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A
quellos días de soledad... Después de la desaparición de Antonio, el local quedó desierto y se convirtió en una fábrica de polvo y retazos de recuerdos.
Aunque al principio disfruté con la quietud y la embriagadora sensación de que el lugar respirara conmigo, lo cierto es que mi naturaleza agitada empezaba a aburrirse.
Las ventanas tapiadas y la puerta cerrada no disipaban los rumores, aquellos murmurantes ecos de advertencia que los residentes compartían.
«Ahí no te acerques», reprendían las madres a sus hijos mientras señalaban el edificio con recelo.
Me hacía gracia, por supuesto, pues el miedo que los humanos profieren a lo desconocido es casi tan divertido como el fulgor de su codicia.
—Venga, no seas cagao —le escuché decir a un muchacho rubio, casi temblando de excitación, a su compañero, un niño encogido y asustadizo que apenas contenía las lágrimas. Los había visto espiar el lugar desde hacía días. Sabía que se colarían, tarde o temprano.
—No quiero entrar. Dicen que este sitio trae mala suerte y a mí ya me han quedado seis este trimestre —respondió el otro, bajándose la gorra hasta cubrirse los ojos rasgados, sin atreverse a mirar directamente a la puerta.
—¡Bah! Eso son chorradas para que no vengamos. No pasa nada. La suerte se la busca cada uno, eso dice mi padre. Por eso mi tío es un parásito.
La osadía adolescente es tan deliciosamente insensata que se demoraron poco en atreverse a entrar.
Los observé con un interés casi renovado mientras recorrían las entrañas huecas del local.
En cuanto uno de ellos tocó el espejo roto de detrás de la barra, los murmullos se colaron en sus cabezas.
Puf . El chico rubio, que debía andar por los trece años, se quedó paralizado, como si del cristal colgara un péndulo que lo hubiera hipnotizado.
Cuando el otro le tocó el hombro para que reaccionara, gritó con tal horror que huyó con prisa y tropezó con las desvencijadas sillas apiladas.
Devoré con ansia los dos dientes que perdió en el golpe.
El hambre es presta en despertar la ira más primitiva de cualquier criatura.
Aquel pequeño cobarde jamás volvió a ser el mismo, poseo ojos más allá de los muros que se erigen con cemento y ladrillo, y el local, bueno, continuó con su halo de intocable, como era de esperar.
No fueron los únicos en osar desafiarme, cosa que agradecí.
La soledad también es mala compañera a este lado del umbral.
Pasaron semanas hurañas y largos meses, hasta que aparecieron los de la inmobiliaria.
¿Cuántas veces me contemplé sonriendo mientras los agentes entraban con aires de suficiencia, creyendo que convertirían el lugar en oficinas o en apartamentos de lujo?
Pobres ilusos. Bastaba un ligero cambio en la temperatura del aire o un eco indescifrable para que segregaran un sudor gélido y se marcharan apresuradamente.
No faltaban excusas: que si la estructura no era la adecuada, que si el mercado estaba saturado…
Lo cierto es que ninguno quería admitir lo que realmente percibían: algo andaba mal, muy mal.
Luego vino Concha, que aún no se había ganado su título de doña.
Ella, con su delantal apretado y sus zapatos de suela gastada, se empeñó en convertir el local en una tienda de ultramarinos.
No me disgustaba la idea y sostengo que su marido habría sucumbido de inmediato a mis encantos, pero ella era harina de otro costal.
Un cascabel inquieto. Una caja de herramientas repleta de utensilios y habilidades adquiridas por la fuerza.
Una gata callejera y astuta. Entró decidida, olfateando el lugar como un perro que ha atrapado un olor apetitoso.
—No sé, no sé... —murmuró mientras se llevaba la mano al pecho—. Aquí hay algo raro. Esto es pájaro de mal agüero, te lo digo yo.
Quizás aquella mujer enjuta de pelo ensortijado me había calado más deprisa que ningún otro mortal, lo reconozco.
Ella no precisó de pruebas. Aplaudí su intuición y una parte de mí se envalentonó con la tentación de cazar a aquella gata.
Sin embargo, Concha desechó la idea de instalar su negocio aquí en cuanto puso un pie dentro y jamás volví a verla entre estas paredes.
No pasó mucho tiempo antes de que otro soñador tocara a la puerta, atraído por la promesa de una oportunidad.
Se llamaba Raúl, un idealista sin duda, pero más bien del tipo imprudente.
Buscaba convertir el lugar en un restaurante de cocina fusión.
Era algo tan ridículo que casi me pareció simpático.
Creía que con unas luces tenues y un menú exótico revitalizaría lo que él llamaba «la vibra del sitio».
Como si el destino de este lugar pudiera cambiar con un par de plantas y platos de quinoa.
Pero lo más entretenido fue observar cómo el local lo consumía lentamente, igual que una planta carnívora a una deliciosa mosca.
Al principio, Raúl solo olvidaba detalles pequeños: un pedido aquí, una reserva allá.
Luego, las cosas se pusieron más serias.
Perdía días enteros, lapsos de tiempo que se esfumaban de su memoria como si nunca hubieran existido.
Sus empleados lo miraban con desconfianza; sus ojos estaban hundidos y su piel cada vez más pálida.
Alguna vez lo sorprendieron hablando solo, manteniendo conversaciones con sombras que únicamente él percibía.
Para cuando decidió cerrarlo, ya no había marcha atrás.
Un día simplemente se esfumó, tal como le sucedió a mi adorado Antonio.
Un alma más que ofreció sus entrañas al bar y me sació durante un tiempo razonable.
Después de Raúl vino una mujer llamada Gloria.
Su idea era aún más absurda: una tienda de cristales y sanación energética.
Se paseaba por el local con sus inciensos y campanas, convencida de que podía purificar lo que ella percibía como «una energía pesada».
Ingenua Gloria, siempre tan sonriente, tan optimista.
Sus meditaciones y juegos de aromaterapia eran un agradable cosquilleo en mi esencia sobrenatural.
No tardó en aprender que no todas las energías se limpian con hierbas y cánticos y que sus cristales no la protegerían de lo que se escondía en las paredes.
Como todos, comenzó a oír susurros en la noche, voces que la llamaban por su nombre, que le recordaban todas las promesas que había roto, los sueños que había dejado atrás.
Adoro hurgar en los recovecos de una mente maleable.
Una mañana encontraron la tienda vacía con los cristales esparcidos por el suelo, rotos como los fragmentos de su propia cordura. Nadie volvió a verla.
No me arrepiento. Sirvo a mi naturaleza y así prospero.
Cada nuevo aspirante a empresario traía consigo un sueño distinto, pero todos compartían la misma ambición ciega.
Mmm, deliciosa. Dulce y ácida como un cuenco de fresas.
En el fondo, todos estaban dispuestos a arriesgar su cordura, su alma y su sangre por un poco de notoriedad.
Una ortopedia, una tienda de antigüedades, incluso una galería de arte fallida…
Todos los negocios compartieron el mismo destino.
El local, por supuesto, permanecía intacto, siempre preparado para recibir a su próximo inquilino.
Y yo, tan paciente como me permitía la saciedad de mi apetito, observaba desde las sombras.
Fue entonces cuando llegaron Carmen y Héctor.
Ah, ellos eran diferentes, o al menos así lo pensaron.
Héctor, con su rezumante deseo de complacer, y Carmen, con una determinación y una gallardía que rara vez había percibido en otros.
Mientras Héctor hablaba de números y reformas, ella paseaba por el local, observando las paredes con aquella mirada ladina que me intrigaba.
Sabía que veía más allá de lo evidente, que distinguía algo extraño en el lugar.
No era miedo lo que irradiaba, sino una especie de coraje peligroso.
Eso me divertía sobremanera. Después de tantos años lidiando con almas débiles, Carmen representaba un reto, y doña Concha se me había escapado.
—Este lugar tiene historia —dijo una tarde mientras Héctor revisaba los planos en la barra—. Algo en él me llama.
—¿Estás segura? Le hace falta un buen repaso —respondió Héctor sin levantar la vista—. No sé si con lo que me va a prestar mi padre…
—Te juro por mi hija y la madre que me parió que hago que esto funcione. Como que me llamo Carmen.
Yo había detectado al instante aquel vacío en el que se atrinchera la ambición en los ojos de Antonio, Raúl, Gloria y en tantos otros.
Pero Carmen... ah, Carmen era otra historia.
Ella no era ingenua, al menos no del todo.
Sabía que aquel lugar tenía un precio y estaba dispuesta a pagarlo, como los anteriores, convencida de que con el suficiente coraje podría sobrevivir lo que otros no habían logrado. Pero ella percibía algo más genuino.
—Tenemos que hacer las cosas bien —repuso ella con un tono de advertencia que casi me hizo reír—. No quiero repetir los errores del pasado.
El pasado… ¡como si los humanos supieran aprender de él!
Todos creen que lograrán vencer al destino, que con suficiente astucia o coraje burlarán lo inevitable.
Carmen era más lista que sus predecesores, sí, pero su desesperación era igual de palpable y sabía que, tarde o temprano, encontraría la manera de explotar esa debilidad.
El local, siempre hambriento, ya esperaba su próximo festín. Y esta vez, sería un banquete mucho más interesante.