La triada oscura Capítulo cinco
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Capítulo cinco

Capítulo cinco

Kowalski me había pasado la dirección por WhatsApp poco después de amanecer. También me había dicho que la jefa ya había avisado de que iba a presentarme allí, como si eso bastara para tranquilizarme. Pedí un Uber desde el motel. Tardó bastante más de lo que prometía la aplicación.

Mientras esperaba bajo un cielo grisáceo que amenazaba lluvia y un viento helado atravesaba las cuatro capas de ropa que me había puesto con tanta facilidad como si estuviera vestida con papel de fumar, empecé a pensar que tenía por delante otro día de mierda.

Por suerte, el coche llegó antes de que me desesperara y decidiera hacer andando las cinco millas que me separaban de mi destino.

Cuando por fin dejamos atrás las calles más transitadas, Anchorage empezó a vaciarse a ambos lados de la ventanilla.

El almacén de pruebas estaba en una zona industrial a las afueras, donde todos los edificios parecían iguales y nadie miraba dos veces a un coche que entraba o salía.

Era una nave baja y ancha, de chapa gris y hormigón, sin distintivos visibles salvo una cámara sobre la puerta y un número pintado en un lateral.

Nada indicaba lo que guardaba dentro. Bajé del coche y me quedé un segundo mirándolo, con la sensación de estar a punto de cruzar un umbral que no tenía vuelta atrás .

No había nadie custodiando la entrada, pero tampoco me extrañó.

Parecía que en aquella ciudad no había nadie en ningún sitio, como si Anchorage fuera el decorado de una película de serie B con muy poco presupuesto para figurantes.

Dentro, el aire era más frío y olía a metal, a polvo y a desinfectante.

El eco de mis pasos resonó demasiado fuerte sobre el suelo de cemento pulido mientras una puerta se cerraba a mi espalda.

Todo era funcional, desnudo, pensado para conservar cosas que a nadie le importaban demasiado.

—Buenos días —saludó una voz a mi espalda—. ¿Me permite ver su identificación?

Me giré y me encontré con un hombre enorme, de hombros anchos y manos grandes, vestido con ropa de trabajo oscura y una credencial colgada al cuello.

Tendría poco más de treinta años. Aunque su tamaño imponía, la expresión le desarmaba por completo: una sonrisa fácil, tranquila, de las que no buscaban intimidar.

No tenía el aire curtido de la gente de Alaska; había algo en él que decía recién llegado , igual que yo.

—Claro —respondí, sacando la placa—. Cassandra Grey. FBI.

Le tendí la identificación y él la revisó con calma, sin prisas, como si aquel gesto fuera parte de una coreografía que conocía de memoria.

—McKenna me avisó de que vendría —asintió, devolviéndome la placa—. Sígame, agente Grey.

Las luces frías se encendieron a nuestro paso y el eco volvió a llenar la nave mientras avanzábamos hacia el fondo, donde aguardaba el vehículo, inmóvil, bajo una lona gris.

—¿Podría decirme su nombre? —pregunté mientras descubría el vehículo.

—Marcus Reed —contestó, tendiéndome la mano—. Técnico de custodia. Y sí, antes de que lo pregunte, vengo de Nueva York, del Bronx, así que también soy un cheechako .

—Entonces compartimos club. —Acepté su mano con una sonrisa—. Ya decía yo que me había parecido demasiado simpático para ser de aquí.

—Los primeros días son duros, pero se acostumbrará —me consoló—. Simplemente, son un poco fríos, como el clima .

Asentí sonriendo mientras empezaba a darle una vuelta al coche, como si mirarlo con intensidad fuera a darme la respuesta a dónde demonios se había metido su ocupante.

Marcus me siguió a un par de pasos. Parecía que tan solo me estaba acompañando, pero yo sabía lo que estaba haciendo: custodiar la prueba, asegurarse de que nadie modificaba nada.

Parecía que por fin había encontrado a alguien en Alaska que se tomaba en serio su trabajo.

—¿Lo ha tocado alguien desde que lo trajeron ayer? —pregunté girándome hacia él.

—Por supuesto. Los chicos de criminalística no han dejado una pulgada sin mirar. —Debió de apiadarse de lo perdida que estaba, porque continuó explicándose—. Son de los Alaska State Troopers , de la policía estatal. Tienen la oficina en la zona este de Anchorage, cerca de Muldoon Road.

—¿Y sabes si han encontrado algo importante?

—¿Tú crees que compartirían esa información con un técnico de custodia? —Se encogió de hombros, como si tratara de quitarle importancia—. Para ellos soy poco más que un mozo de almacén.

—Por suerte yo soy mucho más amable y simpática y estoy dispuesta a hablar… y a escuchar. ¿Tú qué opinas?

—No sé… —Se rascó la nuca mientras recapacitaba—. Este asunto huele mal. Si yo tuviera que investigarlo, empezaría por intentar descubrir por qué el ocupante detuvo el coche y lo abandonó.

—El ocupante era una mujer… Una chica joven —expliqué para intentar que se implicara.

—Eso huele aún peor. —Marcus se cruzó de brazos y empezó a andar alrededor del coche con el ceño fruncido en un gesto de concentración extrema—.

Una mujer joven viajando sola por Alaska.

¿Qué podría hacer que detuviera su coche en la cuneta y se bajara?

Mientras estás dentro del coche, circulando, estás relativamente segura. ¿Por qué dejar esa seguridad?

—Por una avería mecánica —sugerí yo—. ¿Podemos saber si el coche funciona?

—¿Qué pasa? ¿Que como soy del Bronx piensas que sé hacer un puente o algo así ?

—No, no, por Dios… No pretendía sugerir eso —respondí azorada.

Marcus soltó una carcajada mientras negaba con la cabeza. Me quedó claro que solo estaba tratando de tomarme el pelo, así que fruncí el ceño y crucé los brazos frente al pecho mientras le lanzaba una mirada envenenada.

—No tiene gracia…

—Sí, sí que la tiene… —dijo Marcus cuando consiguió dejar de reírse—. Ahora en serio… No, no puedo ponerlo en marcha sin la llave, pero el coche es de una agencia de alquiler y allí tienen que tener una copia.

—Tienes razón. Creo que tengo claro mi siguiente paso. —Le guiñé un ojo—. Eres mucho más que un mozo de almacén. De hecho, creo que serías un buen agente.

—Estoy en ello. —Señaló a un pequeño cuartillo situado en la esquina izquierda del almacén—. Tengo el temario en la oficina.

Saqué mi móvil y pedí un Uber que me llevara al aeropuerto. La aplicación me indicó que tardaría unos doce minutos. Si se volvía a triplicar el tiempo de espera como la vez anterior, me quedaba un largo rato para que llegara. Le enseñé el móvil a Marcus y puse cara de cachorro abandonado.

—Hablando de esa oficina, ¿no tendrás en ella una cafetera? Estoy sin desayunar.

El Uber me dejó frente al aeropuerto de Anchorage, un edificio más práctico que imponente, con aviones estacionados como si también ellos necesitaran descansar del frío. El aire olía a queroseno y a humedad y el viento me empujó un segundo antes de cruzar las puertas automáticas.

Dentro, todo era funcional y silencioso: pasillos amplios, moqueta gastada, gente arrastrando maletas sin prisa.

Seguí las señales hasta la zona de alquiler de coches y me detuve ante el mostrador de Alamo.

Tras el escritorio, una mujer rubia de unos cincuenta años miraba la pantalla con expresión ausente, con los labios apretados en un gesto de aburrimiento profesional, como si nada interesante fuera a ocurrir allí aquel día.

—Buenos días —saludé dejando mi placa sobre el mostrador—. Cassandra Grey, del FBI.

De inmediato, la expresión de aburrimiento desapareció para dejar paso a una que entremezclaba la sorpresa, la confusión y el miedo.

—¿El FBI? ¿Ha pasado algo?

—Tranquila, esperemos que no. —Volví a guardarme la placa en el bolsillo—.

Vengo a preguntar por un coche que su compañía alquiló en los últimos días.

Espero que pueda darme alguna información sobre él.

—Saqué mi móvil, donde había apuntado los datos del coche, y empecé a leer—.

Es un Subaru Outback color gris metalizado con matrícula JRF-482.

La mujer asintió y, aún nerviosa, tecleó algo en su portátil. Yo me armé de paciencia y me entretuve mirando a los viajeros que caminaban por el aeropuerto con cara de perdidos.

—Sí, aquí está. —Giró el portátil para que yo también pudiera verlo—. Lo alquiló este jueves una joven llamada Tiffany Collins, de Oregón.

—¿Podría pasarme esos datos, por favor?

—Por supuesto. Se los imprimo ahora mismo. —Mientras esperábamos a que la impresora terminara su trabajo, se inclinó hacia delante para susurrar—. ¿Le ha pasado algo? Parecía una chica muy simpática.

Dudé durante unos segundos. Aquella mujer podía ser la típica cotilla que solo buscaba un chisme que ir compartiendo por todo el aeropuerto para pasar una tarde más amena. Sin embargo, algo en sus ojos, una chispa de preocupación real, me convenció de abrirme a ella.

—Creemos que ha desaparecido. Puede que sea una desaparición voluntaria, que la chica llegara a Alaska huyendo de una mala relación, de algún problema…

—No, no vino por eso —me interrumpió—. La recuerdo perfectamente porque me pareció muy simpática y alegre. Había quedado con unos amigos para pasar unos días en el parque de Denali …

—¿Qué es eso? —La mujer me miró como si me acabara de surgir una segunda cabeza—. Soy nueva en Alaska…

—El Parque Nacional de Denali, una zona protegida en la que está el monte McKinley.

[iii] La gente va a pescar, a escalar, a hacer senderismo…

—Esperó hasta que asentí para seguir explicándose—.

Esa chica me contó que sus compañeros habían ido unos días antes, pero que ella había tenido que trabajar y que por eso solo iba a poder estar el fin de semana.

Se supone que me tenía que devolver el coche mañana.

—Sus ojos se abrieron, preocupados—. ¿El coche está bien?

No pretendo parecer insensible… Entiéndame, lo importante es que ella esté bien, pero el coche…

—Lo comprendo. Es su trabajo —Asentí para tranquilizarla—. El coche está en perfecto estado, aunque ahora mismo está retenido en nuestro almacén de pruebas. Se lo devolveremos en cuanto terminemos de revisarlo.

Ella apretó los labios, como si le hubiera gustado protestar, pero supiera que no iba a servir para nada más que para dejarla en evidencia.

Me tendió los papeles con la copia del contrato de alquiler firmado por la joven.

Los miré durante unos segundos. Tenía un nombre, un lugar de origen…

Incluso una copia de su licencia de conducir con su dirección, su fecha de nacimiento…

y su foto. La joven desaparecida dejaba de ser anónima.

Tiffany me devolvía la mirada desde el papel: un rostro dulce, ojos grandes que parecían pedir disculpas por existir, el pelo rubio con un flequillo mal cortado y una sonrisa rígida, ensayada, como si no se sintiera del todo cómoda delante de la cámara.

Me forcé por apartar la vista de aquella fotografía y continuar con mi trabajo.

—¿Tiene una copia de la llave del coche? Necesitamos ponerlo en marcha para saber si se averió…

—No se pudo averiar. Nuestros coches están revisados y puestos a punto para que no den el más mínimo problema —se defendió ella, como si estuviera acusándola de la desaparición de la chica.

—Tranquila, la creo… pero los accidentes ocurren. —Me encogí de hombros para quitarle importancia—. Algo tuvo que pasar para que ella detuviera el coche en mitad de la nada y se marchara. Y la única manera de descartar un problema mecánico es que usted me facilite la copia de la llave.

La mujer asintió de mala gana, abrió un cajón situado bajo su mostrador y comenzó a rebuscar.

Mientras lo hacía, seguía negando con la cabeza.

Después de un minuto, encontró la llave correcta, marcada con un llavero del que colgaba una etiqueta con la matrícula y, antes de tendérmela, me lanzó una mirada apenada.

—Espero que no le haya pasado nada… Parecía tan simpática y estaba tan emocionada por ir a encontrarse con sus amigos.

—¿Estuvo hablando mucho con usted?

—Oh, sí, por supuesto… Cuando me comentó que iba al parque Denali, le dije que yo estaba enamorada de ese sitio porque pasé allí mi luna de miel. Le pregunté dónde se alojaban sus amigos y eran justo las mismas cabañas en las que había estado yo.

Sonreí ante aquel golpe de suerte inesperado mientras recogía la llave que ella me tendía. Aquella mujer iba a ahorrarme tener que recorrer todos los establecimientos turísticos del parque, que estaba segura de que no eran pocos.

—¿Podría decirme cómo se llama ese sitio?

—Claro, las Raven Creek Cabins. Son como media docena de cabañas de madera repartidas entre los árboles, al lado de un arroyo. Un sitio precioso…

Asentí con una sonrisa triste mientras me despedía. Estaba segura de que Tiffany había esperado justo eso: un lugar idílico en medio del bosque en el que poder disfrutar de unos días con sus amigos. El problema era que algo, o muy probablemente alguien, le había impedido llegar a su destino.