmitía una sensación clara de espacio y aislamiento.
Aparqué a un lado del camino, apagando el motor. Durante un instante me quedé sentada, observando la fachada a través del parabrisas empañado. El silencio era absoluto, roto solo por el leve tic-tac del motor enfriándose.
Y entonces la vi: una luz tenue en una de las ventanas laterales que me provocó una sonrisa de satisfacción.
No era la única persona despierta en Anchorage.