Capítulo tres
Capítulo tres
Nada más bajarse del coche, Kowalski sacó su pistola.
Me la quedé mirando sin saber si imitarla.
No había nadie por las cercanías ni se divisaba ningún peligro inmediato.
Sin embargo, decidí que ella tenía más experiencia tanto en aquel lugar como en misiones de campo, así que saqué mi Glock y apunté hacia el coche mientras me acercaba.
Sentía la pistola fría y pesada en mis manos.
Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para que no se notara que me estaban temblando.
Sabía usar una pistola. De hecho, había sacado unas excelentes calificaciones en mi entrenamiento de tiro y era de las mejores cada vez que iba a practicar…
pero nunca antes había sacado la pistola en el “mundo real”.
En Boston, estaba encerrada en mi despacho estudiando informes.
Lo más arriesgado que había hecho había sido ir a entrevistar a algún criminal violento en prisión o acudir a alguna escena del crimen para ayudar a establecer el perfil del sospechoso.
Nada que ver con aquel lugar en medio de la nada con el viento frío soplando como el lamento de mil almas condenadas, con aquel paisaje vacío y desolado, con aquella impresión de que el peligro era real… y rondaba cerca.
Kowalski se acercó a la puerta abierta del lado del copiloto y miró dentro del coche.
Yo me quedé a un par de pasos, con la pistola alzada para cubrirla.
Ella echó un vistazo rápido a los asientos traseros, miró alrededor como si quisiera asegurarse de que no había nadie escondido entre los arbustos cercanos que pudiera saltar a atacarnos y volvió a guardarse la pistola en la funda.
—¿No hay nadie? —pregunté mientras me acercaba para comprobarlo por mí misma.
—No parece. La mujer que nos llamó no se detuvo a comprobarlo —explicó—. Simplemente vio el coche parado en la cuneta y dio el aviso.
—Hizo bien en no parar —asentí—. Podría haber sido una trampa. ¿Qué crees que ha pasado con el conductor?
—Cualquier cosa. —Kowalski puso los brazos en jarras y miró alrededor—. Puede que se haya vuelto loco y haya decidido abandonar su antigua vida e irse a vivir al bosque. Puede que se meara, se metiera entre los árboles y se lo haya comido un oso…
—Hablo en serio —protesté.
—Y yo. —Me miró con expresión grave—. En cuanto sales de la ciudad, es muy probable encontrarse con fauna salvaje.
Me alegro de ver que llevas tu pistola, pero te recomiendo que te hagas con un spray para osos.
—Al ver mi expresión confusa, siguió explicándose—.
Es como el spray de pimienta, pero contiene capsaicina, que es más eficaz contra animales grandes.
—¿En serio me estás diciendo que tengo que llevar uno de esos en el bolso?
—No, en el bolso no. Es un bote muy grande, así que será mejor que lo lleves en el coche. Solo te hará falta llevarlo encima si vas a ponerte a recorrer el bosque.
Me habría gustado pensar que estaba tomándome el pelo, otra broma graciosa que gastarle a la novata. Sin embargo, por su expresión parecía estar hablando totalmente en serio. Decidí no preguntar más y consultarlo por la noche en el motel, cuando volviera a tener wifi.
—También cabe la posibilidad de que lo hayan secuestrado, ¿no? O incluso de que lo hayan matado y su cadáver esté en el maletero .
—Sí, podría ser.
Kowalski rodeó el coche y pulsó el botón para desbloquear el portón y abrirlo. Me acerqué a ella sin poder creer lo que estaba haciendo.
—¡No llevas guantes! —le grité.
—Ya. ¿Y qué?
—Acabas de dejar tus huellas en la escena del crimen.
—De momento, esto no es una escena del crimen. Tan solo es un coche abandonado y un maletero vacío. —Señaló el interior como si la ausencia de cadáver lo justificara todo—. Tranquilízate, Boston. Aquí no tenemos asesinos en serie tras cada esquina.
Decidí no discutirle más, a pesar de que seguía pensando que su comportamiento estaba siendo muy poco profesional. Si aquel lugar terminaba siendo una escena del crimen, acababa de contaminarla.
—Está bien, pero preferiría que nos pusiéramos guantes a partir de ahora y que no tocáramos nada más sin ellos. ¿Tienes guantes en el coche?
—Sí, en una bolsa en el maletero.
Regresé hasta el coche, abrí el maletero y rebusqué dentro.
Encontré una mochila con las siglas FBI que me sonaba familiar, el mismo tipo de mochila que llevábamos en Boston cuando teníamos que analizar una escena del crimen.
Aquello me tranquilizó. Parecía que, a pesar de estar en el culo del mundo, nos proveían de material…
incluso cuando me acababa de quedar claro que algunos agentes no tenían la más mínima intención de usarlo.
Saqué los guantes y, tras pensarlo un par de segundos, decidí llevarme la mochila por si necesitaba algo más. Me acerqué hasta Kowalski y le tendí un par. Ella me miró con cara de fastidio, pero se los puso sin protestar.
—¿Has encontrado algo raro? —pregunté mientras me enfundaba los míos.
—Que la persona que conducía se ha dejado el equipaje —dijo señalando una gran maleta tumbada en el maletero— y que el coche es de Alamo, una compañía de alquiler de vehículos.
Le dio un par de golpecitos a una pegatina de una empresa de alquiler de coches colocada en la ventanilla trasera. Yo me acerqué para verla con claridad.
—¿Así es que no vamos a poder saber quién es el conductor por la matrícula? —Esperé hasta que ella negó con la cabeza—. ¿Dónde está la oficina de alquiler de coches?
—En el aeropuerto, pero no creo que te digan quién se lo alquiló sin una orden… —Antes de que yo pudiera decir nada, levantó el dedo índice para hacerme callar—. Y no te van a dar una orden por un coche abandonado en una cuneta.
—Entonces habrá que descubrir algo que haga que me la den. —Tiré de la maleta para sacarla del coche y posarla sobre el asfalto—. Vamos a ver qué encontramos aquí.
—Si estás esperando encontrar un cadáver descuartizado, me temo que te vas a llevar una decepción.
—No pesa tanto como para que haya un cuerpo dentro. Como mucho estará la cabeza —respondí tratando de alcanzar su nivel de sarcasmo.
Ella soltó una risa entre dientes y, mientras yo me peleaba con la cremallera, encendió un cigarrillo.
Mi primer instinto fue pedirle que se abstuviera de fumar en la escena del crimen, pero me mordí la lengua.
Sabía que iba a decirme que no estábamos en una escena del crimen, al menos por el momento.
Abrí la maleta de par en par y empecé a revolver su contenido: camisetas y mallas térmicas, unos vaqueros, un par de jerséis de colores vivos… La ropa interior femenina y el estuche de maquillaje hicieron que mi estómago se contrajera.
—La persona desaparecida es una mujer. Esto no me gusta.
Kowalski se limitó a gruñir, pero se acuclilló a mi lado para observar más de cerca.
Seguí comprobando el contenido de la maleta: unos auriculares bluetooth , un cargador enrollado sin ningún cuidado, una pequeña batería externa de color rosa, un bote de perfume de Zara, un pijama corto con estampado de gatitos…
—Mierda, es una chavala joven —dijo Kowalski, como si acabara de leerme el pensamiento.
Se puso de nuevo en pie y miró alrededor, como si estuviera esperando que la chica apareciera de repente entre los arbustos. Yo me entretuve unos segundos más para terminar de comprobar el equipaje, cerré de nuevo la maleta y me puse en pie.
—No hay ningún documento de identidad… Supongo que estaría en su bolso. No está dentro del coche, ¿verdad?
—No, ni bolso ni móvil.
—La desaparición de una mujer joven no es una tontería —concluí poniendo los brazos en jarras—. ¿Podemos considerar ya este sitio como una escena del crimen?
—Sí, esto no huele bien —admitió—, pero yo no puedo encargarme ahora.
—¿Perdona? —pregunté confusa.
—Después de devolverte a Anchorage, tengo que ir hasta Wasilla para apoyar a la poli local en la detención de un tipo con una orden federal pendiente por violencia doméstica que ha incumplido las medidas cautelares.
Después, tengo que irme hasta Palmer para recoger la declaración de una testigo en una causa por tráfico de personas.
Al parecer, no quiere desplazarse hasta Anchorage y ha dicho que solo hablará con una mujer, así que me ha tocado a mí.
Y después me tengo que pasar por el depósito de Eagle River a recoger unas pruebas de otro caso que están custodiando allí provisionalmente.
Eso quiere decir que aún me quedan por delante unas ciento cincuenta millas y que no voy a poder volver a casa hasta las tantas… No puedo asumir nada más.
—¿Entonces lo dejamos y nos olvidamos? —pregunté incrédula.
—Por supuesto que no, porque tenemos la suerte de que hoy ha entrado a trabajar con nosotros una agente muy prometedora y con muchas ganas de darlo todo. —Me miró con una sonrisa sarcástica en la cara—. ¿Qué me dices, Boston? ¿Preparada para asumir tu primer caso?
Sentí que el estómago se me quedaba atrás, como si acabara de comenzar el descenso de una montaña rusa.
Acababa de llegar, no conocía el terreno, nunca antes había participado en trabajos de campo ni se me había asignado como responsable de una investigación…
Y mucho menos sola. Pero no podía negarme.
Tenía que demostrarle a aquella gente que los del Lower 48 teníamos agallas.
Antes de asentir, miré de nuevo la maleta que había dejado abandonada sobre el asfalto. Aquella chica era una razón aún más importante para asumir el caso. Estaba segura de que no había desaparecido por voluntad propia.
—Estupendo —exclamó Kowalski mientras sacaba su móvil—. Llamo a la jefa y se lo comento. Ya tienes tu primer caso.