Capítulo seis
Capítulo seis
Cuando el Uber me dejó frente a la puerta de la oficina, revisé los recibos de todos los coches que había pedido aquel día.
En una sola mañana me había gastado casi cien dólares en desplazamientos.
En teoría, podía pedir que me lo reembolsaran, pero no sabía cómo se lo tomaría McKenna y, aunque me lo concedieran, tardarían días en devolvérmelo.
Necesitaba un coche oficial y lo necesitaba ya.
Pasé por delante de Rossie, que me miró burlona, como si aún le hiciera gracia su bromita del día anterior. Decidí saludarla con una sonrisa para fingir que no le guardaba rencor antes de dirigirme al ascensor que, según ella, no existía.
Cuando entré en la oficina, me sorprendió encontrarlos a todos. Para ser una gente tan ocupada, con todo un estado enorme en el que impartir justicia, siempre me los encontraba sentados delante del ordenador.
—¿Ayer llevabas gafas? —Fue el saludo de Kowalski.
—No, llevaba lentillas, pero anoche perdí una por el lavabo —confesé avergonzada mientras empujaba el puente de las gafas con el dedo índice para colocarlas en su sitio.
—Te quedan bien.
Me giré hacia aquella voz, la primera amable que había escuchado en la oficina. Kincaid, recordé. Alto, corpulento, de alrededor de cuarenta años. Tenía el pelo de un pelirrojo apagado y la piel tan clara y sonrosada como la de un tenaz bebedor de cerveza. Le sonreí para agradecerle el cumplido.
—Eso espero, porque no veo nada sin ellas —admití—. A ver si encuentro un rato para buscar una óptica y pedir unas nuevas.
—¿Qué tal la mañana? —preguntó McKenna, cortante—. ¿En Boston es normal aparecer por la oficina a mediodía?
La miré sin comprender. Se suponía que tenía un caso asignado y lo normal era que hubiera estado investigándolo.
No había pensado que fuera necesario ir dando explicaciones de cada uno de mis pasos.
Tomé aire para controlar mi lengua, metí la mano en el bolsillo trasero de mis pantalones, saqué los recibos de los Ubers y los dejé sobre su mesa.
—Llevo toda la mañana trabajando de aquí para allá. He estado en el almacén de los State Troopers y en el aeropuerto. —Le dirigí una sonrisa forzada—. Y he tenido que pagar todos los desplazamientos de mi bolsillo. ¿A quién tengo que dirigirme para que me los abonen?
—La princesa quiere que le paguemos el taxi. —Se metió Delaney sin que nadie le llamara—. ¿También quieres que te invitemos a café?
—Pásalos por Administración —respondió McKenna con tono seco—. Te los habrías ahorrado si hubieras venido primero a la oficina. Te hemos asignado un coche oficial.
—Luego te acompaño al parking y te lo enseño —se ofreció Kincaid.
Me giré hacia él para agradecérselo, pero algo en su tono y en su sonrisa me hizo detenerme.
Era una expresión demasiado familiar, un interés disfrazado de amabilidad.
Reconocí esa mirada al instante. Ya había pasado por algo así y sabía adónde conducía.
Supe que, si no marcaba distancia desde el principio, acabaría metida en una situación que no necesitaba ni quería. Me limité a asentir con gesto serio.
—¿Has conseguido algo de tus paseos por la ciudad? —se interesó la jefa.
—La verdad es que sí. —Coloqué sobre la mesa la copia del contrato de alquiler que me había facilitado la mujer del aeropuerto—.
Tengo los datos de la chica desaparecida y también sé cuál era su destino: iba a reunirse con unos amigos en el parque Denali.
Sé dónde están alojados y había pensado en ir hasta allí.
—Se te va a hacer muy tarde y no quiero que estés conduciendo sola de noche —me cortó McKenna tras echar un rápido vistazo a su reloj—. Eres nueva en la zona y no conoces el terreno.
—Quizá me pueda acompañar alguien.
Kowalski y Kincaid empezaron a murmurar frases sobre lo ocupadísimos que estaban y la cantidad de sitios a los que tenían que ir ese día. Delaney ni siquiera se molestó en disimular. Se levantó de su escritorio, cogió la copia del contrato de alquiler de coches y regresó con ella a su ordenador.
—Yo me encargo de comprobar esto —dijo como si tuviera todo el derecho del mundo a asignarse funciones en mi caso—.
Intentaré encontrar a su familia y preguntar si tenía algún trastorno mental, deudas, enemigos, algún novio celoso…
Lo típico. —Se quedó un rato contemplando los datos que aparecían en el contrato—. ¿Has llamado a su móvil?
—Por supuesto, varias veces, Como era de esperar, no contesta nadie.
—Sigue intentándolo —le ordenó McKenna antes de girarse hacia mí—. ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?
Me habría gustado decirle que, si Delaney no tuviera tan poca vergüenza, podría haberme quedado en la oficina buscando esos datos, pero decidí no darle más motivos para odiarme de los que ya parecía tener.
Además, ni siquiera sabía si me habían asignado una mesa y un ordenador en los que poder trabajar.
Lo mejor sería que usara ese coche que me habían proporcionado antes de que se arrepintieran.
—Había pensado en pasarme por la oficina de criminalística de los State Troopers para ver si han encontrado algo —improvisé—.
Y luego quiero volver a pasar por el almacén de pruebas.
He conseguido una copia de las llaves del coche abandonado y quiero comprobar si todo funciona bien o si tuvo alguna avería mecánica.
—Perfecto, haz eso y ya mañana vas al parque de Denali .
—¿Tengo que pasar primero por la oficina o puedo ir directamente?
Esperaba que ella se diera cuenta del sarcasmo de mi pregunta, pero McKenna se limitó a dirigirme una sonrisa que quise interpretar como de aceptación antes de regresar a su mesa. Abrió un cajón, sacó un juego de llaves y me lo lanzó. Por suerte, conseguí agarrarlas al vuelo.
—No hace falta que vengas. Pareces bastante competente. Ahí tienes las llaves de tu coche —anunció—. Kincaid, ¿la acompañas al parking ?
—Sí, claro —se ofreció levantándose de un salto del asiento.
—Yo también voy. —Kowalski se levantó también—. Tengo que salir ya, que voy tarde.
Se lo agradecí con una mirada de alivio, pero ella ni siquiera me miró. Agarró su chaqueta y salió delante de mí, con Kincaid pisándonos los talones. Bajamos al aparcamiento y lo recorrimos mientras el viento helado nos golpeaba por la espalda, como si estuviera tratando de meternos prisa.
—Es ese —señaló mi compañera.
Miré el coche, sin saber si mostrarme agradecida por tenerlo o enfadarme por lo que, sin lugar a dudas, tenía que ser una nueva novatada.
Era un coche grande y castigado, de esos que parecían haber sobrevivido a demasiados inviernos de Alaska: pintura apagada, golpes antiguos mal disimulados y sal incrustada en los bajos.
No tenía nada de elegante ni de nuevo. Su aspecto hablaba de uso constante y millas acumuladas, pero, al mirarlo, sentí la certeza de que, si seguía en pie después de todo aquello, era probable que no fuera a dejarme tirada en mitad de la nada.
—¿Lo habéis rescatado del desguace más cercano? —pronuncié sin poder contenerme.
—¡Qué va! —dijo Kincaid, soltando una risotada—. Era el coche de Bennett.
—¿Y quién es Bennett? —pregunté hastiada.
—Otro agente de la unidad… Al que has sustituido —explicó Kowalski .
—¿Y dónde está él? ¿Ha conseguido que le trasladen a un sitio mejor?
—Se lo comió un oso —respondió Kincaid.
Me giré hacia él y crucé los brazos sobre el pecho antes de lanzarle una mirada que esperaba que expresara a las claras que no era imbécil y que, por muy novata que fuera, no estaba dispuesta a que me tomaran el pelo.
—No la asustes, Kincaid —intervino Kowalski tras soltar un bufido—. No se lo comió ningún oso. Tan solo lo mató.
Me giré hacia ella con la boca abierta. No había ningún rastro de humor ni de burla en su rostro.
Estaba hablando en serio… Como si quisiera reforzar sus palabras, caminó hacia su coche, que estaba estacionado justo al lado, abrió el maletero y me pasó un bote cilíndrico y robusto, más grande que un spray normal, con la etiqueta en colores chillones y advertencias en letras negras bien visibles.
En un primer momento, pensé que era un bote de laca, pero cambié de opinión al ver que tenía un seguro de plástico en la boquilla y una correa para llevarlo sujeto a la muñeca o al cinturón.
Pesaba lo suficiente como para recordar que no era un adorno, sino algo pensado para usarse deprisa y a distancia si las cosas se torcían.
—Te aconsejé ayer que compraras un spray para osos, pero supongo que no te habrá dado tiempo y no quiero que acabes como Bennett. —Se dirigió a la puerta de su coche y la abrió. Antes de entrar, me guiñó un ojo—. Ya me irás contando lo que descubras.
Me quedé mirando cómo su coche se alejaba con una sonrisa en la cara mientras sostenía aquel bote de spray como si fuera un trofeo, la primera muestra de que empezaban a aceptarme. Y estaba segura de que, si hacía bien mi trabajo, no sería la última.