La Trastienda 5
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E

l ocaso de Antonio Medina, visto desde mi perspectiva, fue un espectáculo lamentable pero inevitable.

Consentiría afirmar que sentí una especie de triste fascinación mientras lo observaba, aunque mi naturaleza no permite tales debilidades.

Lo que sí puedo reconocer es el gozo irónico que me produce la angustia humana, especialmente cuando viene acompañada de esa ridícula esperanza que aún persiste en el fondo de sus almas, por muy perdidas que estén.

Antonio se había convertido en una sombra de sí mismo, una figura demacrada que deambulaba por el Rock Palace Bar con ojos hundidos y una expresión perdida.

Los rumores corrieron por el barrio como una llama en hojas secas.

No eran pocos los que aseguraban que la ruina económica le estaba afectando el juicio.

La verdad, sin embargo, era mucho más profunda y, a mi parecer, infinitamente más entretenida.

Cada vez que Antonio escuchaba mi voz su reacción era un espectáculo patético de negación y pavor.

Nadie más podía oírme, por supuesto. No soy partidario de trucos baratos; prefiero la elegancia de una mente torturada por sus propios demonios.

Y Antonio, pobre desdichado, era un lienzo perfecto para desplegar mis encantos.

Se detenía en mitad de una conversación con el vaso a medio levantar y los ojos fijos en un punto inexistente, esforzándose por escuchar lo que apenas susurraba en la periferia de su conciencia.

—Antonio, ¿todo bien? —le preguntó un cliente en una ocasión, preocupado por la creciente extrañeza de su comportamiento.

Antonio respondió con un débil movimiento de cabeza, pero su mirada continuaba ausente, perdida en algún abismo que solo él observaba.

La clientela empezó a reducirse como ratones que abandonan un barco condenado, desconocedores de que el hundimiento no obedecía a un simple declive económico, sino a una espiral descendente hacia la locura, provocada por el mismo pacto que él había firmado con tan ansiosa prisa.

Cuando el miedo se tornó insoportable, Antonio y su insensatez maquinaron lo imposible: romper el pacto.

Cerró el bar con el frenesí de un hombre en el filo del precipicio, sus manos temblorosas bajaron las persianas metálicas con la esperanza de mantener fuera los horrores que, para su desgracia, habitaban dentro de su propia mente.

Se enclaustró en la oscuridad de su oficina, buscando en los viejos grimorios y tomos polvorientos una forma de protección, alguna fuerza que lograra liberarlo de la condena que él mismo se había impuesto.

Trazó círculos en el suelo, recitó palabras arcanas con una voz que se quebraba bajo el peso de su desesperación y esparció sal en las entradas, como si aquello pudiera detenerme.

—Eres un idiota, Antonio —musité en su mente, una suave burla que lo hizo estremecerse.

Sus esfuerzos no eran más que gestos vacíos, carentes de poder real.

Y lo sabía. Cada fracaso lo sumía en una angustia aún más profunda, hasta que sus gritos de rabia e impotencia llenaron las noches en el Rock Palace Bar .

Aquellos gritos, sin embargo, eran escuchados únicamente por las paredes que una vez fueron testigos de su éxito y entonces resonaban con su desdicha.

Lo que más disfruté fue su último intento de eliminarme.

Había llegado al punto donde la desesperación supera al miedo, una posición donde los humanos cometen las más trágicas estupideces.

Antonio decidió que, si no conseguía escapar de mí, al menos intentaría evitar que alguien más cayera en la misma trampa.

Cerró todas las cuentas, inutilizó los registros y ocultó el viejo libro en un nicho que selló en la pared, como si enterrarlo borrara su existencia.

El gesto, en su absurdo dramatismo, no hizo más que lacrar su fortuna.

—Tal vez yo me hunda, pero te vienes conmigo —sentenció con la espalda apoyada en el muro y la oscuridad como única compañía. Le siguieron sus propias carcajadas dementes que reverberaron en la estancia.

Permaneció allí, paralizado y exhausto. La ambición le daba golpecitos en el hombro para llamar su atención, pero ya no había ni rastro de aquel hombre que anhelaba ser relevante. Su alma, agotada, no obedecía y durante horas el duro suelo de cemento fue su lecho.

Aquella misma noche, el Rock Palace Bar decidió engullir a su dueño como un depredador cansado de jugar con su presa.

Antonio desapareció, tragado por las sombras del bar que tanto había amado y odiado.

Cuando los primeros rayos de sol se filtraron por las ventanas sucias, el local lucía inmaculado, como si nada hubiera ocurrido, y mi estómago etéreo descansaba satisfecho.

Los rumores se desataron. Decían que Antonio Medina simplemente se había desvanecido, consumido por la ruina, y que la vergüenza le había empujado a huir lejos como un proscrito.

Otros afirmaban que su alma había quedado atrapada en algún rincón oscuro del bar.

Nadie encontró su cuerpo, pero el local que había albergado el Rock Palace Bar permaneció atento, como si esperara a su próximo dueño, y yo... yo también esperé, hambriento, a otro estúpido mortal con anhelos de trascendencia que me alimentara.

Si de algo podemos presumir a este lado del umbral, es de paciencia eterna.