La Trastienda 7
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V

aya, Carmen... Lo sabía desde el momento en que cruzó el umbral de esa puerta maldita.

No era como los demás, eso estaba claro, pero tampoco era inmune a los cantos de sirena que yo había perfeccionado durante siglos.

La codicia posee muchas aristas y ella, por supuesto, portaba la perceptible máscara de la ambición.

A diferencia de Antonio y los otros pobres diablos, Carmen era más lista, más dura y, sobre todo, más terca. No caería tan fácilmente.

Y, aun así, allí estábamos. El eterno dilema humano, esa incómoda y deliciosa incertidumbre.

Si el libre albedrío es una broma, debo admitir que a veces resulta fascinante presenciar cómo juegan con su destino.

Carmen, por más que se esforzara en negarlo, estaba atrapada en aquella red que ella misma tejió.

Se engañaba al pensar que las decisiones que tomaba no me involucraban.

Ay, pero sí, Carmen, siempre estuve ahí, en cada uno de tus pasos en falso, en cada palabra mordida por el orgullo.

Sabía que no me lo pondría fácil, que lucharía con uñas y dientes, pero lo que me fascinaba era aquella chispa de duda.

Aquella pequeña vacilación, apenas perceptible en su mirada, que me indicaba que el proceso había comenzado.

Se debatía. Sabía lo que debía hacer, pero se negaba a aceptarlo.

Y yo disfruto con esa lucha interna, con cada minuto que pasa entre la tentación y el sacrificio.

¿Sucumbiría? Ah, ahí está el verdadero placer de mi existencia. Incluso para mí, que he sido testigo de incontables almas que cayeron, una tras otra, Carmen representaba un enigma. ¿Sería tan impredecible como parecía? ¿O, como todos, al final cedería ante el peso del miedo y la codicia?

Ella era especial, no me cabía duda. Tan testaruda, tan dispuesta a demostrar su valía a un mundo que nunca le dio una oportunidad real.

Y fue precisamente esa necesidad de validación la que la arrastró hacia mí, aunque lo ignorara.

El miedo a fracasar, a perder a su hija, a desaparecer sin dejar huella...

eso era lo que la consumía por dentro. Y es en esas grietas donde yo florezco.

Podría haber apostado por su caída, claro, pero lo cierto era que Carmen aún me mantuvo en vilo.

Ella, con su impulsividad y aquel carácter tan arrollador, podía inclinar la balanza en cualquier dirección.

Una parte de mí casi deseaba que se resistiera hasta el final, solo para hacer más exquisito el momento de su rendición.

La ironía no me es ajena. Carmen creía que era ella quien estaba en control, pero sus manos temblaban, su voz se quebraba con su rezo al implorar perdón por sus pecados.

Qué delicia observarla debatirse entre lo que debía hacer y lo que realmente quería.

Y en aquellas me encontraba yo, en la sombra, esperando. Paciente. Silencioso. Hambriento.

Al final, todos caen. Pero, querida Carmen, tú lo hiciste con más estilo que nadie.