Capítulo once
Capítulo once
Ya era noche cerrada cuando llegué al motel.
Me bajé del coche y, con pasos lentos y cansados, me dirigí a mi habitación.
Tras cerrar la puerta, tiré sobre el escritorio la bolsa con el sándwich que había comprado de camino y me senté en la cama.
Aquel lugar solo necesitó un par de segundos para acabar de deprimirme y hacer que las lágrimas volvieran a escocerme en los ojos.
¿Qué hacía allí? ¿Qué demonios pintaba yo en una sucia habitación de motel en el culo del mundo, sintiéndome tan sola y pequeña?
Antes de que la desesperación me invadiera por completo, saqué mi móvil y llamé a mi hermana. Ni siquiera me planteé si sería demasiado tarde para llamar. Necesitaba escuchar una voz amiga o me volvería loca.
—¿Cass?
Su voz al otro lado de la línea consiguió que, por primera vez en horas, dejara de sentir esa opresión en el pecho que me impedía respirar. Su voz no sonaba dormida ni confusa, así que debía de haberla pillado viendo una peli o leyendo algo en la cama. Aun así, preferí preguntar.
—¿Emily? ¿Te pillo mal? A lo mejor es muy tarde…
—No, para nada… —Se detuvo un segundo antes de que sus siguientes palabras me reafirmaran en la idea de que ella era la pe rsona que más me conocía en el mundo—. ¿Qué ha pasado? ¿Estás mal?
Quise decirle que todo estaba bien, que no había pasado nada grave, pero las mentiras se atascaron en mi garganta y se negaron a salir. En su lugar, brotó un sollozo ahogado que sonó como el graznido ahogado de un pájaro.
—No, no estoy bien —conseguí contestar—. No quiero hablar de eso ahora… Necesito que hables tú, que me cuentes tu día, que me digas qué habéis visto en la tele, qué ha estado cantando mamá mientras arreglaba el jardín, qué travesuras ha hecho Kenneth… ¿Podrías hacerlo? ¿Por mí?
Sin preguntarme más, ella empezó a hablar. Me dejé caer hacia atrás en la cama y cerré los ojos mientras la escuchaba y, durante unos minutos, dejé fuera la soledad, el miedo y el dolor para volver a sentirme en casa.
Está tan cerca… No me he dado cuenta de que entraba al baño detrás de mí, no lo he visto acercarse. Simplemente está ahí.
Su pecho se pega al mío y me aplasta contra la pared. El yeso frío se me clava en la espalda. Intento respirar, pero el aire no llega del todo. Es como si la habitación se hubiera vuelto más pequeña, más baja, más estrecha…
No entiendo qué está pasando. Hace unos segundos, estábamos en la fiesta, hablando… No entiendo por qué me toca, por qué me aprieta, por qué desliza su lengua hasta mi oído, por qué su respiración está tan agitada… ¿Cómo hemos llegado a este punto?
Me siento muy mareada y, si no fuera porque me está sujetando con tanta fuerza, creo que mis rodillas no podrían sostenerme.
Intento protestar, pedirle que me suelte, decirle que quiero que pare…
pero las palabras no me salen. Solo suelto un gemido asustado, una especie de sollozo que creo que él confunde con excitación.
Siento su mano rasposa subiendo por mi pierna, alzándome la falda hasta llegar a mi cadera y encontrar la goma de mis bragas.
—Sé que esto es lo que quieres… Sé que tú también lo deseas.
No.
No es lo que quiero, no lo deseo en absoluto, pero me siento tan asustada, tan paralizada…
Su lengua, gruesa y húmeda como el cuerpo de una babosa, recorre mi oreja y, después, chupetea la línea de mi mandíbula.
Me tira del pelo para que no pueda apartar la cabeza y me besa.
El hedor a whisky de su aliento me revuelve el estómago.
Creo que voy a vomitar.
Necesito escaparme. Necesito que mi cuerpo reaccione y le aparte, recuperar mi voz y decirle que no… Pero estoy tan asustada, tan confusa… Es como si mis brazos pertenecieran a otra persona, como si mis piernas estuvieran hechas de arena…
Noto su mano bajo mi falda. Con un tirón brusco, baja mis bragas lo suficiente para colar su mano y buscar mi sexo con sus dedos gruesos, mientras me mantiene atrapada contra la pared, agarrándome del pelo con la otra mano para que no pueda moverme.
—Te gusta, ¿verdad? ¿Tú también lo quieres?
Me doy cuenta de que no está esperando una respuesta. No la quiere ni la necesita, porque ya conoce la respuesta real. Sabe que no quiero, que me da asco…
Por eso mantiene mi cuerpo prisionero contra la pared para que no pueda escapar.
Por eso me tira del pelo hasta hacerme daño para que no pueda moverme.
Por eso invade mi boca con su repugnante lengua para que no pueda contestarle.
Sabe la respuesta y le da igual porque va a hacer conmigo lo que quiera. Y yo no podré impedírselo… Me invade la certeza de que no importa lo que haga, de que nada va a detenerlo. Sabe que no quiero… y eso es precisamente lo que lo alimenta.
Intento gritar, pero su boca invade la mía y el mundo se llena de oscuridad, de olor a whisky y a algo más denso, más antiguo… A miedo.
Ya no siento mis manos. Ya no siento mis piernas. Solo la certeza insoportable de estar atrapada, de que mi cuerpo no me pertenece, de que voy a ser devorada y nadie va a ayudarme.
Y entonces …
Desperté en mi cama, aterrada, con el rostro cubierto de lágrimas y el eco del grito que por fin había conseguido pronunciar retumbando en las paredes de la habitación.
Durante unos segundos, ni siquiera supe dónde estaba. Me quedé sentada en la cama, escrutando las sombras del cuarto, buscándole con la mirada, con la absoluta certeza de que estaría ahí, acechando, preparado para saltar sobre mi cuerpo e invadirlo… Ensuciarlo… Profanarlo…
Me costó convencerme de que estaba a salvo. Tuve que repetírmelo mil veces, como un mantra, como las palabras de una madre que intenta convencer a su pequeño de que no hay un monstruo en el armario.
Él no está aquí. Hay miles de millas de distancia entre vosotros… Estás a salvo…
Me cubrí la boca con las manos para ahogar los sollozos mientras intentaba controlar la respiración. Estaba en Anchorage, muy lejos de Boston, muy lejos de su influencia, de sus tentáculos… Lo había dejado todo atrás para escapar de él. No iba a permitir que siguiera atormentándome.
Tuve que forzarme a encender la luz para apartar del todo la pesadilla.
Aunque sabía que era estúpido, seguía temiendo que, cuando la encendiera, me lo encontraría a los pies de la cama, sonriendo ante la perspectiva de tenerme asustada y temblorosa, indefensa, totalmente a merced de sus deseos…
Pero no había nadie. Tan solo me encontré con la deprimente decoración de la habitación y el triste color nicotina de sus paredes.
Salí de la cama y tuve que apoyarme en la pared para no caer.
Las piernas seguían temblándome. Mi respiración continuaba alterada, el aire no parecía llegar a mis pulmones y el corazón me golpeaba con tanta fuerza en el pecho que temí que no lo soportara.
Me apoyé con las dos manos en la pared, incliné la cabeza hacia delante y cerré los ojos.
No sucede nada, Cass. Solo ha sido un sueño, una puñetera pesadilla… Cálmate, tienes que calmarte…
El pánico fue remitiendo poco a poco. Muy poco a poco… La sensación de ahogo fue desapareciendo, mi mente dejó de estar tan nu blada, el corazón se fue calmando… No supe cuánto tiempo tardé en dominar el pánico, pero, tras lo que pareció una eternidad, recuperé el control de mi cuerpo.
Cuando volví a abrir los ojos, cogí mi móvil y miré la hora.
Solo eran las cinco y media de la mañana, pero sabía que aquella noche no iba a poder volver a dormir.
De hecho, ni siquiera quería permanecer mucho tiempo más en aquella habitación.
Necesitaba salir, tomar el aire, rodearme de gente…
Una sonrisa irónica se dibujó en mis labios.
Lo de rodearme de gente iba a ser complicado en Alaska, y menos a esas horas, pero seguro que conseguía encontrar algún lugar en el que la gente madrugadora fuese a desayunar antes del trabajo.
Me pareció buen plan: una ducha, prepararme y salir a buscar un buen desayuno antes de ir a la oficina para empezar la jornada de trabajo. Tenía una investigación entre manos y centrarme en ella me ayudaría a olvidarle.
Buscar al monstruo que había acabado con Tiffany sería la mejor manera de mantener lejos al monstruo que me atormentaba.