La Trastienda 3
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A

h, la codicia, ese pequeño monstruo anidado en el corazón de los mortales, siempre hambriento e insatisfecho.

Si la envidia es verde como un billete recién impreso, la codicia es roja y brilla con la intensidad de la sangre recién derramada.

Antonio Medina, por supuesto, no era diferente a tantos otros que se habían cruzado en mi camino.

Él también había sucumbido al dulce veneno del éxito, creyendo que su ascenso era una recompensa bien merecida por años de esfuerzo y sacrificio.

Pobrecillo.

La retribución del trabajo duro es otra patraña que se ha filtrado a través de los velos del tiempo.

Al principio, The Rock Palace Bar era solo otro bar mediocre en una calle olvidada, pero tras nuestro «acuerdo», el destino de aquel lugar cambió drásticamente.

La clientela aumentó como por arte de magia y el bar comenzó a prosperar.

Las noches se llenaban de música y risas, y los billetes caían en la caja registradora con la misma regularidad con la que Antonio levantaba su vaso para brindar por su buena fortuna.

Todo parecía ir de maravilla, hasta que las sombras empezaron a alargarse, no solo en los rincones del bar, sino en su vida.

La primera señal llegó una noche cuando Antonio se encontraba solo, después de cerrar el local.

La música se había apagado, las luces se habían atenuado y el silencio permitía distinguir el correteo de las cucarachas.

Contaba la fortuna de la caja cuando las luces se extinguieron como si una ráfaga de viento las hubiera soplado, un hecho imposible si las ventanas continúan cerradas.

Antonio se quedó paralizado, preso de la oscuridad que se había apoderado del lugar.

Y entonces lo sintió, un hambre, una necesidad insaciable que no provenía de su estómago, sino de las sombras que lo rodeaban. Era un deseo primitivo, una sed de sangre. Algo necesitaba alimentarse, y ese algo no aceptaría un no por respuesta.

Las paredes susurraban palabras ininteligibles, un murmullo bajo que se intensificó hasta tornarse ensordecedor.

Antonio sintió que el bar, su amado The Rock Palace Bar , se volvía en su contra.

En su cabeza se formó una presión insoportable, una fuerza que amenazaba con aplastarlo si no hacía algo al respecto.

Las sombras se agitaron y de ellas emergió una voz, la mía, tan suave como el terciopelo, pero afilada igual que un hacha.

Le susurré, arrastrando mi voz incitante y burlona por su mente. Hurgué en los surcos de su cerebro mortal con mi lengua de miel, repitiendo la misma frase en un idioma que sí comprendiera.

«La victoria se halla hambrienta y no hay banquete sin sacrificio».

Antonio cayó de rodillas y, en un gesto inútil, se llevó las manos a las orejas para acallar las voces que resonaban en su mente.

Sentía que su propio cuerpo lo traicionaba, que sus pensamientos ya no le pertenecían.

Mi influencia era una cuerda áspera en su cráneo.

Intentó levantarse, pero algo lo retenía, algo invisible, como si las sombras hubieran cobrado vida, una infección aferrada a él.

—¿Qué quieres de mí? —gritó, aunque ya conocía la respuesta.

El cuchillo, que había usado innumerables veces para cortar limones y rebanar carne, brillaba plateado en la penumbra, llamándolo, atrayéndolo hacia sí como el azúcar a un niño.

Antonio se resistió, a pesar del dolor que aumentaba en su cabeza, cada segundo más intenso, a punto de estallar en cualquier momento.

Fue entonces cuando lo comprendió: The Rock Palace Bar no solo quería su esfuerzo, exigía su sangre.

Y el precio debía pagarse en aquel preciso instante.

Con la mano temblorosa, Antonio agarró el cuchillo.

Un hilo de sudor frío corría por su frente en un tren de gotas mientras miraba la hoja afilada.

No quería hacerlo, por supuesto que no. ¿Quién en su sano juicio querría?

Pero la presión en su mente era insoportable y el hambre de las sombras insaciable.

«Está bien. Solo un pequeño sacrificio», pensó en su afán de convencerse.

«Un dedo, nada más. Me quedan nueve. Podría ser peor».

—Un simple dedo por toda esta gloria —le susurré y, aunque mis palabras rebosaban burla, Antonio solo escuchó el alivio que le prometían.

Con un grito ahogado, el cuchillo descendió y, en un instante de agonía, el meñique de su mano izquierda cayó al suelo con un golpecito sordo apenas perceptible.

El dolor fue inmediato, punzante, y al mismo tiempo la presión en su cabeza se derritió como miel en un té hirviendo.

Las sombras retrocedieron, satisfechas por el momento, dejando a Antonio jadeante en el suelo, con la mano envuelta en un trapo ensangrentado.

Durante unos días, el sacrificio pareció funcionar.

El bar recuperó su energía, los clientes regresaron y la caja registradora cantaba su alegre melodía cada noche.

Clin. Clin. Antonio, a pesar del dolor, se convenció a sí mismo de que todo había terminado, que el coste había sido pagado.

Sin embargo, la satisfacción es un lujo efímero, especialmente cuando se tienen tratos conmigo.

No pasó mucho tiempo antes de que la sed de sangre resurgiera más fuerte, más exigente.

Las noches se oscurecieron de nuevo, las sombras tornaron con susurros lacerantes y la sensación de hambre, esa hambre que no le pertenecía, lo asedió sin piedad.

Antonio intentó resistirse e ignorar el cuchillo que le bisbiseaba desde el cajón de la cocina, pero las voces no enmudecían.

La presión volvió, aún con más potencia, para apretar su mente como un torno.

—Debes alimentar lo que has creado —le recordé una noche mientras se acurrucaba en un rincón del bar, temblando de miedo.

Las sombras, más densas y hambrientas, obligaron a Antonio a la conciencia de que no existía escapatoria.

Había hecho el primer sacrificio así que las exigencias no se detendrían.

Así, el hombre que una vez se creyó dueño de su destino, el rey de un bar próspero, se encontró rebanándose otro dedo y luego otro.

Cada vez que la presión regresaba, cuando las sombras exigían su tributo, Antonio cumplía, esperando desesperadamente que aquel fuera el último, que las sombras se saciaran.

La verdad era que aquel apetito jamás se apagaría del todo.

Un meñique, un índice, un anular... cada sacrificio lo acercaba más al filo del gran abismo.

El pulgar fue el último en caer y para entonces aquel Antonio de trapo no era más que un vulgar despojo del original.

Estaba agotado, física y mentalmente, y su alma, desgastada por el pacto que había sellado en su desesperación.

Mientras el Rock Palace Bar se vaciaba y las luces se apagaban una a una, Antonio comprendió con amarga claridad aquello que lo había conducido a su destrucción.

Había alimentado a la bestia, pero nunca lograría saciarla.

—Eres un tonto, Antonio —le dije una noche mientras lo observaba desde las sombras con mi voz goteando ironía y lástima—. Pero los tontos como tú sois mis favoritos.