Capítulo trece
Capítulo trece
No me hacía ninguna gracia volver a pasarme por la oficina de los State Troopers después de cómo me habían tratado la última vez.
Sin embargo, era el siguiente paso lógico, así que cogí mi coche y me dirigí hacia allí sin darle muchas vueltas.
Nada más entrar, me encontré con los mismos tres ocupantes de mi última visita.
No hacía falta ser muy observadora para notar que seguían considerando que estaba molestando, pero fingí no darme cuenta y me dirigí a la supervisora con la mano extendida en un amable saludo mientras luchaba por recordar su nombre.
Por suerte, llevaba una tarjeta identificativa sujeta a la camisa.
—Supervisora Donovan —saludé con cordialidad—. Soy la agente Grey, del FBI. Supongo que se acuerda de mí.
—Por supuesto. Si viene por la escena del crimen de anoche, como comprenderá todavía no tenemos prácticamente nada.
—Con lo que le sobre a ese “prácticamente nada” me conformo por hoy. —Sonreí, intentando parecer encantadora—. Y también me gustaría saber si tenéis ya algo sobre el coche de la víctima.
La mujer se giró hacia uno de sus compañeros, el tipo de la bata que, al igual que la vez anterior, llevaba un par de guantes de látex asomando del bolsillo.
Me pregunté si se los colocaría ahí cada mañana antes de empezar su jornada laboral, con el mismo cuidado con el que los hombres se colocaban en el pasado una flor en el ojal.
—Ya hemos terminado de revisar el coche y tendremos el informe muy pronto. Mañana por la mañana, lo más seguro.
Me sonó más a frase ensayada para darme largas que a información real, así que decidí insistir.
—¿Y no me podrías hacer un pequeño spoiler ? Algo habréis encontrado ya.
El hombre resopló, hastiado, pero rebuscó en los informes apilados encima de su mesa, sacó una carpeta de color verde, la abrió y empezó a leer por encima.
—No hemos encontrado demasiadas evidencias: algunos pelos, unas cuantas fibras y algunas huellas en el volante. Ahora tenemos que compararlas con las huellas de la víctima y las de la empleada de la agencia de alquiler de coches para saber si hay alguna que pueda corresponder al asesino.
—En un coche de alquiler podría haber miles de huellas, ¿no?
—Tranquila, vamos a tener suerte con eso.
—Por primera vez, sus labios dibujaron una sonrisa sincera—.
Cuando hablé con la empleada de la agencia, me confirmó que los coches se limpian a conciencia, tanto por dentro como por fuera, tras cada alquiler, así que podemos estar casi seguros de que, si encontramos huellas, pelos o fibras que no sean de ellas dos…
—Serán del asesino. —Le devolví la sonrisa—. Esperemos que sea así.
—Sí, y que el asesino esté fichado… Como le decía, en cuanto tenga algo sobre esto, la avisaré.
—¿Y de la escena de anoche? —insistí—. ¿No pueden adelantarme nada?
El hombre miró a la supervisora como si estuviera pidiendo permiso. Ella asintió levemente con la cabeza.
—Pues la verdad es que no hay mucho. Parece que la víctima no fue asesinada allí, sino que colocaron el cuerpo.
—Sí, eso ya lo vi ayer —le interrumpí—. ¿Alguna cosa más?
—Solo que el asesino sabía dónde pisar. —Al ver mi expresión de desconcierto, continuó—.
El terreno de esa zona es húmedo y un hombre cargando con el peso muerto de la víctima debería haber dejado huellas claras y profundas…
pero no hemos encontrado nada. O tuvo mucha suerte… o era de la zona y conocía el terreno.
—De todos modos, tengo un equipo revisando los alrededores —indicó la supervisora—. Están buscando cualquier posible huella, tanto de él como de su vehículo.
Asentí complacida. La verdad era que aquella gente no se iba a llevar ningún premio a la atención al cliente, pero parecía que sabían hacer su trabajo.
—¿No se ha encontrado nada más en la zona? —pregunté, aunque suponía que, si hubiera algo, me lo habrían dicho—. ¿Colillas, envoltorios, fibras…?
—Nada, al menos de momento. La avisaremos en cuanto tengamos el informe completo —respondió el hombre.
La supervisora se limitó a asentir, lo que me confirmó que esas palabras eran una invitación para que me marchara y dejara de molestar. Me despedí con un gesto de la cabeza y me dirigí a la puerta, pero, antes de llegar, frené y me giré de nuevo hacia ellos.
—¿Una cosita más? ¿Podríais indicarme dónde encontrar al forense asignado a este caso?
El Alaska State Medical Examiner’s Office apareció al final de una calle ancha y gris, sin nada que lo distinguiera de los demás inmuebles administrativos que lo rodeaban.
Era un edificio rectangular y funcional con ventanas estrechas, un lugar sin pretensiones.
Si uno no supiera lo que ocurría dentro, podría pasar de largo sin mirarlo dos veces.
Aparqué frente a la entrada principal y apagué el motor. Durante unos segundos me quedé sentada al volante, observando la fachada de hormigón claro bajo el cielo plomizo de Anchorage, acompañada tan solo por el sonido lejano del tráfico y el viento arrastrando restos de nieve sucia por el asfalto.
Respiré hondo, cogí mi acreditación y salí del coche. El aire era frío y seco. Me ajusté la chaqueta y crucé el pequeño aparcamiento hasta la puerta automática, que se abrió con un siseo discreto .
El interior olía a desinfectante y café recalentado. El vestíbulo era sobrio: suelo pulido y paredes claras. En la recepción, protegida por un panel de vidrio, una mujer de mediana edad levantó la vista de su pantalla.
—¿Puedo ayudarla?
—Agente Grey, FBI —respondí mostrando mi placa—. Vengo por la autopsia de Tiffany Collins.
—Sí, llegó esta madrugada. El doctor Hargreaves está a cargo. —Tecleó algo en el ordenador—. Segunda planta. Pasillo B.
Firmé en el registro, me colgué la tarjeta de visitante y seguí las indicaciones hacia el ascensor.
El trayecto hasta la segunda planta fue breve, pero suficiente para que el silencio me envolviera de nuevo.
Allí arriba el aire parecía más frío o tal vez se debiera a la iluminación blanca, demasiado limpia y directa.
Llegué hasta un cartel discreto que indicaba “Sala de autopsias. Solo personal autorizado” y empujé la puerta. El olor cambió de inmediato a algo más intenso y clínico: metal, desinfectante y algo ligeramente dulce que preferí no identificar.
Un hombre alto, con bata quirúrgica y gafas rectangulares, revisaba unos documentos sobre una mesa auxiliar. Levantó la vista cuando me acerqué.
—¿Doctor Hargreaves?
—Sí.
—Agente Grey. Estoy asignada al caso de Tiffany Collins.
—Llega usted muy rápido. —Me sostuvo la mirada un instante, evaluándome, y luego hizo un gesto con la cabeza hacia el interior—. Estoy terminando la documentación preliminar. Puede pasar.
Me indicó una zona donde colgaban batas desechables y cubrezapatos. Me los puse con movimientos automáticos, sintiendo cómo el papel plastificado crujía bajo mis dedos. Cuando estuve lista, lo seguí a través de una segunda puerta.
La sala era amplia y luminosa, dominada por el brillo del acero inoxidable y de las superficies impolutas. El zumbido constante del sistema de ventilación llenaba el espacio como un murmullo lejano.
Allí, en el centro, sobre la mesa metálica, estaba ella. Tiffany parecía más pequeña que en el lago, más pálida bajo aquella luz blanca. Me detuve a unos pasos, consciente de cómo el frío del lugar se me colaba bajo la piel.
Durante un segundo, no vi un cuerpo. Vi a la chica de la fotografía de su licencia de conducir, con su sonrisa incómoda y el flequillo mal cortado, una joven que aún no sabía que su mundo podía romperse de golpe.
La comparación me golpeó con una violencia silenciosa.
Allí, bajo la luz quirúrgica, Tiffany no era solo una víctima.
Era la prueba de que yo había llegado tarde.
Sentí una presión incómoda en el pecho, una punzada que no tenía nada de profesional.
Quise apartar la mirada, pero no lo hice.
Si no podía soportar aquello, no tenía derecho a pedir que me confiaran el caso.
Inspiré despacio y enderecé la espalda. Fijé la vista en los detalles objetivos y dejé que la analista tomara el control donde la mujer empezaba a flaquear.
Cuando hablé, mi voz sonó más firme de lo que me sentía por dentro.
—¿Qué han encontrado hasta ahora?
El doctor se colocó al otro lado de la mesa.
—Aún es pronto para conclusiones definitivas —dijo, apoyando las manos enguantadas sobre la mesa metálica—, pero hay algunas cosas que debería saber: hay veintisiete heridas de arma blanca, pero no parecen ser la causa directa de la muerte.
—¿Por qué piensa eso?
—No hay lesión letal evidente ni hemorragia masiva asociada.
—Señaló el torso—. No hay sección de grandes vasos ni daño incompatible con la vida inmediata.
Creo que fueron infringidas después del fallecimiento.
—Su tono fue neutro, casi mecánico—. Además, no hay respuesta vital en los tejidos. Estas incisiones son post mortem .
Miré el cuerpo. Veintisiete puñaladas.
—¿Quiere decir que la apuñaló cuando ya estaba muerta?
—Eso indican los tejidos. Todas las heridas son post mortem , menos estas dos. —Señaló el muslo derecho—. En estas hay reacción inflamatoria clara. No fueron hechas el mismo día. Una podría tener alrededor de veinticuatro horas y la otra, aproximadamente cuarenta y ocho.
—Eso quiere decir que estuvo viva al menos dos días.
Él asintió. Sentí un peso lento y frío asentarse en mi pecho .
—¿Hay señales de defensa?
—No hay heridas defensivas típicas en manos o antebrazos. —Se desplazó hacia muñecas y tobillos—. Sin embargo, sí hay surcos lineales y abrasiones compatibles con sujeción prolongada. Intentó liberarse. Las lesiones por fricción indican movimiento contra algún tipo de cuerda o ligadura.
Cerré los dedos y noté cómo las uñas se me clavaban en la palma, como si necesitara ese pequeño dolor para anclarme al suelo de la sala.
Sabía que tenía que preguntarlo. Era parte del trabajo, parte de lo que ya estaba empezando a intuir desde el lago, pero intuirlo y confirmarlo eran cosas distintas.
Si lo preguntaba, dejaría de ser una sospecha y se convertiría en algo real, en algo que tendría que escribir en un informe, en algo que su familia acabaría sabiendo…
Pero no preguntarlo no haría que dejara de ser verdad.
Levanté la vista hacia el forense y, aunque sentía la garganta seca y el pulso golpeándome en las sienes, conseguí que mi voz saliera estable.
—¿Hay indicios de agresión sexual?
El forense hizo una breve pausa antes de responder.
—Hay lesiones genitales compatibles con penetración reciente. Pequeños desgarros, inflamación… Podrían indicar actividad sexual forzada.
—¿Restos de semen?
—No se observa semen a simple vista. Voy a tomar hisopos vaginales y otras muestras para análisis de agresión sexual. Habrá que esperar al informe del laboratorio para confirmar o descartar presencia de espermatozoides o material genético.
—¿Podría no haber eyaculado?
—Es posible. También es posible que utilizara protección… Además, se tomó el tiempo de limpiar el cuerpo tras la muerte.
—¿Cuál es la hora estimada de la muerte?
—Entre doce y veinte horas antes del hallazgo. Probablemente durante la noche del sábado.
Asentí despacio y miré a Tiffany una última vez antes de apartar la vista .
—Gracias, doctor. Avíseme en cuanto tenga los resultados definitivos.
—Por supuesto, agente Grey.
Di un paso atrás, quitándome los guantes con movimientos precisos y me desaté la bata con dedos que ya no temblaban, aunque por dentro todo siguiera descolocado. El frío de la sala se había instalado bajo mi piel, como si no fuera a marcharse con el simple gesto de cruzar la puerta.
Empujé la hoja metálica y el olor clínico quedó atrás, sustituido por el silencio neutro del pasillo.
Cada paso resonaba demasiado alto sobre el suelo pulido.
Sentía el estómago revuelto, una mezcla de rabia y culpa que no sabía manejar.
No había llegado a tiempo. No había podido evitar nada de lo que le habían hecho.
Y, aun así, era a mí a quien le correspondía entenderlo.
Al salir al vestíbulo respiré más hondo, como si el aire exterior pudiera limpiar lo que acababa de escuchar.
No lo hizo, pero mientras atravesaba las puertas automáticas y el frío de Anchorage me golpeaba el rostro, algo se asentó con una claridad casi dolorosa: ya que no podía devolverle la vida, tendría que conformarme con encontrar al culpable.