La triada oscura Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

Capítulo cuatro

—Sigo pensando que sería mejor que me llevaras a la oficina —insistí.

—Ya te he dicho que no… La jefa ha ordenado que te deje en tu motel. —Se giró hacia mí y me sonrió mientras se encogía de hombros—. Te instalas, cenas algo, descansas un poco y, ya mañana, te incorporas a tu puesto.

—Pero hay una chica desaparecida. ¿Cómo voy a descansar?

Kowalski no contestó, como si hubiera decidido que no merecía la pena seguir discutiendo conmigo. Siguió conduciendo con la vista al frente. Incluso ignoró el resoplido de enfado que escapó de mis labios. Tras unos minutos en completo silencio, detuvo el coche.

—Hemos llegado: el Blackbird Motel.

Miré a través de la ventanilla. Un nombre oscuro para un lugar lúgubre y sombrío. Nos encontrábamos frente a un edificio bajo de hormigón con un aparcamiento desierto delante y la sensación de ser un sitio de paso donde nadie se quedaba más de lo necesario.

—¡Qué acogedor! —comenté sarcástica—. Tendré suerte si no me acuchillan en la ducha.

—No te preocupes. Si lo hacen, tienes amigos en el FBI que te harán justicia.

Me dieron ganas de decirle que esperaba que se dieran más prisa que con la chica desaparecida, pero preferí tener la fiesta en paz. Me bajé del coche y caminé hacia la parte trasera. Kowalski también salió, abrió el maletero y me ayudó a sacar mis cosas.

—No te enfades —dijo mientras me tendía la mochila—. He dado aviso para que recojan el coche. Está sellado y lo van a llevar a un almacén de pruebas que compartimos con la policía del estado. Mañana podrás examinarlo tanto como quieras.

—Mañana… —mascullé entre dientes.

Kowalski fingió no haberme oído, regresó al coche y, antes de arrancar, me hizo un gesto de despedida con la mano.

Me quedé parada viendo cómo se alejaba, hasta que torció en la primera esquina.

En ese momento, recogí mis cosas y entré en el motel, pensando que quizá no fuera tan deprimente por dentro como parecía por fuera.

Como cabía esperar, me equivocaba. Era aún peor.

Me quedé paralizada en el umbral al abrir la puerta, como si el cuerpo se me hubiera quedado sin instrucciones.

El lugar era horrible, el sitio perfecto para un suicida al que le faltara un último empujón para decidirse.

Las paredes estaban pintadas de un ocre amarillento que recordaba al color de la nicotina vieja, el mismo tono apagado de las pesadas cortinas que apenas dejaban pasar la luz.

Todo olía a limpio, pero a un limpio agresivo, a lejía reciente.

En una esquina colgaba una televisión antigua, demasiado grande y demasiado vieja, como si llevara allí desde el siglo pasado.

La cama estaba cubierta por una colcha marrón gastada y deslucida por el uso y la alfombra, fina y raída, parecía absorber cualquier rastro de calidez.

No estaba sucio ni desordenado, pero era tan deprimente que sentí cómo algo se me hundía en el estómago y caía, sin remedio, hasta los pies.

Arrastré mi maleta hasta los pies de la cama y dejé caer la mochila sobre el colchón.

Después, puse los brazos en jarras y miré alrededor.

Me entraron ganas de llorar. Veintiséis años, una formación académica excelente, un expediente brillante en el FBI y eso era todo lo que había conseguido: una habitación cutre en el fin del mundo y la sensación de soledad y abandono más profunda que había experimentado en toda mi vida.

Saqué el móvil del bolsillo de mi pantalón, me derrumbé en la cama y abrí WhatsApp.

Una sonrisa de alivio se dibujó en mi cara.

Mi hermana estaba en línea. Sin pensarlo un segundo, toqué el icono de la cámara y la llamé.

Como si hubiera estado esperándome, no tardó ni un segundo en aparecer, en pijama y en su cuarto, con una sonrisa que parecía iluminar la habitación.

—¡Cass! —exclamó emocionada—. ¿Cómo ha ido el viaje? ¿Y el trabajo? ¿Son majos tus compañeros? ¿Y qué tal el tiempo? ¿Has visto nieve ya?

—Tranquila, tranquila… Una pregunta cada vez —contesté entre risas—. El viaje, el tiempo y el trabajo mal. La otra respuesta es no: ni mis compañeros son majos ni he visto nieve. Hace un frío horrible, pero no está nevado.

—¿Cómo que todo mal? —Emily frunció el ceño—. ¿Y cómo que no son majos? ¿Qué ha pasado?

Me quedé en silencio unos segundos, mirando su rostro preocupado en la pantalla.

Su ausencia, el no poder darle un abrazo en ese momento me dolió de una forma casi física, como si de repente me hiciera consciente de que me habían amputado un miembro.

Sentí el escozor de las lágrimas agolpándose en mis ojos y tuve que hacer un esfuerzo para contenerlas.

—No sé… Supongo que es por el cambio y porque estoy cansada, pero todo me parece tan oscuro, tan triste… La gente aquí es más cerrada, el cielo está gris, todo parece pequeño y viejo y apagado…

—Si no te gusta, puedes volver —sugirió con un hilo de voz.

Forcé una sonrisa y negué con la cabeza. La verdad era que, aunque ella no lo supiera, no podía. Tenía que quedarme en aquel lugar, al menos durante unos meses… Pero no podía decírselo y tampoco quería preocuparla más.

—No te agobies… Ya te digo que será por el cansancio. Mañana lo veré todo de otra manera.

Escuché un estruendo a espaldas de Emily, como si el séptimo de caballería acabara de colarse en casa y estuviera atravesando el pasillo. Una enorme bola de pelo saltó sobre la cama, se coló frente al rostro de Emily y chupeteó la pantalla.

—Mira quién está aquí —rio Emily—. Parece que Kenneth también te está echando mucho de menos.

No pude soportarlo más. Un par de gruesos lagrimones escaparon de mis ojos. Habría dado cualquier cosa por tenerle a mi lado, por abrazar a mi perro y esconder la cabeza entre su pelo, llenándome los pulmones de su olor a sol, a tierra… a hogar.

—Mi niño… ¿Está bien? ¿No estará triste?

—Está bien. —Emily consiguió recuperar su sitio frente a la pantalla, aunque Kenneth empezó a darle con la pata en el hombro, como si estuviera exigiendo su turno—. Aunque estoy preocupada por él.

—¿Y eso? —pregunté sintiendo que el miedo se me agarraba al estómago—. ¿Pasa algo malo?

—No, es solo que en unos días vuelvo a la universidad y me da pena dejar a Kenneth solo… No me entiendas mal… Ya sé que están papá y mamá, pero no es lo mismo… De hecho, ni siquiera yo soy lo mismo.

No fui capaz de decir nada. Tan solo me quedé mirando a mi perro, con su enorme cabeza de pelo dorado asomando tras el hombro de mi hermana.

Parecía clavarme sus ojos castaños y confusos, como si se preguntara por qué no dejaba de hacer el tonto y salía ya del móvil para ir juntos al parque a tirar un rato la pelota.

—Se supone que es el perro de la familia, ya lo sé… —continuó Emily—. Pero todos sabemos que es TU perro, que estáis superunidos.

—Emily, por favor, no me pongas las cosas más difíciles…

—Solo te digo lo que pienso.

—¿El qué? ¿Que debería traérmelo aquí? —Giré el móvil y apunté a la habitación para que pudiera hacerse una idea del sitio en el que estaba—. Ahora mismo estoy viviendo en un cuarto de motel que da miedo y en el que, seguramente, no dejan tener mascotas. No puedo permitirme traer a Kenneth aquí.

—No digo ahora… Digo cuando te instales —insistió Emily con un hilo de voz .

—¿Por qué me dices esto? ¿Es que papá y mamá no quieren cuidarlo?

—Sí, lo cuidarán, pero ya sabes que a papá no le gustan mucho los perros y mamá siempre está liada.

No van a sacarle a jugar ni le dejarán dormir con ellos…

—Se detuvo un segundo, suspiró y después fijó sus ojos en los míos con tanta intensidad que me pareció que las millas que nos separaban se desvanecían—.

Pero sobre todo lo digo por ti. No creo que estés bien ahí sola.

Te vendría bien un amigo y yo no puedo ir.

Me mordí el labio inferior con fuerza para ahogar el sollozo que se me había formado en la garganta. Por supuesto que me vendría bien un amigo. De hecho, lo necesitaba desesperadamente… Volví a mirar a mi hermana y a mi perro y a sentir que había cometido un error enorme al venir a Alaska.

—En cuanto pueda, me lo traeré. En cuanto consiga un sitio en el que pueda estar y me haya organizado un poco —prometí.

—De acuerdo… Pero ya sabes que, si no consigues que ese sitio te guste, siempre puedes volver… A Kenneth y a mí nos encantaría.

El perro ladró a su espalda, como si quisiera mostrar que estaba conforme con la propuesta. Aquello me arrancó una risa, la primera sincera desde que había salido de Boston.

—Dale un abrazo muy fuerte a esa bola de pelo —pedí para despedirme—. Y otro para papá y mamá.

—Muy bonito. ¿Y para mí nada?

—Otro para ti, renacuajo —le dije sonriendo—. Te llamo mañana en cuanto tenga un rato.

Colgué la llamada y me tumbé boca arriba sobre la cama, con el teléfono apoyado en el pecho, como si quisiera mantener su presencia cerca de mi corazón un rato más.

Los ojos me ardían. A pesar de que nadie podía verme, continué luchando para que las lágrimas no salieran.

Me daba miedo que, si empezaba a llorar, no sería capaz de detenerme nunca.

Traté de controlar la respiración, inhalando y exhalando el aire de forma lenta y profunda, con la mirada clavada en los desconchones de aquel techo de color nicotina, manteniendo la mente tan en blanco como me era posible .

No quería pensar en los miles de millas que me separaban de mi casa.

No quería darme cuenta de los meses que podía tardar en volver a abrazar a mi madre y mi hermana o en apretar el cuerpo peludo de Kenneth.

No quería ni plantearme lo injusto que era que tuviera que estar en aquel lugar, rodeada de extraños a los que no caía bien y teniendo que enfrentarme a un método de trabajo que no entendía y para el que no me sentía preparada.

Cuanto más intentaba no pensar en ello, más se llenaba mi mente de pensamientos negativos, tan oscuros y espesos como las nubes antes de una tormenta.

Decidí moverme antes de que la desesperación me invadiera y me paralizara.

Me levanté de la cama de un salto, coloqué la maleta sobre el colchón y la abrí, al igual que la mochila.

Durante la siguiente hora, me dediqué a sacar toda mi ropa y meterla en el armario.

Después, coloqué mi portátil sobre el enclenque escritorio, junto a varios cuadernos y a los pocos libros que había traído.

Después de comprobar que el ordenador no se había estropeado durante el viaje y que la contraseña de la WIFI que me habían facilitado en recepción era correcta, dediqué unos minutos más a adornar la habitación con algunas fotos de mi familia y amigos.

Lo hice rápido, sin fijarme mucho en ellas, decidida a seguir manteniendo cerrada la puerta a la nostalgia.

Cuando terminé, me coloqué al lado de la puerta y eché un vistazo al cuarto.

Seguía siendo un antro, pero, al menos, era MI antro.

Quizá podría comprar un par de macetas o algún jarrón con flores secas para que pareciera un poquito un hogar…

No. Deseché la idea de inmediato. Lo que tenía que hacer era buscar un sitio mejor en cuanto pudiera.

Una casita pequeña y tranquila, con un pequeño jardín delantero.

Un sitio que de verdad fuera mío, en el que poder elegir la decoración y el color de las paredes.

Un lugar en el que podría invitar a Emily a pasar unos días en sus próximas vacaciones.

Un hogar al que poder traer a Kenneth para no sentirme tan sola, para dejar de pensar que él creería que le había abandonado y que no tenía ninguna manera de explicarle que no era así…

Otra vez las ganas de llorar… Solté un largo soplido, recogí las toallas que aún estaban dentro de mi maleta, ropa interior limpia y un grueso pijama y me metí en el baño para darme una ducha.

El ba ño era tan triste como el resto del motel: azulejos beige, luz amarillenta y un olor a lejía que se pegaba a la garganta.

Al menos, el agua empezó a salir caliente después de dejarla correr unos segundos.

Me metí bajo el chorro y ahí sí dejé que las lágrimas corrieran, como si no me importara que fluyeran camufladas con el agua que me empapaba el rostro.

No podría decir el tiempo que pasé allí, dejando que el vapor me rodeara, aislándome del mundo, permitiendo que la calidez del agua me arropara como si estuviera en el vientre de mi madre, engañándome a mí misma con la sensación de que, mientras me mantuviera allí, todo estaría bien.

Cuando salí de la ducha, me sequé, me enfundé el pijama y pasé la toalla por el espejo para poder ver mi reflejo.

Contemplé mi corta melena morena y ahuequé los rizos con las manos.

Con el pelo mojado y sin maquillaje, parecía aún más joven, una chica en sus primeros años de universidad, quizá incluso una estudiante de instituto.

Habría dado cualquier cosa por tener un aspecto más serio, más profesional…

Negué con la cabeza mientras suspiraba. Lo único que podía hacer para que mi aspecto se volviera más adulto era esperar…

Varios años seguramente. Pasaba igual que con mi vida: solo me quedaba tener esperanza en el futuro, porque me sentía incapaz de hacer algo que mejorara mi presente.

Parpadeé un par de veces, cansada, y me acerqué más al espejo para quitarme las lentillas.

La primera salió sin problemas. La dejé en la palma de la mano, húmeda y transparente, y la guardé en su estuche.

Después, fui a por la otra… pero se me resbaló.

La vi caer en cámara lenta, un destello mínimo sobre la porcelana, y antes de que pudiera reaccionar, desapareció en el agujero del desagüe con un sonido suave.

Me quedé inmóvil, mirando aquel punto negro como si acabara de tragarse una parte de mí, y un frío absurdo me bajó por la espalda.

Genial. Primer día en Alaska y ya estaba medio ciega.

Iba a tener que buscar una óptica en la que encargar unas lentillas nuevas y rezar para que las hicieran allí y no tuvieran que traerlas del continente [ii] .

Abrí el neceser, saqué mis gafas y, tras ponérmelas, volví a mirarme al espejo.

Los cristales agrandaban mis ojos hasta hacerlos parecer los de una niña pequeña y la montura de pasta me daba un aire de empollona repelente que no ayudaba en absoluto.

Genial. Justo lo que necesitaba para que mis compañeros me tomaran aún menos en serio.

Ya me los imaginaba buscando un mote. Casi podía oír a Delaney llamándome la cuatro ojos del Lower 48 .

Decidí irme a dormir antes de que me pasaran más desgracias.

“Mañana será otro día” pensé al posar la cabeza sobre la almohada. “Y, por cojones, tendrá que ser mejor”.