Capítulo nueve
Capítulo nueve
Me habría encantado parar a tomar un café caliente durante el viaje de vuelta, pero, por desgracia, no encontré ningún lugar en el que hacerlo.
Desde que había salido del parque de Denali, tan solo había visto una carretera tan larga como aburrida.
Mis únicos compañeros de viaje habían sido los árboles que se alzaban a ambos lados y los cables de alta tensión que parecían extenderse hasta el infinito.
Estaba empezando a preocuparme, porque aquel paisaje monótono me estaba dando sueño y los párpados comenzaban a pesarme.
Sabía que lo lógico, ya que lo de encontrar una cafetería o un área de servicio parecía descartado, habría sido detener el coche en la cuneta y bajarme un rato a estirar las piernas y dejar que el aire frío me despejara, pero me resistía a hacerlo.
No podía dejar de plantearme que quizá era eso lo último que había hecho Tiffany justo antes de desaparecer.
Como si el cielo hubiera decidido apiadarse de mí, apareció un cartel en la carretera que dio respuesta a mis ruegos: un área de servicio a un par de millas, justo antes de un pequeño pueblo llamado Susitna North.
Aceleré un poco, aliviada, hasta que la vi surgir a lo lejos, recortada contra el bosque.
La gasolinera se alzaba en el lado derecho de la carretera, un edificio bajo y castigado por el tiempo, con el rótulo descolorido y un par de surtidores antiguos que parecían aguantar en pie por pura obstinación.
Reduje la velocidad y me desvié hacia la explanada de grava, consciente de que no era un lugar en el que alguien quisiera detenerse.
Acababa de parar el coche cuando una vibración en el asiento del copiloto me hizo dar un respingo. Llevaba tanto tiempo sin cobertura que casi había olvidado que tenía móvil. Sonreí mientras lo sacaba del bolsillo de mi chaqueta. Parecía que por fin había regresado a la civilización.
Fruncí el ceño al contemplar el nombre que aparecía en la pantalla del móvil.
Era Kincaid, uno de mis nuevos compañeros.
Después de sus miradas y sonrisas del día anterior, no me apetecía mucho intimar con él.
Respondí, rezando para que su llamada se debiera a algo relacionado con el trabajo y no con alguna ridícula invitación a cenar o tomar unas copas cuando acabara mi turno.
—¿Kincaid? Soy Grey —contesté con tono seco y profesional.
—¡Grey! Menos mal que contestas. —Su voz estaba cargada de impaciencia—. Llevo llamándote dos horas.
—Estoy volviendo del parque Denali —expliqué—. Creo que no hay mucha cobertura en esta zona. ¿Ha pasado algo?
—Sí, hemos encontrado a Tiffany Collins, la chica que estabas buscando…
Sentí que la tensión de los últimos días desaparecía como por ensalmo, como si hubiera tenido un peso oprimiéndome los pulmones y esas simples palabras lo hubieran hecho desaparecer.
—¡Cuánto me alegro! —le corté—. Ni siquiera me voy a enfadar por haberme comido más de seis horas de coche para nada…
—Grey, para, para… —Escuché como tomaba una profunda bocanada de aire al otro lado de la línea—. Hemos encontrado su cuerpo…
—Dame un momento.
Salí del coche y cerré. Durante unos segundos, me apoyé en la puerta, con los brazos extendidos, el móvil lo más lejos posible de mi oído y la cabeza alta, con la mirada clavada en un cielo que iba volviéndose más oscuro por segundos.
Me limité a respirar, muy despacio, muy profundo, mientras permitía que el significado de aquellas palabras calara en mi mente.
Han encontrado su cuerpo…
Estaba muerta… Muerta…
Ya era demasiado tarde… Había hecho demasiado poco…
Muerta…
Me costó un esfuerzo titánico levantar el móvil hasta mi oreja para continuar la conversación.
Sentía una opresión en la garganta que me impedía tragar y un regusto metálico en la saliva…
Sabía lo que era: lágrimas reprimidas, de frustración, de injusticia, de ira… Me controlé. No era momento de llorar.
—Dime dónde estáis —conseguí pronunciar—. Voy para allá.
Lago Larson. El nombre daba vueltas dentro de mi cabeza mientras la carretera seguía extendiéndose ante mí, gris, interminable, cortando el bosque boreal como una herida.
Di media vuelta en el siguiente apartadero de grava.
Las ruedas crujieron al pisar la superficie suelta y el volante me tembló entre las manos.
No supe si era por el terreno o por mí. El sol estaba cayendo detrás de las montañas, tiñendo el cielo de un naranja sucio que me recordó a una quemadura.
Las sombras de los abetos se alargaban sobre la AK-3, altas y negras, como barrotes.
Conducir de regreso hacia Talkeetna se me hizo irreal, como si avanzara dentro de una fotografía antigua.
El río Susitna apareció a mi izquierda en varios tramos, ancho y oscuro, reflejando un cielo cada vez más apagado y muerto.
El agua parecía inmóvil, pero sabía que corría con fuerza bajo la superficie, igual que mi rabia.
No había podido hacer nada. Había pasado a menos de cinco millas del lugar en el que la habían encontrado. Había hablado con sus amigos, había reconstruido sus últimas horas… y mientras tanto Tiffany ya estaba muerta.
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.
Talkeetna surgió entre los árboles como un puñado de luces dispersas.
Algunas casas, un par de negocios aún abiertos y un olor a madera húmeda y gasolina que flotaba en el aire.
Tomé el desvío hacia el lago Larson por una carretera secundaria más estrecha, sin apenas tráfico.
El asfalto se volvió irregular, oscuro, con parches que brillaban bajo los últimos restos de luz.
El bosque se cerró a ambos lados: abetos negros, troncos pálidos de abedul, matorrales espesos…
El mundo pareció encogerse alrededor del coche. Bajé la velocidad sin darme cuenta.
Pensé en ella. Sola. Asustada. Pensé en si habría sido consciente de que nadie iba a llegar a tiempo.
El pecho se me cerró. No podía permitirme eso ahora.
A lo lejos vi las primeras luces intermitentes. Azul y rojo, pulsando entre los árboles como un latido artificial. El reflejo se colaba entre los troncos y parpadeaba sobre la superficie del lago.
Había varios vehículos ya aparcados cuando llegué: patrullas de la Alaska State Troopers , una furgoneta forense, dos SUV sin distintivos que reconocí como nuestros. El lago, al fondo, parecía una extensión de tinta oscura, apenas movida por el viento frío que empezaba a levantarse.
Apagué el motor, pero me quedé un segundo más con las manos sobre el volante y respiré hondo.
Fallaste .
La palabra me golpeó sin suavidad, sin contemplaciones ni medias tintas.
Fallaste .
Al bajar del coche, el aire era más frío de lo que esperaba. Olía a agua estancada y a vegetación húmeda. Las linternas iluminaban una franja de orilla acordonada con cinta amarilla que se movía suavemente, casi con pereza.
Vi primero a Kincaid. Estaba junto a uno de los agentes estatales, hablando en voz baja. Cuando me vio, su expresión apenas cambió, pero fue suficiente. Fue una confirmación de que no había margen para la esperanza.
Un poco más allá, la jefa McKenna observaba la escena con los brazos cruzados y el rostro severo, iluminado de forma intermitente por las luces de emergencia. Cuando nuestras miradas se cruzaron, supe que ya estaba pensando en el siguiente movimiento.
Yo todavía no estaba preparada para seguir adelante. Todavía estaba atrapada por la negación, por la incredulidad, por la estúpida idea de que a lo mejor no era ella…
Supe, mientras avanzaba hacia la cinta policial, que aquello no era solo el hallazgo de un cuerpo, que mis días encerrada en un despacho estudiando pruebas y analizando perfiles como si fueran algo teórico y ajeno acababan de terminar.
Y la verdad era que no estaba segura de estar preparada para lo que venía a continuación.