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E
l espectáculo que ofrecen los mortales cuando su mundo se desmorona es digno de una ovación.
Su resistencia patética, su empeño en sostener lo insostenible, siempre me ha fascinado.
Antonio Medina, por supuesto, no fue la excepción.
Desde el principio, se evidenciaba que su fortaleza era tan sólida como un puente de cuerda y, cuando llegó la hora de enfrentar las consecuencias de sus elecciones, su fachada comenzó a agrietarse con una rapidez alarmante.
Con cada sacrificio de Antonio, el Rock Palace Bar había prosperado, al menos por un tiempo.
Gozó de buenos momentos, de una cuenta bancaria pletórica con la que alimentó sus deseos básicos y otros más extravagantes, y de esa notoriedad que anhelaba su adictivo espíritu.
Pero la gloria obtenida a través del sufrimiento posee un sabor amargo y Antonio pronto descubrió que no podía escapar de aquella amargura.
Con los dedos mutilados y una cordura tambaleante, ignoró las señales a su alrededor: los vasos que se quebraban sin roce alguno, los arranques inexplicablemente violentos de algún que otro cliente, las visiones que le perturbaban en la duermevela.
Los humanos son expertos en desdeñar aquello que no desean admitir hasta que ya es demasiado tarde.
Que conste que desplegué algunos de mis mejores trucos para advertirle de que las sombras que forman mi esencia pugnaban por una gotita más de sangre.
Así, invadieron cada rincón de su vida, no solo del bar.
Los episodios de locura se volvieron más frecuentes y, con ellos, las exigencias.
Ya no bastaba con la sangre de un dedo o una rata encontrada en algún callejón oscuro; yo necesitaba más, algo lo suficientemente sustancioso para mantener mi apetito a raya.
Y Antonio, pobre diablo, tenía cada vez menos que ofrecer.
Una noche, cuando el bar se hallaba particularmente vacío, Antonio sintió una presencia en la estancia.
No se trataba de una sensación nueva, aunque aquella ocasión le resultase más intensa, casi abrumadora.
Resolvió ahogar su miedo con alcohol, aunque el trago que se llevó a los labios poseía un sabor rancio, como si incluso el whisky se hubiera vuelto en su contra.
Se levantó, tambaleándose, con la clara intención de fingir que las sombras acechantes no existían.
Sin embargo, su cuerpo, traicionado por el terror, se congeló.
—¿Qué más quieres de mí? —vociferó a la nada con una desesperación que no le hacía justicia a su apariencia. Nadie respondió, por supuesto. Las sombras no hablan; ellas actúan.
Los días se tornaron indistinguibles, una sucesión de noches sin fin en las que Antonio se esforzaba por mantener una fachada de normalidad mientras su mundo se descomponía.
Los clientes, aquellos que una vez abarrotaron el local, lo evitaban como si portara una grave enfermedad contagiosa o una cruel maldición.
Y, en cierto sentido, así era. En el fondo, Antonio lo sabía.
Asunto distinto era su capacidad para admitirlo.
Entonces, una madrugada, después de un largo día de beber en soledad, se encontró frente al espejo del baño, contemplando el reflejo que le devolvía la mirada.
Lo que vio lo dejó helado. La figura que se reflejaba en el vidrio no era la suya, al menos no la que recordaba.
La piel pálida, las ojeras profundas, la mirada ausente de vida…
Todo indicaba que había cruzado un umbral del que no había retorno.
Era como si el espejo le mostrara el verdadero rostro de su alma, destrozada por sus propios actos.
Un «yo» espectral que se escapaba a su raciocinio.
—No puede ser —susurró, retrocediendo un paso. Pero el reflejo se mantuvo firme, desafiándolo, mostrando cada grieta, cada herida, cada rastro de la locura que lo devoraba por dentro.
La rabia lo consumió. Con un grito que resonó en las paredes del baño, Antonio levantó el puño y lo estrelló contra el espejo.
El cristal se rompió en mil fragmentos que cayeron al suelo con un tintineo agudo, dejando solo un vacío donde antes se hallaba su reflejo.
La sangre brotó de su mano, pero el dolor físico fue insignificante comparado con el tormento que lo invadía.
Se dejó caer al suelo, temblando, con la mano ensangrentada cerrada en un puño y los pedazos de su yo cristalino esparcidos a su alrededor como una profecía cumplida.
—No sucumbiré… No me rendiré… —murmuró para sí mismo, igual que un demente en una celda acolchada, en un intento desesperado de conservar algo de control, de aferrarse a un último vestigio de dignidad.
Sin embargo, las promesas hechas en momentos de desesperación rara vez gozan de peso y las suyas no fueron la excepción.
Mientras Antonio mascullaba aquellas palabras huecas, me permití una sonrisa, invisible en la penumbra.
Podía sentirlo: la lucha inútil de un hombre que ya había perdido, destinado a hundirse cada vez más en el abismo que él mismo había cavado.
Porque la promesa de un perdedor, como bien es sabido, no vale más que el aire que la transporta.
Antonio había sellado su destino mucho antes de romper aquel espejo y en aquel instante lo único que quedaba era presenciar cómo su resistencia se desvanecía igual que la última centella de una vela antes de apagarse para siempre.