La triada oscura Capítulo diez
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Capítulo diez

Capítulo diez

Al menos, el asesino le había cerrado los ojos.

Creo que no habría soportado que los tuviera abiertos, tener que cruzar la mirada con ella y enfrentarme al hecho de que no volverían a brillar nunca más.

Mientras cruzaba bajo la cinta policial, tomé una profunda bocanada de aire y me repetí a mí misma una y otra vez que podía hacerlo, que debía hacerlo. Aquel era mi caso y, aunque ya llegaba muy tarde para salvarla, aún podía hacerle justicia.

Un hombre se acercó por mi derecha y empezó a hablarme. Por su uniforme, deduje que debía de ser un agente de los State Troopers . Me limité a asentir a sus palabras, aunque ni siquiera le miré. No podía apartar los ojos del cuerpo de Tiffany.

Estaba desnuda, tumbada boca arriba sobre el barro de la orilla del lago.

Sus piernas estaban abiertas y semiflexionadas, exponiendo su sexo en una obscena e invitadora postura.

Me habría gustado tanto poder cubrir su cuerpo, evitar aquella última y aberrante agresión…

Pero no podía. Solo podía quedarme ahí, a un par de pasos, sintiendo que el mundo giraba a mi alrededor a una velocidad mareante, que los sonidos se mezclaban en una cacofonía insoportable, que las luces azules y rojas brillaban con tanta fuerza que me hacían daño…

Noté que me estaba mareando y comprendí de inmediato lo que suce día: no estaba preparada para afrontar aquello, así que mi mente había decidido desconectar.

Me negué. Apreté con fuerza los puños, hasta clavarme las uñas en las palmas, y volví a respirar de forma lenta y profunda para alejar el pánico.

Tenía que hacerlo. Se lo debía a Tiffany…

y me lo debía a mí.               Cuando conseguí recobrar el control, me giré hacia el hombre que había estado hablándome y forcé una sonrisa de disculpa.

—Espero que pueda perdonarme, pero estaba concentrada en la disposición del cuerpo y no he podido prestarle atención. ¿Podría repetirlo todo desde el principio?

El hombre me miró con la boca abierta y una ceja enarcada, como si no pudiera creerse lo que acababa de decirle.

Después resopló y puso los brazos en jarras.

Seguramente pensó que iba a retractarme, pero seguí mirándole, esperando a que respondiera a mi petición como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Está bien… —Mientras negaba con la cabeza, pasó hacia atrás varias páginas de su libreta—. Le decía que recibimos una llamada hace unas dos horas de un cazador de Talkeetna para avisarnos de que había encontrado el cuerpo de la chica.

—¿Dónde está ese hombre? —pregunté mirando alrededor.

—En nuestras instalaciones, prestando declaración —respondió el agente—. Se la haremos llegar. —Esperó hasta que yo asentí para continuar—. Como puede ver, el cuerpo está en la orilla del lago, pero no parece que el lago la haya devuelto al azar. Está demasiado… colocado.

—Sí, estoy de acuerdo con usted —asentí—. Esa postura de las piernas es intencional.

Me acerqué un poco más al cadáver y observé sus manos. Estaban juntas, colocadas sobre el pecho con los dedos entrelazados, como si rezara.

—Y la de las manos aún más —añadí antes de mirarle para invitarle a continuar.

—Por lo que parece, el cuerpo no lleva mucho tiempo aquí —explicó mientras revisaba sus notas—. Está bastante limpio, no hay signos de depredación animal y, además, el cazador que la ha encontrado dice que pasó ayer por aquí y la chica no estaba .

—¿Hora de la muerte?

—No lo sabremos con seguridad hasta la autopsia.

Sin embargo, calculo que murió hace unas doce horas, dieciocho como mucho.

—Le miré con interés, esperando que se explicara más—.

El cuerpo está rígido y frío, así que la muerte no es reciente, pero no hay hinchazón, ni olor fuerte, ni insectos… Yo diría que murió ayer.

—Sin embargo, el cazador dice que ayer no estaba…

—Sí, porque no fue asesinada aquí. —El agente me hizo un gesto para que me acercara y señaló el torso de Tiffany, que no había podido ver con claridad con la tenue luz y la postura de sus manos—.

Hay múltiples heridas de arma blanca… Veinte, treinta…

Y, sin embargo, no hay ni una sola gota de sangre, ni en el lugar ni en el cuerpo.

El mundo pareció estrecharse hasta el haz de luz que iluminaba el torso de Tiffany.

Me incliné apenas un poco y me ajusté las gafas, obligándome a mirar.

Las heridas no seguían ningún patrón. No había orden, ni simetría, ni cálculo visible.

Eran cortes superpuestos, cruzados, algunos más profundos, otros casi superficiales, como si la mano que los había infligido hubiera temblado o se hubiera dejado arrastrar por algo que ya no obedecía a la lógica.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. No era una ejecución fría. Era rabia, rabia repetida una y otra vez sobre el mismo cuerpo.

Tragué saliva. La garganta se me cerró y durante un instante temí que las piernas me fallaran. Tiffany había sido reducida a una superficie donde descargar algo que no tenía nada que ver con ella, algo más antiguo, más sucio…

Veinte puñaladas, quizá treinta… Demasiadas.

Y, sin embargo, el suelo estaba limpio, al igual que su piel. El contraste me golpeó con más fuerza que el número de heridas. Primero la furia y, después, la calma suficiente para borrar el caos. Eso era lo verdaderamente inquietante.

Apreté los dedos contra mis propias palmas, clavándome las uñas para anclarme al presente. No podía apartar la mirada. No debía apartarla. Si quería llevar ese caso, tenía que ser capaz de aguantar aquello sin desmoronarme. Respiré hondo. El aire frío del lago me despejó un poco la cabeza.

—Perdió el control —murmuré, más para mí que para el agente—. Pero no del todo.

Levanté la vista hacia él, obligándome a que la voz me saliera firme.

—Así que la mató en otro sitio y luego se tomó el tiempo de limpiarla antes de traerla aquí. —Miré alrededor, hacia la oscuridad creciente, hacia los árboles que empezaban a fundirse en una sola masa negra—. ¿Pasa mucha gente por aquí?

—Bueno, esto es Alaska —respondió encogiéndose de hombros—. No pasa mucha gente por ninguna parte… pero sí, es una zona a la que suelen venir cazadores y pescadores.

Me quedé pensativa unos segundos. El asesino debía de haber aprovechado la oscuridad de la noche para abandonar el cadáver.

Si ella había muerto hacía unas doce horas, había tenido que darse mucha prisa para asear el cuerpo y traerlo hasta allí antes de que amaneciera para evitar ser descubierto.

¿Era tan metódico como para querer eliminar cualquier pista o esa necesidad de lavar el cuerpo respondía a algo más?

—Ahora mismo no podría decirle mucho más… —continuó él—. Ni causa de la muerte ni si hubo o no agresión sexual. Cuando acabemos de recoger todas las evidencias, la trasladaremos a Anchorage. El forense la revisará lo antes posible.

Me habría gustado preguntarle a dónde, pero no quise que pudiera sospechar que el caso iba a llevarlo una novata recién llegada que, en aquel momento, se sentía más asustada que capacitada.

Ya se lo preguntaría a mis compañeros. Asentí, le dirigí una sonrisa de agradecimiento y le dejé continuar con su trabajo.

Me retiré unos cuantos pasos para ver la escena en conjunto .

El lago Larson se extendía ante mí como una lámina oscura, casi inmóvil, reflejando los últimos restos de luz que sobrevivían en el cielo.

El azul se estaba volviendo negro y las copas de los abetos se recortaban como lanzas contra un horizonte que se apagaba poco a poco.

Las luces intermitentes de los vehículos policiales teñían la orilla de destellos rojos y azules que rompían la quietud del paisaje.

Cada destello parecía un latido artificial en medio de aquella naturaleza indiferente.

Y allí, en el centro de todo, estaba ella. Su cuerpo yacía a pocos pasos de la línea del agua, sobre una franja de grava y hierba aplastada. Todo en su posición hablaba de intención, de colocación.

Tragué saliva. La distancia profesional que intentaba mantener se desmoronaba por dentro, aunque por fuera permaneciera inmóvil, con los brazos cruzados y el gesto concentrado.

Aquello no era justo, no debería haber sucedido.

Tiffany tendría que haber llegado a Denali, tendría que haberse encontrado con sus amigos y haber pasado un fin de semana recorriendo los senderos del parque, riéndose con ellos…

En aquel momento, tendría que estar en un avión de regreso a Portland, planeando el siguiente viaje…

Y, sin embargo, ahora era un cuerpo en silencio, bajo un cielo que se cerraba sobre nosotras.

Di otro paso hacia atrás y luego otro, hasta quedarme justo en el límite de la cinta amarilla. El viento agitó mi cabello. Pensé, sin querer, que él podría haber estado exactamente donde yo me encontraba en ese momento, mirando, observando el resultado final.

Tal vez había permanecido de pie unos segundos, quizá minutos.

Tal vez había comprobado la posición de las manos, la obscena apertura de las piernas, sus ojos cerrados, su rostro, extrañamente en paz…

Tal vez había necesitado ver la escena completa antes de marcharse, como quien contempla una obra terminada.

Me estremecí. No había nada caótico en aquello, nada improvisado. La elección del lugar, la disposición del cuerpo, la limpieza que el trooper había mencionado… Todo respondía a una lógica que todavía no entendía.

Para él todo aquello significaba algo: el lugar, la disposición del cuerpo… No era solo un punto en el mapa ni un sitio apartado. Había elegido esa orilla concreta, ese ángulo frente al agua oscura, ese telón de fondo de árboles inmóviles.

Miré alrededor con más atención: la ligera pendiente del terreno, la forma en que la vegetación se abría justo en ese punto, la visión despejada del horizonte… Desde donde yo estaba, el cuerpo quedaba en cuadrado entre dos troncos altos, con el agua extendiéndose detrás como una sombra líquida.

Intenté meterme en su cabeza. ¿Qué veía él? ¿Aquel sitio significaba algo o solo necesitaba que la naturaleza envolviera lo que había hecho?

El viento sopló con más fuerza y la cinta policial vibró con un chasquido seco. A lo lejos, un agente murmuró algo por radio. El mundo seguía funcionando, mecánico, profesional, mientras yo permanecía allí, intentando escuchar un eco que no existía.

Estaba muy lejos de comprenderlo. Demasiado lejos. Pero sabía que, en algún lugar entre esa orilla y su mente, había un patrón, una razón, un hilo que unía el lago, las heridas, la posición del cuerpo y la mente del hombre que lo había dejado allí.

Y aunque en ese momento me sintiera pequeña, recién llegada y fuera de lugar, también supe algo más. No iba a apartar la mirada, no hasta descubrir qué había visto él cuando se quedó allí, solo, contemplando a Tiffany por última vez antes de desaparecer entre los árboles.