Capítulo catorce
Capítulo catorce
No había mucho más que pudiese hacer hasta que empezaran a llegar los resultados, así que, aunque tenía pocas esperanzas, regresé a la oficina para ver si Delaney había conseguido algo.
Cuando entré, me lo encontré solo, mirando la pantalla de su ordenador mientras se comía un sándwich que rebosaba mahonesa.
Le saludé, sin saber si debía interrumpirle, pero él se dio cuenta de mi presencia y me invitó a acercarme a su mesa.
—Buenas tardes —saludó con la boca llena antes de mostrarme su bocadillo—. ¿Gustas?
—No, gracias. Ya he comido —mentí mientras sentía que el estómago se me revolvía ante aquel festival de grasas y carbohidratos—. ¿Has podido ponerte con lo mío?
—Sí y he conseguido bastantes cosas. —Tuvo el buen gusto de tragar y limpiarse las manos antes de dejar su sándwich sobre un montón de servilletas de papel arrugadas y ponerse al teclado—.
Todavía no tengo nada de su teléfono ni de su tarjeta de crédito, pero he tenido suerte con las cámaras de vigilancia del aeropuerto.
Me han pasado todas las grabaciones de ese día.
—¿Y has encontrado algo interesante? —pregunté emocionada.
En un primer momento, me miró como si no entendiese la pregunta. Después, se echó a reír a carcajadas mientras negaba con la cabeza, como si yo acabara de contar el chiste del año.
—¿De verdad pensabas que iba a revisar las grabaciones?
—Esto… Pues… La verdad es que sí —dije incómoda por su risa—. Dijiste que me ibas a ayudar con la investigación.
—Ayudar, no hacerla por ti… No pienso revisar cientos de horas de grabaciones.
—Me señaló mi ordenador—. Yo te las consigo, pero las miras tú.
Te he subido todo lo del aeropuerto al servidor.
Son cuarenta y tres archivos de varias cámaras exteriores y del parking .
Puedes empezar por la salida de la empresa de alquiler.
Farfullé un “gracias”, tan rebosante de sarcasmo como su sándwich de mahonesa, y me dirigí a mi asiento.
Cuando tuve delante la lista de archivos, dejé escapar un bufido de frustración.
En realidad, tenía que darle la razón a Delaney: aquel trabajo iba a ser un auténtico suplicio.
Entendía que él no quisiera hacerlo cuando ni siquiera quería hacerlo yo.
Busqué entre los archivos hasta encontrar el correspondiente a la cámara de la salida del parking de Alamo y, antes de hacer clic para que empezara a reproducirse, me dirigí a la máquina de café y saqué el primero de la tarde.
Estaba segura de que iba a necesitar muchos para aguantar despierta y atenta.
Llevaba más de dos horas frente al ordenador cuando empecé a sentir que las imágenes del aeropuerto se fundían unas con otras: salidas, barreras, conductores avanzando en sus coches con la calma indiferente de quien no sabe que está siendo observado…
Rebobinar. Avanzar. Detener. Ampliar. Matrícula confirmada.
Hora exacta registrada. Tiffany saliendo sola del parking de la empresa de alquiler, girando el volante con gesto tranquilo y tomando la International Airport Road en dirección norte.
Nada más. No distinguí ningún vehículo pegado a su parachoques, ninguna sombra sospechosa, ningún gesto que anticipara lo que vendría después.
Repetí la secuencia varias veces, como si por insistir pudiera encontrar algún secreto oculto entre los píxeles.
No había nada, solo una joven conduciendo hacia el inicio de un viaje que nunca terminaría.
Después de ese punto, las cámaras del aeropuerto ya no sabían nada de ella. La ciudad se la tragaba.
El zumbido constante del ordenador y la luz azulada de la pantalla empezaron a pesarme en los párpados.
Me froté los ojos, pero, aun así, en algún momento, debí de cerrarlos más de la cuenta, porque me desperté con un pequeño sobresalto y la frente casi rozando el teclado.
Miré el reloj de la esquina inferior de la pantalla y maldije en voz baja.
Dos cabezadas en menos de diez minutos. Fantástico, Grey.
Volví a reproducir la salida del coche una última vez. Era absurdo seguir insistiendo. Ya tenía lo único que el aeropuerto podía darme: hora de salida y dirección. Nada que explicara qué había ocurrido después.
Me recosté en la silla, estirando la espalda dolorida.
Quizá ya era suficiente por hoy. Podía aprovechar para buscar una óptica en Anchorage y encargar unas lentillas nuevas.
No estaba acostumbrada a llevar las gafas tantas horas y me molestaban detrás de las orejas.
Además, mis gafas tenían ya muchos años y la graduación no era la correcta.
Mi incipiente dolor de cabeza podía deberse también a eso.
Estaba a punto de cerrar el vídeo cuando el teléfono vibró sobre la mesa. El nombre de Marcus apareció en la pantalla. Respondí tras el segundo tono.
—¿Cómo lo llevas? ¿Sigues viva? —preguntó su voz animada al otro lado.
Miré de nuevo la pantalla del ordenador, donde Tiffany salía del aeropuerto por enésima vez.
—Por poco —murmuré—. Estoy a dos grabaciones de morirme de aburrimiento.
—Entonces deja el ordenador y ven a cenar algo decente. Hay un sitio a dos calles de tu motel donde sirven unas hamburguesas que están de muerte. Y prometo un par de cervezas para compensar el día.
Dudé un instante, mirando el reloj. El aeropuerto no iba a revelarme nada nuevo esa noche .
—Está bien —dije al fin, cerrando el portátil—. Manda ubicación. Nos vemos en la puerta en quince minutos.
La hamburguesa había estado tan buena como Marcus había prometido y, en aquel momento, nos encontrábamos sentados en la barra de un bar con una enorme pinta delante de cada uno.
Para mi sorpresa, el lugar era un pub irlandés que parecía haber sido desmontado tabla a tabla en Dublín y reconstruido a miles de millas.
Las paredes estaban revestidas de madera oscura, saturadas de fotografías antiguas, carteles de cerveza y bufandas de equipos de rugby, y del techo colgaban lámparas bajas que proyectaban una luz cálida y dorada.
Detrás de la barra, un espejo reflejaba hileras de botellas y grifos de cerveza con nombres impronunciables, mientras una canción folk sonaba de fondo, casi ahogada por el murmullo de conversaciones y el choque ocasional de vasos.
Era un lugar acogedor, cargado de olor a malta y fritura, ruidoso y vivo, como si perteneciera a otro mundo completamente ajeno al que yo había pisado esa mañana.
—¿Me vas a contar ya cómo va la investigación? —preguntó Marcus curioso—. Comprendo que no te apeteciera hablar de autopsias mientras cenábamos, pero ahora ya te podrías soltar…
—Eres muy cotilla. ¿Lo sabías? —Él sonrió mientras asentía, como si acabara de dirigirle un piropo—. No hay mucho que contar. Para empezar, todavía no tengo los resultados definitivos de la autopsia. No estarán hasta dentro de veinticuatro o cuarenta y ocho horas.
—Pero algo te habrán dicho… —Marcus me dio un codazo amistoso para animarme a hablar—. Vamos, que no se lo voy a decir a nadie.
—Sabes que no está bien compartir datos de una investigación en activo —dije negando con la cabeza, aunque sabía que mi tono no transmitía la suficiente convicción.
—Venga, te invito a otra birra. —Levantó la mano para llamar la atención del camarero y señaló nuestras jarras casi vacías—. ¿Es suficiente soborno o la señorita prefiere champán ?
—Para lo que tengo que contarte, una cerveza ya es demasiado.
—Me encogí de hombros y empecé a relatar lo que había descubierto con la mirada perdida en los espejos que adornaban la barra—.
Realmente no tengo nada… Aún no sé si la violó, así que no puedo saber si es un crimen de naturaleza sexual.
Tampoco tengo la causa de la muerte, porque ninguna de las veintisiete puñaladas fue mortal y, además, fueron realizadas cuando ya estaba muerta.
No tengo sangre, ni pelos, ni fibras, porque nuestro asesino limpió el cadáver antes de dejarlo en el bosque.
Tampoco se han encontrado huellas en la zona y el coche también parece limpio. Desesperante, ¿no?
—Tranquila, algo se encontrará. Nadie puede ser tan cuidadoso. —El camarero dejó las dos nuevas cervezas sobre la barra y él levantó una de ellas como si brindara—. Deja trabajar a nuestros chicos. Verás como encuentran algo.
Tomé mi jarra de cerveza y la choqué con la suya.
—Brindo por eso, porque ahora mismo estoy perdidísima. Mi trabajo es confeccionar un perfil de ese tío y no sé ni por dónde empezar. —Bebí un largo trago antes de hablar, como si necesitara alcohol para confesar lo que me removía por dentro—. A lo mejor este caso me queda muy grande.
—No digas tonterías —me riñó él—. ¿A qué viene eso?
—A que en Boston no llevé ninguna investigación yo sola.
Me llegaban datos de los profilers con más experiencia y yo no hacía otra cosa más que clasificarlos, buscar la información que ellos me pedían y aplaudir los perfiles que ellos hacían.
—Suspiré avergonzada—. No soy más que una becaria con ínfulas.
En lugar de compadecerse de mí, Marcus se echó a reír.
—Becaria con ínfulas… Me gusta. Creo que voy a hacer una camiseta para cada uno con esa frase.
—Oye, no te rías de mí. —Le di un pequeño puñetazo en el brazo y él fingió un gesto de dolor. A pesar de lo deprimida que me sentía, no pude evitar unirme a sus risas—. Eres muy poco empático, ¿lo sabías? Te estoy contando mis miedos y tú te ríes en vez de ayudarme.
—Estoy seguro de que no necesitas la ayuda de nadie, pero vale… Me pongo serio. —Se giró hacia mí y me miró como si me evaluara—. ¿No puedes llamar a Boston y pedir ayuda? Quizá tu superior allí pueda asesorarte.
Negué con la cabeza de forma vehemente, me aferré a la jarra de cerveza y le di un largo trago antes de contestar.
—No, imposible… Eso ni lo contemples.
Marcus debió notar por mi tono que era mejor no seguir por ese camino, así que, después de pensar unos segundos, lo intentó de otra forma.
—¿Y tus compañeros de la unidad?
En aquella ocasión fui yo la que soltó una carcajada, aunque estaba por completo desprovista de humor.
—Delaney es un vago y, además, me da la impresión de que su pereza es una manera de esconder su incompetencia.
Kincaid ni siquiera me parece muy listo y, además, temo que me esté tirando los trastos, así que paso de pedirle ayuda…
Y la pobre Kowalski está hasta arriba de trabajo.
Creo que es la única de la unidad que hace algo. No puedo cargarla con más mierdas…
—¿Y McKenna?
—No puedo confesarle a mi jefa que soy una incompetente. —Volví a reírme mientras me encogía de hombros—. No sé si te has dado cuenta de que ese es mi principal objetivo.
—Pensaba que tu principal objetivo era pillar al hijoputa que ha matado a esa pobre chica.
Marcus cerró los labios con fuerza nada más pronunciar esa frase.
Supuse que se había dado cuenta de que acababa de pegarme un zasca de proporciones bíblicas.
Me sentí tan avergonzada por sus palabras que decidí dedicarme a vaciar mi jarra mientras encontraba la manera de contestarle, pero fue él quien retomó la palabra.
—Perdona, no quería decir eso… —Fui a hablar para quitarle importancia, pero él me detuvo con un gesto—. Quizá sepa de alguien que te pueda ayudar con esto.
—¿Quién? —pregunté esperanzada.
—Hay un profesor de criminología que vive aquí en Anchorage. Se llama Raymond Conelly y tiene una casa en el Upper Hillside, al lado de Rabbit Lake.
—¿Le conoces ?
—No, no, qué va… Tan solo leí un libro suyo muy bueno y me pareció curioso que viviera aquí.
—Se quedó callado un momento, intentando recordar—.
La triada oscura, ese era el título. Hace una clasificación increíblemente precisa de la criminalidad violenta, de lo mejor que he leído nunca…
Si necesitas ayuda para el perfil de tu asesino, creo que él puede ser lo que estás buscando.