La triada oscura Capítulo ocho #2
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Capítulo ocho #2

Los chicos asintieron y me abrieron pasillo.

Crucé el umbral y el golpe de aire caliente, cargado de alcohol barato y comida recalentada, me hizo fruncir el ceño.

El interior de la cabaña era pequeño y caótico: mochilas tiradas junto a la puerta, chaquetas amontonadas sobre el respaldo de un sofá desfondado, latas vacías y vasos de plástico repartidos sobre una vieja mesa de madera…

En una esquina, un colchón en el suelo aún conservaba la forma de alguien que había dormido allí.

Todo hablaba de un fin de semana ruidoso y despreocupado, demasiado despreocupado teniendo en cuenta que una de las invitadas a aquella fiesta no había llegado a presentarse.

Tiffany ha bía desaparecido y ellos habían seguido divirtiéndose como si no les importara nada.

Aparté las chaquetas y me senté en el sofá sin pedir permiso. Ellos se quedaron en pie, dibujando un semicírculo a mi alrededor, con las cabezas bajas y las manos cruzadas frente al regazo, como un grupo de estudiantes díscolos que hubieran sido llamados al despacho del director.

—Como os he dicho, soy la agente Cassandra Grey.

—Miré sus rostros preocupados y solté un suspiro—.

No hay manera fácil de decir esto, así que seré directa: vuestra amiga Tiffany lleva desaparecida desde el jueves.

Encontramos su coche abandonado en una carretera cercana a Willow. ¿Vosotros sabéis algo?

Se limitaron a mirarse los unos a los otros con cara asustada mientras negaban con la cabeza. La otra joven, que tenía pinta de ser la más avispada del grupo, dio un par de pasos y se sentó a mi lado.

—No, no sabemos nada de ella desde el jueves a la mañana, cuando nos llamó para decirnos que iba hacia el aeropuerto y que nos veríamos en unas horas.

Fruncí el ceño mientras volvía a mirar los signos de fiesta que abarrotaban la estancia.

—No entiendo —admití—. Vuestra amiga lleva tres días sin dar señales de vida y habéis seguido de fiesta como si no pasara nada.

La rubia soltó un sollozo y uno de los chicos, un joven enorme con pinta de estrella de fútbol americano, la abrazó para consolarla. Fue la chica que estaba sentada a mi lado la que contestó.

—Cuando vimos que no llegaba, la llamamos varias veces —se justificó.

—¿Y no os pareció raro? ¿No pensasteis que quizá deberíais denunciar su desaparición?

—No, creímos que era lo mismo de siempre —intervino otro de los jóvenes—. Siempre se acaba rajando en todos los planes y poniendo mil excusas ridículas.

—No seas así, Mike —le cortó su compañera—. Ya sabes que está muy liada con las prácticas.

—Cuando no es una cosa es otra —siguió él—. Al final siempre nos deja tirados. Por eso pensamos que esta vez había hecho lo mismo y que le daba tanta vergüenza que no quería cogernos el teléfono.

—Pero esta vez os había asegurado que iba a venir —insistí sin entender—. De hecho, os llamó de camino al aeropuerto. Muy tarde ya para echarse atrás, ¿no?

—No, ya nos lo ha hecho otras veces —intervino otro de los chicos, un joven moreno con gafas y un poco de pelusilla encima del labio superior que no merecía el nombre de bigote—.

Si su jefa de prácticas la hubiera llamado diciéndole que alguien le había fallado y le había asignado su turno, se habría vuelto sin pensarlo.

—O si su madre le hubiera dicho que la necesitaba —añadió la rubia.

—Estáis siendo muy injustos con ella —les reprendió la chica que estaba sentada junto a mí—. Esas prácticas son muy importantes para ella. Sabéis que quiere que la contraten en ese hospital cuando acabe…

—Sí, Mónica, lo sabemos… —Mike negó con la cabeza y chascó los labios—. Y sabemos que su madre está enferma y también la necesita… Pero tiene que vivir, joder… No creo que el mundo se vaya a desmoronar porque salga a divertirse un fin de semana al año.

—Por lo que sabemos, no se arrepintió —les corté—.

Cogió ese avión en Portland, llegó a Anchorage y alquiló un coche en el aeropuerto, que dejó abandonado en una carretera secundaria cerca de Willow.

—Me detuve por un segundo, analizando lo que acababan de contarme sobre su amiga—.

¿Hay alguna posibilidad de que haya decidido desaparecer por propia voluntad?

Me miraron como si acabara de nacerme una segunda cabeza. La chica a la que habían llamado Mónica fue la primera en reaccionar. Soltó una leve risa, como si la sola idea le resultara ridícula.

—¿Tiffany? Nunca en la vida, se lo acabamos de decir.

—Es la persona más responsable que he conocido nunca —intervino el rubio—. Nunca hace nada fuera de lugar. Casi no sale de fiesta ni bebe alcohol, creo que no habrá probado ninguna droga en su vida…

—Sí, eso es imposible —les apoyó Mike—. Si hay una persona que nunca en la vida cometería una locura, esa es Tiffany .

Asentí, aunque sus respuestas no me convencían.

No era la primera vez que oía una historia así: una mujer que toda la vida se había comportado como los demás esperaban de ella y que, de repente, “se volvía loca” y se escapaba con un saxofonista cubano.

Esas personas no enloquecían, simplemente estallaban y decidían que ya no podían aguantar ni un segundo más en una vida que las aprisionaba.

Quizá Tiffany, la joven responsable capaz de hacer cualquier cosa por mejorar en su profesión y abnegada hija de una madre enferma que absorbía todo su tiempo libre, había llegado a Alaska y había decidido que aquella inmensidad salvaje era el lugar idóneo para escapar, perderse y comenzar una nueva vida lejos de todas sus cadenas.

—Está bien, chicos —dije, fingiendo que me habían convencido—. Entonces, tenemos que investigar otras posibilidades. ¿Tiffany tenía algún enemigo? ¿Algún novio celoso, alguna expareja con la que terminara mal, alguien del trabajo o de su pasado a quien hubiera hecho daño?

De nuevo, volvieron a mirarse entre ellos como si no entendieran mis palabras, como si la sola posibilidad de que alguien quisiera hacerle daño a su amiga fuese imposible. Fue Mónica la que volvió a tomar la palabra.

—Tampoco ahí vamos a poder ayudarla. Ahora mismo no tenía pareja y casi no ha tenido novios… Apenas un par de rolletes en el instituto, pero nada serio.

—Sí, nada por lo que alguien la seguiría hasta Alaska para secuestrarla —intervino la rubia—. Y tampoco tiene enemigos… Si es un amor… —Su voz se quebró por un sollozo—. Dios mío… ¿Y si algún loco se la ha llevado y le ha hecho algo malo?

La chica volvió a refugiarse entre los enormes brazos del rubio, su pareja, supuse, y se puso a llorar escondiendo la cabeza en su pecho.

—No debimos haberle insistido para que viniera sola hasta aquí —dijo Mike, apenado—. Si le ha pasado algo, no podremos perdonárnoslo nunca.

Los sollozos de la rubia arreciaron mientras el resto de chicos me miraban, esperando que les proporcionara una respuesta que pudiera tranquilizarles.

Sus ojos se clavaron en mi rostro con tanta intensidad como si me estuvieran rogando que les dijera que todo era una broma o como si fuera yo la que tuviera a Tiffany escondida y fuera a hacerla aparecer como en un truco de magia.

Tomé aire, saqué una libreta y un bolígrafo del interior de mi chaqueta y centré mi mirada en la chica que tenía a mi lado.

—Estamos haciendo todo lo posible por encontrarla.

—Forcé una sonrisa que ocultara que, en aquel momento, todos los efectivos asignados a aquella búsqueda consistían en una sola agente casi novata que ni siquiera conocía el terreno—.

Voy a tener que pediros todos vuestros datos y haceros un montón de preguntas sobre Tiffany, así que alguien debería ir a avisar a la responsable de las cabañas de que no vais a poder marcharos de momento. Esto nos va a llevar un rato.