La Trastienda 8
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ué espléndido espectáculo ha montado. En esta elegante gala de hostelería, entre luces deslumbrantes, copas de champán y aplausos hipócritas, se celebra el triunfo de una mujer que sin siquiera darse cuenta me ha regalado más de lo que jamás soñé.

Mírala. Radiante. Su vestido negro, impecable, destella con reminiscencias del carbón que algún día fue y brilla como un diamante pulido a fuerza de sacrificio y engaños.

Sube al escenario con esa sonrisa de pegatina que ha perfeccionado todos estos meses frente al espejo.

Ya no la agota, es su atuendo de trabajo y lo luce con orgullo.

El maestro de ceremonias pronuncia su nombre con una reverencia deliciosa.

«Carmen Díaz Sánchez, galardonada con la Placa de Oro de la Hostelería, un honor reservado solo para los elegidos».

Ah, si tuviera manos en lugar de ser simplemente energía aplaudiría también.

Bravo, Carmen.

El cheque muestra tantos ceros que cualquiera de esos pobres mortales se desmayaría, pero ella lo agarra con la misma firmeza y convicción que aquel día reseñable levantó el martillo y reclamó su destino.

Lo que más me deleita es la ironía que esconde en sus palabras, la pequeña puñalada de amargura que solo yo percibo.

—Gracias, gracias a todos —empieza, y su voz resuena por todo el salón—.

Este premio significa mucho para mí, no solo por lo que representa en términos de éxito profesional, sino por lo que he tenido que recorrer para llegar aquí.

Todos esos momentos en los que pensé que no podría, en los que todo parecía perdido.

El público escucha con atención, fascinado por su historia de superación.

—Quiero dedicar este reconocimiento a alguien muy especial...

—Hace una pausa teatral, porque Carmen sabe cómo manejar una audiencia—.

Ernesto, gerente de El Mirador , allá donde estés.

Sin ti jamás habría logrado lo que tengo hoy.

Fue él quien me dio el empujón para salir del agujero y reclamar mi sitio.

Cuánta verdad exudan sus palabras, y al mismo tiempo, cuántas capas de mentiras entretejidas en esa dedicatoria.

Si tan solo el público supiera que el secreto es una amalgama de insensatez, carne y sangre.

Ernesto bastó porque fue un regalo consciente, la ofrenda escogida.

Un sacrificio voluntario siempre eclipsa a la desgracia fortuita de unos cuantos clientes mareados por una crema adulterada.

Con su carne, transformé lo que pudo ser tu ruina, Carmen, en un rumor inofensivo: la intoxicación se diluyó, las culpas se desviaron y no quedó nada que manchara tu ascenso. Ellos fueron olvido; él, tributo.

Observo cómo aplaude la multitud, ignorante de que cada una de esas palmadas es una oración más que eleva mi nombre.

Luego, sus ojos se desvían hacia él, Héctor, su eterno ángel, su socio divino. Ella le lanza una mirada cargada de gratitud mientras el público la ovaciona, convencidos de que asisten a un conmovedor homenaje familiar.

—También quiero agradecer a Héctor, mi compañero de vida, por aguantar todas mis locuras y quedarse cuando otros habrían salido corriendo. Ya ves, mi amor, todos los genios de los negocios necesitan su momento demencial. Elon Musk estaría orgulloso.

Las risas de los asistentes resuenan por el salón. Héctor, ajeno a todo lo que ocurrió en la oscuridad, la mira con admiración, con esa mezcla de devoción y orgullo que tanto disfruté desmantelando en otros hombres antes.

Carmen dirige su mirada hacia su niña, la hija perdida y recuperada.

—Y por fin, a mi pequeña. Gracias por estar aquí, por darme la fuerza cuando la necesitaba. Ya estamos todos juntos de nuevo, como siempre debió ser.

Qué retrato tan conmovedor: madre, padre, hija.

Perfectamente ensamblados. El público se derrite.

Una familia unida, calma tras la tormenta, el epítome del sueño.

Todos creen en la fábula que Carmen ha creado.

Qué espectáculo tan fascinante, si ignoramos el olor a azufre que se esconde bajo la alfombra.

No me malinterpreten. No es que no disfrute viéndola así, tan en la cima.

De hecho, lo hago. Me deleito con cada momento de su triunfo, porque sé que detrás de esos logros, detrás de esas miradas altivas y esos aplausos, mi hambre sigue creciendo.

Esa misma hambre que la llevó a mí la primera vez.

Mientras ella recibe su cheque y su placa, sonrío desde la penumbra, consciente de que esto no es el final, y lo que me excita más es saber que tarde o temprano Carmen regresará y, cuando lo haga, estaré aquí, sosegado y apetente, listo para proveerla… de lo que sea que necesite.

El juego no ha terminado. La cima es un lugar solitario. Carmen, mi reina, lo sabes tan bien como yo.

fin