La triada oscura Capítulo doce
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Capítulo doce

Capítulo doce

Cuando llegué a la oficina, tan solo me encontré con Delaney, que se limitó a saludarme con un gesto de la cabeza. Me planteé que siempre le había visto sentado en la misma silla, como si no fuera capaz de separar su culo de ella. A lo mejor incluso dormía allí.

Me quedé de pie en medio de la oficina sin saber a dónde dirigirme.

Nadie me había indicado cuál era mi mesa.

A lo mejor ni siquiera tenía una… Por suerte, escuché unos pasos a mi espalda y, al girarme, me encontré con McKenna, que entraba en la oficina con un vaso de café para llevar.

Me dirigió una educada sonrisa y, con un gesto, me indicó que la siguiera hasta su mesa.

Me quedé allí esperando de pie mientras ella se quitaba el gorro, la chaqueta y la bufanda.

Cuando tomó asiento, me señaló la silla que tenía frente a ella para que también me sentara.

—Fue duro anoche, ¿verdad? —me preguntó mientras me escrutaba con la mirada.

No contesté de inmediato. No sabía a qué venía aquella pregunta. ¿Era verdadera preocupación por cómo una escena así podía haberme afectado o estaba intentando averiguar si estaba capacitada para llevar aquella investigación?

—Nunca es agradable encontrarse con algo así —respondí, encogiéndome de hombros—, pero es nuestro trabajo. Ya sabía que mi día a día no iba a ser un paseo por Disneyworld cuando decidí dedicarme a atrapar asesinos.

Asintió antes de darle un sorbo a su café.

Me pareció que me miraba de manera diferente, como si estuviera agradablemente sorprendida por mi respuesta.

Dejó su vaso de café sobre la mesa, apoyó los brazos y se inclinó hacia mí para mirarme más de cerca, como si estuviera tratando de leer en mi alma a través de mis ojos.

—Te lo voy a preguntar con claridad. ¿Crees que estás capacitada para investigar algo así?

—Por supuesto —contesté sin pensarlo siquiera—. Para esto me he formado.

—Sí, lo sé. No hay ningún problema con la formación.

—Se irguió en la silla y, sin apartarme la mirada, cogió una carpeta que tenía sobre su escritorio y la colocó en el centro de la mesa, justo entre las dos.

A pesar de leerlo al revés, distinguí mi nombre en la pegatina que adornaba la portada—.

He revisado tu expediente y es excelente: graduada en Psicología y Criminología, formación en análisis conductual y análisis de escenas del crimen…

Dejó de leer y volvió a mirarme, como si esperase que yo añadiera algo, pero no supe qué decirle. Me quedé esperando a que continuara. Estaba segura de que, después de esos halagos, iba a llegar un “pero”.

—El problema es que solo tienes formación —dijo al fin—.

En Boston solo te has dedicado a labores de apoyo analítico en casos de crímenes violentos…

No tienes experiencia real. No has participado en investigaciones, no has estado en escenas del crimen, no has interrogado a sospechosos… No has pisado la calle.

Sentí que cada palabra se me clavaba con precisión quirúrgica, como si estuviera enumerando en voz alta todos los miedos que yo intentaba mantener bajo control desde que había llegado a Alaska.

Todo mi expediente sonaba impecable sobre el papel: limpio, ordenado, perfecto.

Sin embargo, ella lo había leído con esa calma firme que convertía los elogios en antesala de una sentencia.

Cuando pronunció “solo tienes formación”, noté cómo algo se me tensaba en el pecho. Ahí estaba el “pero” .

Era cierto que no había pisado la calle, ni había interrogado a nadie, ni había llevado el peso de una familia esperando respuestas.

Y, sin embargo, sabía que, si daba un paso atrás en ese momento, si aceptaba su duda como propia, no volvería a tener otra oportunidad igual.

Me ardían las mejillas, no por vergüenza, sino por rabia contenida, por el recuerdo todavía fresco del lago, del cuerpo de Tiffany, de la sensación de fracaso por no haber podido hacer nada para salvarla…

No quería el caso para demostrar nada en mi expediente. Lo quería porque alguien había hecho eso y seguía ahí fuera. Yo parecía la única dispuesta a perseguirlo con la intensidad que merecía, así que no podía permitirme dudar. Ni delante de McKenna, ni delante de mí misma.

—Es cierto: no tengo experiencia —admití sin arredrarme—. Pero sé que puedo hacerlo: sé lo que tengo que hacer, lo que debo investigar, lo que debo preguntar… Estoy segura de que puedo llevar adelante este caso y descubrir al culpable. Sin embargo, no es por eso por lo que debería asignármelo.

—¿No? ¿Y por qué es?

—Porque no hay nadie más a quien le importe tanto la muerte de esa chica como me importa a mí. —Dibujé una sonrisa sarcástica mientras paseaba la mirada por la oficina—. Bueno, en realidad, creo que no hay nadie más.

Ella me devolvió la sonrisa y asintió mientras cerraba mi carpeta, aunque seguí percibiendo la duda en sus ojos. Tomó un nuevo sorbo de café, como si estuviera tomándose tiempo para decidir, y asintió.

—Está bien… Lo llevas tú, pero sabes que estoy aquí por si necesitas cualquier cosa. Y también puedes apoyarte en tus compañeros. Aunque no suelan ser muy amables con los recién llegados, no son mala gente.

—Muchas gracias. —Me levanté del asiento eufórica, decidida a marcharme antes de que cambiara de opinión—. No se va a arrepentir.

—Espero que no, pero, para asegurarme, quiero que me hagas una promesa.

—Me miró con expresión grave y esperó a que yo asintiera—.

Si ves que no puedes con ello, que te sobrepasa, me lo dirás.

No quiero que ese tipo se nos escape o, peor aún, que te pongas en peligro por no ser capaz de decir que no puedes.

—Lo prometo. Mantendré mi orgullo bajo control —mentí con facilidad.

Ella asintió complacida y me señaló una mesa, situada al fondo de la oficina, cerca de una ventana.

Estaba abarrotada hasta los bordes, como si alguien hubiera volcado en ella todo lo que no había tenido tiempo de ordenar.

Había carpetas abiertas unas sobre otras, con esquinas dobladas y post-its de colores asomando en ángulos imposibles, montones de papeles sueltos, cubiertos de anotaciones a mano y fechas rodeadas con rotulador, y un par de vasos de café olvidados.

Supuse que era la mesa de Bennett, el hombre que había ocupado mi puesto hasta que se lo comió un oso, y que, como no habría previsto que le pasara algo así, no se había preocupado de ordenar.

Me quedé mirando aquel caos con los brazos en jarras.

Si me ponía a recoger todo aquello, perdería media mañana.

Resoplé y, tras rastrear la oficina con la mirada, encontré un par de cajas de cartón vacías apiladas en una esquina.

Sin mirar demasiado qué estaba haciendo, fui dejando dentro las carpetas, los cuadernos y las páginas sueltas.

Cuando la mesa estuvo algo despejada, cerré las cajas y las dejé en el suelo, bajo el escritorio.

Ya recogería todo aquello cuando tuviera un rato libre.

—Me gusta tu estilo. No te andas con tonterías —dijo una voz a mi espalda.

Me giré para encontrarme con Delaney, que me sonreía aprobador desde su escritorio. No había esperado un cumplido de su parte, así que me limité a devolverle la sonrisa, nerviosa.

—Y me gusta cómo te has enfrentado a McKenna —continuó—. Tienes huevos… para ser una cheechako .

—Gracias —dije con tono dubitativo.

—No tienes por qué darlas. Esto no significa que seamos amigos… pero sí significa que, si necesitas que investigue algo desde aquí, no dudes en decírmelo.

Me di cuenta de que había hecho énfasis en las palabras “desde aquí” y comprendí lo que intentaba.

Parecía que su estrategia consistía en tener siempre algo que investigar desde la oficina para no tener que levantarse nunca de su escritorio.

Para él, aquel lugar debía de ser una especie de cueva segura en la que hibernar hasta la jubilación.

Me pareció que podíamos encontrar una manera de ayudarnos que nos beneficiaría a los dos: él adoraba investigar desde la comodidad de su escritorio y yo siempre había odiado el trabajo de oficina.

Me dirigí a su mesa y, sin preguntarle nada, cogí un bolígrafo y uno de sus papeles y empecé a escribir. Él me observó en silencio, pero con gesto de interés. Cuando terminé, puse el folio frente a él y se lo expliqué:

—Lo primero que tenemos que hacer es establecer la línea temporal del día de la desaparición de Tiffany.

Necesitaría saber si hay cámaras en la ruta entre Anchorage y el punto en el que encontramos su coche.

También habría que comprobar la geolocalización de su móvil y dónde perdió la señal y buscar los últimos cargos de su tarjeta de crédito. ¿Podrías ayudarme?

El rostro de Delaney se iluminó como si acabara de ponerle delante una entrada al parque de atracciones.

Sonrió y asintió sin decir nada. Supuse que estaba calculando que aquellas tareas le darían excusa para no moverse de la oficina en un par de días y que, además, en caso de que McKenna se quejase, siempre podría decir que no era culpa suya tener que ayudar a una novata incapaz de hacer su trabajo por sí misma.

Me dio igual. Aquello me dejaba las manos libres para dedicarme a lo verdaderamente importante.

Apunté mi número de móvil en la parte inferior de la página.

—Llámame en cuanto encuentres cualquier cosa. Y date prisa, por favor.

—No veo la urgencia. —Se encogió de hombros—. Esa chica ya está muerta.

Tuve que morderme el labio inferior para no soltar lo que pensaba. Forcé la sonrisa de agradecimiento más falsa de mi vida y, tras musitar otro “gracias” que me supo a bilis, salí de la oficina reafirmándome en mi idea de que era la única a la que la muerte de Tiffany le importaba algo.