La triada oscura Capítulo ocho
16%

Capítulo ocho

Capítulo ocho

El viaje estaba siendo muy duro.

Me había despertado con un grito atascado en la garganta y el cuerpo cubierto de un sudor frío y pegajoso, así que había decidido no dormir más, darme una ducha y salir cuanto antes para el parque de Denali.

Y allí estaba, tras dejar atrás Anchorage, en una carretera triste y solitaria, acompañada tan solo por las ramas de los abedules, que se agitaban al viento como si se despidieran de mí.

Era normal que no hubiera nadie en la carretera un domingo a las ocho de la mañana, pero eso no hacía que resultara menos inquietante. No se veían casas, ni fábricas, ni almacenes… Solo un enorme erial en el que perderse.

Eché un vistazo al panel de mandos de mi coche.

Todo parecía en orden, aunque el depósito de combustible marcaba menos de la mitad.

Por suerte, nada más pasar un pequeño pueblo, que me pareció tan deshabitado como el resto de Alaska, un cartel me indicó que, en menos de una milla, llegaría a una gasolinera.

Decidí detenerme en ella, llenar el depósito y comprar algunas provisiones.

Quién sabía cuánto tiempo tardaría en encontrar otro lugar civilizado.

Nada más aparcar, el empleado de la gasolinera, un hombre anodino con un uniforme que le quedaba varias tallas más grande, salió a atenderme.

Mientras él llenaba el depósito, descubrí con alegría que el lugar contaba con una pequeña tienda de autoservicio.

Dejé al hombre trabajar tranquilo y entré para coger un par de botellas de agua, algo de comida basura y unos analgésicos.

Con mi carga en los brazos, me coloqué frente al mostrador y contemplé por la ventana cómo el empleado de la gasolinera acababa su trabajo.

Se movía con una parsimonia exasperante, como si no fuera a tener más clientes a los que atender en todo el día, lo que probablemente sería verdad.

A pesar de que todavía no había pagado, abrí la caja de ibuprofenos y una de las botellas de agua para tomarme una pastilla.

No me veía capaz de seguir aguantando la resaca mientras aquel hombre se tomaba su tiempo.

Cuando por fin entró y empezó a apuntar mi compra en la caja registradora, se me ocurrió que, en aquel momento, yo estaba siguiendo el mismo recorrido que había hecho Tiffany antes de desaparecer y que quizá había parado en aquella gasolinera.

Saqué mi móvil del bolsillo y busqué la foto que le había tomado a la copia de su licencia de conducir.

Extendí el brazo para colocar el móvil a la altura de los ojos del hombre.

Él terminó de pasar todos los productos, como si eso requiriera toda su atención, antes de girarse hacia mí y mirarme con ojos bovinos.

—¿Ha visto usted a esta chica?

—¿Cuándo? —preguntó él .

—Tuvo que pasar por aquí el jueves. Iba sola, en un Subaru de color gris.

Se acercó un poco más al móvil y la miró durante unos segundos con el ceño fruncido y una expresión de concentración absoluta en la cara.

—No, no me suena —dijo al fin mientras negaba con la cabeza—. Y me acordaría. Por aquí no pasa mucha gente.

—¿Hay alguna otra gasolinera en la que pudiera parar de camino al parque de Denali?

—Tiene un par de ellas más adelante, en Trapper Creek y en Cantwell. —Dibujó una media sonrisa, intentando ser amable—. Pero esta es la mejor de todo el trayecto.

—No lo dudo —mentí.

Pagué la compra y, con mi cargamento en brazos, regresé al coche.

Tras ocupar mi sitio, lo tiré todo al asiento del copiloto y saqué mi móvil para comprobar dónde estaban las estaciones de servicio que me había indicado.

No me servían. Habíamos encontrado el coche de Tiffany antes de la siguiente gasolinera.

Aunque no me apetecía volver a molestarla, busqué el número de la agencia de alquiler de coches.

—Alamo Rent a Car, aeropuerto de Anchorage. ¿En qué puedo ayudarle? —contestó la misma mujer.

—Buenos días. Soy la agente Grey, del FBI. ¿Me recuerda?

—Por supuesto. ¿Saben ya algo de la chica? ¿Van a devolvernos el coche?

—De momento no. Ya la avisaremos. La llamo porque tengo otra pregunta.

—Dígame —respondió con tono cansado.

—¿Con cuánto combustible entregan ustedes los coches?

—Con el depósito totalmente lleno. —Me pareció que la pregunta la ofendía—. Ya se lo dije ayer. Nuestro lema es “Menos contratiempos…

—… Más carretera”. Sí, lo recuerdo —la interrumpí—. Solo necesitaba saber eso. Muchas gracias.

Colgué tras despedirme y me quedé unos segundos contemplando el paisaje con el motor ya encendido.

“Menos contratiempos. Más carretera” … Con Tiffany aquel lema no se había cumplido en absoluto.

A pesar de la rueda de repuesto, del kit antipinchazos, del depósito lleno, de todas las promesas de un viaje tranquilo, estaba claro que ella sí había sufrido un contratiempo, uno que había hecho que detuviera su coche en mitad de la nada y desapareciera.

En mis manos estaba descubrir cuál había sido ese contratiempo… Antes de que fuera demasiado tarde.

Ya estaba dentro del Parque Nacional Denali cuando el paisaje me obligó a reducir la velocidad y, después, a detenerme por completo.

No fue una decisión consciente. Simplemente no pude seguir conduciendo.

Aparqué en el arcén, apagué el motor y salí del coche, como si algo me hubiera llamado desde fuera.

Ante mí, el monte McKinley emergía del horizonte con una presencia casi irreal.

La cima, cubierta de nieve, ardía bajo la luz del mediodía con tonos dorados y rosados, mientras las laderas descendían en capas de azules y grises hasta fundirse con el bosque.

En la distancia, las aguas de un lago, tan quietas que parecían una superficie pulida, reflejaban la montaña y el cielo como si no existiera diferencia entre arriba y abajo.

Los abetos, oscuros y silenciosos, bordeaban la orilla con una solemnidad antigua.

No había un solo sonido que no fuera el del viento leve entre las ramas y mi propia respiración.

Me quedé inmóvil, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, dejando que el frío me despejara la cabeza.

No había carreteras abarrotadas, ni sirenas, ni teléfonos vibrando.

No había jefes, ni miradas evaluándome, ni errores recientes persiguiéndome como una sombra…

Tan solo aquel espacio inmenso, indiferente a mis miedos y a mis dudas, que no me exigía nada a cambio de existir.

Sentí cómo algo dentro de mí, tenso desde hacía demasiado tiempo, empezaba a aflojarse.

Pensé en lo pequeña que era allí y, por primera vez, esa idea no me asustó.

Al contrario: resultaba liberadora. Alaska no me conocía, no le importaba de dónde venía ni qué había dejado atrás.

Y, aun así, me acogía con una belleza tan brutal y tan serena que me dolió un poco el pecho.

Permanecí allí varios minutos, grabando aquel momento en la memoria, consciente de que acababa de cruzar un umbral invisible.

Cuando volví a subir al coche, lo hice despacio, como si no quisiera romper el hechizo.

Arranqué de nuevo, pero ya no era la misma.

Por primera vez desde que había llegado, tuve la certeza de que aquel lugar podía convertirse en algo más que un destino impuesto, que, si no tenía cuidado, podía llegar a enamorarme de Alaska.

Continué mi camino hasta llegar a un letrero que marcaba el desvío hacia las Raven Creek Cabins.

Me interné por una sinuosa carretera secundaria, apenas un sendero que atravesaba el bosque.

Los árboles eran tan altos y frondosos que impedían el paso de la luz, como si hubieran devorado el sol de mediodía para invocar un siniestro atardecer.

Al final del sendero, encontré la típica cabaña de madera señalizada con un letrero en el que podía leerse “Recepción”.

Aún no me había bajado del coche cuando una mujer en la cincuentena, vestida con la típica camisa de leñador, salió de la casa y se me acercó sonriente.

Levantó una mano a modo de saludo antes de hablar:

—No se puede hacer el check in hasta las tres —me informó—. Tenemos que esperar a que desalojen las cabañas y limpiarlas.

—Tranquila, no vengo a alojarme. —Saqué mi placa y se la puse frente a los ojos, lo que tuvo el efecto de borrar su sonrisa de forma instantánea—. Soy la agente Grey, del FBI. Necesito hablar con unos chicos que están hospedados aquí, un grupo de Oregón.

—¿Han hecho algo? —preguntó asustada—. Parecían gente normal.

—No, no… Tan solo necesito hablar con ellos por una investigación. ¿Siguen aquí?

—Sí, claro… Están en la número tres. —Me señaló una cabaña que se vislumbraba entre los pinos, a unos cien metros—. ¿Va a tardar mucho en hablar con ellos? Porque tendrían que haberse marchado a las once y ya van tarde.

—Intentaré no entretenerles demasiado.

Me interné entre los árboles. Aún me quedaban bastantes pasos para llegar cuando empecé a escuchar la música a todo volumen que salía por las ventanas, abiertas a pesar del frío, mezclada con el sonido de voces y risas.

Parecía que se lo estaban pasando muy bien…

y que no echaban de menos a Tiffany en absoluto.

La puerta se abrió de golpe y una joven rubia ataviada con unos vaqueros ridículamente cortos y una camisa de cuadros abierta sobre un top blanco salió de la cabaña y se quedó mirándome con expresión confusa.

Me planteé que, si estuviéramos en un slasher [iv] , ella sería sin duda la primera víctima.

—¡Chicos! —gritó hacia el interior de la casa—. ¡Vienen a echarnos ya!

—No, no es eso. —Volví a sacar mi placa—. Soy la agente Grey, del FBI. Quería hablar con vosotros sobre vuestra amiga Tiffany.

Como si hubieran estado escuchando desde el otro lado de la puerta, tres chicos y otra chica aparecieron de inmediato y empezaron a hablar a la vez.

—¿Qué pasa con Tiffany?

—¿Le ha pasado algo?

—Ya os dije que no era normal que no contestara al móvil.

—A ver, por favor… Uno a uno. —Señalé hacia la puerta que habían dejado abierta—. ¿Podemos hablar dentro? Estaremos más cómodos.