La triada oscura Capítulo siete
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Capítulo siete

Capítulo siete

Aparqué el coche frente al edificio y apagué el motor con más alivio del que quería admitir. El coche no era nuevo ni bonito, pero parecía lo bastante fiable como para no dejarme tirada en cualquier carretera perdida y me proporcionaba una sensación de autonomía que necesitaba más que el aire.

Bajé y me quedé un momento quieta, observando el edificio.

La oficina de criminalística de los Alaska State Troopers era un bloque bajo y macizo de hormigón, con ventanas estrechas y persianas metálicas a medio bajar, sin adornos ni carteles llamativos, como si su única función fuera resistir el clima y guardar secretos.

Tras preguntar en recepción, me interné en el edificio buscando el departamento que estaba llevando mi caso.

El interior no era mucho mejor: paredes con ladrillo visto de un apagado color arena y fluorescentes cada pocos pasos que, más que iluminar, bañaban los pasillos con una luz débil y triste.

Siguiendo las indicaciones que me habían dado a la entrada, llegué hasta una sala amplia, dividida por mesas de acero y biombos bajos.

Allí había tres personas trabajando casi sin mirarse entre ellas, cada una concentrada en su propio caos.

La primera en levantar la vista fue una mujer de mediana edad, pelo recogido y expresión cansada, que me observó como si yo fuera una molesta interrupción en su lista interminable de tareas .

—Buenos días, soy la agente Grey —me presenté enseñando mi placa—. Vengo por el Subaru encontrado en Sheep Creek Drive. Me dijeron que se pasaron ustedes a examinar la escena…

—Sí, así es —dijo sin levantarse—. Soy la supervisora Donovan.

Asentí y le tendí la mano, pero ella ni siquiera la vio porque ya estaba hojeando unos papeles.

—Aún no hay nada concluyente. Tenemos varios casos acumulados y el coche entró en cola esta mañana.

A su lado, un hombre más joven, con guantes de látex colgándole de un bolsillo, encogió los hombros sin mirarme del todo.

—Hemos encontrado lo normal: huellas, fibras… —añadió—. Nada claro por ahora. Cuando haya algo que merezca la pena, saldrá en el informe.

El tercero, sentado frente a una pantalla, ni siquiera se giró.

—Estas cosas no van rápido —dijo—. Y menos aquí.

La supervisora volvió a clavar sus ojos en mí. Me pareció ver en ellos que tenía la paciencia justa para una respuesta más.

—No hace falta que se pase por aquí hasta que la avisemos. Cuando tengamos el informe completo, se lo haremos llegar.

—Perdonen, pero la verdad es que me corre bastante prisa —insistí—. La persona que ha desaparecido es una chica joven y creo que podría haber sido secuestrada. En estos momentos, podría estar pasándole cualquier cosa…

—Los del FBI siempre tenéis prisa para todo, siempre pensáis que vuestros casos son los únicos de vida o muerte… —Me lanzó una mirada de hastío—. Tenemos muy poco personal y muchos asuntos vitales que atender. Como ya le ha dicho mi compañero, cuando tengamos el informe, se lo haremos llegar.

Asentí otra vez, agradecí el tiempo que me habían dedicado, aunque no hubiera sido mucho, y di media vuelta. Mientras regresaba por el pasillo, entendí que aquel caso iba a avanzar despacio y que, si quería respuestas antes de que fuera demasiado tarde, tendría que buscarlas por mí misma.

Decidí que, ya que había conseguido las llaves del Subaru, podía cerrar mi primer día de trabajo regresando al almacén de pruebas.

Además, allí estaba Marcus, la única persona amable con la que me había cruzado desde mi llegada a Alaska.

A lo mejor quería tomarse una cerveza conmigo al salir del trabajo.

Conduje hasta las afueras de Anchorage y llegué a la zona industrial en la que se encontraba el almacén de pruebas.

Como en mi visita anterior, no encontré a nadie controlando la entrada, así que crucé la valla y entré en el enorme edificio.

Tampoco nadie salió a recibirme tras pasar el umbral, así que caminé despacio, esperando a que alguien apareciera.

—¿Marcus? —llamé tímidamente cuando estuve cerca de la oficina.

Escuché el arrastre de las patas de una silla sobre el suelo de cemento y, unos segundos después, la enorme figura de Marcus apareció en el umbral.

—¿La agente Grey? —preguntó con una sonrisa—. No esperaba verla por aquí tan pronto.

Me metí la mano en el bolsillo de los pantalones y saqué el llavero que me habían dado en la agencia de alquiler de coches. Lo alcé, dejando que la llave colgara y lo meneé para que tintineara.

—Tengo la llave del Subaru —anuncié emocionada—. Y puedes llamarme Cass.

—Perfecto. Vamos a ver si descubrimos algo.

Se acercó y colocó la mano con la palma hacia arriba para que yo depositara el llavero.

Cuando lo hice, su sonrisa se hizo tan amplia que la expresión “sonreír de oreja a oreja” apareció en mi mente.

Recordé lo que me había dicho acerca de que los otros agentes le trataban solo como a un mozo de almacén y comprendí que estuviera entusiasmado ante la posibilidad de participar, aunque solo fuera un poco, en una investigación federal.

Abrió la puerta del Subaru y, antes de sentarse en el asiento del conductor, se detuvo y me miró como si me pidiera permiso.

Yo me limité a asentir y a cruzar los brazos sobre el pecho, dejando que fuera él quien llevara la voz cantante.

Se sentó al volante y giró la llave en el contacto.

Al instante, su movimiento fue respondido por el rugido del motor.

—Parece que funciona todo. El motor arranca, el depósito está casi lleno… —comentó confuso .

—No tiene sentido. Si todo iba bien, ¿por qué detuvo el coche en medio de la nada?

—No lo sé… Quizá se encontró con algo que la hizo detenerse —aventuró él—. Un coche parado en medio de la carretera que le impedía el paso, alguien que pedía ayuda…

Asentí, aunque esas posibilidades no me gustaban. Olían a trampa. Antes de que pudiera decir nada, Marcus se bajó del coche y se dirigió a la parte trasera.

—¿A dónde vas? —le pregunté.

—A mirar el maletero. —Lo abrió y esperó a que yo me colocara a su lado para señalar su interior—. La rueda de repuesto no está.

—Ya, ya nos dimos cuenta mi compañera y yo cuando encontramos el coche —admití—. Pensamos que quizá no viniera una con el coche de alquiler. No es obligatorio.

—¿Podrías comprobarlo? —pidió Marcus—. Me parece raro que incluyan un gato sin rueda de repuesto con la que usarlo.

—Sí, claro… Voy a llamar ahora mismo a la agencia.

Me separé unos pasos mientras sacaba mi móvil del bolsillo y buscaba el número que me había facilitado la mujer de la agencia aquella misma mañana.

—Alamo Rent a Car, aeropuerto de Anchorage. ¿En qué puedo ayudarle?

—Buenas tardes. Soy la agente Grey, del FBI. Hemos estado hablando esta mañana…

—Sí, sí, me acuerdo —me cortó la mujer—. ¿Han descubierto algo?

—Llamaba para preguntarte una duda. Cuando ustedes alquilan un coche, ¿va con rueda de repuesto?

—Por supuesto —contestó ella con determinación—. Aunque no es obligatorio por ley, nuestros coches llevan rueda de repuesto y caja de herramientas con kit antipinchazos. Nuestro lema es “Menos contratiempos. Más carretera”. ¿Por qué lo pregunta?

—Era solo curiosidad —mentí—. La llamaré en cuanto tenga más noticias.

Colgué antes de darle tiempo a preguntar nada más y regresé junto a Marcus, que contemplaba el maletero con los brazos en jarras, como si mirarlo con insistencia fuera a darle la respuesta a nuestras preguntas.

—Llevan rueda de repuesto —le conté.

—Pues hay que descubrir qué ha sido de ella.

—Sí, dudo mucho que Tiffany se la pusiera al hombro y se marchara con ella de excursión —comenté sarcástica.

—Creo que sé dónde está esa rueda. —Marcus me agarró por el codo y tiró de mí hacia el lado izquierdo del coche para señalarme la rueda trasera—. Es esa.

—¿Cómo que es esa? —pregunté sin comprender.

—Si te fijas, verás que esa rueda está totalmente nueva. —Se acuclilló al lado de la rueda y pasó dos dedos por su superficie para enseñármelos después—. El dibujo no está desgastado en absoluto y ni siquiera está sucia. No tiene gravilla ni polvo de la carretera. Esta rueda es nueva.

—Entonces no es la rueda de repuesto la que nos falta, sino la rueda trasera izquierda. Alguien se la ha llevado. La pregunta es para qué.

—Eso es algo que tendrás que averiguar tú.

Me erguí y me quedé mirando la rueda, pensativa. ¿Quién se molestaría en cambiar una rueda para dejar el coche operativo y después abandonarlo? Estaba claro que se habían llevado esa rueda para ocultar algo: un pinchazo, una rueda rajada…

—De momento lo que he averiguado es que serás un gran agente cuando consigas tu plaza. —Marcus esbozó otra de sus enormes sonrisas ante mi cumplido—. ¿Te queda mucho para acabar tu turno? Me muero por una cerveza y necesito a alguien que me acompañe.