La triada oscura Capítulo uno
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Capítulo uno

Capítulo uno

Nada más salir del taxi, el frío me golpeó. No era un frío como el de Boston, ni siquiera en lo más crudo del invierno. Era un frío que te espabilaba como un bofetón, algo así como un “Bienvenida a Alaska. ¿Acaso habías creído que esto iba a ser fácil?”.

Ignoré la sensación y las ganas de rendirme, montarme en el taxi y pedirle al conductor que me llevara de vuelta al aeropuerto.

Ya sabía que iba a hacer frío. De hecho, solo estábamos en octubre, así que podía esperar mucho más.

Y estaba preparada para enfrentarme a ello, para enfrentarme a todo… No me quedaba más remedio.

Cerré la puerta del taxi y caminé un par de pasos hacia el edificio.

Me quedé quieta, mientras el vehículo se alejaba, contemplando el lugar que iba a ser mi centro de trabajo: la oficina del FBI en Anchorage.

Desde fuera, me pareció muy poca cosa, casi ridículo.

Un edificio bajo, gris, funcional, sin pretensiones.

Podría haber sido cualquier sede administrativa si no fuera por la bandera y el rótulo discreto junto a la puerta. Nada imponía respeto a primera vista.

No se parecía en lo más mínimo a la oficina de Boston, que era enorme, imponente, incrustada en la ciudad como una pieza más de su engranaje.

En ella siempre había ruido, gente entrando y saliendo y la sensación constante de que siempre había alguien más por encima, algún despacho más arriba, otra capa de autoridad. Nada que ver con Anchorage.

El edificio estaba solo, rodeado de espacio y silencio.

Durante casi un minuto me quedé mirándolo, preguntándome si me habría equivocado de sitio.

Incluso saqué mi móvil para comprobar la dirección.

Cuando me convencí de que era allí, me eché al hombro la mochila y, tirando de la enorme maleta con ruedas, subí con esfuerzo los diez escalones que llevaban hasta la puerta.

En cuanto la atravesé, me encontré a una mujer que me observaba con una ceja enarcada desde detrás del mostrador.

Me acerqué con una sonrisa y, tras rebuscar durante unos segundos en mi bolso, coloqué frente a ella la orden de traslado.

—Buenos días. Soy Cassandra Grey. He sido trasladada desde la oficina local de Boston. —Ante su falta de reacción, le acerqué un poco más la carta para que pudiera mirarla—. Hoy es mi primer día aquí.

La mujer volvió a enarcar una ceja, se puso unas gafas para ver de cerca y cogió mi carta. Durante el siguiente minuto, la leyó con detenimiento, como si no se fiara de mí y estuviera comprobando que lo que le decía era cierto.

—Cassandra Grey… De Boston… —repitió con lentitud.

—Sí, pero puede llamarme Cass…

—Veamos dónde la han asignado, señorita Grey —me cortó antes de volverse hacia su ordenador. Esperé de nuevo mientras ella tecleaba—. Está en el departamento de Sarah McKenna. Segundo piso, la tercera puerta a la derecha.

Me devolvió mi carta y, sin decir nada más, volvió a mirar la pantalla de su ordenador como si yo ya no estuviera allí. Musité un gracias y volví a cargar con mi mochila y mi maleta. Me giré un momento, carraspeé con vergüenza para llamar su atención y le pregunté con timidez.

—Disculpe… ¿El ascensor?

—No hay ascensor. Tiene las escaleras ahí adelante.

—¿Podría dejar aquí el equipaje? Es por no subir con él los dos pisos…

—Esto no es una consigna .

Tras decir esas palabras, volvió a concentrarse en la pantalla de su ordenador.

Me quedé paralizada, sin saber si decir algo más.

No podía creer que hubiera tenido la mala suerte de encontrarme con la persona más maleducada de todo Alaska nada más llegar…

Y lo peor era que iba a tener que cruzarme con ella a diario…

Pensé que no me convenía montar una escena el primer día.

Seguí caminando hasta llegar a la escalera que me había indicado, la miré mientras suspiraba y comencé el ascenso.

Una fría bienvenida y unos empinados tramos de escalera no iban a ser suficientes para desanimar a Cassandra Grey.

Cuando llegué al segundo piso, me quería morir.

Me detuve para recuperar el resuello mientras pensaba que lo último que habría esperado de mi primer día en Alaska era acabar sudando como un pollo.

Cuando dejé de sonar como una locomotora, giré hacia la derecha y caminé por un pasillo vacío hasta la tercera puerta.

No me había cruzado con nadie en todo el trayecto desde la recepción y no se oía casi ningún ruido en aquella planta.

Comparado con la frenética actividad que se respiraba en la sede de Boston, aquel lugar me recordaba a la tranquilidad de la sala de espera de un hospital… o a una capilla… o a un cementerio.

La puerta que estaba buscando estaba entornada y del interior solo llegaba el sonido de alguien tecleando con energía.

Di un par de suaves golpes en la puerta y me asomé.

Al instante, cuatro pares de ojos se clavaron en mí, escrutándome con tanto interés como si un extraterrestre acabara de plantarse en su umbral.

Frente a mí tenía a dos hombres y dos mujeres que se limitaban a mirarme.

Cuando me di cuenta de que ninguno de ellos parecía decidido a tomar la iniciativa y saludarme, me dirigí hacia la mujer más mayor y forcé una sonrisa.

—¿Sarah McKenna? —Esperé hasta que ella asintió—. Soy Cassandra Grey. Me han trasladado desde Boston. Hoy es mi primer día.

La mujer tomó los papeles del traslado que yo le tendía y regresó hasta su escritorio para sentarse sobre la mesa.

La observé mientras leía: unos cincuenta años, cabello castaño, en el que se entreveraban algunas canas, recogido en una coleta baja y descuidada, rostro firme de rasgos duros, mandíbula cuadrada y unos ojos marrones vivaces e inteligentes.

Aunque parecía dura y firme, me gustó. No sabría explicar por qué, pero sentí que podía fiarme de ella.

Un par de minutos después de escrutar mi carta, apartó su mirada del papel y la clavó en mí.

—Cassandra Grey…

—Puedes llamarme Cass —expliqué con una sonrisa.

—Aquí nos llamamos todos por el apellido.

Yo soy Sarah McKenna, jefa de la unidad de crímenes violentos.

—Me señaló a los otros ocupantes del despacho—.

Y estos son el resto de integrantes de la unidad, los agentes especiales Kowalski —La otra mujer me saludó con un gesto de la cabeza—, Kincaid y Delaney.

—No entiendo… —dije tímidamente—. ¿Cómo que el resto de la unidad? ¿Solo tres agentes?

—Contigo ahora somos cuatro —intervino el hombre al que McKenna se había referido como Kincaid.

Boqueé como un pez sin saber qué decir. En Boston había casi cien agentes asignados al departamento de crímenes violentos, divididos en varias subunidades y con cargos específicos: analistas criminales, agentes de campo, personal administrativo…

¿Cómo iban a poder realizar todas esas funciones con solo cuatro agentes?

Por suerte, antes de que pudiera vocalizar mis dudas y quedar en ridículo, McKenna soltó un silbido de admiración y volvió a hablar:

—Tienes un currículum impresionante: estás graduada en Psicología y Criminología con unas notas excelentes, completaste la formación en Quántico en tiempo récord y destacaste en análisis conductual, interrogatorios y evaluación de escenas.

Has estado trabajando en Boston en apoyo analítico para la investigación de crímenes violentos…

—Sí, señora —dije enderezando la espalda—. He enfocado mi formación y mi experiencia en apoyo analítico con la intención de especializarme en análisis de conducta criminal…

—¿Y cuándo se supone que has estudiado todo eso? —preguntó el otro hombre, un cincuentón de pelo blanco con un enorme mostacho—. No te ha podido dar tiempo… ¿Qué tienes? ¿Veinte años? ¿Ya puedes entrar en bares?

Me giré hacia él, mientras hacía memoria para recordar su apellido.

Delaney, sí, eso era… Intenté controlarme antes de contestar.

No era la primera vez que me decían algo así, pero eso no hacía que molestara menos.

Yo no tenía la culpa de que mi cara de facciones finas, mi piel blanca y cubierta de una miríada de pecas que odiaba a muerte y mis enormes ojos azules me dieran un aspecto demasiado juvenil…

Aniñado incluso. Levanté la barbilla y le sostuve la mirada, tratando de demostrar que no iba a dejarme amilanar.

—Tengo veintiséis años y, a pesar de mi juventud, me he esforzado mucho, tanto a nivel académico como profesional, para lograr mi objetivo de especializarme como profiler [i] …

—No te habrás esforzado tanto si has acabado en este estercolero…

—Aquí no tenemos especializaciones —volvió a intervenir Kincaid, haciendo un esfuerzo por cambiar de tema—. Todos nos comemos todos los marrones según van llegando.

—No entiendo… ¿Dónde están los analistas de la escena del crimen? ¿Y los criminólogos? ¿Y los psicólogos? ¿Están en otra oficina aquí en Anchorage o en otra ciudad?

Los cuatro me respondieron con una carcajada, haciendo que deseara que me tragara la tierra. Después de unos segundos, McKenna consiguió recuperar la compostura y me dirigió una mirada compasiva, lo que me hizo sentirme aún más incómoda.

—No hay más oficinas en Anchorage ni en ninguna otra ciudad. —La mujer me hablaba despacio, como si quisiera darme tiempo para asimilar sus palabras—. Somos la única unidad especializada en crímenes violentos de toda Alaska.

Aquella información me golpeó como un puñetazo en el estómago.

Aquello no podía ser posible. Alaska era enorme, sesenta veces más grande que Massachusetts.

Más que un estado, era casi un continente.

¿Cómo íbamos a poder atenderlo entre cuatro agentes?

McKenna debió de darse cuenta de mi expresión abrumada, porque sonrió y me dio un par de palmadas en la espalda.

—No te agobies. Somos pocos agentes, pero, por suerte, también tenemos pocos delincuentes. —Dejó mis papeles del traslado sobre su mesa y miró mis maletas—. ¿Dónde te alojas?

—He reservado habitación en un motel a las afueras de Anchorage. Es provisional, hasta que encuentre una casa de alquiler… Y también voy a necesitar un coche.

—Intentaré ayudarte con lo del coche… A ver si podemos dejarte uno oficial hasta que consigas uno propio —ofreció McKenna—. Mañana te diré algo.

—¿Y hoy?

Delaney resopló y me miró con desprecio. Le lancé una mirada envenenada para sugerirle que estaría más guapo callado. Por desgracia, no surtió efecto.

—Típico… La cheechako del Lower 48 pidiendo que le saquemos las castañas del fuego.

Me habría gustado contestarle, pero no había entendido ni la mitad de lo que había dicho. Por suerte, McKenna respondió por mí.

—Delaney, no te pases… —Se giró hacia la mujer—. ¿Podrías acercarla tú, Kowalski?

—Tengo un aviso de un coche abandonado en Sheep Creek Drive. Iba a ir ahora a echar un vistazo —se disculpó ella, poniéndose en pie como si tuviera mucha prisa.

—Bueno, Grey puede acompañarte. Tiene que empezar a foguearse —sugirió McKenna—. A la vuelta puedes dejarla en su motel.

La mujer asintió, aunque murmuró algo entre dientes. Recogió su abrigo y, al pasar por mi lado, agarró mi mochila y se la echó al hombro.

—Venga, vamos… Muévete antes de que me arrepienta.

La seguí cargando con mi pesada maleta y pensando en cómo iba a bajarla por los dos pisos de escalera tan rápido como para que Kowalski no me dejara atrás, pero con el suficiente cuidado como para no despeñarme. Sin embargo, cuando pasamos al lado de la escalera, la mujer continuó pasillo adelante.

—¿No bajamos? —pregunté confusa.

—Vamos al ascensor.

—¿Tenéis ascensor?

—Por supuesto que tenemos ascensor —respondió molesta—. Alaska no es el tercer mundo.

—La mujer de recepción me dijo que no había —me disculpé.

—Rossie es muy bromista. Ya la irás pillando.

La seguí, dejando escapar un largo suspiro. Empezaba a pensar que me iba a costar mucho pillar a la tal Rossie… y a todos los demás. No llevaba ni una hora en Alaska y ya me había dado tiempo a arrepentirme varias veces de haber venido.