La triada oscura
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Prólogo
Prólogo
A cada minuto que pasaba tenía más miedo.
El sol, una esfera pálida y débil, continuaba su descenso, ya muy cerca de las copas de los abedules que bordeaban la carretera.
Tiffany consultó el reloj de su móvil por enésima vez.
Ya eran más de las cinco de la tarde. En cuestión de minutos, se haría de noche.
No podía imaginar nada más aterrador que quedarse sola y a oscuras en aquella carretera solitaria.
Pensó en volver a llamar a la grúa, pero supuso que no serviría de nada insistir.
Había hablado con el servicio de grúas hacía menos de cinco minutos y le habían dicho que la más cercana estaba en Wasilla y que iría a por ella tan pronto como fuera posible.
El problema era que ella no tenía ni idea de dónde estaba Wasilla ni de cuánto tiempo podría tardar la grúa en llegar desde allí.
Ya podía armarse de paciencia. Era muy probable que tuviera que esperar una o dos horas hasta que llegara.
Volvió a mirar por la ventanilla. A pesar de que no habían pasado más de un par de minutos, le pareció que la luz era mucho más débil y que las sombras de los abedules se habían alargado, resbalando sobre el asfalto de la carretera como largos dedos artríticos que intentaran atraparla.
Sintió un escalofrío que recorría todo su cuerpo y se riñó por ser tan infantil.
Bastante delicada era su situación como para añadirle monstruos imaginarios.
Tenía que mantener la calma y no ponerse histérica.
La radio continuaba yendo y viniendo, emitiendo fragmentos de melodías que apenas podían distinguirse entre la estática. La apagó, irritada, pero, al cabo de unos segundos, volvió a encenderla. El silencio que la rodeaba era mucho más incómodo que el crepitar sin sentido de la radio.
Después de mirar a través de la ventanilla para asegurarse de que no había ningún animal salvaje acechando entre los matorrales, se armó de valor, abrió la puerta y salió fuera.
El frío viento la recibió, golpeando su rostro como una bofetada.
Se abrazó a sí misma para entrar en calor mientras caminaba hacia la parte trasera del Subaru para volver a contemplar la rueda izquierda.
Había alquilado aquel coche hacía menos de dos horas en el aeropuerto de Anchorage.
¿Era posible que se lo hubieran dado con una rueda tan desgastada como para pincharse en poco más de cien millas o había pisado algo que había reventado la rueda?
Contempló el neumático con detenimiento.
Ya no era un círculo perfecto, sino una masa de caucho negro y deforme aplastada contra el asfalto.
Se acuclilló, sintiendo el tirón de los vaqueros sobre las rodillas.
Al bajar el centro de gravedad, el mundo se volvió más pequeño y amenazante.
Su aliento se materializaba en densas nubes blancas que chocaban contra la goma fría y volvían hacia su cara, nublándole la vista.
Extendió una mano y tocó el flanco del neumático.
Estaba pegajoso por el barro y tan frío que el contacto le quemó la yema de los dedos.
Deslizó la mano por la superficie de la rueda, buscando un clavo o el tajo de una piedra, pero no había nada.
La rueda parecía haberse rendido sin motivo, deshinchándose como un pulmón herido.
En esa posición, con la espalda encorvada y la mirada fija en el suelo, se sintió demasiado expuesta.
El ruido del viento en los árboles cercanos ocultaba cualquier otro sonido y el pequeño círculo de luz de su teléfono solo servía para recordarle que, más allá de ese metro cuadrado, todo empezaba a volverse aterradoramente oscuro.
Acercó la cara a la válvula, esperando oír un siseo, un último rastro de aire que le diera una pista, pero no sintió nada, solo el crujido metálico del motor enfriándose y la certeza de que estaba sola en una carretera que nadie recorrería hasta el amanecer.
Volvió a ponerse de pie y a observar a su alrededor, cada vez más asustada. Las sombras entre los primeros árboles del bosque eran ya muy densas y oscuras, perfectas para ocultar cualquier cosa… Si alguien estuviera acechándola desde ahí, no podría detectarlo hasta que fuera demasiado tarde.
Resopló, enfadada de nuevo consigo misma por permitir que su imaginación volviera a desbocarse.
No había nadie que hubiera rajado su rueda y la hubiera seguido hasta allí.
No había nadie oculto entre las sombras del bosque esperando para saltar sobre ella.
Su único problema real era ese: que no había nadie, absolutamente nadie.
Si la grúa no llegaba pronto, se moriría de hambre, de frío o de miedo… pero se moriría sola.
Abrió el maletero y echó un vistazo a la rueda de repuesto, la caja de herramientas, el gato…
Todo nuevo, todo colocado con sumo cuidado por la agencia de alquiler de coches para que pudiera hacer frente a cualquier eventualidad durante su viaje hasta el parque de Denali.
El problema era que no había cambiado una rueda en su vida y no sabía ni por dónde empezar.
Recordó con amargura la cantidad de veces que su madre se había ofrecido a enseñarle y cómo siempre había pasado de ella, pensando que nunca iba a necesitar saberlo.
Nunca viajaba sola y, en caso de hacerlo, una siempre podía confiar en que cualquier otro viajero se pararía a ayudar a una pobre jovencita indefensa.
De hecho, el problema, según le habían contado algunas amigas, solía ser el contrario: siempre había algún pesado empeñado en ayudarte con las averías mecánicas, incluso aunque le dijeras que eras perfectamente capaz de arreglarlo por ti misma.
Pero claro… Todo eso sucedía en su casa, en Oregón… Nada que ver con Alaska, con aquellas carreteras inmensas y solitarias por las que no circulaba nadie. En todo el tiempo que llevaba parada con el coche en la cuneta no había pasado ningún otro vehículo.
Maldijo a sus amigos y su estúpida idea de ir a pasar una semana a aquel rincón dejado de la mano de Dios.
Con la de sitios estupendos a los que se podía viajar, ¿por qué tenían que haber elegido Alaska?
¿Y por qué ella había aceptado acompañarlos cuando no le gustaba ni hacer senderismo, ni pescar salmones ni ninguna de las ridículas actividades que habían planeado?
¿Y por qué no lo había dejado pasar cuando le dijeron que tenía turno en el hospital y que no podría ir con los demás?
Tendría que haberse disculpado, haberse quedado en Oregón y haber esperado a que volvieran.
Después, habría tenido que aguantar sus batallitas contando los increíbles sitios que habían recorrido, haberse tragado los cientos de fotos que habrían subido a Instagram y haber soportado que, como siempre, le dijeran que era la aguafiestas que nunca se apuntaba a nada…
Habría sido lo mejor, pero estaba harta de perdérselo siempre todo por ser responsable y, además, estaba Mike…
En las últimas semanas, le había parecido que él estaba más cercano, más simpático, más atento…
y había pensado que estar juntos en una cabaña en el bosque delante de la chimenea o sentados en el porche con unas cervezas debajo de una cantidad inconcebible de estrellas podía ser el empujón que les faltaba para tener algo…
Volvió a resoplar y negó con la cabeza. Ya no servía de nada arrepentirse.
Se había gastado una cantidad indecente de dinero en coger un avión desde Portland y en alquilar el coche para poder pasar unos días con sus amigos y ya solo le quedaban unas cuarenta millas hasta el puñetero parque.
No iba a rendirse. Lo único que tenía que hacer era aguantar hasta que llegara la maldita grúa y le ayudara a cambiar la rueda.
Seguro que se reía de ella por no haber sido capaz de hacerlo, pero en aquel momento le daba lo mismo.
Tan solo quería marcharse de aquel inhóspito trozo de carretera y seguir su camino.
Un nuevo soplo de viento helado la golpeó, atravesando sus ropas para acariciar su piel con su gélido tacto.
El sol ya había desaparecido, aunque aún se vislumbraba una claridad grisácea y enfermiza, como si una enfermedad le hubiera robado la vida al paisaje.
Todo parecía pálido, mortecino, vacío de vida…
No se oía el ruido de ningún motor lejano, ni el viento traía el aroma a leña quemada de alguna chimenea…
Ni siquiera había pájaros… El mundo entero podría haber muerto sin que ella se enterara de nada.
Ese pensamiento la intranquilizó. Necesitaba saber cuánto tiempo más iba a tardar la maldita grúa.
Sacó su móvil del bolsillo trasero de los vaqueros, dispuesta a llamar de nuevo para preguntar…
Y entonces lo vio: una claridad a lo lejos, el brillo de dos faros que se aproximaban.
Quizá la grúa o cualquier otro coche. Le daba igual quién fuera mientras la ayudara a salir de aquel erial.
Mientras agitaba los brazos para llamar su atención, caminó hacia el vehículo que se acercaba con una sonrisa en los labios.