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L
a noche, mi fiel y eterna aliada, desplegaba su manto de oscuridad sobre Las Palmas, cubriendo la ciudad con ese consuelo engañoso que ofrece el anonimato.
Las luces de neón del Rock Palace Bar parpadeaban, cansadas ya de anunciar un éxito que nunca llegaba, proyectando sombras rojas sobre las calles solitarias.
Ah, The Rock Palace Bar . Lo que una vez fue el sueño dorado de Antonio Medina ya se había traducido en un reflejo pálido de sus fracasos.
Porque, al final, ¿qué son los sueños de los hombres sino otra forma de engañarse a sí mismos?
Dentro, desde la barra, mi pobre y desesperado Antonio limpiaba vasos que nunca estuvieron realmente sucios.
Es curioso cómo los humanos se aferran a rituales insignificantes para no enfrentar el abismo que se abre ante ellos.
Antonio, con su melena desordenada y su mirada perdida, ya no era más que un eco de lo que alguna vez representó.
Su bar, aquel antro de aspiraciones frustradas, apenas lograba atraer a unos pocos desdichados: jóvenes que se aferraban a un pasado que nunca conocieron, chicas que se teñían el cabello de coloridos tonos extravagantes en un patético intento de destacar en un mundo que no les prestaba atención y una serie de borrachos habituales, aquellos tristes recordatorios de la miseria humana.
—¿Otra cerveza? —le preguntó Antonio a uno de sus clientes asiduos, un hombre cuya vida se había reducido a una serie de tragos que asfixiaban sus penas y su cuenta bancaria.
—Siempre —respondió el hombre, sin levantar la vista del vaso vacío, como si en el fondo de aquel cristal se hallara el remedio contra su desdichada existencia.
Antonio, atrapado en su rutina, no se dio cuenta de que aquel desgraciado le debía ya tres jarras.
Pero ¿qué más daba? Los hombres como él, los que se ahogan en su propia desesperación, no distinguen el momento preciso para retirarse del juego.
Cuando al fin abren los ojos a la cruda realidad, las deudas se acumulan, los amigos se han marchado, las promesas se han hecho añicos en el suelo pegajoso y lo único que queda es un hombre solo en un bar vacío engullido por las fauces del fracaso.
Los días desfilaban como una procesión de sombras, cada uno más oscuro que el anterior.
El bar no era lo único que se desmoronaba; su vida personal, aquel frágil castillo de naipes construido sobre sueños y mentiras, se venía abajo con la misma rapidez.
Su esposa lo había abandonado hacía meses, cansada de palabras vacías y noches interminables en un bar que olía a derrota.
Sus amigos, si es que alguna vez los tuvo, habían desaparecido, incapaces de soportar el peso de su desgracia.
Resulta cruel admitir que la vida social de los mortales se basa en intercambios de tiempo por dinero y, cuando no se posee ninguno de estos dos activos, los círculos se reducen hasta convertirse en un aislado puntito.
Antonio se había quedado tan solo como un alma al cruzar el umbral de la muerte.
Únicamente tenía el Rock Palace Bar y el Rock Palace Bar solo tenía a Antonio.
Fue entonces, en medio de aquella espiral descendente, cuando recordó el libro.
Ah, sí, aquel ejemplar polvoriento que había recibido de un vendedor cuyo nombre ya había olvidado.
Un libro que prometía poder y éxito a cambio de un precio.
¡Cómo me divierte la facilidad con la que los mortales se aferran a cualquier cosa ante las desgracias!
Curanderos, charlatanes, gurús de pacotilla que hacen su agosto.
Quizá debería incluirme entre esa lista.
Y, aunque los cuentos que plagan sus ilimitadas bibliotecas advierten de las posibles trampas, ellos, en su infinita impaciencia, nunca se molestan en detectarlas.
Una noche, cuando las luces del bar se apagaron y el último cliente tambaleante se desvaneció en la oscuridad de la ciudad, Antonio se sentó en la barra con el libro frente a él.
Sus manos temblaban mientras acariciaba la cubierta de cuero agrietado, como si en aquel simple gesto pudiera encontrar la redención que tanto anhelaba.
Sabía que estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno, pero el miedo se disipaba ante la desesperanza.
Tras un suspiro, lo abrió. Las páginas, amarillentas y llenas de polvo, se hallaban cubiertas de símbolos que no entendía y palabras escritas en una lengua que nunca aprendería.
Allí estaba, en medio de todo aquel caos, la promesa de poder: un ritual, una fórmula que garantizaba prosperidad y gloria, a cambio de algo tan intangible como la esperanza.
Las instrucciones eran claras, pero extensas. Repletas de advertencias, precauciones, detalles que podrían haberle salvado la vida. Muchos otros se afanaron en rellenar los huecos de información acerca de mi persona que sus predecesores obviaron. Malditos ingratos.
Por supuesto, Antonio no se molestó en leerlo al completo. Porque los humanos, además de seres egoístas, también pecan de impaciencia. ¿Por qué detenerse en los detalles cuando la solución se hallaba al alcance de la mano? Después de todo, ¿qué podría haber empeorado la situación?
Preparó todo acorde a las instrucciones, o al menos, según lo que él creyó entender.
El bar, oscuro y cargado de una atmósfera pesada, era el escenario perfecto para su pequeña tragedia.
Encendió la vela negra en el centro del círculo de sal, vertió una gota de su sangre en la llama y recitó las palabras con un fervor casi religioso: «Zaq’el, que te escondes en las sombras, te llamo para pactar.
De mi carne a cambio de tu poder, ven y toma lo que es tuyo».
El aire en el bar cambió de inmediato y se recargó de una oscuridad que se filtró en sus pulmones.
Una brisa gélida serpenteó por el lugar, apagando las velas y provocando el tintineo de los vasos en la barra.
Antonio sintió una presión invisible aplastándole los hombros y un aliento en la nuca le heló la sangre. Entonces, supo que había funcionado.
Un susurro, tan suave y apenas perceptible, se deslizó por el espacio: «Todo tiene un precio».
Antonio tembló, incapaz de reaccionar. En sus entrañas atestiguó que el pacto ya había sidofirmado.
El coste carecía de importancia cuando el abismo del fracaso lo rodeaba como un alambre de espino.
Cualquier cosa era mejor que continuar cayendo en aquel precipicio sin fin.
El libro, olvidado sobre la barra, permanecía abierto, con las siguientes páginas abarrotadas de advertencias que Antonio nunca leyó.
Avisos sobre la naturaleza del pacto, sobre un precio real que se extendía más allá de la sangre derramada.
Advertencias que, en su ímpetu, decidió ignorar.
Prolifera la creencia de que las desgracias solo suceden al otro.
Y así, en la oscuridad del Rock Palace Bar , se asentó una sombra, una presencia que Antonio había invitado sin comprender el alcance de su decisión.
El precio estaba marcado, el compromiso sellado.
Y yo, aquel a quien llaman Zaq’el, no pude evitar una punzada de lástima por el pobre diablo.
Porque los hombres como él, con su ingenuidad y la urgencia de la satisfacción ególatra, siempre creen que acabarán esquivando otra bala más. Y siempre, sin excepción, se equivocan.
Aquella noche, mientras Antonio se alejaba de la barra, dejando el libro y el ritual atrás, con la convicción de que había encontrado su salvación, se desencadenó su perdición.
Porque los sueños, cuando se persiguen sin cautela, se convierten en las peores pesadillas que nos empujan hacia el averno.
Y yo, por supuesto, estuve presente para presenciar su caída.