Capítulo dos
Capítulo dos
—¿No se puede poner la radio?
Llevaba ya un rato deseando hacerle la pregunta.
Desde que nos habíamos montado en el coche, no habíamos intercambiado una sola palabra.
Mi compañera se había limitado a arrancar y conducir muy concentrada sin esforzarse por ser simpática o, al menos, educada.
Yo había esperado que fuera dándome alguna indicación mientras atravesábamos Anchorage, del estilo “Mira, ese es el mejor restaurante de la ciudad” o “En ese bar ponen unos cafés impresionantes” o al menos un “Ahí tienes el centro de salud, por si sientes que te estás muriendo del asco”.
Pero no había dicho nada. Absolutamente nada.
Anchorage se desdibujó a través del cristal, como si nunca hubiera sido del todo una ciudad.
Los edificios dieron paso a calles más anchas, a árboles, a espacio…
Demasiado espacio. Sentí que dejábamos atrás algo reconocible y entrábamos en un territorio donde las reglas ya no estaban escritas.
Era todo tan diferente de Boston que daba miedo.
En mi ciudad había aprendido a moverme entre multitudes, a diluirme. Casi setecientas mil personas en la ciudad, casi cinco millones en el área metropolitana. Calles llenas, centros comerciales repletos, vida en cada esquina …
Anchorage no era una ciudad pequeña, pero lo parecía por comparación. Doscientas noventa mil personas y, más allá de la última calle, vacío real, montañas y carreteras que se perdían en la nada. Todo era tan enorme, tan extraño, tan ajeno que empecé a experimentar una especie de agorafobia.
—No, no se puede poner la radio —contestó Kowalski.
A pesar de su respuesta, la encendió para demostrarme que tan solo se escuchaba la voz del locutor entrecortada cada pocos segundos por la estática.
—En cuanto sales de Anchorage, ya no se oye nada. E internet tampoco va bien, así que no se puede usar Spotify ni nada de eso…
—¿Entonces no hay manera de escuchar música en el coche?
No podía creer lo que me estaba diciendo. Para mí escuchar música y conducir eran actividades complementarias. Se necesitaban la una a la otra. Además, no podía imaginarme nada más aterrador que cruzar aquellos paisajes vacíos en completo silencio.
—Bueno, puedes cantar tú —respondió mi compañera encogiéndose de hombros—. O llevar música descargada en el móvil.
Desvió un momento la mirada de la carretera para girarse hacia mí y dirigirme una sonrisa, la primera sonrisa que veía desde que bajé del avión. Aquello me dio ánimos para atreverme a seguir hablando.
—¿Qué ha sido eso que me ha llamado tu compañero…? Delaney creo que se llama.
—¿Qué es lo que te ha llamado?
— Cheechako del Lower 48 … ¿Qué es eso?
En aquella ocasión no fue solo una sonrisa lo que brotó de sus labios. Fue una carcajada genuina. Negó con la cabeza antes de contestar.
—Te lo digo, pero no te lo tomes a mal. Un cheechako es un novato, alguien recién llegado a Alaska. No es algo despectivo… No mucho, al menos.
—¿Y lo del Lower 48 ?
—Los del Lower 48 sois todos los que venís de los estados continentales, los cuarenta y ocho que están ahí abajo, en el mapa.
Para nosotros, Alaska es otra cosa, otro mundo.
—Hizo una pausa, aún sonriendo—. Así que, básicamente, te ha llamado novata del continente.
Nada personal. Aquí llamamos así a casi todo el mundo… hasta que deja de ser verdad.
—¿Y se lo llamáis así, a la cara? No sé, me ha dado la impresión de que Delaney me odia y no le ha dado tiempo a conocerme…
—Delaney odia a todo el mundo. Solo tiene una meta en su vida: jubilarse y dejar de vernos.
—Pero si todavía es joven para eso —calculé—. No tendrá ni sesenta años.
—Cincuenta y cuatro —respondió Kowalski, burlona—. Creo que saber que le queda tanto tiempo solo sirve para amargarle más. —Volvió a girarse hacia mí—. No le hagas caso. Él también fue un cheechako del Lower 48 .
Pensé que estaba empezando a abrirse y que podría preguntarle más cosas sobre los componentes del equipo, pero vi que su gesto se torcía y que fruncía el ceño mientras mantenía la vista fija en la carretera.
Me giré para ver qué miraba con tanta atención y entonces lo distinguí: un Subaru gris metalizado detenido en la cuneta como un animal herido, con la puerta del copiloto abierta y el interior expuesto al frío.
No había marcas de frenada ni señales de lucha, solo silencio.
La carretera, una vía secundaria con el asfalto agrietado, parecía perderse a lo lejos entre bosques de abetos y espinos.
Comprendí con un solo vistazo que, en un lugar así, sería muy sencillo desaparecer sin dejar rastro.
Un escalofrío me recorrió de arriba abajo.
No fui capaz de apartar los ojos de aquel coche mientras Kowalski aparcaba justo detrás.
Antes de abrir mi puerta para salir fuera, tomé una profunda bocanada de aire para infundirme ánimos.
Aún no tenía ninguna prueba que lo confirmara, pero estaba segura de que íbamos a encontrarnos con algo malo.
No imaginaba cuánto.